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EL CONQUISTADOR

José Luis Corral  

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Fragmento

1

El rey no ama a su reina

Montpellier, 15 de junio de 1204

El rey Pedro no ama a la reina; no la ama.

Ama a otras mujeres, a muchas mujeres, pero no a la reina; a la reina no.

Las mujeres lo aman; todas las mujeres.

¿Cómo no van a amarlo?

Compone versos galantes, canta canciones, sueña con lidiar mil batallas y que los trovadores declamen sus extraordinarias hazañas, sus prodigiosas victorias y sus gestas gloriosas.

El rey es un caballero alto y fuerte; tiene el cabello rubio, herencia de sus antepasados del norte, y los ojos negros, de su sangre bizantina.

Es hijo de Alfonso, el monarca trovador, y de doña Sancha, la princesa que viene de Castilla. Es rey de Aragón y conde de Barcelona.

Él es el rey, pero no ama a la reina; no la ama.

María aún no cuenta veinticinco años, pero está casada tres veces. La primera, apenas cumplidos los dieciséis, con el vizconde Barral de Marsella, muerto al poco tiempo; la segunda, con el conde Bernardo de Cominges, al que da dos hijos pero al que renuncia porque quiere ser la esposa de un rey; su boda con Pedro de Aragón es la tercera.

Pedro tiene veintiséis y este es su primer matrimonio.

Los nobles de Aragón y de Cataluña le dicen que debe casarse, enseguida, que debe tener un heredero, cuanto antes; y elige a María, señora de Montpellier, sobrina del emperador de Constantinopla.

Es una Comneno, la dinastía que gobierna el Imperio romano de Oriente desde hace dos décadas, la que funda esa misma primavera el nuevo Imperio de Trebisonda porque los cruzados ocupan Constantinopla, la saquean y se instalan en esa ciudad, la Nueva Roma, su propio Imperio.

María es la señora legítima de Montpellier; su medio hermano Guillén acaba de renunciar a sus derechos y admite que ella sea la única dueña; mucho tiene que ver el acuerdo de boda con el rey de Aragón.

Corre el día 15 de junio del año del Señor de 1204; Pedro y María firman las capitulaciones matrimoniales y sellan su unión en la casa del Temple de la ciudad de Montpellier, el señorío de María, la ciudad independiente que se aporta como dote a su boda. A cambio, el rey Pedro le concede a su esposa el condado de Rosellón, pero sobre todo le promete que no la repudiará jamás; y lo confirma ante testigos.

La reina no es una mujer hermosa. El rey Pedro no la ama. Ama a otras, a hermosas mujeres a las que susurra poemas propios y entona canciones de los trovadores de Occitania, un reino imaginario que el rey de Aragón anhela construir para su gloria.

Pedro no quiere casarse, no desea ser el hombre de una sola mujer, ni siquiera el de una reina. Pero debe hacerlo, todos los reyes lo hacen. Aragón y Barcelona necesitan un sucesor, un príncipe legítimo que garantice la pervivencia del linaje de la familia real. No puede ocurrir otra vez, como cuando Aragón queda sin rey porque Alfonso el Batallador no engendra hijos. No, ahora eso no puede ocurrir. La tierra precisa de un rey y el rey de un heredero.

María ya es reina de Aragón. Esa noche espera a su esposo en la cámara real de su palacio de Montpellier. Medianoche. El rey no llega. La puerta de la alcoba de la reina permanece cerrada. Nadie llama. Nadie.

Pedro yace con otra mujer, más bella, más joven. El rey de Aragón acaricia los cabellos de Azalais, dorados como las mieses a fines de junio, que a luz de los velones resplandecen como si fueran de oro. Satisfecho, entrelaza en sus dedos los mechones rizados de su joven amante.

La reina espera en palacio. El rey no llega a ella esa noche. La primera noche.

Pasan juntos los siguientes meses del verano, pero él no visita la alcoba de la reina.

No la ama.

—Iré a Roma —anuncia de repente el rey Pedro, que acaba de confirmar las costumbres y privilegios de los ciudadanos de Montpellier, sus nuevos súbditos, a los que quiere ganarse pronto.

—¿A Roma? —se extraña el mayordomo real, con el que comparte un banquete amenizado por dos músicos que tocan un laúd y un armonio tan pequeño que un hombre puede llevarlo debajo del brazo.

—Quiero ser coronado por el papa.

—Para ser rey no es necesario...

—Lo sé. De todos mis antecesores en el trono, solo mi tatarabuelo el rey Sancho fue a Roma a postrarse ante el papa, pero lo hizo porque necesitaba su bendición apostólica para que nadie pusiera en duda su legitimidad. La mía no está en cuestión, pero, como dicen esos fatuos consejeros griegos que vinieron con la madre de mi esposa desde Bizancio: «La corona hace al rey». Escribid al papa Inocencio; este otoño seré coronado por él en Roma.

—Costará dinero, señor, y las arcas de vuestra majestad no están precisamente bien cumplidas.

—Utilizaremos el dinero de mi esposa. Montpellier es un rico señorío.

—Eso disgustará a sus ciudadanos.

—Qué mejor destino para el dinero de esos comerciantes que la coronación de su rey.

Roma, noviembre de 1204

Cinco galeras zarpan de Montpellier mediado el otoño; dejan a estribor el Estanque del Oro y ponen rumbo a Génova. El rey Pedro va a ver al papa Inocencio, que acepta coronarlo en Roma mediado noviembre. Lo acompaña su tío, el infante don Sancho, conde de Rosellón y de Cerdaña.

En Marsella, de camino a Roma, Pedro se encuentra con su hermano Alfonso, conde y marqués de Provenza; ambos carecen de herederos, de modo que acuerdan serlo el uno del otro en tanto no tengan hijos. Allí se enteran de la muerte del rey de Hungría, esposo de Constanza, hermana de ambos.

Génova recibe al rey de Aragón con grandes fiestas, pero tiene que zarpar enseguida hacia el puerto de Ostia, desde donde se dirige con las cinco galeras que lo escoltan río Tíber arriba, hacia Roma.

La urbe de los césares y de los papas no es la que espera. La ciudad, antaño la más populosa y rica del mundo conocido, se encuentra sembrada de ruinas cubiertas por arbustos y matojos, donde los lagartos toman el sol sobre los enormes bloques de mármol que un día forman la arquitectura de edificios formidables y al siguiente se sumen en el olvido. Entre la descuidada vegetación surgen restos de la antigua grandeza imperial: muros de enormes sillares, columnas rematadas por capiteles, arquitrabes y cornisas, templos vacíos, derruidos o convertidos en iglesias, antiguos palacios de senadores que ahora son conventos, y teatros y termas entre cuyos poderosos vestigios malvive una población marginal.

El papa recibe a la comitiva aragonesa en el Vaticano, un complejo arquitectónico formado por un palacio, varios edificios anexos y una basílica en la orilla derecha del río Tíber, donde antaño se alzaba un circo pagano.

Hace ya casi siete años que el papa Inocencio se sienta en la cátedra de San Pedro. Es uno de los pontífices más jóvenes en alcanzar el puesto más alto de los eclesiásticos. Tiene cuarenta y cuatro años, la experiencia suficiente, la fuerza necesaria y los arrestos oportunos para regenerar la Iglesia que varios de sus antecesores dejan como una cloaca infecta.

El rey de Aragón atraviesa con pasos amplios y seguros el largo pasillo enlosado con mármol rojo del palacio Vaticano hasta llegar a la sala donde lo aguarda el papa.

Inocencio viste una túnica roja y una estola dorada bordada con cruces áureas cosidas con hilo de seda negra. Se cubre con la tiara pontificia, un gorro cónico de seda amarilla orlada con brocados geométricos y una cenefa roja.

Es alto, pero no tanto como Pedro; su rostro, alargado y bien afeitado, a diferencia de la mayoría de los papas que aparecen pintados con barbas, emana autoridad. Su mirada segura denota serenidad. Los ojos, redondos y grandes, aunque demasiado juntos, miran con firmeza al monarca.

Pedro tampoco luce barba. Nunca lo ha hecho. Toma esa moda de uno de los trovadores de la corte de su padre, el rey Alfonso. Suele rasurarse casi todos los días con la ayuda de un barbero, que también le corta el cabello dejándolo crecer justo por debajo de la nuca, sin que llegue a la altura de los hombros. Acostumbra a llevarlo recogido por detrás de las orejas, para que así luzca con amplitud todo su bello rostro, que tanto gusta a las mujeres. Viste Pedro una lujosa túnica a bandas horizontales de colores rojo y azul, con brocados circulares. Se protege del húmedo otoño romano con una capa de terciopelo carmesí forrada con piel de armiño que se sujeta a los hombros con dos broches de oro.

—Santidad, como rey de Aragón, conde de Barcelona y señor de Montpellier, os agradezco que me hayáis otorgado el honor de coronarme, como ya hiciera vuestro antecesor el papa Alejandro con mi antepasado el rey don Sancho.

El rey de Aragón inclina ligeramente la cabeza ante el papa, que se levanta con toda dignidad y toma las manos de Pedro entre las suyas. De pie frente al rey de Aragón, se sorprende por la altura de este, un palmo por encima de la mayoría de los hombres que allí se congregan.

—Sé bienvenido, hijo amado de la Iglesia, y recibe nuestra bendición. —Inocencio abraza a Pedro, lo besa en la boca y lo bendice con su mano derecha dibujando en el aire la figura de una cruz.

Los dos hombres, el papa y el rey, la cruz y la espada, se miran con confianza. El papa invita al rey a que lo acompañe a dar un paseo por los jardines del Vaticano. Ambos se necesitan. Inocencio no tiene buenas relaciones con otro gran reino cristiano de Hispania, el de León. Declara nulo de pleno derecho el matrimonio de su rey Alfonso con la princesa Berenguela de Castilla y tilda de hijo espurio, es decir, bastardo, a Fernando, fruto de esa unión ilegítima ahora deshecha. Este papa alega y sostiene ante los poderes temporales que es la voluntad de Cristo la que otorga al apóstol Pedro y a sus sucesores la total preeminencia sobre los soberanos cristianos de este mundo.

—En el evangelio de Mateo —le explica el papa al rey de Aragón mientras caminan entre parterres de arbustos aromáticos—, queda claro que Nuestro Señor Jesús le concedió a san Pedro la plena potestad para hacer y deshacer en la tierra, de manera que todos los reinos cristianos deben someterse a Dios. Vos, don Pedro, sois rey de Aragón por la gracia divina y nos somos el único intérprete de la voluntad del Padre Eterno y su representante sobre este mundo.

—Y así lo acato, santidad. Por eso os escribí con el deseo de que fueran vuestras manos las que me coronaran en esta santa ciudad.

—Está todo preparado. Mañana seréis coronado en la iglesia de San Pancracio. Supongo que ya os han explicado todo el ceremonial.

—Mi tío, el infante don Sancho, hermano de mi padre, el rey don Alfonso, se ha encargado de ello.

Inocencio se detiene un instante. Pasa su mano por encima de un plantel de hierbabuena, toca las hojas ya casi marchitas en aquellos días de comienzos de noviembre, se impregna la palma de su agradable aroma y la huele con cierto deleite.

—Mis antecesores en la cátedra de San Pedro no permitieron que los reyes de Hispania acudieran a la guerra justa en Tierra Santa hasta que la última porción de ese territorio quedara en manos cristianas. ¿Culminaréis vos esas conquistas?

—Sí, santidad, en la parte que me corresponde, así lo haré. Pero no está en mi mano acabar con todo el dominio musulmán en la tierra que los sarracenos llaman Al-Andalus. Según los tratados firmados por nuestros antecesores, me corresponde ganar los reinos de Valencia y Mallorca y después participar con otros caballeros de Cristo en la empresa de ultramar y combatir a los enemigos de Dios allá donde se encuentren, hasta acabar con todos ellos.

—En ese caso, os concederemos la bula de cruzada, bendeciremos vuestra espada y os otorgaremos la potestad de combatir a los infieles en el nombre de Dios. Pero no solo a los infieles de la secta mahomética, también lucharéis para acabar con la herejía que corrompe a los cristianos en el Languedoc.

Aquella mañana del 11 de noviembre luce radiante. El sol ya no brilla en Roma con la intensidad de los calurosos días del estío, pero calienta mucho más que en las frías sierras del sur de Aragón o en los altos valles del Pirineo, donde en esas fechas ya están cayendo las primeras nieves.

—¿Todo preparado? —demanda el rey a su tío.

—Listo —ratifica Sancho—. Hoy serás coronado por el mismísimo papa de Roma; serás el primer rey de Aragón en disfrutar de semejante honor. —El infante Sancho ajusta las correas del peto que cubre el pecho de su sobrino—. Magnífico.

En verdad que la figura de Pedro es formidable. A sus veintiséis años está en la plenitud de su fuerza y de su vigor. Su considerable estatura, su pecho poderoso y sus fornidos brazos, fruto del ejercicio que desde niño realiza en el palenque manejando las armas para el combate, modelan unos músculos magníficos. Es uno de los pocos caballeros de su tiempo capaz de manejar con una sola de sus manos la pesada pero contundente hacha de guerra. Aunque sigue sin librar batalla alguna, para lo que cree estar bien preparado.

Pero hoy no habrá ningún combate. Hoy se corona como rey.

Los integrantes aragoneses y catalanes de la comitiva real salen de las casas donde se alojan en Roma, una residencia palaciega al pie de la colina del Janículo, la octava colina de la urbe. Dos centenares de romanos se echan a la calle por donde discurre la antigua vía Aurelia y comentan curiosos el porte de aquel personaje rubio y alto que cabalga sobre un enorme corcel de batalla rodeado de varios caballeros, uno de los cuales enarbola un estandarte con los colores rojo y amarillo del papa. No saben que hace ya mucho tiempo, cuando ninguno de ellos es nacido siquiera, otro rey de Aragón visita Roma para rendir homenaje de fidelidad al papa y recibir de su mano esos colores que desde entonces constituyen el emblema de los reyes aragoneses.

Cuando la comitiva real llega ante las puertas de la basílica de San Pancracio, el gesto del rey se tuerce. Se trata de una modesta iglesia, una de las basílicas menores de Roma. Ni siquiera está dentro de los muros de la ciudad de los césares, ni siquiera en el modesto barrio del Trastévere, sino en las afueras de la puerta que da acceso a ese espacio murado.

Pedro mira airado a su tío Sancho, que le devuelve el mismo gesto contrariado.

—Imaginé un templo más grande, más adecuado a la coronación de un rey —comenta.

—¡Qué importa eso! Lo que ahora cuenta es que vas a recibir la corona de manos del papa, lo que te convierte en el monarca más destacado entre todos los de la cristiandad.

La comitiva se detiene ante la puerta de la modesta basílica. Ante ella esperan dos cardenales, media docena de presbíteros, algunos monjes y una docena de guardias del papa.

—Roma da la bienvenida al rey de Aragón y conde de Barcelona —saluda uno de los cardenales.

—Que os lo agradece —repone Pedro, que baja del caballo para saludar al comité de recepción.

—Su santidad aguarda vuestra presencia ante el altar, majestad.

—Pues entremos raudos; no lo hagamos esperar.

El papa Inocencio viste una dalmática pontifical de seda verde con brocados de hilo de oro sobre un colobio blanco y cubre su cabeza con la tiara papal.

A su lado, sobre un almohadón de terciopelo rojo, están depositados los objetos y los símbolos de la realeza: el manto real, el cetro, el globo y la corona. En la mesa del altar puede verse la naveta de plata que contiene el santo óleo, el ungüento con el que se ungirá a Pedro como soberano de Aragón.

Tras la misa, el papa se dirige al rey, que asiste con devoción a la celebración de la eucaristía, y le pide que se arrodille.

—Nos, Inocencio, siervo de los siervos de Dios, por la autoridad que me ha conferido Dios Nuestro Señor y como sucesor de Pedro, el pescador de almas, y de Pablo, el apóstol de Cristo, te impongo a ti, Pedro, hijo de Alfonso y de Sancha, esta corona como símbolo de tu realeza y te otorgo el orbe y el cetro, emblemas de tu poder y de tu dignidad.

—Yo, Pedro, rey de Aragón, conde de Barcelona y señor de Montpellier, recibo esta corona de tus manos y juro ante las Sagradas Escrituras gobernar mi reino con justicia y lealtad a la Iglesia; y proclamo ante Dios Nuestro Señor que defenderé la fe católica, perseguiré la herejía y protegeré a su Iglesia.

—Levántate —le dice Inocencio mientras lo bendice dibujando en el aire con su mano derecha la cruz—. Has recibido la corona, el orbe y el cetro como símbolo de tu autoridad sobre los hombres, pero también debes ser proclamado caballero y ceñir la espada para que defiendas la cristiandad de sus enemigos e impartas justicia en tu reino.

—Sea —asiente el rey Pedro.

—Esta nueva ceremonia la celebraremos en la basílica de San Pedro del Vaticano, según se acostumbra.

La comitiva, ahora mucho más numerosa al haberse incorporado todo el séquito del papa, sale de la iglesia de San Pancracio.

El rey y sus acompañantes se sorprenden de nuevo. Ahora ya no son un par de cientos los curiosos que se alinean a ambos lados de la vía que atraviesa el barrio del Trastévere y conduce al Vaticano, sino dos millares de entusiastas desocupados que corean los nombres del papa Inocencio y del rey Pedro a la vez que los vitorean agitando palmas, ramas y pañuelos.

Sobre sendos caballos, escoltados por lanceros y protegidos por una guardia de fornidos soldados, desfilan a modo de un verdadero paseo triunfal en el que todo parece perfectamente establecido.

El infante Sancho mira a los lados y deduce que entre aquellos tipos tan eufóricos hay distribuidos agentes del papa que conminan a la multitud a jalear y festejar a los protagonistas de esa ceremonia.

Una hora después la comitiva llega al Vaticano. Esta basílica sí es digna de un rey. Se accede a ella a través de una amplia escalinata de siete gradas que da paso a un pórtico y este a un amplio patio cuadrado en cuyo lado oeste se levanta la fachada principal de la iglesia, un templo de tres naves, la central el doble de alta que las laterales, cubiertas con techos planos de casetones de madera.

Ya en el altar, ante una imagen de la Virgen María, el papa se coloca una capa pluvial roja y amarilla y toma juramento al rey.

—Pedro, rey de Aragón, ¿juras ser leal y defender a la Santa Madre Iglesia?

—Lo juro —asiente sin titubear el rey.

—¿Y juras defender, ser fiel y obedecer a su vicario en la tierra?

—Lo juro —reitera con la mano puesta en una biblia.

—¿Y juras perseguir la herejía y luchar por la paz y la justicia como buen caballero de Cristo?

—Lo juro.

—En virtud de tu juramento, nos, Inocencio, siervo de los siervos de Dios, te proclamamos defensor y vasallo de la Iglesia y caballero. Y por este privilegio que ahora nos te otorgamos, te imponemos por el valor de este feudo que tú, Pedro, por tu reino de Aragón, tu condado de Barcelona y tu señorío de Montpellier, pagues a la Iglesia de Roma doscientas cincuenta monedas de oro cada año, por la fiesta de San Miguel de septiembre, y que puedas llevar en tu escudo y en tu estandarte los colores rojo y amarillo de San Pedro, y rendir homenaje a esta santa Iglesia como todo buen vasallo debe a su señor, como lo han hecho antes que tú, tu padre el rey Alfonso, tu abuelo el conde Ramón Berenguer y todos tus otros antepasados como los reyes Ramiro, Alfonso, Pedro y Sancho. Y si no lo cumples, caiga sobre ti toda la maldición del infierno y la ira divina, como sufrieron los malvados Datán y Abirón, que desobedecieron a Dios y al profeta Moisés y resultaron castigados a ser tragados con todas sus familias por la tierra.

—Así lo juro.

Mar Mediterráneo, fines de noviembre de 1204

—El tiempo es apacible y el viento favorable; si no se desata ninguna tempestad, llegaremos a Montpellier en un par de días —le comenta don Sancho a su sobrino, que contempla desde el castillo de popa de su galera el perfil sinuoso y azul de la costa de Provenza.

Hace ya una semana que las cinco naves partieron del puerto de Ostia.

—Ahora ya nadie podrá discutirme jamás esta corona, nadie —dice Pedro, que mantiene entre sus manos la diadema de oro.

—Querido sobrino, nadie te ha discutido tu trono.

—El rey de Francia dice que soy su vasallo y que le debo homenaje y fidelidad por el condado de Barcelona y por otros que, según él, ganó el emperador Carlomagno a los sarracenos.

—Viejos legalismos que no significan nada —comenta Sancho—. No es una diadema de oro la que hace a un rey, sino la sangre, la familia y algo mucho más valioso...

—¿A qué te refieres?

—A la voluntad de reinar, al deseo de ser rey. Y tú lo eres. Eres hijo de un rey y nieto de una reina..., pero ahora que ya estás legítimamente casado, tienes que ser el padre de un futuro rey. Tu linaje, nuestro linaje, debe perpetrarse en un heredero.

Pedro aprieta los dientes, mira a su tío con cierta amargura, toma una bocanada de aire fresco y confiesa lo que todos en la corte ya conocen.

—No amo a la reina; no me gusta mi esposa; no la quiero.

—Lo sé. Pero esa mujer te ha dado el señorío de Montpellier y te ha abierto la puerta para optar a feudos más importantes. En sus venas lleva la sangre sagrada de los emperadores de Constantinopla. Si tienes un hijo con ella, ese niño fundirá en su corazón la sangre real de Aragón y la imperial de Bizancio. ¿Sabes lo que eso puede significar? El Imperio de Oriente es hereditario, pero el emperador de Occidente lo decide la Iglesia y media docena de grandes señores de Germania. ¿Te imaginas que un día un hijo tuyo uniera las dos coronas imperiales? ¿O tú mismo?

—No puedo acostarme con doña María; su sola presencia me desagrada.

—Tarde o temprano tendrás que dejarla preñada. Es tu obligación. La continuidad de tu sangre real depende de que lo hagas.

—Yo amo a Azalais; ya ardo en deseos de volver a su lado, a su lecho.

—Nada te impide que lo hagas; eres el rey. Vuelve cada vez que lo desees al lado de esa hermosa dama de Bossazó, no te lo reprocho. Doña Azalais es bella, muy bella, una de las mujeres más hermosas que he visto a lo largo de toda mi vida, y supongo que te proporciona grandes placeres en la cama, pero tu deber es dejar embarazada a doña María, aunque tengas que hacerlo con los ojos cerrados y en la noche más oscura.

Barcelona, navidades de 1204

Al regreso de Roma, Pedro quiere guerrear en Provenza; debe ayudar a su hermano Alfonso a conservarla bajo su dominio, pues algún día puede ser suya, ya que no renuncia a convertirse en el gran señor de toda la tierra desde Aragón y Cataluña hasta Génova. Pero al fin desiste y decide dirigirse a Barcelona. Allí lo espera Azalais.

El palacio real está en silencio. El día de Navidad termina y todos sus moradores descansan en sus lechos. Solo los guardias velan el reposo de su señor.

Pedro se despierta mediada la madrugada; tiene un extraño sueño. A su lado, la hermosa Azalais descansa tras una intensa noche de amor, una más de las que pasa junto al rey. La alcoba está tenuemente iluminada por la luz ambarina de la llama de un enorme velón, bendecido la pasada Pascua Florida por el obispo de Barcelona, y por los rescoldos que se consumen en la chimenea que caldea la estancia.

Observa a su amante adormilada. Sí, es hermosa, bellísima, de perfecto rostro ovalado, rasgos dulces y perfil delicado. Parece una de esas deidades antiguas que el papa guarda en una estancia secreta del Vaticano, tras una gruesa puerta de hierro que nadie puede abrir sin su permiso. Muy pocos hombr

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