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EL DELIRIO DEL CRECIMIENTO

David Pilling  

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Fragmento

EL CULTO AL CRECIMIENTO

 

 

 

 

Durante más de setenta años las sociedades avanzadas se han mirado en el espejo con cierta vanidad y, por lo general, les ha gustado lo que ven: crecimiento. El espejo es, en realidad, el producto interior bruto (PIB) y se ha convertido en nuestro principal medio para juzgar nuestro atractivo como economías y como sociedades. La economía —eso que el PIB intenta medir— está por todas partes. No puedes olerla ni tocarla, pero es el ruido de fondo del mundo moderno. Es el alimento básico de los titulares, de los canales de información financiera y del debate político. Sin embargo, pese a ser un concepto tan fundamental, solo un número sorprendentemente pequeño de personas sabe con precisión qué es la economía o cómo estimamos su progreso. Lo único cierto es que debe avanzar de manera constante, como un tiburón.

Definimos la economía en relación con el PIB.(1) Desde tiempos modernos, y en contra de las advertencias de su inventor, el PIB se ha convertido en un indicador del bienestar de un país. Si la economía crece, entonces todo debe estar bien. Si se contrae, será que no tanto. Pero el espejo en el que nos hemos estado mirando se parece más al de un parque de atracciones que al de un cuarto de baño. La imagen reflejada en él está burdamente distorsionada y cada vez se contradice más con la realidad. Nuestro espejo económico está roto.

Estamos viviendo en una «edad de la ira», definida por una reacción popular desfavorable y el rechazo a instituciones e ideales que antes eran apreciados, incluido el propio liberalismo occidental.[1] En Estados Unidos esto ha llevado al auge de Donald Trump. Reino Unido ha votado a favor del Brexit y en Europa partidos no convencionales, tanto de derechas como de izquierdas, han provocado que el statu quo se tambalee. Hay convulsiones políticas, provocadas por revueltas populares, de India a Brasil y de Filipinas a Turquía.

Muchas explicaciones contradictorias tratan de interpretar lo que ha causado la ira popular en países que, a juzgar por las medidas convencionales, nunca habían sido tan ricos. Sin embargo, en todas hay un elemento común: la gente no ve la realidad de su vida reflejada en el relato oficial, un relato contado principalmente por economistas. Algunas de las fuerzas que forman parte de esta reacción son el resultado de cuestiones de identidad, una sensación de impotencia, la falta de vivienda asequible, la ausencia de una comunidad y la indignación contra la política monetaria y los crecientes niveles de desigualdad. Otras surgen porque nuestras definiciones de «crecimiento» y de «economía» ya no encajan con la experiencia vivida por la gente. Este libro pretende explicar la brecha que hay entre lo que los expertos dicen sobre nuestra vida y lo que nuestra vida parece en realidad.

Aunque casi todo el mundo ha oído hablar del PIB, pocos saben que se inventó en una fecha reciente, en torno a la década de 1930, como herramienta para hacer frente a la Gran Depresión, y que después se convirtió en un medio para prepararse para la Segunda Guerra Mundial. Lo primero que hay que entender es que la economía no constituye un fenómeno natural, una verdad que se pueda descubrir. Antes de 1930 prácticamente no existía. Es algo creado por los seres humanos, como el algodón de azúcar, los seguros de automóvil o la contabilidad de doble entrada.

Si el PIB fuera una persona, sería indiferente, incluso ciega, ante la moralidad. Mide la producción de cualquier clase, sin importar si es buena o mala. Al PIB le gusta la contaminación, en especial si es necesario gastar dinero para combatirla. Le gusta el delito porque le encantan las grandes fuerzas policiales y reparar ventanas rotas. Al PIB le agrada el huracán Katrina y está bastante de acuerdo con las guerras. Le complace medir la escalada de un conflicto en número de armas, aviones y misiles para, después, contar el esfuerzo que precisará la reconstrucción de ciudades arrasadas a partir de sus ruinas humeantes. El PIB es bueno contando, pero es un pésimo juez de la calidad. Tiene unos horribles modales en la mesa. Para él, un juego de cubiertos compuesto por tres tenedores sirve igual que uno formado por un tenedor, un cuchillo y una cuchara.[2]

El PIB es un mercenario. No se digna a contar las transacciones en las que el dinero no cambia de manos. No le gustan las labores del hogar (aquí, al menos, estamos de acuerdo) y rehúye todas las actividades voluntarias. En los países pobres le cuesta dar cuenta de la mayoría de los esfuerzos humanos, el grueso de los cuales ocurre fuera de la economía monetizada. Puede rastrear el impacto económico de una botella de Evian en el supermercado, pero no el de una niña que en Etiopía recorre kilómetros a pie para conseguir agua de una fuente.

El crecimiento es un hijo de su tiempo, esto es, la era de la manufactura, y el PIB fue diseñado ante todo para medir la producción física. Tiene problemas para encontrarle sentido a las modernas economías de servicios, un defecto llamativo en los países ricos, donde los servicios, como los seguros y el diseño de jardines, son actividades dominantes. No se le da mal contar la producción de ladrillos, barras de acero y bicicletas, esas «cosas que se te pueden caer en el pie».[3] Pero si intenta hacer lo mismo con los cortes de pelo, las sesiones de psicoanálisis o las descargas de música, entonces se confunde. Se le da mal medir el progreso, justo aquello que suponemos que sabe hacer. Para nuestra principal medida de crecimiento un antibiótico vale céntimos, aunque un milmillonario sifilítico de hace cien años hubiera dado la mitad de su fortuna por un tratamiento de siete días.

En resumen, nuestra definición de la economía es bastante tosca. Como alguien le comentó de manera informal a este autor, «Si estás atrapado en un atasco durante una hora, eso contribuye al PIB. Si vas a casa de un amigo a echar una mano, no». Eso es «todo lo que necesitas saber». Con la esperanza de que estuviera equivocado en esto último, espero que sigas leyendo.

 

 

Todos percibimos de manera instintiva que algo está mal, pero nos cuesta identificarlo con precisión. La crisis financiera global de 2008 fue la señal definitiva de que la economía nos había fallado. En los años previos al colapso de Lehman Brothers y el inicio de la recesión en prácticamente todo el mundo occidental, el culto al crecimiento nos había llevado a celebrar nuestras economías. Gente como Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal, dijo que todo iba como la seda y que había que dejar en paz a los mercados para que crearan aún más riqueza.

De hecho, nuestras medidas estándar no nos habían contado demasiado acerca de cómo se estaba creando el crecimiento; por ejemplo, que se construyó sobre la base de un crecimiento muy rápido de la deuda doméstica y de una ingeniería financiera aún más inteligente (léase «aún más idiota») impulsada por unos banqueros enloquecidos por los bonus. Las economías avanzadas, supuestamente, habían alcanzado un nuevo nirvana conocido como «la Gran Moderación», donde los inteligentes tecnócratas habían consignado a la historia los booms y las crisis y en el cual el mercado, si se le dejaba a su suerte, siempre producía un estado de equilibrio feliz.

El crecimiento económico revelaba poco sobre la creciente desigualdad o sobre los inmensos desequilibrios globales. Estados Unidos tenía enormes déficits comerciales financiados por los exportadores de petróleo de Oriente Próximo y por China, quienes se dedicaban a reciclar sus superávits comerciales comprando bonos del tesoro estadounidense. Los chinos, de hecho, estaban prestando dinero a los estadounidenses para que estos pudieran permitirse todas las cosas que se producían en la fábrica del mundo. Fue lo que mantuvo girando el carrusel del crecimiento… hasta que se paró. Años después, muchos países occidentales, en especial en Europa, siguen esforzándose para que sus economías vuelvan a los niveles previos a 2008. Gran parte del crecimiento de los años anteriores ha resultado ser una ilusión.

Un problema del crecimiento es que requiere una producción incesante y, su primo carnal, un consumo incesante. A menos que queramos más y más cosas, y más y más experiencias pagadas, el crecimiento acabará deteniéndose. Para que nuestras economías sigan avanzando debemos ser insaciables. La base en la que se sustenta la economía moderna es nuestro deseo ilimitado de cosas. Pero en lo más profundo de nuestro corazón sabemos que ese camino conduce a la locura.

Hace algunos años, la revista satírica estadounidense The Onion pu

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