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EL CORSARIO NEGRO | LOS TIGRES DE MOMPRACEM | EL REY DEL MAR (LOS MEJORES CLáSICOS)

Emilio Salgari  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

EL «CAPITÁN» SALGARI, O EL AVENTURERO SEDENTARIO

La vida de Emilio Salgari ejemplifica hasta extremos dramáticos la precaria existencia de un conjunto de escritores populares que sacrificaron su salud, física y mental, escribiendo sin descanso y con excesiva rapidez. Resulta trágico el contraste entre la medianía cotidiana de un autor que nunca viajó, porque el trabajo no se lo permitía, y las extraordinarias aventuras de sus personajes en los más exóticos países. Nada tiene que ver Salgari con los escritores-aventureros anglosajones (funcionarios del Imperio, como Rider Haggard, Rudyard Kipling y John Buchan; periodistas, como G. A. Henty; u oficiales de la Armada Real, como Frederick Marryat), ni con viajeros como Stevenson o Mayne Reid, cuya obra literaria es indisociable de sus travesías. En el caso de Emilio Salgari, los cambios de escena son puramente imaginarios; su universo narrativo está inventado de principio a fin a partir de manuales de divulgación geográfica y mapas del mundo. Lejos del terrible Sandokán o del cazador de serpientes Tremal-Naik, la de Salgari fue una vida triste, que solo merece ser contada en la medida en que explica, por contraste, la sed de aventuras del autor italiano, así como su trasfondo pesimista.

Emilio Salgari nació en Verona el 21 de agosto de 1862, hijo de un matrimonio de pequeños comerciantes, primero taberneros y más tarde vendedores de telas. No fue un alumno brillante. En 1874 suspendió el examen de ingreso en la Scuola Tecnica Regia, con lo que se vio obligado a cursar sus estudios en una institución de menor prestigio, el Istituto Tecnico Comunale. En 1878 se trasladó a Venecia e intentó formarse como oficial de marina en el Istituto Nautico Paolo Sarpi, donde, sin embargo, también embarrancó. Este nuevo fracaso no le impidió hacerse pasar toda la vida por marino, ni jactarse de haber sido capitán de altura en la marina mercante, título con el que firmaba sus obras. En realidad, su única experiencia marítima tuvo lugar dos años después en un barco que cubría la ruta entre Venecia y Brindisi, y en el que se embarcó como grumete… o turista. ¡Qué lejos estamos de cualquier paisaje exótico! Y ni siquiera existe la seguridad de que esta historia sea verídica.

Emilio Salgari no fue un viajero, ni mucho menos un aventurero. ¿Compensó la escritura este fracaso inicial? Pronto, en todo caso, se creó una confusión entre las hazañas fantásticas de sus personajes y la vida ideada a lo largo de los años por el escritor, perpetuo inventor, de cara a sus parientes y amistades: extraordinarios viajes a lo largo y ancho del planeta, una vida imaginada que le permitía presentar algunas de sus narraciones y artículos como historias reales. ¿Se dejaba engañar su familia, o se limitó a alimentar la leyenda? Lo cierto es que Mio padre, Emilio Salgari (1940), la biografía que le dedicó su hijo Omar, fue una de las principales fuentes de este mito del padre aventurero, cuyas fabulaciones se esforzó en sustentar con «hechos». Hay más. Felice Pozzo, especialista en el autor, descubrió las manipulaciones de Omar para falsificar los registros de la Scuola Nautica di Venezia y hacer creer que el escritor había cursado en ella sus estudios. El propio Salgari, en la correspondencia con sus editores, finge basarse en recuerdos personales. En 1885 llega al extremo de batirse en duelo con un periodista que ponía en duda su brillante pasado. Estas mentiras se apoyan en una laguna dentro de su biografía: entre 1880 y 1883 se pierde la pista de Salgari, que a su regreso a Verona afirma haber realizado fabulosos viajes por el mundo entero como capitán. También fue Omar quien avaló el segundo mito que envuelve al autor: el de un escritor que nunca leía, sino que prefería inspirar sus relatos en sus propios recuerdos. Hoy sabemos que la verdad se encuentra en las antípodas de la leyenda: Salgari subsanó su desconocimiento de los países visitados por sus personajes mediante la lectura bulímica de relatos de viajes y obras de divulgación científica para no dejar sin justificación ni una sola descripción de plantas, animales o paisajes.

Salgari, como Jules Verne, fue un explorador de salón. Igual que Karl May, su homólogo alemán (que también aseguraba haber vivido extraordinarias aventuras, y adornaba su casa con «trofeos» obtenidos, decía, en sus viajes), y que Gustave Aimard (de quien permanecen aún muchas mentiras y exageraciones biográficas por desenmascarar), Emilio Salgari trató de soñar una existencia a la altura de sus novelas, llegando hasta la mitomanía, y, como en el caso de estos dos escritores, sus fabulaciones lo llevaron al umbral de la locura. Resulta curioso apreciar tantas semejanzas entre estos tres autores de novelas de aventuras. La explicación más obvia recae en el hecho de que para vender mejor sus obras, cuyo punto de partida seguía siendo el prestigioso modelo del relato de viajes, era necesario otorgarles una validez objetiva. Frente a novelistas de ese género que fundamentaban en recuerdos auténticos la verosimilitud de sus historias, como Mayne Reid o Louis Jacolliot, un escritor que confesara su escaso conocimiento del mundo habría quedado en ridículo, sobre todo cuando en esa época el descubrimiento de la geografía resultaba un requisito cultural de primer orden. Al mismo tiempo, sin embargo, los deseos mitómanos de Salgari deben vincularse al desenfrenado imaginario de sus narraciones. Los viajes que pretendía haber llevado a cabo no se parecían a los de los aventureros auténticos, con su acumulación de contratiempos, sus largos trayectos y, sobre todo, un objetivo tras la sucesión de etapas. En Emilio Salgari, como en Karl May y en Gustave Aimard, el imaginario, más que imitar los relatos de exploradores reales, emula las extraordinarias peripecias de los héroes de las novelas de aventuras, empezando por las de sus propios personajes.

Si algún modelo existe para el «viajero» Salgari, ese es mastro Catrame, el protagonista de una de sus primeras obras (Los cuentos marineros de mastro Catrame, 1894). En esta colección de relatos, unificados por la voz de un solo y pintoresco narrador, descubrimos a una especie de barón de Münchhausen de los mares que presenta como auténticos toda suerte de acontecimientos insólitos y extravagantes, de los que además parece muy convencido de su veracidad. Aunque grotesco, Catrame resulta también profundamente entrañable y fascinante debido a su capacidad para seducir a su público. En los recuerdos de Salgari, tal como los recogió Omar o como se han podido reconstruir a partir de sus cartas y artículos, encontramos la misma ingenuidad novelesca y la misma fe en la aventura que tanto encanto confieren a su mastro Catrame.

De este modo, la escritura propone una vida ideal, y en buena parte imaginaria, que no ha podido experimentar el autor: la de marino, o, en términos más generales, la de aventurero. Esta conclusión, al menos, es la que podemos extraer del giro que sufre la vida de Salgari después del fracaso en el Istituto Nautico. A partir de su regreso a Verona, en 1883, encuentra un sustitutivo a sus anteriores proyectos: ya que no puede ser viajero, será escritor. Imaginará los viajes en lugar de vivirlos. Ese mismo año adopta la identidad de un capitán de la marina mercante para publicar su primer relato, «I selvaggi della Papuasia», en la revista La Valigia. Se trata de la historia de un naufragio en Papúa, que Salgari pretende haber oído contar a un marinero durante sus viajes por Nueva Guinea. El texto se publica en cuatro entregas, de julio a agosto. A continuación, entre agosto y octubre, aparece su primera novela, Tay-See, en La Nuova Arena, suplemento de L’Arena, dirigido por otro autor del género de aventuras, Aristide Gianella. A la publicación de Tay-See, le sigue de inmediato la de Sandokán, el tigre de Malasia (entre octubre de 1883 y marzo de 1884), donde descubrimos a dos de los personajes más emblemáticos del autor, el pirata Sandokán y su fiel Yáñez. Más adelante, en su aparición en un solo volumen, la novela adopta el nombre de Los tigres de Mompracem. A partir de ese momento el éxito es tal que Salgari pasa a ser durante dos años redactor de L’Arena.

En 1887, la editorial genovesa Donath publica la primera novela del autor en formato libro, La favorita del Mahdi, cuyo manuscrito original ha dado a conocer La Nuova Arena entre marzo y agosto de 1884. También le llega el turno a Gli strangolatori del Gange, donde interviene por primera vez Tremal-Naik, cazador de serpientes e infatigable enemigo de los thugs. Publicado más tarde con el título de Los misterios de la jungla negra, se le considera uno de los grandes hitos del autor. El mismo año fallece su madre, y dos años más tarde, en 1889, se suicida su padre. Ambas muertes constituyen el original de una escena reproducida años más tarde por el matrimonio Salgari. En 1892 el escritor se casa con la actriz semiprofesional Ida Peruzzi, que en 1893 da a luz a su primera hija, Fatima. Posteriormente nacerán Nadir (1894), Romero (1898) y Omar (1900), cuyos nombres orientales son otro testimonio de las ensoñaciones exóticas de Salgari. Tras su muerte, tanto Nadir como Omar escribieron relatos inspirados en los de su padre, cuando no se afanaron en revivir a sus personajes más famosos, como Sandokán, Yáñez o el Corsario Negro y sus hermanos en nuevas aventuras.

En 1893 la familia Salgari se establece en Turín, donde el autor firma un contrato con la editorial católica Speiriani, especializada en literatura aleccionadora. Para L’Innocenza, revista turinesa de inspiración cristiana dirigida a la juventud, Salgari se prodiga en artículos y relatos cortos a menudo de tono didáctico, anécdotas de viajes y curiosidades exóticas que triunfaban en la prensa de la época, siguiendo la tradición del famoso Journal des voyages et des aventures sur terre et sur mer, cuyo equivalente italiano es el Giornale illustrato dei viaggi e delle avventure di terra e di mare.

Entre Speiriani y Donath, Salgari encadena novelas, artículos y relatos a un ritmo cada vez más veloz. Es en este período cuando se publican algunas de sus obras más famosas: Los piratas de la Malasia (1896, manuscrito original de 1891), donde se encuentran Sandokán y Tremal-Naik; Los horrores de Filipinas (1898), que describe las rebeliones contra los colonos británicos; El Corsario Negro (1898, reproducido en este tomo); o La capitana del «Yucatán» (1899).

A pesar del éxito de sus historias, Salgari no se integró en la intelligentsia local ni gozó de verdadero prestigio. Mientras tanto, su entorno familiar empezó a deteriorarse: Ida, su mujer, manifestó los primeros síntomas de desequilibrio mental, y la escasez de dinero obligó a Salgari a acelerar aún más el ritmo de su pluma. En 1907 publicó siete novelas, y en 1908 otras cinco. Entre 1901 y 1903 firmó con el seudónimo de Guido Altieri sesenta y siete narraciones y relatos cortos para la Bibliotechina Aurea Illustrata del editor Salvatore Biondo. Esta prolijidad explica el declive de la calidad de sus obras. Las novelas escritas bajo seudónimo (G. Landucci, G. Altieri, E. Bertolini), que a menudo aprovechan argumentos de obras anteriores, o «adaptan» los de otros autores, dan fe de que Salgari escribía demasiado y demasiado aprisa. A pesar de todo, siguen abundando las obras de interés: La reina de los caribes (1901), Flor de las perlas (1901), Los dos tigres (1904) o Yolanda, la hija del Corsario Negro (1905) demuestran que la inspiración del escritor estaba lejos de haberse agotado.

Gran parte de la obra de Salgari se articula en ciclos, una estructura que satisfacía el gusto por la continuidad de un lector acostumbrado a la extensión de las novelas folletinescas, sin que por ello cada volumen dejara de tener cierta independencia. Los primeros ciclos que debemos citar son «Los corsarios de las Antillas» (cinco novelas) y «Los piratas de Malasia» (once novelas), los más importantes tanto en cantidad como en calidad. Acto seguido debe hablarse del ciclo «Aventuras en el Far West» (tres volúmenes), que sigue la moda de las historias sobre la frontier americana, muy en boga en los últimos años del siglo XIX, tras la gira por Europa del espectáculo de Buffalo Bill. El argumento (que enfrenta a una tribu siux y los colonos) es de factura clásica, pero la acción destaca por su gran crueldad y lleva al extremo el gusto por el melodrama. La serie termina con un conjunto de muertes que sumen en la desolación a los supervivientes de ambos bandos. Sería injusto no citar el ciclo «Los piratas de las Bermudas» (tres volúmenes), que elige como trasfondo de las aventuras de sus protagonistas, el romántico barón Mac Lellan y el excéntrico Cabeza de Piedra, la guerra de Independencia estadounidense. De la pluma de Salgari surgieron también varios dípticos: el de las Filipinas (que trata sobre las luchas por la independencia de la población local contra los colonizadores portugueses), el del Capitán Tormenta (díptico histórico que describe los combates de los últimos cristianos de Chipre en el siglo XVI), el de los aventureros del aire (inspirado quizá en Robur el conquistador, de Jules Verne) o el de los dos marinos (aventuras en América del Sur y Australia). Le debemos, por último, una gran cantidad de relatos independientes. Entre 1896 y su muerte escribió unas noventa novelas y más de ciento veinte artículos y cuentos cortos. A nivel geográfico, a pesar de la gran preponderancia de la aventura en Asia, dentro de su producción el autor exploró todas las partes del globo: África (La jirafa blanca), el Norte (Invierno en el Polo Norte), América del Sur (La estrella de la Araucania), Rusia (Los horrores de la Siberia), Brasil (El hombre de fuego)… También se encuentran en su obra casi todas las variantes de la novela de aventuras: viajes excéntricos a la manera de Jules Verne (Al Polo Austral, Dos mil leguas por debajo de América), relatos marítimos (Un drama en el Océano Pacífico), relatos sobre un «mundo perdido» (La ciudad del oro), robinsonadas (Los náufragos del «Liguria»), novelas históricas de aventuras (Cartago en llamas), relatos utópicos (Las maravillas del 2000)… Pocas formas de moda en esa época escaparon a la pluma del autor.

El éxito de Salgari fue rápido y sostenido. En Italia, por ejemplo, se vendieron ochenta mil ejemplares de El Corsario Negro en pocos meses. En vida del autor sus obras fueron traducidas en el mundo entero, empezando por Francia, y pasando por Alemania, Argentina, Rusia, España… Aun así, nunca dejó de quejarse por la falta de dinero. Acusaba a sus editores de robarle y explotarle, y en cierto sentido llevaba razón: en esa época no era envidiable la suerte de los autores de folletín, y para vivir de la pluma había que someterse a un ritmo de publicaciones agotador. De todos modos, la situación de Salgari, en relación con la de sus colegas, era privilegiada: formaba parte del grupo de escritores populares relativamente bien pagados, y, además, al dinero que cobraba de sus editores se sumaban los derechos (limitados, por aquel entonces) de las traducciones. La familia, sin embargo, vivía con grandes lujos, que, junto con los problemas de salud de su mujer, diezmaban la economía del escritor. Castigado con dureza por la intensidad con la que trabajaba y aquejado para colmo de una depresión crónica, Salgari sufrió una muerte trágica. Primero estalló el círculo familiar: Ida cayó en la locura y debió ser ingresada en una institución. El destino de aquella a quien Salgari llamaba Aida fue el mismo que el de la desdichada Ada que protagoniza Los misterios de la jungla negra y Los piratas de la Malasia, con la diferencia de que en su caso la demencia era definitiva. Desesperado, Emilio Salgari se suicidó, con una puesta en escena digna de sus novelas. Se cortó la garganta y el vientre con una navaja, en la campiña turinesa, tras dejar una trágica carta dirigida a sus editores: «A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndonos a mí y a mi familia en un estado próximo a la miseria, o algo peor, solo os pido que en compensación de las ganancias que os he dado penséis en mi funeral».

SALGARI Y LA NOVELA DE AVENTURAS: UNA INFLUENCIA POCO CONOCIDA

El abandono moral del cual da fe la carta de despedida de Salgari, y su desesperación como escritor que no se sentía reconocido, no deben ocultar el importante lugar del novelista dentro de la literatura popular e infantil de finales del siglo XIX. Empezó a escribir en una situación de relativo aislamiento, entre otras razones porque hacía poco tiempo que Italia había consumado su unidad nacional, y aún no gozaba de una pequeña burguesía firmemente asentada. Faltaba, por lo tanto, una masa de lectores jóvenes que habría permitido el surgimiento de una literatura infantil importante, hecho que frenó de forma considerable el desarrollo de la novela folletinesca. Salgari, pues, fue uno de los primeros grandes autores que escribieron para la juventud. Por otra parte, a finales del siglo XIX Italia no había producido ninguna obra significativa dentro del género de la novela de aventuras, mientras que en Francia, Inglaterra y Alemania resultó una forma literaria de enorme éxito a partir de la década de 1850. La explicación a ello es sencilla: a diferencia de otros países europeos, Italia carecía de una auténtica dimensión internacional y no poseía colonias. Las grandes potencias europeas basaron parte de su política en objetivos expansionistas, mientras que la Italia posterior al Risorgimento se conformó con afianzar su propia unidad de espaldas al resto del mundo.

Este desfase se manifiesta en la novela popular italiana que triunfaba en esa época. Antes de Salgari, el grueso de la producción correspondía a folletines inscritos en la tradición del «misterio urbano» heredado del modelo de Los misterios de París de Eugène Sue. Citemos, por ejemplo, I misteri di Torino, de Arturo Colombi, y sobre todo I misteri di Napoli (1869-1870), de Francesco Mastriani. Estas obras, inspiradas en el romanticismo oscuro francés y en el «gótico» inglés, aspiraban a retratar la ciudad moderna con la máxima veracidad social e histórica, y no despreciaban, para conseguir sus fines, los efectos grandilocuentes y patéticos, del mismo modo que gustaban de imaginar maquinaciones de sociedades secretas que reinaban sobre ejércitos de criminales de los bajos fondos. Aunque el modelo narrativo de la primera novela folletinesca sea francés (a través de Eugène Sue) e inglés (a través de G. W. M. Reynolds), las tramas de los «misterios urbanos» se centran en la propia Italia. Los autores desarrollan deter minados temas dando protagonismo a las regiones del sur, de las que eran oriundos todos los peligros; y otorgando un lugar esencial a las confabulaciones del clero, y sobre todo al personaje del bandido honorable, con el que los lectores de la época, en apariencia, mantenían una relación ambigua de atracción, fascinación y miedo.

La literatura de aventuras, mientras tanto, se presenta sobre todo como un asunto de extranjeros. Los italianos solo la conocen gracias a las traducciones, cada vez más numerosas, de autores como Fenimore Cooper, Gustave Aimard, el capitán Mayne Reid, Jules Verne o Louis Boussenard. Fue en estas lecturas donde halló su inspiración Emilio Salgari, y de donde nacieron, qué duda cabe, sus relatos. Tenemos constancia de que dos de sus obras son reescrituras de una novela de aventuras inglesa y otra alemana: La caverne dei diamanti, publicada bajo el seudónimo de Bertolini, es una adaptación libre de Las minas del rey Salomón, de Rider Haggard, e Il figlio del cacciatore d’orsi se basa en Der Sohn des Bärenjägers de Karl May. Si bien es cierto que la inspiración de Salgari no toma siempre una apariencia tan palmaria de reescritura, sí trasluce el influjo de los autores extranjeros. Más de una de sus narraciones evoca de inmediato el imaginario de Jules Verne: Dos mil leguas por debajo de América recuerda a Veinte mil leguas de viaje submarino, mientras que A través del Atlántico en globo guarda un claro parecido con Cinco semanas en globo. Otros casos, como las novelas africanas (La Costa de Marfil, por ejemplo), tienen reminiscencias de las aventuras de caza de Louis Boussenard o del capitán Mayne Reid. Obras como Avventure straordinarie d’un marinaio in Africa parecen directamente inspiradas en las Aventures d’un gamin de Paris de Boussenard. Hasta los episodios selváticos de El Corsario Negro y La reina de los caribes, construidos como una sucesión de encuentros y enfrentamientos con animales exóticos, recuerdan a la estructura narrativa de las obras de ese autor: el tono se vuelve a menudo ilustrativo al describir tal o cual planta rara o animal curioso. Por último, encontramos la influencia de Louis Jacolliot (Le coureur des jungles) en los combates entre indomalayos y británicos, o la de Alfred Assolant y Le capitaine Corcoran en el personaje de Tremal-Naik, acompañado por su tigre. La familiaridad con los escritores franceses e ingleses también explica que en sus colaboraciones en revistas sobre viajes y aventuras (empezando por Per terra e per mare, que dirigió durante un tiempo) Salgari firme a menudo con seudónimos extranjeros: H. Aubin, R. Bonsac o Jules Lecomte, por lo que respecta a los nombres de sonoridad francesa, o H. Barry, W. Churchill, Captain J. Wilson… Pareciera que para dar algún crédito a esos artículos y anécdotas hubiera que ser francés o inglés.

A pesar de todo, Salgari no descuida las tradiciones nacionales, entre las que destaca el imaginario del melodrama, muy apreciado por los italianos en una época en la que triunfaba la ópera de Verdi y de Puccini. Se ha demostrado que Salgari se apropió de algunas tramas reconocidas: La favorita del Mahdi se parece al Rigoletto de Verdi; en El Corsario Negro, las meditaciones amorosas del vizconde de Roccabruna se aproximan a La Traviata; y La bohemia italiana sugiere de manera evidente la ópera de Puccini. En líneas más generales, las evocaciones de amores tumultuosos plasmados de forma excesiva, la exaltación de los sentimientos y el indisoluble vínculo entre amor y muerte participan de esta estética del melodrama que encandilaba al público popular de la época, poco sensible a las corrientes dominantes del realismo y el decadentismo. En Salgari, la aventura no puede disociarse del amor. Para todo héroe excepcional hay siempre una mujer fuera de lo común: Ada, sacerdotisa de los thugs; y sobre todo Marianne, la Perla de Labuán, que parece elevarse, merced a la leyenda, hasta el nivel del Tigre. Esta «criatura que cabalgaba como una amazona y que cazaba con valor las fieras» también se parece a la maravillosa Lorelei, ya que «se la veía aparecer por las orillas de Labuán, embrujando con un canto más dulce que el murmullo de los riachuelos a los pescadores de las costas».

No obstante, es en la figuración de los protagonistas donde con más claridad se adscribe la novela de aventuras de Salgari a la tradición de la literatura popular italiana. A través de la evocación de personajes al margen de la ley, Salgari recupera en nombre de una justicia y unos valores superiores el ideal del bandido honorable. Sandokán, el Corsario Negro, el barón William Mac Lellan y todos los rebeldes a los que da vida el escritor, como los forajidos tan apreciados en el siglo XIX, son justicieros que gozan del apoyo de la población local, pero a quienes persiguen las autoridades. Nos encontramos lejos de los héroes legalistas de la novela de aventuras a la francesa, que aunque hayan sido apartados de la ley por los acontecimientos, siempre toman el partido de su gobierno, hasta el punto de erigirse en más de una ocasión en portavoces patrióticos de su país. Salgari es indiferente a los intereses imperialistas de tal o cual nación, así como a las cuestiones geopolíticas que llevan a Jules Verne o a Louis Jacolliot a atacar en todo momento la colonización británica (con lo que alaban de manera implícita el modelo francés), o a Gustave Aimard a soñar con nuevas aventuras expansionistas de Francia en México.

Este apego de Salgari por los rebeldes, más que por los abanderados de un país, confiere un atractivo especial a sus personajes. A menudo sus héroes son originarios del mismo lugar donde viven sus peripecias: Tremal-Naik y su amigo Kammamuri son hindúes, y Sandokán malayo; en otras narraciones conocemos a Hong y a Flor de las Perlas (de la novela homónima), o a los chinos Sai-King y Lin-Kai (La perla del río Rojo)… El espacio reservado por Salgari a los indígenas lo convierte en una excepción dentro del género de aventuras, que acostumbra a no permitir que se expresen los autóctonos de los países colonizados. Basta pensar en las novelas de Jules Verne o de Louis Boussenard. En ellas el extranjero solo puede desempeñar tres funciones: la de malvado (las tribus salvajes, con frecuencia caníbales), la de criado fiel pero tonto y, por último, la de noble salvaje, jefe indio o señor árabe, que en virtud de la nobleza de su sangre accede al estatus de «segundo» del héroe, aunque siempre se mantenga por debajo de él, como si existieran diferencias objetivas que situasen necesariamente al blanco en lo más alto de la escala de valores. En Salgari, por el contrario, las relaciones son mucho más variadas. Es verdad que en El Corsario Negro encontramos a un personaje como Moko (cuyo apodo es «Saco de Carbón»), que desempeña una función de segundón apenas más envidiable que la de los negros en la novela de aventuras francesa, pero también hallamos parejas con vínculos muy distintos, como Sandokán, el príncipe malayo al que acompaña el europeo Yáñez.

Al leer a Salgari, en consecuencia, no hay que caer en el anacronismo. Es evidente que no escapa a algunos estereotipos racistas de su época y que sus personajes obedecen a una concepción étnica, pero al mismo tiempo da muestras de un interés excepcional por el «otro». La apertura de miras de Salgari se manifiesta muy en especial en su fascinación constante por el mestizaje: Sandokán y Marianne, Tremal-Naik y Ada, Yáñez y Surama… Estas mezclas serían inconcebibles en las novelas de aventuras británicas o francesas, donde el amor entre el blanco y la salvaje solo se tolera en la medida en que refuerza el imaginario vinculado a la toma de posesión de un territorio (y ni siquiera así puede ser más que temporal). Para los grandes autores de este género, los mestizos son casi siempre traicioneros y conflictivos porque ponen en tela de juicio el dominio colonial. En cambio, en Salgari, con el accidentado amor entre el héroe indígena y la occidental (que acostumbra a ser hija de sus enemigos), se nos sitúa ante la idea de un encuentro entre dos mundos rivales, pero que sienten fascinación por el otro y se desean mutuamente.

Salgari no solo no privilegia a los héroes occidentales —característica diferenciadora que debe subrayarse—, sino que elige a personajes enfrentados a los colonos europeos. En Los tigres de Mompracem, Sandokán hace esta declaración: «¿Acaso no me han destronado con el pretexto de que me volvía demasiado poderoso? ¿No han asesinado a mi madre, a mis hermanos y hermanas, para destruir mi estirpe? ¿Qué mal les había hecho yo a ellos? ¡La raza blanca no había tenido nunca nada contra mí, y a pesar de ello me quisieron aplastar! Ahora les odio, sean españoles, holandeses, ingleses o portugueses». El Tigre lucha contra los ingleses, mientras que en Los horrores de Filipinas Romero y Tseng-Kai plantan cara al opresor español, ya que «triunfan hoy, pero tiemblan, porque saben que los tigres de las islas arrostran impávidos la muerte»,[1] y en Los piratas de las Bermudas el barón Mac Lellan participa en la revolución americana que se libera del yugo británico.

Las novelas de Salgari, centradas en personajes no occidentales, favorables a los pueblos oprimidos y hostiles a los colonos, constituyen una excepción dentro de la narrativa de aventuras geográficas. No se equivocan los lectores sudamericanos: para el Che Guevara, el escritor que marcó su infancia fue Salgari, y el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II, que en dos de sus novelas retoma los personajes de Sandokán y Yáñez, afirmó en una entrevista para la radio francesa: «Mi antiimperialismo es más salgariano que leninista». No exenta de cierta malicia, la frase refleja el hecho de que las rebeliones descritas por Salgari pudieron, por su novelesco desenfreno, cumplir un auténtico papel de contrapeso ideológico a la novela de aventuras colonial.

Así pues, pese a las apariencias, Salgari no es un mero epígono dentro del panorama de la novela de aventuras. Inventa un tipo de relato donde la figura femenina ocupa un lugar esencial, y donde las relaciones entre Occidente y las «colonias» no se rigen por esquemas unívocos.

Los lectores italianos lo sabían. En la década de 1880 la literatura infantil estaba en plena efervescencia. Fue entonces cuando se publicaron dos de las grandes novelas para niños: Pinocho, de Carlo Collodi (1881), y Cuore, de De Amicis (1886). Los trabajos de Salgari fueron elevados de inmediato al mismo nivel, y no cabe duda de que se hizo con el primer puesto en el corazón de los varones de más tierna edad. Los editores advirtieron en él un ejemplo a seguir. Su éxito cambió de forma radical la naturaleza de la novela popular y juvenil en Italia. Antes de él, podría afirmarse que no existían escritores de novelas de aventuras en el país. En las décadas siguientes la situación cambia, y mucho. Sus obras son rápidamente imitadas por escritores que, en la mayoría de los casos, hacen gala de su filiación: en 1903 Antonio Quattrini publica La tigre del Bengala (en 1884 Salgari había escrito Sandokán, el tigre de Malasia); el mismo año Luigi Motta firma Los misterios del mar indiano (Los misterios de la jungla negra, cuyo marco es el mismo, data de 1895); y en 1908 Mario Conarini da a conocer Il dente di Budda (en 1892 había aparecido La cimitarra de Buda)…

A principios de siglo la novela de aventuras goza de tal éxito en Italia, en parte por impulso de Salgari, que proliferan las revistas especializadas, encabezadas a menudo por autores del género, como Viaggi e avventure di terra e di mare (1904), cuyo director es Antonio Quattrini, o Intorno al mondo (1905), con Luigi Motta como redactor jefe. Suele olvidarse que una de las principales editoriales italianas, Quattrini, fue fundada por Antonio Quattrini y su hermano con el objetivo de cosechar con mayor facilidad los beneficios que les proporcionaban sus relatos de aventuras, publicados, antes que en volúmenes, en la revista de ambos, Il giornale dei viaggi (1905).

Pero el principal elemento que permite medir la influencia duradera del escritor en la literatura popular son los falsos Salgari, las novelas que vieron la luz con la firma (única o en colaboración) de este último, o que retoman personajes salidos de su imaginación: junto a las noventa obras publicadas por él, existen nada menos que unas cincuenta que lo imitan. En primer lugar encontramos las de sus hijos, Omar y Nadir, supuestamente inspiradas en manuscritos dejados por su padre. Sea por ignorancia o por cálculo del editor, el caso es que algunas fueron publicadas en Francia con el nombre de Emilio Salgari en la cubierta. De hecho, todas las novelas que aparecieron en la década de 1930 dentro de la colección «Les Grandes Aventures» de la editorial Albin Michel (José le Péruvien, L’héritage du capitaine Gildiaz) se deben a la pluma de Nadir Salgari. Después de los hijos de Salgari fue Luigi Motta, famoso novelista de aventuras que dio su mayor lustre a la colección «Le livre national» de la editorial Tallandie

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