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EL CONDE DE MONTECRISTO (LOS MEJORES CLáSICOS)

Alexandre Dumas  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Dan las doce. La sombra de la envenenadora se desliza hasta el lecho de su víctima. Dan las doce. Se oyen golpes en la puerta de Villers-Cotterêts, un niño a punto de quedarse sin padre exclama: «¡Es papá, que viene a decirme adiós!».[1] Su nombre es Alexandre Dumas. La obra maestra de Dumas no se inscribe en la novela histórica ni en la juvenil. Como en Goethe, Byron, Hugo o Vigny, la Historia se convierte en una máscara de la subjetividad del autor y de su época. A la prosa del mundo de Luis Felipe I de Francia, Dumas contrapone a los héroes de antaño, o a un todopoderoso desfacedor de entuertos, en quien se ve reflejado. El conde de Montecristo posee algo de su autor,[2] entre cuyos sueños figuraron siempre la riqueza, el saber, los fastos y la generosidad. Todo indica que los orígenes del personaje se encuentran en lord Byron: el Dumas que a los veintiocho años escribió su obra de teatro Antony, todo un hito en su época, era byroniano.

Entonces, la única alegría permitida era la alegría satánica, la alegría de Mefistófeles o Manfredo. […] Cuando se tiene un temperamento impresionable, se adoptan ciertas actitudes, porque las requiere la época; y aquella época, dada a lo sombrío y a lo terrible, después de haber favorecido mis primeros pasos en la escena, como poeta dramático, me favoreció en mis comienzos como novelista.[3]

Los inicios a los que se refiere Dumas, y que nos interesan en esta introducción, son Pauline, de 1838, y Georges, de 1843. En la primera obra, presenta al protagonista, Horace de Beuzeval, como «una de esas organizaciones tormentosas que se debaten entre las insulsas y vulgares exigencias de nuestra sociedad», como «el genio enfrentado al mundo».[4] Georges, en la segunda, es un hombre de espíritu superior a quien el destino le es contrario; un mulato humillado que prepara su venganza durante catorce años y finalmente acaba fugándose con su amada.

¿Cómo se formó el novelista? El teatro, en el que dio sus primeros pasos, fomentó en él el gusto por las escenas brillantes, los giros súbitos del argumento, las palabras que arrancan carcajadas o aplausos y las apariciones espectaculares. El lenguaje y la escenografía pasan del drama a la novela, y se baja el telón sobre el folletín cotidiano. En 1831, sobre los escenarios, encarna en Antony los valores del héroe romántico, a quien retoma en su obra narrativa; no en vano compara a Montecristo, beau ténébreux, con el Didier de Marion Delorme, y con su Antony.[5]

Los conocimientos que Dumas adquiere con el teatro se complementan con las enseñanzas de algunos maestros de la novela y de la poesía, empezando (desde principios de siglo hasta Zola) con Walter Scott:

No se conoce el genio de un autor más que analizándolo. El análisis de Walter Scott me había hecho comprender la novela de un modo distinto del que la comprendíamos en Francia. Una misma fidelidad de costumbres, trajes y caracteres, con un diálogo más vivo y pasiones más reales, me parecían apropiados a nuestro modo de ser.[6]

Y sobre todo Byron. Dumas dedicó dos capítulos de sus memorias a la vida del poeta aventurero,[7] que interpreta en términos de «muerte y transfiguración».[8] El personaje del «hombre fatal»,[9] hastiado y desdeñoso seductor que juega a ser un superhombre, procede del Corsario, de Manfred, de Harold y de Giaour. También bebe de Schiller: Karl Moor, en Los bandidos, que se anticipan a los bandidos de esta novela de Dumas, es un desfacedor de entuertos de alma noble y generosa.[10] El autor lo compara a Montecristo. De Fausto toma el saber universal y la omnipotencia, aunque el Mefistófeles del conde es interior. Scott, Goethe, Schiller y Byron: estas son las fuentes literarias de las que Dumas toma su inspiración.

En la novela se cita a Byron, a Goethe y a Schiller, pero no así a Eugène Sue, a pesar de que Dumas escribió su biografía, en Mes mémoires y Les morts vont vite. Aún era muy reciente, en 1843, el éxito de Los misterios de París. En ambas novelas, un aristócrata enmascarado desempeña el papel de vengador. La diferencia es que a Sue le falta estilo, poesía y fuerza imaginativa. Es un realista.

Son muchos los libros, o los géneros literarios, que confluyen en esta novela, única en la obra del autor: la novela negra, la poesía romántica, el drama, el folletín francés y la novela histórica. Su museo imaginario es mucho más extenso que lo que toma de la realidad.

Con todo, las novelas nacen de un acontecimiento cercano, de un encuentro fortuito: en el caso de Los tres mosqueteros fue la lectura de las Mémoires de d’Artagnan, y en el de El conde de Montecristo la de un archivero de la prefectura de policía, Jacques Peuchet (1758-1830). Dumas explica que leyó en las Mémoires historiques tirés des archives de la police de Paris de Peuchet[11] «El diamante y la venganza»: un joven obrero a punto de casarse es denunciado por un amigo como agente de los ingleses. Tras siete años de cárcel, hereda de un prelado italiano, preso político, un tesoro escondido en Milán. El obrero regresa para vengarse, y tras diversos crímenes es asesinado. Dumas, que había firmado un contrato para unas «Impressions de voyage dans Paris», recibió de su editor el encargo de convertirlas en una novela: «Resolví aplicar a las Impressions de voyage dans Paris la intriga que sacara de esa anécdota». Fue en ese momento cuando intervino Maquet, quien le propuso que desarrollara la idea inicial: Dantés en Marsella, y luego en prisión. Por otra parte, la serie de los Crímenes célebres, en la que colaboró Dumas (1839-1840), le brindaba múltiples ejemplos de sucesos criminales, sobre todo casos de envenenamiento, así como la historia de Alí-pachá. Las Impressions de voyage que ya había publicado, Le Speronare y Le Corricolo alimentan los capítulos italianos, y también las historias de bandidos. Dumas aducía haber vivido cinco o seis años en Italia a fin de justificar su conocimiento de la península.[12] Estos recuerdos dan al baile de disfraces, a la fiesta en la casa de los Torlonia y a las veladas en la ópera unas reminiscencias stendhalianas.

Dumas no solo recurrió a textos literarios, sino también a acontecimientos y a personajes reales. Dos ejemplos: el abate Faria existió de verdad. Joseph Custodi de Faria, nacido en Goa hacia 1755, tenía entre sus antepasados a un bramán. Tras ordenarse en Roma, se instaló en París durante la Revolución, en la que participó, y adquirió gran fama como magnetizador. Especialista en magnetismo, y precursor del método de sugestión, a partir de 1813 dio en la rue de Clichy un curso sobre el «sonambulismo lúcido». Murió de una apoplejía en 1819. Conoció a Chateaubriand, y recibió el homenaje del prestigioso neurólogo Gilles de La Tourette.[13] Sus artes fueron retomadas por Joseph Balsamo, aunque en la novela posee el don de la doble visión y un aura mágica. Su muerte en la cárcel es ficticia.

La señora de Villefort está inspirada en la señora Lafarge,[14] nacida en 1816, quien se casó en 1839 con el dueño de una fundición al que aborrecía. Tras la muerte de su esposo, fue acusada de haberlo envenenado lentamente. Condenada en 1840 a trabajos forzados de por vida, se le concedió el indulto en 1852, y murió en 1853. Nunca dejó de proclamar su inocencia. Es posible que Balzac, quien ya había contado una historia sobre un caso de envenenamiento en Ferragus, y que en un momento dado alude a lo acontecido con los Lafarge,[15] la tuviera en cuenta en El primo Pons, donde aparece también un envenenamiento progresivo.

Dumas poseía, pues, suficientes datos para ponerse a escribir. Trabajador excepcional, nunca vivió la angustia de la página en blanco. Lo explicó así: «Yo tengo la alegría persistente, la alegría que brota […] a través del estrépito, de las penas materiales y hasta de los peligros secundarios. Se tiene verbosidad porque se está alegre; pero a veces esa verbosidad se extingue como una llamarada de ponche, se evapora como los gases del champán. Un hombre alegre, nervioso, lleno de entusiasmo en la conversación, es a veces torpe y poco ocurrente cuando está solo frente al papel y con la pluma en la mano. A mí me ocurre lo contrario, el trabajo me excita; cuando tengo la pluma en la mano, se opera en mí una reacción, y mis fantasías más locas son producto de mis días más nebulosos».[16] En esos momentos, al igual que Montecristo, alcanza cotas inimaginables, «cupitor impossibilium», «trabajando como no trabaja nadie, privándome de todo en la vida, suprimiendo hasta mi sueño».[17] Villefort será el personaje de la novela que hereda esta aptitud, y quien declara: «Cuando trabajo noche y día, hay momentos en que nada recuerdo, y soy dichoso como los muertos, pero aún vale más esto que sufrir». Y de esta intensa capacidad de trabajo, que se prolonga durante ocho años extraordinarios, surgirán desde Montecristo hasta El vizconde de Bragelonne, entre 1844 y 1852, y la redacción simultánea de cuatro o seis secuelas novelescas.

El argumento es muy sencillo: un joven injustamente encarcelado durante catorce años se fuga y regresa para vengarse. Un antiguo complot es el que desencadena los trágicos acontecimientos. «Vamos, vamos —murmuró Danglars—, q

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