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EL CUADERNO TACHADO

Nicolás Giacobone  

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Fragmento

Cuaderno tachado

 

 

 

 

Todo empezó con un guion cinematográfico.

Un guion que no debería haber escrito.

Amadeus es un gran guion.

Lo leí más de diez veces, lo estudié, lo mastiqué, lo tragué, luego me metí los dedos hasta la garganta.

Amadeus fue una buena obra de teatro, luego un gran guion.

El guion supera por mucho a la obra de teatro.

Peter Shaffer se superó a sí mismo convirtiendo su propia buena obra de teatro en su propio (o no tan propio) gran guion cinematográfico.

Peter Shaffer no pudo haber imaginado, mientras escribía la obra de teatro, que F. Murray Abraham iba a hacer lo que hizo frente a las cámaras que filmaron su guion cinematográfico; ignoraba por completo que su obra de teatro iba a terminar siendo una película, y que esa película iba a ganarlo todo, y que F. Murray Abraham iba a hacer lo que hizo: ponerle cuerpo y alma a la mayor exposición jamás vista de la lucha entre el artista y su irremediable mediocridad.

¿Qué nombre esconde la efe de F. Murray Abraham?

Ferdinand.

Filomeno.

Federico.

Santiago Salvatierra dice que la efe no significa nada, que el nombre original de F. Murray Abraham es Murray Abraham, y que Murray se agregó la efe con punto porque a su parecer sonaba mejor.

Santiago me dijo que F. Murray Abraham es una persona despreciable.

Le pregunté cómo lo sabía, y me miró de esa manera en la que me mira cuando le hago una pregunta que no quiere que le haga, y salió del sótano y cerró la puerta.

F. Murray Abraham es un genio despreciable, dijo.

Pero ¿no somos todos de alguna manera despreciables?

El problema no es ése, no, el problema es que la mayoría de nosotros no somos genios.

La gran mayoría.

Peter Shaffer es un genio.

¿Es?

¿Era?

Peter Shaffer escribió su obra de teatro, y luego su guion, en una máquina de escribir en un cómodo despacho con amplias ventanas y veladores de todos los tamaños para las horas sin sol.

Yo vivo en un sótano.

Hace cinco años que vivo en este sótano.

Tengo un velador que ilumina poco y nada.

Escribo en este cuaderno de seis de la mañana a siete de la mañana.

Tacho lo que escribí los minutos anteriores a que Santiago baje con su silla, la taza de café, el platito con fruta y las escenas impresas con sus notas: márgenes repletos de comentarios por lo común lamentables.

Esto que ustedes leen (si es que hay un ustedes) no es más que páginas tachadas, un texto escrito a las apuradas en un cuaderno escolar Rivadavia que traje de Buenos Aires.

Un texto en tinta azul, camuflado por prolijos tachones en tinta negra.

Tengo cuarenta y cinco años.

Hace unos veinte años que escribo.

Aunque los primeros años no escribía, intentaba escribir.

Eso sí, intentaba durante ocho, nueve horas al día.

Al terminar el secundario me había anotado en la Escuela de Música de Buenos Aires.

Quería ser sesionista.

Instrumento de elección: guitarra.

Pero no se llega a ser sesionista cuando se empieza a los diecinueve.

Ni siquiera estuve cerca.

Me borré del conservatorio antes de terminar el segundo año, harto de ver y oír a esos nenes y nenas que aún no habían terminado la escuela primaria tocar sus instrumentos como si fueran extensiones naturales de sus brazos y piernas y bocas.

La guitarra en mis manos era una impostura.

No sé si «impostura» es la palabra correcta.

Suena bien.

Cada mañana, luego de desayunar un café con leche batido Dolca con tres galletitas Lincoln que mojaba en el café con leche hasta casi deshacerlas, me encerraba en mi cuarto (mi diminuto cuarto donde sólo entraba una cama angosta y corta, el amplificador Marshall que había comprado en treinta y seis cuotas, el atril con las partituras y los ejercicios de audioperceptiva y lectoescritura musical, el estéreo Technics de cuatro pisos que había comprado en veinticuatro cuotas, discos y libros desparramados en el suelo), empuñaba la guitarra Fender Stratocaster mexicana que había comprado en doce cuotas y mis manos necesitaban al menos media hora para entender qué era ese objeto alargado que las forzaba a manosear.

Cuando asumí mi fracaso como estudiante de música y mi futuro de sesionista se esfumó, mis viejos, como casi todos los viejos del mundo, me preguntaron qué pensaba hacer de mi vida:

¿Cuáles son tus planes? Queremos ayudarte, pero necesitamos saber qué es lo que pensás hacer, lo que querés hacer. Necesitamos estar seguros de que sabés qué es lo que querés hacer.

Les dije que lamentablemente no tenía la menor idea.

No les gustó que les dijera eso.

Durante veinte minutos se dedicaron al peceto al horno con puré de calabaza, en silencio, sin mirarme, sin mirarse, los ojos iban de la nada al plato y de vuelta a la nada.

Mi viejo trabajaba para un millonario dueño del veinticinco por ciento de los free-shops del mundo.

Su obligación era calificar a los empleados.

Viajaba una vez por mes (principalmente a ciudades de Latinoamérica y Europa), se instalaba en un hotel cercano al aeropuerto, y durante dos días recorría los distintos free-shops, anotando en un cuadernito de tapa color crema los detalles tanto espaciales como humanos.

Era un obsesivo del orden y la limpieza, un creyente fanático en su propia manera de ver las cosas.

Una sola vez lo acompañé, a Río de Janeiro.

Se acercó a uno de los empleados del free-shop más grande del Aeropuerto Internacional Tom Jobim y, en un portugués perfecto, le preguntó por qué las botellas de Johnnie Walker Red estaban en el estante de arriba de las de Johnnie Walker Black, cuando claramente el Johnnie Walker Red era de calidad inferior al Johnnie Walker Black; y no sólo eso, por qué las botellas de Johnnie Wal­ker Red estaban en sus cajas y las de Johnnie Walker Black no, cuando las cajas de Johnnie Walker Red no tienen nada de im­presionante, no llaman la atención en lo más mínimo, y las de Johnnie Walker Black nos seducen de inmediato con sus contornos dorados y sus letras doradas; y además, el barnizado de las cajas llama muchísimo más la atención, brilla más, sobre el negro que sobre el rojo.

El empleado permaneció un

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