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EL COMIENZO DE LA PRIMAVERA

Patricio Pron  

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Fragmento

1

Uta von Hofmannstahl,

de casada Hollenbach

Examinó el jardín con un gesto de preocupación. Unas briznas de hierba crecían allí donde antes había habido flores, alineadas en canteros rectos que producían en aquel tiempo la apariencia de un orden en medio del despliegue desordenado y vital de la voluntad. En ocasiones ella lo tomaba del brazo y lo sacudía suavemente para deshacer las ensoñaciones que parecían caer sobre él como la bruma de sus bosques suabos. Él la miraba con extrañeza, como si fuera una desconocida, pero entonces ella apoyaba la cabeza en su pecho y le dejaba oler en el cabello el aroma de la menta que había cortado en el jardín un instante atrás. Quizá en esos momentos, pensaba ella, él podía reconocerla, podía comprender quién era él y qué hacía contemplando un jardín de flores alineadas como tropas que marchan al combate en un día de verano cualquiera, un día de esos tiempos en que la voluntad se expresaba. Luego él entraba a la casa y se encerraba en su cuarto.

Ella pensó que sería necesario desbrozar el jardín, restaurar el orden invisible de los canteros rectos. Notó que el tiempo había cambiado. Miró hacia el cielo y sólo vio nubes negras sobre la casa. Más allá, la torre octogonal de una iglesia parecía hendir el cielo plomizo en un combate a todas luces perdido de antemano. Hacía frío. Una gota helada golpeó en su antebrazo desnudo y ella contempló por un momento como se deslizaba sobre la piel. Entonces recordó la ocasión en que, al brindar durante una fiesta en el edificio de la Cancillería realizada para celebrar la anexión de Austria al Reich en marzo de 1938, el ministro de la Propaganda chocó su copa con la suya con tanto entusiasmo que la salpicó en el antebrazo con una gota de champán. De inmediato se deshizo en disculpas, sacó de su bolsillo un pañuelo y secó con suavidad su piel. Era un pañuelo de mujer, le contó ella a él aquella noche cuando regresaban de la fiesta, con unas iniciales bordadas en una esquina que ella había reconocido después y que eran las iniciales de una actriz famosa. Una segunda gota de lluvia la alcanzó y la mujer entró en la casa.

Él tomaba pastillas, principalmente Lopressor y Altace, y varias aspirinas por día para empujar la sangre endurecida a través de las venas. Un milagro cotidiano, pensó ella, la sangre de un muerto licúandose en un cáliz roto; sólo que el cáliz aún no está roto del todo, se corrigió al entrar en la casa: él sigue respirando.

En ocasiones él se acercaba a su mesa de trabajo. Empuñaba la pluma y tomaba notas, volvía a jugar esos pequeños juegos intelectuales que habían contribuido, al menos en parte, a cambiar la historia de Alemania. Cuando eso sucedía, ella tenía la obligación de permanecer fuera del cuarto, esperando. Si no sucedía, había que empujar la vieja sangre con más aspirinas y una segunda toma de Lopressor para que pudiera hacer correr la pluma sobre el papel. «Yellow pen with a black cover and an eagle painted on the top» se sorprendió recordando, pensando en el idioma que se le había enseñado de adulta, cuando todas las palabras de su humillación eran dichas en ese idioma. Hizo girar la llave dentro de la cerradura. Entró al cuarto. Él miraba la puerta con expresión distraída. Ella se inclinó a su lado, recogió del piso el manojo de llaves y se lo puso en la palma de la mano. Él la cerró alrededor de ellas, como si fueran un tesoro por fin recobrado.

En el comienzo había una frase: «En Alemania la campana de la iglesia cristiana siempre sonará más fuerte que el canto del almuédano». Martínez miró la portada del periódico con asco y volvió a dejarlo sobre la mesa del bar sin intentar siquiera continuar con su lectura. El café en su taza se había enfriado. Mirando hacia abajo podía ver su rostro reflejado en él como si emergiera de un páramo oscuro, de una bruma negra igual a la que había visto surgir de la tierra al cruzar de madrugada los campos alemanes en un tren que se detenía en estaciones minúsculas en las que no subía ni bajaba ningún pasajero, pueblos insignificantes en los que sólo la torre de la iglesia parecía capaz de romper la horizontalidad en la que vivían sus habitantes. Martínez se preguntó cuántos de ellos morirían en ese mismo instante, si la serenidad de aquellos pueblos sería interrumpida fugazmente por el grito de un niño que acaba de romper en el mundo como una ola en la playa, violenta e inútil, como si fuera la única ola que tocara alguna vez la arena dorada, como si ningún otro niño fuera a nacer jamás. De ser así, de nacer un niño en ese momento, habría esperanza para ese país, puesto que sería una señal de que la vida seguía imponiéndose a la muerte; pero, si eso ya no sucediera, corroboraría lo que Hollenbach le había escrito en una de sus primeras cartas: que en Alemania sólo campeaba la muerte. Hollenbach había escrito: «Me dice que desea venir a estudiar conmigo. Remarca que ha leído algunos de mis libros, extendiéndose incluso sobre algunos que preferiría no haber escrito nunca. Y, sin embargo, aún no responde la pregunta de mi primera carta, “¿por qué?” Puesto que, según afirma, ha leído mis libros —lo cual, desde mi punto de vista, lo convierte en alguien tan poco relevante para mí como mi sirvienta, que los ha leído mientras les quitaba el polvo y parece haber entendido tan poco de ellos como la mayor parte de mis colegas— me pregunto por qué desea usted profundizar en algo en lo que yo mismo creo haber llegado al fondo. He escrito libros tratando de entender la historia alemana y siento que no he obtenido ninguna respuesta a mis preguntas. A cambio, me he visto involucrado en asuntos penosos que sólo me han traído trastornos y me han acarreado incontables enemigos dispuestos a calumniarme. Créame, en Alemania sólo campea la muerte».

Por las mañanas ella repetía las mismas acciones, como si le hubieran sido enseñadas cuando niña. Se levantaba de la cama y se vestía con minuciosidad, repasando con sus dedos finos cada uno de los pliegues de la ropa para que estuvieran en su lugar; rectificaba las cintas del sostén, el cuello de la camisa, los puños del suéter, las tablas de la falda. En el puño izquierdo se ajustaba el reloj hasta lastimar la carne. Luego se agachaba y ceñía las hebillas de sus zapatos. Finalmente, se colocaba la cadena con la cruz alrededor del cuello y salía del cuarto.

En el lavabo orinaba un chorro largo que la desconcertaba. Y sólo después se reconocía, al peinarse frente al espejo el cabello blanco, siempre en dos mitades que debían partir del centro de su cráneo como una prolongación indefectible de la pequeña nariz, una prolongación que no trastornaba la delicada armonía que le otorgaba a su rostro la línea de los ojos azules que, ligeramente inundados por las cataratas, parecían ahora traslúcidos. No era la niña que había intuido al repetir los gestos de la infancia, puesto que esa infancia correspondía a un tiempo inocente que desmentía, anticipándolo, todo lo que vendría. Era una anciana pero, sin embargo, no temía a la muerte. Estaba familiarizada con ella puesto que había visto morir a sus padres y a sus hermanastros. Y porque podía ver la muerte cebándose día tras día en el cuerpo de él.

Él, recordaba ella.

Bajaba la escalera que comunicaban su dormitorio con la planta baja, entraba a la cocina y ponía el agua para el té; luego iba a buscarlo. A menudo lo encontraba dormido, boqueando ajeno a los trucos que él mismo había inventado en su juventud para escapar al sueño, al que temía como a la misma muerte. En otras ocasiones, al entrar al cuarto lo descubría trabajando y cerraba respetuosamente la puerta. Muchas más veces, sin embargo, lo encontraba abstraído, mirando la puerta por la que ella entraría o una pequeña reproducción de un paisaje de los Mares del Sur p

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