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EL COSMOS LARGO (LA TIERRA LARGA 5)

Terry Pratchett   Stephen Baxter  

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Fragmento

Prólogo

El proyecto de la Tierra Larga nació en el transcurso de una conversación durante una cena celebrada a principios de 2010, cuando Terry Pratchett me habló de un argumento de ciencia ficción que había dejado de lado mucho tiempo atrás. Antes de que acabara la fiesta, habíamos decidido desarrollar la idea en forma de colaboración. Nuestro plan inicial era escribir dos libros pero, para diciembre de 2011, cuando tuvimos finalizada la primera versión del primer volumen (La Tierra Larga), aquel primer libro se había dividido en dos; tampoco pudimos resistirnos a la tentación de explorar un «Marte Largo» en el volumen 3, y empezamos a tramar cómo llegar a un gran clímax cósmico para la serie entera… De manera que, llegado aquel punto, pudimos poner a prueba la heroica paciencia de nuestros editores presentándoles el plan para una serie de cinco libros.

Se ha ido publicando un título cada año, pero nosotros trabajamos a un ritmo superior; el tiempo no corría de nuestra parte y Terry tenía otros proyectos que atender. Los volúmenes originales 1 y 2 de la serie se publicaron en 2012 y 2013 respectivamente, pero para agosto de ese segundo año ya habíamos presentado a nuestros editores las versiones preliminares de los tres últimos tomos de la serie, incluido el libro al que pertenecen estas líneas, si bien seguimos trabajando en ellos más adelante. La última vez que vi a Terry fue en otoño de 2014, cuando trabajamos, entre otras cosas, en los pasajes sobre los «grandes árboles» de El Cosmos Largo (del capítulo 39 en adelante). Sobre mí ha recaído el deber de ocuparme de las etapas de edición y publicación de este libro.

S. B.

1

Uníos a nosotros

Para quien estaba en tránsito, «abajo» siempre significaba la dirección de la Tierra Datum. Se bajaba a los mundos bulliciosos; se bajaba hacia los millones de personas. «Arriba» era la dirección de los mundos silenciosos y el aire puro de los Altos Megas.

Cinco cruces al Oeste de Madison, en el Wisconsin del Datum, en el pequeño cementerio de un hogar infantil, Joshua Valienté se encontraba de pie ante la lápida de su mujer. Había viajado todo lo abajo que le resultaba posible. Era un día frío y desapacible de marzo. «Helen Green Valienté Doak.»

—¿Cuál es el secreto, cariño? —preguntó en voz baja—. ¿Cómo hemos llegado a esto?

No había llevado flores. No era necesario, dado lo bien que cuidaban los niños del pequeño camposanto, cabía suponer que bajo la bondadosa supervisión de la hermana John, la vieja amiga de Joshua que había pasado a dirigir la institución. Había sido idea de ella colocar aquella lápida, en realidad, a modo de consuelo para Joshua cuando las visitara; Helen había insistido en que la enterrasen en el Datum, en un enclave mucho menos accesible.

La losa llevaba la fecha de la muerte de Helen, en 2067. Aunque habían pasado tres años, Joshua tenía la impresión de que aún estaba intentando aceptar aquella brutal realidad.

Era un hombre que siempre había buscado la soledad, por lo menos durante largos períodos de su vida. Incluso sus experiencias del Día del Cruce habían sido consecuencia de ese anhelo de estar solo. Había transcurrido más de medio siglo desde que un genio irresponsable llamado Willis Linsay subiera a internet las especificaciones de un sencillo artilugio llamado «caja cruzadora», que cualquiera podía fabricar con herramientas caseras. Y cada vez que alguien lo construía, se lo ataba a la cintura y accionaba el interruptor de la parte superior, se descubría «cruzando», abandonando el viejo mundo, al que todos habían pasado a llamar Tierra Datum, y llegando a otro: un mundo silencioso y cubierto de bosque, si se cruzaba desde una ubicación como Madison, Wisconsin, como había hecho Joshua a los trece años. Entonces bastaba con mover el interruptor en la otra dirección para volver al punto de partida; o, si alguien era lo bastante osado, como era el caso de Joshua, podía cruzar una vez más, al mundo siguiente, y luego al otro… Y de repente, la Tierra Larga abrió sus puertas al público. Una cadena de mundos paralelos, parecidos pero no idénticos, y todos, salvo la Tierra original, la Tierra Datum, vacíos de humanidad.

Para un muchacho solitario como Joshua Valienté, un refugio perfecto. Pero por lejos que huyera, al final siempre había que volver. En ese momento, con sesenta y siete años, muerta su esposa, desaparecida Sally Linsay hacía tiempo —las dos mujeres totalmente opuestas que habían definido su vida— y distanciado incluso de su único hijo, al parecer Joshua no tenía más remedio que estar solo.

Sintió un dolor de cabeza repentino y agudo, como una descarga eléctrica en la sien.

Y, allí plantado, le pareció oír algo. Quizá el rumor subsónico de un temblor de tierra profundo, unas ondas sonoras tan enormes y cargadas de energía que, más que oírse, se sentían.

Joshua intentó concentrarse en el momento presente: en aquel cementerio, en el nombre de su mujer grabado en la lápida, en los edificios cuadrangulares de aquella Tierra Baja, con sus muros de madera y sus placas solares. Pero el sonido lejano seguía dejándose notar.

Algo llamaba. El eco resonaba en los Altos Megas.

UNÍOS A NOSOTROS

Y, mucho más lejos del Datum, en un firmamento vacío y salpicado de estrellas donde debería haber flotado una Tierra:

—Es imposible —dijo Stella Welch, observando con atención su tableta.

Dev Bilaniuk suspiró.

—Lo sé.

Stella tenía sesenta y tantos años, por lo que le sacaba más de treinta a Dev. Por si fuera poco, Stella era una Siguiente, tan lista que, cuando se volcaba en serio en una línea de especulación o análisis, Dev, que con su doctorado por la Universidad de Valhalla tampoco era un tarugo, a duras penas podía seguirle el hilo, ni de lejos. También era cierto que, en aquel momento, desde el punto de vista de Dev no parecía tan lista, flotando boca abajo en aquella espaciosa cámara situada en las profundidades de la Luna de Ladrillo, con su mata de pelo canoso esparcida en todas las direcciones a causa de la gravedad cero.

Y en realidad parecía tan desconcertada como Dev por la «Invitación», el mensaje que había captado el radiotelescopio llamado Cíclope.

—Para empezar, ni siquiera tenemos terminado Cíclope —dijo Stella.

—Es verdad. Pero por el momento todas las pruebas de los subsistemas han salido bien. Y estábamos alternando entre varias muestras objetivo cuando este… este mensaje estilo SETI apareció de pronto entre los datos, se descargó solo y…

—También nos han llegado informes de otros telescopios, sobre todo en las Tierras Bajas y el Datum, que han captado lo mismo. O sea, desde mundos paralelos, lo que significa que esto no es una baliza cualquiera que envía mensajes de radio en este cielo en particular. Se trata de un fenómeno a escala de toda la Tierra Larga. ¿Cómo narices es posible?

Dev respondió con todo dubitativo:

—También circulan informaciones extrañas por externet. Noticias sobre sucesos curiosos en la Tierra Larga. No es nada relacionado con la radioastronomía, sino cosas raras en el canto largo de los trolls…

Stella pareció descartarlo con un gesto.

—Y luego está la descodificación. —Stella volvió a contemplar la pantalla de la tableta, aquellas tres palabras simples y directas: UNÍOS A NOSOTROS.

—Parece que hay un montón de información enterrada bajo el patrón básico —señaló Dev—. A lo mejor necesitamos que todos los sistemas de Cíclope estén en funcionamiento para extraerla.

—La cuestión es que lo que hemos recibido llegó con su propio algoritmo de descifrado codificado dentro —dijo Stella con tono apesadumbrado—, como una especie de virus informático. Un algoritmo capaz de traducir su propio significado, ¡a nuestra lengua!

—Y a otras también —apuntó Dev—. Otras lenguas humanas, quiero decir. Lo hemos probado. Lo descargamos en la tableta de un trabajador de aquí de origen chino…

Eso le había valido a Dev una bronca de la empresa, pero las tensas relaciones entre China y las naciones occidentales allá abajo en el Datum no significaban nada allí, a dos millones de mundos de distancia.

—¿Cómo puede ser? —preguntó Stella exasperada—. ¿Cómo diablos puede «hablar» con nosotros, si se supone que no tiene ningún conocimiento previo de la humanidad ni de nuestros idiomas? Creemos que lo mandó alguna civilización remota, en la dirección de Sagitario, a muchos años luz de distancia, quizá incluso cerca del centro de la galaxia. Es imposible que nuestras transmisiones de radio hayan llegado tan lejos, ni siquiera desde el Datum.

Dev, bombardeado, perdió la paciencia.

—Profesora Welch. Usted lleva décadas más que yo estudiando esta disciplina; escribió los textos con los que yo estudié. Además, es una Siguiente. ¿Por qué me pregunta a mí?

Ella lo miró fijamente y Dev atisbó un destello de humor bajo la impaciencia y la irritación.

—Dime lo que piensas, de todas formas. ¿Alguna idea?

Dev se encogió de hombros.

—Supongo que, a diferencia de usted, yo estoy acostumbrado a compartir el mundo con seres más inteligentes. Estos… sagitarianos… son más listos todavía. Más inteligentes que ustedes. Querían hablar con nosotros, y sabían cómo. Lo importante, profesora, es decidir qué hacemos ahora.

Stella sonrió.

—Los dos sabemos la respuesta a esa pregunta.

Dev le devolvió la sonrisa.

—Vamos a necesitar un telescopio más grande.

UNÍOS A NOSOTROS

Y más lejos incluso de la Tierra Datum:

Un día Joshua Valienté le pondría a aquel troll anciano el nombre de Sancho. Pero ya tenía nombre, a su manera, dentro de aquella banda de trolls, aunque no era un nombre que un humano pudiera reconocer o pronunciar, sino más bien un complejo resumen de su identidad, un tema recurrente en la interminable canción de los trolls.

Y en aquel momento, mientras se alimentaba de sabrosa carne de bisonte junto a los demás trolls, a la luz menguante de un día de principios de primavera, algo lo inquietó. Dejó caer su pedazo de costilla, se irguió y oteó el horizonte. Los otros gruñeron, distraídos por un instante, pero pronto devolvieron la atención a su comida. Sancho, sin embargo, permaneció inmóvil, escuchando, observando.

Había sido un buen día para aquellos trolls, allá en el corazón de una Norteamérica diferente. Durante varias jornadas habían seguido el rastro de una manada de animales que eran como bisontes pero no del todo; le habían echado el ojo cooperativo y comunal a un macho anciano en concreto que cojeaba y se había quedado algo rezagado en la migración. Mientras los trolls avanzaban con paso constante hacia el sol poniente, calcando invisibles el movimiento del bisonte desde mundos situados a unos pocos cruces de distancia, sus exploradores habían realizado continuos saltos fugaces para vigilar a la presa y luego volver y comunicar sus observaciones mediante bailes, gestos y aullidos.

Al final, el anciano bisonte había tropezado.

Para él, era el desenlace mascado de una historia casi tan larga como su vida. Una de sus patas traseras no había llegado a sanar del tod

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