Loading...

EL DíA QUE ME QUIERAS (LOS COLLINWOOD 1)

Victoria Magno  

0


Fragmento

Prefacio

Kent, Gran Bretaña, 1848.

—¡Chad, Chad, ayúdame!

Richard se tensó al escuchar aquel grito. Dejó caer el lápiz con el que estaba revisando las cuentas y se puso de pie.

—Señor, no... —Su tutor, el anciano señor Fegan, le dedicó una mirada de preocupación—. La última vez, el conde estuvo cerca de matarlo.

—Déjalo que se haga el héroe, a él le gusta que lo golpeen. —Harold, su hermano mayor y segundo hijo de la familia Collinwood, parecía satisfecho con el grito desesperado del hermano primogénito—. Y a padre le hace falta un poco de ejercicio, comienza a ponerse obeso.

Richard apretó los puños, deseaba hacer desaparecer esa sonrisa del rostro de su hermano con un buen puñetazo, pero Alex lo necesitaba.

—Richard, no puede salvar a su hermano todo el tiempo —dijo el profesor, ignorando el comentario mordaz de Harold—. Se lo suplico, no vaya esta vez...

—Debo hacerlo —Richard contestó al tiempo que salía disparado de la habitación.

Corrió por el largo pasillo que comunicaba con las escalinatas principales del castillo y torció a la izquierda, hacia el ala derecha de la enorme mansión, directo a los aposentos de su padre.

Y allí, al pie de la escalinata de la torre más alta del castillo de Collinwood Hall, los vio. Ronald Collinwood, conde de Hendingham, golpeaba salvajemente a su primogénito y heredero, Alexander.

—¡Chad! —Los ojos rasgados de su hermano se fijaron en él, el azul intenso de sus iris brillante por las lágrimas.

—¿No me has entendido, estúpido? —farfulló su padre, notoriamente ebrio tras una larga noche fuera de casa, como era habitual—. ¡Deja de pedir auxilio, nadie va a salvarte!

—¡Padre, no! —Richard se abalanzó sobre su padre, impidiéndole que abofeteara a su hermano.

Alex se hizo un ovillo en el suelo y comenzó a sollozar. Su llanto le partió el corazón a Richard. Aunque Alex fuese su hermano mayor, era un niño en su interior. Un niño inocente y puro, como ninguna otra persona que jamás hubiese conocido, y la persona que menos merecía un trato como el que su padre le prodigaba.

—¿Otra vez osas entrometerte, Richard? —espetó su padre, agarrándolo por el pelo—. ¡Eres tan estúpido como tu hermano mayor!

—¡Ya basta! —El chico apretó los dientes, aguantándose las lágrimas de dolor cuando la mano de su padre se apartó y se llevó con él un mechón rubio de su pelo—. ¡No lo llames así!

Una bofetada fue la respuesta del conde de Hendingham. Su padre lo había golpeado desde que tenía memoria, pero en cada ocasión lucía tan imponente como un oso. Ronald Collinwood era el hombre más fornido que Richard había visto jamás.

Con una estatura superior al metro ochenta y un cuerpo macizo que un leñador envidiaría, su padre podía hacerle saltar lágrimas golpe tras golpe sin siquiera resollar. Sus musculosos brazos debían ser fruto de años de utilizar a su familia como sacos de boxeo, suponía el chico, pues su padre no hacía otra cosa más que beber y jugar a las cartas en los lugares de mala muerte a donde iba a perderse cada noche.

Richard había heredado muchas cosas de su padre: su estatura (que se vislumbraba, sería como la de este), su fuerza, incluso su pelo rubio y el color azul de los ojos, mas no su negro corazón.

El chico se irguió, a pesar de que su estatura a sus catorce años no era mucha en comparación con la de su padre, y esperó lo que vendría después...

El puño de su progenitor dio certero en su estómago, provocando que el muchacho se doblara en dos por el dolor.

Enseguida vino otro golpe, esta vez en la mandíbula. Richard se tambaleó, vio luces alrededor, pero no desistió. No le daría el placer a su padre de verlo acobardarse.

—¿Te haces el fuerte conmigo, Richard? Tú no me engañas, eres un estúpido de corazón blando, igual que tu madre. Esa zorra no tuvo el valor para terminar lo que había hecho y me condenó a cargar con un primogénito idiota.

—¡No lo llames así! —Richard escupió sangre—. ¡Alex es mucha mejor persona que tú!

—¿Te atreves a contestarme otra vez? —Su padre alargó el brazo una vez más, dispuesto a cogerlo por el cuello, pero Richard lo esquivó.

El conde gruñó, furioso, pero Richard era mucho más rápido que él. Utilizando su tamaño y velocidad a su favor, consiguió evitar la paliza que su padre esperaba darle.

No obstante, su escape provocó que el mal genio de su padre saliera a tomar el control de la situación y ocasionó que la furia del conde se acrecentara.

—¡Ven aquí, maldita rata almizclera, te voy a hacer desear no haber nacido!

Los ojos de su padre brillaban con maldad un segundo antes de que Richard comprendiera lo que iba a hacer.

Miró a su hermano mayor de pie en un rincón, sollozando.

—¡Alex, corre! —le advirtió con un grito desesperado. Pero ya era tarde. Su padre había cogido a Alex por el cuello y lo zarandeaba ante él.

—¡Ven aquí, Richard, o me ocuparé de que sea tu adorado hermano quien pague por ti tu desobediencia!

Richard no lo dudó. Dejando caer los brazos a los costados, se aproximó a su padre, quien lo recibió con una sonora bofetada que le hizo ver luces.

El chico apretó los dientes, pensando en la nueva cicatriz que adornaría su cuerpo. Debería encontrar una manera de cubrir la herida para que nadie la notara. Algo cada día más complicado. Ya era bastante difícil esconder las marcas en el cuerpo, para encima tener que encontrar la manera de esconder las de la cara.

—Richard, date prisa. —Su padre lo tomó por la solapa de la camisa y lo alzó en el aire como si fuera un saco de plumas—. Ahora te arrepentirás por haberme desafiado.

—No... padre... —farfulló Alex.

Richard observó con ternura los ojos rasgados de su hermano mayor, colmados de lágrimas. Le costaba hablar, su lengua continuamente le entorpecía las palabras. Pero para Richard eran las palabras más bellas que escuchaba en esa casa, por lo general invadida por el odio, los gritos de desprecio y el sonido de los golpes.

—No hagas daño a Chad —suplicó Alex, sin dejar de llorar.

Richard sintió una punzada de dolor en el corazón. A Alex le costaba un infierno pronunciar su nombre, por eso lo llamaba Chad. Y, para él, era mucho mejor que su propio nombre, solo porque él lo pronunciaba lleno de cariño. Sí, podía ser que su hermano no fuera el tipo más brillante del mundo para muchas cosas, pero era inteligente a su manera, listo como ningún otro. Y tenía el espíritu más noble y el corazón más puro que podía existir sobre la faz de la Tierra.

—Está bien, Alex. —Richard tragó saliva, e intentó sonreír—. Papá y yo iremos a jugar al cuarto aburrido de arriba. —Así había decidido llamar al sitio donde su padre solía darle las palizas. No porque el conde, como él solía llamar a su padre, se cuidara de mantener las apariencias a los ojos de los sirvientes, eso no le preocupaba en absoluto, sino porque era allí donde mantenía su variado arsenal de varas, látigos y otros artefactos con los que solía apalear a sus hijos cuando se cansaba de usar los puños.

—¡Deja de llorar como una niña, te voy a hacer hombre a palos! —gruñó su padre, arrastrándolo con él escaleras arriba.

Richard se limpió las lágrimas con el dorso de la manga. No había notado que lloraba. No se preocupaba por él, sino por Alex. El pobre parecía tan asustado...

—¡No! ¡Chad...! —Su hermano sollozó, y su ronco gemido le partió el corazón.

Richard miró hacia atrás por encima del hombro al caminar por la curva de la escalera, preocupado de que su hermano intentara seguirlos.

Sintió un alivio enorme al ver de pie al lado de su hermano a otra persona, Lee. Él lo abrazaba y consolaba con el cariño que un padre debía otorgar a sus hijos.

Un padre de verdad.

No como la bestia que lo arrastraba escaleras arriba.

Lee Xing era un hombre honorable y ejemplar que, a pesar de ser fiel a su empleador, no apoyaba el trato que prodigaba a sus hijos. Había llegado unos años atrás junto a su padre después de uno de sus viajes por sus propiedades en la India. El conde y él se habían conocido por casualidad, cuando Lee lo defendió de unos bandidos que intentaron asaltarlo en las atestadas calles de Bombay. Al notar la utilidad que un hombre como él podría tener en su vida, Ronald Collinwood decidió llevarlo consigo a Inglaterra para que le sirviera como escolta y protección. El conde de Hendingham se había ganado el odio de sus semejantes no solo en su hogar, sino en buena parte de Inglaterra, por lo que los encuentros con la muerte no eran tan casuales, como había sido ese intento de atraco.

Lee, inteligente y sumamente eficiente, lo había mantenido a salvo hasta entonces, ganándose el aprecio del conde. Sin embargo, Lee nunca demostró retribuir ese sentimiento, a diferencia de cuando se encontraba al lado de Richard y Alex, dos de los hijos del conde.

Silencioso en sus modos, pocas veces se notaba su presencia, por excepción de cuando se metían directamente con él. Era en esos raros momentos (ya no comunes, después de haber aprendido la lección) en que el demonio dragón que llevaba guardado en su interior, como él solía decir, salía a flote. Y hacía pagar a sus oponentes sus ofensas de tal modo que ninguno deseaba volver a meterse con él.

Richard muchas veces creyó que en realidad llevaba un dragón dentro, al ver la manera en que ese diminuto hombre propinaba tremendas palizas a sus contrincantes, sin importar que estos fueran más grandes y superiores en número.

Karate, él así solía llamarlo, y a Richard le fascinaba. Esos golpes certeros y movimientos fluidos parecían producto de la magia. Según lo que le contó Lee, lo había aprendido desde niño en su natal China, una enseñanza transmitida por su abuelo y su padre, y le había servido para defenderse en sus viajes por el mundo, incluida la India, donde conoció a su padre. Y para suerte de Richard, su buen amigo se había propuesto transmitirle esa enseñanza a él.

Lee le había enseñado algunos golpes para defenderse, pero ponía mayor énfasis en los movimientos que servían contra atacantes más grandes, utilizando su propio peso y fuerza en su contra, como ventaja para sí mismo. Pero Richard habría estado loco si hubiera intentado utilizarlos contra su padre. Eso no ocasionaría más que prolongar su sufrimiento.

Su padre era un hombre vengativo y con el ego demasiado elevado como para permitir que su hijo respondiera a la paliza. Sin duda lo mataría sin importarle las consecuencias. Y luego seguiría con Alex...

No, Richard no era tonto.

Y Lee lo sabía. Por ello nunca intervenía cuando su padre le ponía la mano encima.

Sin embargo, Lee jamás permitía que el conde le hiciera daño a Alex.

Y algo en la mirada de Lee, algo en su postura y determinación, impedía que incluso un hombre mitad bestia como su padre (si no es que era ya un completo salvaje), se atreviera a pasar por encima de él.

Lee rodeó por los hombros a su hermano y lo llevó consigo, donde no pudiera ver aquello que tanto lo alteraba. Richard hizo un leve gesto de agradecimiento con la cabeza que el hombre captó y contestó con uno similar.

Todo ese infierno terminaría algún día, le juró a su hermano mayor en silencio.

Ningún invierno es eterno.

Y el suyo terminaría cuando consiguiera escapar de las garras de su padre junto a su hermano, para llevarlo consigo a un lugar donde nunca, jamás, volviera a tener que soportar una vida de golpes.

Capítulo 1

Nueva York, Estados Unidos, 1860.

—¡Richard! ¡Richard, abre de una vez, te escucho allí dentro! —El repetido golpe en la puerta provocó risas femeninas.

—¡Estoy ocupado aquí! Vuelve e

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta