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EL CíRCULO

Dave Eggers  

5


Fragmento

Dios mío, pensó Mae. Es el paraíso.

El campus era enorme y laberíntico, inundado de los colores del Pacífico, y sin embargo no había detalle que no hubiera sido tenido en cuenta y diseñado con la máxima habilidad. En unas tierras que antaño habían sido unos astilleros, después un autocine y por fin un mercadillo y un solar deprimido, ahora había lomas suaves y verdes y una fuente de Calatrava. Y una zona para picnics, con mesas desplegadas en círculos concéntricos. Y pistas de tenis, tanto de tierra como de hierba. Y una cancha de voleibol, donde ahora estaban los niñitos de la guardería de la empresa, corriendo, chillando y reverberando como el agua. Y en medio de todo esto también había un centro de trabajo, más de ciento sesenta hectáreas de acero pulido y cristal que albergaban la sede de la empresa más influyente del mundo. El cielo era impoluto y azul.

Mae estaba cruzando todo esto en su travesía a pie, desde el aparcamiento al edificio central, intentando transmitir la impresión de que se sentía cómoda allí. El sendero serpenteaba alrededor de las arboledas de limoneros y de naranjos, y entre sus adoquines rojos y silenciosos destacaban losas desperdigadas con mensajes suplicantes de inspiración. En una de ellas había la palabra «Sueña» grabada a láser en la piedra roja. En otra ponía: «Participa». Y había docenas más: «Encuentra tu comunidad», «Innova», «Imagina». A punto estuvo de pisarle accidentalmente la mano a un joven con mono de trabajo gris que estaba instalando una nueva losa con la inscripción «Respira».

Aquel lunes soleado de junio, Mae se detuvo frente a la entrada principal, bajo el logotipo grabado en el cristal. Aunque la empresa todavía no tenía seis años de antigüedad, su nombre y su logotipo –un círculo rodeando una trama de líneas entretejidas, con una pequeña «c» en el centro– ya se contaban entre los más conocidos del mundo. En aquel campus central trabajaban más de diez mil empleados, pero el Círculo tenía oficinas por todo el planeta, y seguía contratando todas las semanas a centenares de mentes jóvenes y brillantes. Llevaba cuatro años seguidos siendo elegida la empresa más admirada del mundo.

A Mae ni se le habría ocurrido que tuviera posibilidades de trabajar en un lugar así de no haber sido por Annie. Annie era dos años mayor que ella y ambas habían compartido habitación durante tres semestres en la universidad, en un feo edificio que habían hecho habitable gracias a lo extraordinariamente unidas que estaban; eran algo a medio camino entre amigas y hermanas, o bien primas a quienes les gustaría ser hermanas y así tener una razón para no separarse nunca. El primer mes que habían vivido juntas, Mae se había roto la mandíbula una tarde-noche, tras desmayarse durante los exámenes finales por culpa de la gripe y la mala alimentación. Annie le había dicho que se quedara en la cama, pero Mae había ido al 7-Eleven en busca de cafeína y había despertado en la acera, bajo un árbol. Annie la había llevado al hospital y había esperado allí mientras le cosían la mandíbula, y después se había quedado toda la noche con Mae, durmiendo a su lado en una silla de madera, y luego, ya en casa, se había pasado días alimentando a Mae con una cañita. Era un nivel tremendo de compromiso y aptitud, que Mae no había visto nunca en una persona de su edad o más o menos de su edad, y a partir de entonces Mae le había sido leal de una forma que ella misma no habría imaginado nunca.

Mientras Mae seguía en Carleton, probando distintos itinerarios troncales, primero historia del arte, después marketing y por fin psicología, y sacándose la carrera de psicología sin tener plan alguno de trabajar en ese terreno, Annie se licenció, hizo su MBA en Stanford y recibió ofertas de trabajo de todas partes, aunque la más importante fue la del Círculo, adonde llegó cuatro días después de terminar el máster. Ahora tenía un título altisonante –directora de Garantizar el Futuro, bromeaba ella– y animó a Mae a que se presentara a un puesto de trabajo en la empresa. Mae lo hizo, y aunque Annie insistía en que no había usado sus influencias, Mae estaba segura de que sí las había usado, de manera que ahora sentía una deuda incalculable hacia su amiga. Había un millón de personas, mil millones, que querrían estar donde estaba Mae en aquel momento: entrando en aquel atrio de diez metros de altura y surcado por la luz de California, en su primer día de trabajo para la única empresa que importaba realmente.

Empujó la pesada puerta para abrirla. El vestíbulo era tan largo como un desfile y tan alto como una catedral. Las alturas estaban llenas de oficinas, cuatro pisos de oficinas a cada lado, con todas las paredes de cristal. Brevemente invadida por el vértigo, bajó la vista, y en el suelo inmaculado y resplandeciente vio reflejada la expresión de preocupación de su cara. Notó una presencia detrás de ella y obligó a su boca a sonreír.

–Tú debes de ser Mae.

Mae se giró para encontrarse una cara joven y hermosa suspendida encima de un pañuelo violeta y una blusa de seda blanca.

–Soy Renata –dijo.
–Hola, Renata. Estoy buscando a…
–A Annie. Ya lo sé. Está de camino. –A Renata le salió de la oreja un ruido, un tintineo digital–. Mira, está…

Renata estaba mirando a Mae pero viendo otra cosa. Interfaz retinal, supuso Mae. Otra innovación que había nacido allí.

–Está en el Viejo Oeste –dijo Renata, volviendo a mirar a Mae–, pero llegará pronto.

Mae sonrió.
–Espero que lleve galletas y un caballo bien recio.

Renata sonrió cortésmente pero no se rió. Mae sabía que la empresa bautizaba cada parte del campus con el nombre de una época histórica; era una estrategia para que aquel lugar enorme resultara menos impersonal y menos corporativo. Mucho mejor que llamar a los sitios Edificio 3B-Este, como hacían en el último sitio donde Mae había trabajado. Solo habían pasado tres semanas desde su último día de trabajo en las instalaciones municipales de su pueblo –se habían quedado estupefactos al presentar ella su dimisión–, pero ya le parecía imposible el haber malgastado una parte tan grande de su vida allí. Al cuerno con aquel gulag, pensaba Mae, y con todo lo que representaba.

Renata seguía recibiendo señales de su auricular.
–Oh, espera –dijo–. Ahora me está diciendo que está liada. –Renata miró a Mae con una sonrisa radiante–. ¿Por qué no te acompaño a tu mesa? Me dice Annie que pasará a buscarte dentro de una hora más o menos.

Mae se emocionó un poco al oír aquello, «tu mesa», y se acordó inmediatamente de su padre. Su padre estaba orgulloso. «Muy orgulloso», le había dejado grabado en el buzón de voz; debía de haberle grabado el mensaje a las cuatro de la madrugada. Ella lo había encontrado al despertarse. «Muy, muy orgulloso», le había dicho con voz estrangulada. No hacía ni dos años que Mae se había licenciado y allí estaba ahora, trabajando remuneradamente para el Círculo, con seguro médico incluido y con un apartamento en la ciudad; por fin ya no era una carga para sus padres, que tenían otras muchas cosas de que preocuparse.

Mae siguió a Renata hasta el exterior del atrio. En el jardín salpicado de luz había un par de jóvenes sentados sobre un montículo artificial, con una especie de tablet transparente en las manos y hablando con gran intensidad.

–Tú estarás en el Renacimiento, que es aquello –le dijo Renata, señalando al otro lado del jardín, en dirección a un edificio de cristal y cobre oxidado–. Es donde está toda la gente de Experiencia del Cliente. ¿Habías venido aquí alguna vez?

Mae asintió con la cabeza.
–Sí. Unas cuantas veces, pero a ese edificio no.
–Así que has visto la piscina, la zona deportiva. –Renata hizo un gesto con la mano en dirección a un paralelogramo azul y al edificio enorme y anguloso, el gimnasio, que se elevaba tras él–. Por allí están los centros de yoga, crossfit, pilates, masajes, spinning… Me han dicho que haces spinning, ¿no? Ahí detrás están las pistas de petanca y el nuevo espacio para jugar a espiro. La cafetería está al otro lado del césped… –Renata señaló la exuberante extensión verde, donde había un puñado de personas con ropa de trabajo y desparramados como si estuvieran tomando el sol en la playa–. Y ya hemos llegado.

Se detuvieron delante del Renacimiento, también provisto de un atrio de diez metros, con un móvil de Calder girando lentamente en las alturas.

–Ah, me encanta Calder –dijo Mae.

Renata sonrió.

–Sí, ya lo sé. –Se lo quedaron mirando juntas–. Este estaba colgado en el Parlamento de Francia. O algo parecido.

El viento que las había seguido hasta el interior hizo girar ahora el móvil de tal manera que uno de sus brazos se quedó señalando a Mae, como si le diera la bienvenida en persona. Renata la cogió del codo.

–¿Estás lista? Subamos por aquí.

Entraron en un ascensor de cristal ligeramente tintado de color naranja. Las luces se encendieron y Mae vio que aparecía su nombre en las paredes, junto con su foto del anuario de su instituto. bienvenida, mae holland. A Mae le salió un ruido de la garganta, casi como una exclamación ahogada. Llevaba años sin ver aquella foto y se alegraba mucho de haberla perdido de vista. Debía de ser cosa de Annie, atacarla una vez más con aquella imagen. Estaba claro que la chica de la foto era Mae –la boca ancha, los labios finos, la piel cetrina y el pelo negro–, pero en aquella foto, más que al natural, sus pómulos marcados le daban una expresión severa, y sus ojos castaños no sonreían, sino que se limitaban a mostrarse pequeños y fríos, listos para la guerra. Desde la época de la foto –en la que salía con dieciocho años, furiosa e insegura– Mae había ganado un peso que la favorecía mucho; la cara se le había suavizado y le habían salido curvas, unas curvas que llamaban la atención a hombres de todas las edades y motivaciones. Después de acabar la secundaria, se había esforzado por ser más abierta y más tolerante, y ahora la puso nerviosa el hecho de ver allí aquel documento de una época remota, en la que ella siempre estaba pensando mal del mundo. Justo cuando ya no la podía soportar más, la foto desapareció.

–Sí, todo funciona con sensores –le dijo Renata–. El ascensor lee tu acreditación y te saluda. Esa foto nos la dio Annie. Debéis de ser muy amigas si tiene fotos tuyas del instituto. En todo caso, espero que no te moleste. Es algo que hacemos sobre todo con las visitas. Y normalmente se quedan impresionadas.

A medida que el ascensor subía, fueron apareciendo por las paredes del ascensor las actividades programadas para la jornada, imágenes y texto que se desplazaban de un panel al siguiente. Cada anuncio venía acompañado de vídeo, fotos, animación y música. A mediodía había un pase de Koyaanisqatsi, a la una demostración de automasajes y a las tres refuerzo abdominal. Un congresista del que Mae no había oído hablar nunca, canoso pero joven, daba una rueda de prensa en el Ayuntamiento a las seis y media. En la puerta del ascensor se lo veía hablar en un estrado, con banderas ondeando detrás, remangado y cerrando los puños para mostrar su severidad.

Las puertas se abrieron, partiendo al congresista por la mitad. –Ya hemos llegado –dijo Renata, saliendo a una estrecha pasarela de rejilla de acero.

Mae bajó la vista y notó que se le encogía el estómago. Podía ver hasta la planta baja, cuatro niveles más abajo.

Mae intentó aparentar ligereza.
–Supongo que no ponéis aquí arriba a nadie con vértigo. Renata se detuvo y se giró hacia Mae, con cara de preocupación.

–Por supuesto que no. Pero tu perfil decía…
–No, no –dijo Mae–. No me pasa nada.
–En serio. Te podemos poner más abajo si…
–No, no. En serio. Está perfecto. Lo siento. Estaba de broma. Renata estaba visiblemente agitada.
–Vale. Tú dímelo si hay algún problema.
–Te lo diré.
–¿De verdad? Porque Annie querrá que me asegure.
–De verdad, te lo prometo –dijo Mae, y sonrió a Renata, que se recuperó y siguió andando.

La pasarela llegó a la planta principal, amplia, llena de ventanas y dividida en dos por un largo pasillo. A ambos lados, las oficinas tenían fachadas de cristal del suelo al techo, con sus ocupantes visibles en el interior. Todos ellos tenían su espacio decorado de forma elaborada pero con gusto: una oficina estaba llena de parafernalia marítima, la mayor parte de la cual parecía flotar en el aire, colgada de las vigas al descubierto, mientras que en otra había hileras de bonsáis. Pasaron frente a una pequeña cocina con todos los armarios y los estantes de cristal y la cubertería magnética, pegada a la nevera en filas pulcras, todo iluminado por una enorme araña de luces donde resplandecían bombillas multicolores, extendiendo sus brazos de color naranja, melocotón y rosa.

–Pues esta es la tuya.

Se detuvieron ante un cubículo, gris, pequeño y cubierto de un material que parecía lino sintético. A Mae se le cayó el alma a los pies. Era casi exactamente igual que el cubículo donde había estado trabajando los últimos dieciocho meses. Era lo primero que veía en el Círculo que no había sido replanteado, que guardaba algún parecido con el pasado. El material que cubría las paredes del cubículo era –ella no se lo creía, le parecía imposible– arpillera.

Mae era consciente de que Renata la estaba observando y también de que su propia cara estaba traicionando algo parecido al horror. Sonríe, pensó. Sonríe.

–¿Te parece bien? –dijo Renata, recorriendo rápidamente la cara de Mae con la mirada.

Mae obligó a su boca a indicar algún nivel de satisfacción. –Genial. Es bonito.

No era lo que se había esperado.
–Muy bien, pues. Te dejo para que te familiarices con el espacio de trabajo, y enseguida vendrán Denise y Josiah para orientarte y darte lo que necesites.

Mae volvió a componer una sonrisa, y Renata dio media vuelta y se marchó. Mae se sentó, notando que el respaldo estaba medio roto y que la silla no se movía, tenía las ruedas atascadas, todas las ruedas. Le habían puesto un ordenador en la mesa, pero era un modelo muy antiguo que ella no había visto en ninguna otra parte del edificio. Mae estaba desconcertada, y su estado de ánimo se desplomó en el mismo abismo donde había pasado los últimos años.

¿Acaso alguien todavía trabajaba en una empresa de servicios públicos? ¿Cómo había acabado Mae trabajando allí? ¿Cómo lo había tolerado? Cuando la gente le preguntaba dónde trabajaba, casi prefería mentir y decir que no tenía trabajo. ¿Acaso la cosa habría sido mejor de no haber estado en su pueblo?

Después de seis años aproximadamente de odiar su pueblo y de maldecir a sus padres por haberse mudado allí y por someterla a aquello, a sus limitaciones y a su escasez de todo –diversiones, restaurantes, mentes iluminadas–, recientemente Mae había empezado a recordar Longfield con algo parecido a la ternura. Era un pueblecito situado entre Fresno y Tranquillity, constituido en municipalidad y bautizado en 1866 en honor de un granjero sin imaginación. Ciento cincuenta años más tarde, su población había crecido hasta quedarse un poco por debajo de las dos mil almas, la mayoría de las cuales trabajaban en Fresno, a unos treinta kilómetros de distancia. Vivir en Longfield era barato, y los padres de las amigas de Mae eran guardias de seguridad, maestros y camioneros aficionados a la caza. De las ochenta y dos personas que se habían graduado en la promoción de Mae, ella era una de las doce que habían ido a una universidad de cuatro años, y la única que había ido al este de Colorado. El hecho de que se marchara tan lejos, y contrajera una deuda tan grande, solo para regresar y trabajar para el Ayuntamiento local, era algo que la destrozaba, y también a sus padres, aunque de puertas afuera dijeran que su hija estaba haciendo lo correcto, aprovechando una oportunidad sólida y empezando a pagar sus créditos de estudios.

El edificio de los servicios municipales, el 3B-Este, era un bloque funesto de cemento con ventanas en forma de estrechas ranuras verticales. Por dentro, la mayoría de las oficinas tenían las paredes de hormigón y todo estaba pintado

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