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EL CONSEJO DE HIERRO (BAS-LAG 3)

China Miéville  

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Fragmento

En años que se han ido hay hombres y mujeres que están trazando una línea por la tierra polvorienta y arrastrando la historia consigo. Están inmóviles, con gritos de guerra sedimentados en los labios. Están en riscos y trincheras de roca, en bosques, en la maleza, a la sombra de los ladrillos. Siempre están llegando.

Y en años que ya se fueron hay alguien erguido sobre un nudillo de granito, un montañoso puño cerrado. La cima está cubierta de árboles, como si una espuma boscosa se hubiese asentado en ella. Se yergue sobre un mundo verde mientras, debajo de él, una fauna de plumas y piel coriácea motea el aire sin prestarle atención.

Entre pilares de batolito discurre el camino que ha recorrido, y junto a vivaques de tela embreada. Hay hombres y fuegos, parientes castrados de las conflagraciones que fertilizan los bosques.

El hombre apartado está bajo un viento que conservará eternamente este antiguo momento en el hielo, mientras su aliento se coagula sobre su barba en forma de escarcha. Consulta el mercurio, letárgico en su cristal, un barómetro y una cuerda calibrada en centímetros. Se localiza a sí mismo y a los hombres que lo acompañan sobre el vientre del mundo y en un otoño de montaña.

Han ascendido. Columnas de hombres luchando penosamente contra la gravedad, arrimados unos a otros, suspendidos al socaire de paredes y recodos de silicato. Siervos de su equipo, han acarreado por todo el mundo sus baratijas de bronce, madera y vidrio como estúpidos nabobs.

El hombre apartado respira en este momento que ya se ha ido, y escucha el carraspeo de los animales de las montañas, el ritmo del forcejeo de los árboles. Donde había cañadas ha sondeado, para así imponerles un orden y para conocerlas, las ha marcado y ha hecho anotaciones en sus dibujos, y al aprehender los parámetros de la penillanura o de los circos de paredes abiertas, de los cañones tributarios, las barrancas, los ríos y las pampas tapizadas de helechos, los ha dotado de belleza. Donde hay pinos o fresnos confinados, y él registra el radio de una curva, la tierra le impone una lección de humildad.

El frío escoge a seis de sus hombres y los deja blancos y endurecidos en tumbas improvisadas. Los alagiths tiñen el grupo de sangre, y los osos y los tenebrae agotan a sus miembros con sus ataques, y algunos hombres, vencidos y sollozantes, se extravían en la oscuridad, y las mulas caen y las excavaciones no dan fruto y hay croquis e indígenas que asesinan sin piedad, pero todos estos son otros momentos. En este tiempo que ya se fue no hay más que un hombre sobre los árboles. Al oeste, las montañas se interponen en su camino, pero en este momento se encuentran todavía a kilómetros de distancia.

Solo el viento le habla, pero él sabe que su nombre se pronuncia con vituperio y respeto. Su estela es la disputa. En las cumbres artificiales de su ciudad, sus obras dividen familias. Algunos que se dicen portavoces de los dioses aseguran que es orgulloso. Es un insulto arrojado a la cara del mundo, y sus planes y la ruta que siguen son una abominación.

El hombre contempla cómo se coloniza la noche. (Ha pasado un largo rato desde este momento.) Observa las secreciones de la oscuridad, y antes de que empiece el tintineo de la cubertería de sus hombres o de que aparezca el aroma de las alimañas de las rocas que compartirá con ellos, solo están él mismo y la montaña y la noche y los libros con sus bosquejos de todo lo que ha visto y las mediciones de aquellas alturas apáticas y sus deseos.

Sonríe, y no con astucia, hartazgo o seguridad, sino con regocijo, porque sabe que sus planes son sagrados.

Primera parte

ADORNOS

Capítulo uno

Un hombre corre. Se abre camino entre paredes de corteza y hojas, por las estancias sin propósito del bosque Turbio. Los árboles lo acogotan.

Aquí, en lo profundo del bosque, hay sonidos aborígenes. Las copas se estremecen. El hombre transporta una carga pesada y suda copiosamente por culpa del invisible sol. Está tratando de seguir un camino.

Justo antes del anochecer encontró el lugar. Siguiendo borrosas veredas hotchis llegó hasta un valle cubierto de raíces y de suelo pedregoso. Los árboles se abrieron. La tierra estaba pisoteada y manchada de hollín y sangre. El hombre dejó en el suelo el fardo y su manta, unos cuantos libros y la ropa. Depositó entre la marga y los ciempiés algo cuidadosamente envuelto y pesado.

En el bosque Turbio hacía frío. El hombre hizo una fogata, y con ella tan cerca, la oscuridad le concedió un amplio respiro, pero él siguió mirándola como si esperara que saliera algo de ella. Algo se aproximaba. Constantemente había pequeños ruidos, como el canto bronquial de un ave nocturna o la respiración siseante de un depredador invisible. Era un hombre prudente. Tenía una pistola y un rifle, y en todo momento llevaba al menos una de ellas consigo.

A la luz del fuego vio pasar las horas. El sueño se apoderó de él y volvió a soltarlo a pequeñas bocanadas. Cada vez que se despertaba, exhalaba como si acabara de salir del agua. Estaba acongojado. En su rostro aparecieron el pesar y la rabia.

—Vendrán a buscarte —dijo.

No reparó en la llegada del alba, solo en que el tiempo reemprendía la marcha y de nuevo podía ver los límites del claro. Se movía como si estuviera hecho de ramas, como si hubiera acumulado todo el frío y la humedad de la noche. Mientras comía un poco de carne seca, escuchó los ruidos del bosque y paseó por la terrosa depresión.

Cuando, finalmente, oyó unas voces, se pegó a la pared de la cuenca y asomó entre los troncos. Tres hombres se aproximaban por un camino cubierto de moho y desechos vegetales. El hombre los observó con el rifle preparado. Al pasar por unos cilindros de luz más gruesos, pudo verlos con mayor claridad y bajó el rifle.

—Aquí —gritó.

Los otros se tiraron al suelo como idiotas y lo buscaron con la mirada. Levantó la mano sobre la pared de tierra.

Eran una mujer y dos hombres, vestidos con ropa aún menos adecuada para el bosque Turbio que la suya. Se plantaron frente a él en la arena y sonrieron.

—Cutter. —Le estrecharon las manos y le dieron palmadas en la espalda.

—Se os oye a cientos de metros de distancia. ¿Y si os han seguido? ¿Quién más viene?

No lo sabían.

—Recibimos tu mensaje —dijo el hombre de menor estatura. Hablaba deprisa y miraba constantemente a su alrededor—. Fui a ver. Estuvimos discutiendo. Los demás dijeron, ya sabes, que debíamos quedarnos. Ya sabes lo que dijeron.

—Sí, Drey. Que estoy loco.

—Tú no.

No lo miraron. La mujer se sentó hinchando la falda. Estaba tan nerviosa que respiraba entrecortadamente. Se mordía las uñas.

—Gracias. Por venir. —Ellos asintieron o desecharon su gratitud: a él mismo le sonó extraña, y seguro que también a ellos. Trató de no parecer sardónico, como le ocurría siempre—. Significa mucho.

Esperaron en la depresión, motivos dibujados sobre la tierra o figuras talladas de madera muerta. Había demasiado que decir.

—Entonces, ¿os dijeron que no vendrían?

La mujer, Elsie, respondió que no, tanto no, con esas palabras no, pero que el Caucus se había burlado del mensaje de Cutter. Lo miró un momento y rápidamente bajó los ojos mientras hablaba. Él asintió y no dijo nada.

—¿Estáis seguros de esto? —dijo, y se negó aceptar sus indiferentes gestos de asentimiento—. Maldición, ¿estáis seguros? Vais a darle la espalda al Caucus. ¿Estáis preparados? ¿Por él? Nos espera un camino muy largo.

—Ya hemos recorrido muchos kilómetros para llegar hasta aquí —dijo Pomeroy.

—Serán muchos más. Cientos. Va a ser larguísimo. Y mucho tiempo. No puedo asegurar que regresemos.

No puedo asegurar que regresemos.

Pomeroy dijo:

—Solo quiero que me digas otra vez que es verdad. Dime que se ha ido y adónde ha ido y para qué. Dime que es verdad. —El hombretón le dirigió una mirada iracunda y esperó, y al ver que Cutter asentía bruscamente y cerraba los ojos, dijo—: Muy bien.

Otros llegaron luego. Primero otra mujer, Ihona. Y, después, mientras le daban la bienvenida, escucharon el crujido de una vegetación reseca violentamente pisoteada, y un vodyanoi apareció entre la maleza. Se agazapó como un sapo, a la manera de su raza, y levantó unas manos palmeadas. Al saltar desde lo alto de la hondonada, su cuerpo —un grueso saco formado por la cabeza y el tronco— se estremeció de arriba abajo a causa del impacto. Fejhechrillen estaba sucio y fatigado, pues su forma de moverse no era la más idónea para un bosque.

Estaban nerviosos, pues no sabían cuánto debían esperar ni si vendría alguien más. Cutter les preguntó a todos cómo se habían enterado de su mensaje. Eso no les gustó. No querían sopesar la decisión de unirse a él: sabían que muchos lo considerarían una traición.

—Os estará muy agradecido —dijo Cutter—. Es un auténtico capullo, pero, aunque puede que no lo demuestre, esto significa mucho, para él y para mí.

Tras un silencio, Elsie dijo:

—Eso no lo sabes. No nos preguntó, Cutter. Solo envió un mensaje, según dices. Puede que se enfade al vernos.

Cutter no podía decirle que se equivocaba. Así que dijo:

—Pero no creo que vayas a marcharte por eso. Además de por él, también estamos aquí por nosotros mismos.

Empezó a contarles lo que podían encontrarse, subrayando los peligros. Parecía que estuviese intentando disuadirlos, aunque todos sabían que no era así. Drey rebatió sus argumentos con voz rápida y nerviosa. Aseguró a Cutter que lo comprendían. Cutter comprendió que estaba tratando de persuadirse a sí mismo y guardó silencio. Drey dijo repetidamente que la decisión estaba tomada.

—Será mejor que nos pongamos en marcha —dijo Elsie al pasar el mediodía—. No podemos esperar eternamente. Si alguien más iba a venir, es obvio que se ha perdido. Tendrán que volver con el Caucus, y hacer lo que haya que hacer en la ciudad.

Alguien lanzó un gritito y todos se volvieron...

Al borde de la hondonada había un jinete hotchi montado en un gallus, observándolos. La gran ave de guerra hinchó las alas ventrales y, levantando una garra espolonada, adoptó una curiosa pose. El hotchi, un macho achaparrado y robusto, como un puercoespín, acarició la melena roja de su montura.

—Viene milicia. —Su acento era fuerte y ronco—. Dos hombres de milicia, un minuto, dos. —Se inclinó hacia delante en la vistosa silla e hizo dar la vuelta al ave. Sin hacer apenas ruido, sin siquiera el tintineo del metal sobre las cinchas y los estribos de madera y cuero, se alejó, orgulloso y beligerante, y desapareció en el bosque.

—¿Eso era...? ¿Qué...? Joder, ¿es que...?

Pero, entonces, el ruido de alguien que se acercaba acalló a Cutter y a los demás. Todos dirigieron la mirada hacia el sonido, embargados de pánico silencioso y sin tiempo ya para ocultarse.

Dos hombres aparecieron detrás de unas rocas cubiertas de líquenes. Llevaban la máscara y el uniforme gris marengo de la milicia. Cada uno de ellos llevaba un escudo reflectante y un voluminoso revólver de cazoleta al costado. Al llegar al claro vacilaron un momento y se detuvieron, mirando fijamente a los hombres y mujeres que los esperaban.

Pasó un largo segundo en el que nadie se movió, en el que se entabló una comunicación confusa y muda —¿sois, son, qué, deberíamos, deberíamos...?— hasta que alguien disparó. Entonces hubo un chaparrón de sonidos, chillidos y percusión de disparos. Cutter cayó. No sabía lo que estaba pasando y la idea de que le hubiesen dado y aún no lo hubiese sentido lo aterrorizaba. Cuando cesó la atroz síncopa de las armas, relajó las mandíbulas.

Alguien estaba gritando, «oh, dioses; oh, joder, dioses». Era uno de los milicianos, que estaba sentado junto a su compañero muerto, sangrando por una herida y tratando de mantener el arma en alto. Cutter escuchó el sonido de desgarro que hace un arco al disparar y el miliciano cayó de espaldas con una flecha clavada y dejó de moverse.

Siguió un nuevo segundo de silencio y entonces:

—Jabber... ¿Estáis...? ¿Está todo el mundo...? ¿Drey? ¿Pomeroy?

Al principio, Cutter pensó que ninguno de los suyos había sido herido. Entonces vio que Drey estaba pálido y se sujetaba el hombro con manos temblorosas y teñidas de sangre.

—Buen Jabber, tío. —Cutter ayudó a Drey a sentarse («¿pasa algo?», repetía una vez tras otra el hombrecillo). La bala le había dado en el músculo. Cutter arrancó varias tiras de tela de su camisa y las empleó para vendarle la herida. El dolor hizo que Drey se resistiera, y Pomeroy y Fejh tuvieron que sujetarlo. Le dieron una ramita tan gruesa como un pulgar para que la mordiera mientras lo vendaban.

—Deben de haberos seguido, estúpidos bastardos —masculló Cutter, furioso, mientras trabajaba—. Os dije que había que tener cuidado, joder...

—Y lo hemos tenido —gritó Pomeroy, señalándolo con el dedo.

—No siguieron a ellos. —El hotchi reapareció montado en su gallus—. Patrullan los fosos. Estáis mucho tiempo aquí, casi un día. —Desmontó y se aproximó al borde de la arena—. Demasiado tiempo.

Enseñó los dientes en una mueca ininteligible. Era más bajo que Cutter, pero rotundamente musculoso, y poseía la robustez de un hombre mucho más alto. Se detuvo junto a los milicianos y los olisqueó. Se sentó sobre el que había abatido su flecha y empezó a sacarle el proyectil por el lado contrario al orificio de entrada.

—Cuando no regresan, mandarán más —dijo—. Vienen a buscaros. Puede que ya. —Gobernada por él, la flecha sorteó los huesos del muerto pecho. Asió el astil cuando asomó por la espalda del cadáver y de un tirón sacó los penachos con un ruido húmedo. A continuación, la guardó en su cinturón sin limpiarla, le arrebató al cadáver el revólver de las manos tiesas y le disparó con él en el orificio.

Las aves remontaron de nuevo el vuelo al oír la detonación. El inesperado retroceso hizo gruñir al hotchi, que sacudió la mano. El fino agujero de la flecha se había convertido en una cavidad.

Pomeroy dijo:

—Esputos... ¿Quién demonios eres?

—Hombre hotchi. Hombre de gallo de guerra. Alectryomach. Os ayudaré.

—Tu tribu... —dijo Cutter—. ¿Están de nuestro lado? Algunos hotchis están con el Caucus —dijo a los demás—. Por eso este lugar es seguro. O teóricamente lo era. Su clan no siente ninguna simpatía por la milicia. Nos ofrece paso franco. Pero... no pueden arriesgarse a luchar en la ciudad. Por eso tiene que parecer que somos nosotros los que hemos matado a los milicianos, y no sus flechas. —Él mismo fue comprendiéndolo a medida que lo decía.

Entre Pomeroy y el hotchi registraron a los dos muertos. Pomeroy lanzó uno de los revólveres a Elsie y el otro a Cutter. Eran armas modernas, de calidad, y Cutter nunca había tenido una en las manos. La suya era muy pesada y tenía seis cañones dispuestos en un grueso tambor circular.

—No son muy fiables —dijo Pomeroy mientras recogía las balas—. Pero sí rápidas.

—Jabber... Joder, será mejor que nos vayamos. —El dolor hacía temblar la voz de Drey—. Deben de haber oído esas putas armas a varios kilómetros de aquí...

—No muchos cerca —dijo el hotchi—. Puede que nadie oiga. Pero tenéis que iros, sí. ¿Dónde vais? ¿Por qué dejáis ciudad? ¿Buscáis al hombre de arcilla?

Cutter miró a los demás y todos lo miraron a él, invitándolo a tomar la palabra.

—¿Lo has visto? —preguntó. Dio un paso hacia el atareado hotchi—. ¿Lo has visto?

—No he visto, pero conozco los que sí. Hace días, semana o más. Hombre cruza el bosque en un gigante gris. Corriendo. La milicia lo sigue.

La luz de la tarde los bañó a todos, y volvieron a oírse los ruidos de los animales del bosque. Cutter estaba rodeado por kilómetros de árboles. Abrió la boca más de una vez antes de hablar.

—¿La milicia lo seguía? —preguntó.

—En caballos rehechos. Los oí.

En caballos rehechos, con cascos de metal repujado, o con garras de tigre o con colas prensiles y cubiertas de glándulas venenosas. Con pistones de vapor para dotar a sus patas de una fuerza absurda o con una resistencia alimentada por una caldera de excrementos situada detrás de la silla. Convertidos en carnívoros y equipados con largos colmillos. Caballos-lobo o caballos-jabalí, caballos-constructo.

—No lo vi —dijo el hotchi. Montó en su gallus—. Fueron tras jinete de hombre de arcilla, hacia el sur. Ahora idos. Deprisa. —Se volvió sobre su ave de guerra y apuntó con un dedo marrón—. Tened cuidado. Esto es el bosque Turbio. Idos.

Espoleó al gallus y se perdió entre la maleza y los densos troncos.

—Idos —gritó, ya invisible.

—Maldición —dijo Cutter—. Vamos.

Levantaron su pequeño campamento. Pomeroy cogió la mochila de Drey, además de la suya, y los seis salieron del foso de los gallos de guerra para adentrarse

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