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EL DíA EN QUE LOS LEONES COMERáN ENSALADA VERDE

Raphaëlle Giordano  

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Fragmento

1

Un chorro de sangre roja sale despedido hacia la arena de la plaza, como un dripping sobre una obra de Jackson Pollock. En medio de ese retablo viviente, un toro, monumental masa negra y opaca, destaca sin piedad sobre la arena. La tauromaquia eleva su disciplina al rango de arte y la multitud apiñada apura hasta los posos, con mirada ávida, la copa de su fascinación morbosa.

El monstruo rasca la arena ardiente. Su pezuña araña el suelo cual tridente de un malvado diablo, pues su fuerza machuna encarna, a su pesar, el poder del Mal. Frente a él, un hombre con traje de luces, absuelto de sus zonas oscuras por un público conquistado por anticipado. Duelo de egos. Orgullo de macho herido en carne viva por las banderillas. Nariz y ollares tiemblan por el mismo deseo de vencer. El torero agita entonces con gesto ágil el capote rojo, como una fulgurante pincelada provocadora. De repente, los movimientos se aceleran.

El animal embiste a una velocidad asombrosa y todo empieza a girar. La visión de los cuerpos en este movimiento anárquico se desestructura y le da a la escena un falso aire que recuerda al Guernica de Picasso. ¡Estupor! El torero rueda en el polvo para esquivar el ataque. El toro acaba de dar la vuelta al ruedo, vuelve a la carga y embiste, mostrando dos imponentes gónadas balanceantes, tributo o fardo de virilidad. Un grito sale de la boca del torero y se mezcla con el siniestro gruñido del animal. La boca abierta es cada vez más grande, hasta que se convierte en un terrorífico agujero negro dispuesto a aspirarlo todo en su vacío mortal.

Romane se despertó sobresaltada. Gotas de sudor le bañaban la frente. No era la primera vez que tenía ese sueño.

«Son los nervios», se dijo, estirando sus doloridas extremidades. La pesadilla se repetía cada vez que tenía que dar una conferencia importante. La insoportable melodía del teléfono móvil empezó a sonar con estridencia. La joven rezongó antes de deslizar un dedo nervioso sobre la superficie lisa de la pantalla para poner fin a aquel suplicio sonoro.

14.30 h. Los minutos nunca daban cuartel en casos como ese y se desgranaban implacables. No había tiempo que perder. Romane saltó de la cama y borró con rapidez de su rostro las huellas de la siesta. Se recogió a toda prisa el largo y rizado cabello en un moño desordenado y clavó en él el primer lápiz que encontró a mano como si fuera una peineta. El negligé cayó a sus pies sin resistencia mientras entraba en el baño. El teléfono de la ducha tuvo la oportunidad de observar las delicadas curvas de aquel bonito cuerpo voluptuoso de treintañera deportista y, si hubiera tenido forma humana, probablemente sus cromados se habrían ruborizado.

Luego se envolvió en una inmensa toalla y frotó el espejo con prisa para dibujar un agujero en el vaho.

«Estoy encantada de poder hablaros hoy de un tema muy querido para mí y que nos concierne a todos: la bolinería en nuestra vida cotidiana.»

La «bolinería»... Esa era la palabra, derivada de «bolas», que se le había ocurrido para denominar al conjunto de comportamientos más o menos perjudiciales a los que todo el mundo se enfrentaba en su día a día, en la oficina, en casa o en cualquier otro sitio: un automovilista o un cliente que se desfoga injustamente contigo; un superior jerárquico que te critica en público; un cónyuge que actúa sin el mínimo tacto... ¡Los ejemplos de bolinería eran infinitos!

Entre las características más frecuentes de los sujetos afectados de bolinería se encontraba, en diferentes grados, cierto aumento del ego (y del egocentrismo que va asociado a él), un instinto de dominación y un sentimiento de superioridad más o menos exacerbado, así como una inclinación natural a los juegos de poder o las relaciones de fuerza.

Cuando hablaba de bolinería, a menudo Romane evocaba también los deplorables «pequeños atentados a la sensibilidad» perpetrados con demasiada frecuencia (falta de tacto, predisposición a no escuchar y mezquindades diversas), la lamentable propensión a la agresividad fácil o gratuita, sin olvidar la mala fe con absoluta buena fe, tan tristemente extendida. Era frecuente asimismo la tendencia al juicio fácil y a las críticas «de las tres íes»: injustas, injustificadas e inapropiadas; y en ocasiones la irreprimible necesidad de ejercer presiones inútiles o de tener más razón de la razonable. En resumen, la bolinería podía instalarse donde uno menos se lo esperaba.

Romane supo enseguida que esa era su vocación: ¡reducir el índice de bolinería allí donde fuera posible! Su misión era triple: ayudar a la gente a enfrentarse a las conductas bolineras que pudieran padecer, despertar las conciencias para que cada uno reflexionara sobre sus propias actitudes bolineras y, por último, acompañar en el proceso de cambio a las personas que lo desearan, enseñándoles a desbolinar con eficacia sus comportamientos. Una especie de transformación integral de actitud y mentalidad. ¿La idea? Eliminar sus rasgos bolineros contaminantes o perjudiciales para el entorno y desarrollar una forma de ser más equilibrada y armoniosa.

Esperaba mucho de la conferencia que iba a dar ese día para promover su iniciativa. La prensa estaría presente. Los beneficios podían ser importantes para su empresa, el Centro de Reeducación Antibolinería.

Frente al espejo, Romane intentaba tranquilizarse repitiendo el texto que había preparado mientras se maquillaba para la ocasión. No le gustaban los excesos, así que había acudido a una profesional para que le enseñara a iluminar su rostro sin abusar de artificios demasiado llamativos. Tenía los ojos de color verde agua, como su padre, de origen lituano. En cuanto a su madre, le había transmitido toda la gracia de su estirpe veneciana. Ese choque de culturas había marcado su personalidad y la había dotado de una irremediable dualidad. Podía ser tan expansiva como reservada, tan arisca como sociable, tan dulce como implacable. No estaba al alcance de cualquiera acomodarse a estas contradicciones. Peter Gardener las había padecido y su matrimonio se había saldado con un fracaso después de menos de dos años. Lo único que había conservado Romane de esa experiencia marital era el apellido, y desde entonces mantenía su vida sentimental en barbecho, ya que prefería consagrarse en cuerpo y alma al desarrollo de su empresa.

15.00 h. Mientras se vestía, Romane se dio cuenta de que estaba hambrienta. Abrió el frigorífico: el desierto de Gobi. Odiaba hacerlo, pero iba a tener que recurrir al restaurante de comida rápida de la esquina. El hambre es mala consejera.

Sujetando el bolso bajo un brazo y ocupada la otra mano en cerrar la puerta con llave, Romane contestó al teléfono, que acababa de empezar a sonar, con un tercer brazo que le había salido en el hombro:

—¿Papá? Sí, no, no puedo hablar en este momento. Claro que estaré a la hora... ¿La prensa ya está ahí? ¿Has podido convocar a todo el mundo? Perfecto. Bueno, te dejo. Sí, yo también... Un beso.

Su padre. Habían estrechado tanto sus lazos... ¿Quién lo hubiera imaginado? ¡Él, que antes se llevaba todas las palmas habidas y por haber de la bolinería! Había cambiado mucho y ahora trabajaba con Romane y se había comprometido en la empresa. Se alegraba de que estuviera presente para respaldarla durante la conferencia. En los últimos meses se apoyaba mucho en él, eso era un hecho. Desde que se divorció, hacía un año y medio, él había vuelto a convertirse en un pilar en su vida. Saber que estaba allí la ayudaría a superar el bloqueo que le provocaban los nervios cuando tenía que sentarse ante el público. Suspiró aliviada al pensarlo mientras entraba en el restaurante. Por suerte, a aquella hora no había demasiada gente.

—No, gracias, sin kétchup... Y un agua mineral, por favor.

Cogió una pajita y tumbó la botella de agua sobre la bandeja para evitar que se cayera. Se sentó en un rincón tranquilo, que dejó de serlo cuando un grupito de adolescentes tomó por asalto la mesa de al lado.

¿Por qué tenían que hablar así, tan ordinarios y pesados como sus hamburguesas? Sobre todo las chicas. «Bolinería precoz», pensó Romane, que dudaba entre tomárselo a risa o sentirse consternada.

—¡Ya vale, Dylan, háblale así a tu madre, tío, me tienes hasta las bolas!

Ahí tenía varios ejemplos de muchachas que adoptaban rasgos boline

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