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EL DESAFíO DE FLORENCIA

Alejandro Corral  

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Fragmento

1

Basílica de Santa Maria Novella, Florencia,

7 de septiembre de 1504

Leonardo da Vinci murmuró:

—No insistas, por favor.

Cautivada por los dulces efectos de verse retratada, Mona Lisa perseveró:

—Necesito saberlo: ¿por qué me escogiste, maestro? Para mí, se ha convertido en una obsesión. —Ante aquella insistencia, él solía responder con evasivas o negativas, sin ofrecerle nunca una respuesta aclaratoria—. No comprendo tu silencio. ¿Qué te llevó a aceptar el encargo de mi marido? ¿Y por qué pintarme a mí, cuando hay otras mujeres, más ricas e ilustres, que han solicitado tus servicios?

—Es cierto que he hecho lo posible por evitar las insistentes demandas de Isabel de Este, una mecenas de las artes mucho más... rica e ilustre, sí —musitó Leonardo desviando la mirada, alimentando a su vez el misterio con su juego de palabras. Y así el pintor, con los ojos clavados nuevamente en ella, dejó la frase flotando en el aire con su proverbial elocuencia e ironía.

—Isabel de Este es acaudalada y poderosa, te protegería y promovería aún más tus obras.

Leonardo le brindó una sonrisa amable y replicó:

—El prestigio de mi carrera ya alcanzó su cota más alta en Milán, cuando pinté La última cena. Ahora mismo no codicio nuevas dosis de notoriedad.

—Entonces, ¿por qué retratarme? ¿Qué has visto en mí? ¿Acaso algo especial que nadie más perciba?

Leonardo da Vinci se fijó en los labios de Lisa del Giocondo; se fijó, sobre todo, en su sonrisa. Y la observó largos instantes con la elegante parsimonia del artista, con aquellos ojos cautos y reflexivos que buscaban, por encima de todo, el origen de la verdad; después, sugirió:

—Todavía no puedo dar una respuesta a esas preguntas. Lo lamento. Por el momento, Lisa, habrás de conformarte con lo siguiente: en los últimos meses, me he hallado tan absorto en mis investigaciones científicas que mi aversión a coger el pincel ha resultado casi enfermiza, pero al pintarte a ti, una mujer poco conocida, en vez de una famosa aristócrata, puedo representarte como realmente quiero, sin verme obligado a seguir las órdenes e indicaciones de un tercero. —Y lo más importante que Leonardo da Vinci guardó para sí: la consideraba una mujer hermosa y atractiva—. Asimismo, en tus labios se dibuja eventualmente una expresión indescifrable; aclararé tus dudas, que también son mías, cuando comprenda los misterios que ofrece tu sonrisa.

2

Leonardo contempló a la mujer que posaba en su estudio y luego se contempló a sí mismo. El espejo le devolvió la imagen de un hombre alto y ciertamente hermoso, pero aquella belleza poco común ya empezaba a ser víctima del desgaste que provoca el efecto del paso del tiempo. Leonardo da Vinci tenía cincuenta y dos años. De pie y concentrado frente a la mujer de Francesco del Giocondo, vestía una túnica púrpura y zapatos dorados con plataforma. Su cabello castaño y veteado de gris caía ondulado sobre sus hombros, y la barba sobre el pecho. Sus ojos brillantes y del color de la miel se centraron de nuevo en la mujer que desde hacía un año retrataba y que ahora lo miraba con una devoción creciente.

En el atardecer del 7 de septiembre, Leonardo da Vinci y Lisa Gherardini, también conocida como Lisa del Giocondo, se encontraban en el estudio superior de Santa Maria Novella, la basílica en cuyas dependencias anexas el pintor residía desde que los gobernantes florentinos le encargaran pintar un gran fresco representando la victoria en la batalla de Anghiari, librada en 1440 entre Florencia y Milán. En la sala de abajo, cuatro o cinco de sus aprendices, entre ellos Salai, empleaban el recurso de hacerles escuchar música y cantos.

Maravillado por la increíble capacidad humana de transformar la realidad en imágenes pintadas, Leonardo da Vinci alternaba la mirada entre la pintura y quien posaba cuando se percató de que, frente a sí, una excitación insospechada iba apoderándose gradualmente de aquella joven de veinticinco años. Él, perplejo y asombrado, sin apartar un ápice la vista de su modelo, le preguntó con palabras cordiales cómo se encontraba.

Mona Lisa del Giocondo sacudió la cabeza y lo miró con gesto sugerente.

—Quizá algo... alterada —respondió dejando escapar un leve suspiro—. Maestro Da Vinci, observa mi cuadro..., y luego obsérvame a mí. Deseo que, mientras turnas la mirada, expliques en voz alta lo que has pintado. Y también lo que supondrá para quienes algún día me contemplen.

Leonardo obedeció, y describió:

—El ser humano solo es capaz de imaginar lo que es igual en todas las personas, lo general, y únicamente en gráciles matices encontramos la diferencia con los demás, momentos fugaces que el artista necesita descubrir y desvelar. Por eso, lo que para mí empezó siendo el retrato de la joven esposa de un comerciante de seda se ha convertido en un intento de reproducir las complejidades de las emociones humanas. —Alzó la vista del lienzo y posó los ojos en Lisa, que entrecerrando los suyos se abandonó a un placer inesperado.

—Continúa... —murmuró ella.

—Tus ojos poseen el brillo húmedo que se observa frecuentemente en los seres vivos, y en torno a ellos destacan los rosados lívidos y sus matices, que solo pueden representarse mediante la máxima delicadeza.

Mona Lisa ahogó un gemido y prosiguió escuchando con atención.

—Pretendo que tu nariz, con sus finas y delicadas cavidades rojizas, y tu boca entreabierta y las mejillas encarnadas, no parezcan pintadas, sino carne verdadera.

Ella se entregó por completo al arrullo de las palabras, susurrando con frenesí:

—¿Y quienes me contemplen...?

—Y quienes contemplen con atención los detalles de tu cuello, verán latir tus venas. Y quienes contemplen tu retrato quedarán desconcertados ante el problema real de tus cejas; o mejor aún, ante la ausencia total de ellas.

El pecho de Lisa subía y bajaba de manera sensual y armoniosa.

—Continúa... por favor...

—Cuando se sitúen frente a tu retrato, los observarás; cuando se desplacen de un lado a otro, tu mirada los perseguirá. —Era difícil tarea saber a qué presencia se dirigía Leonardo, si a la ficción humana de su cuadro o a la realidad carnal que en el estudio posaba. ¿Es posible que el pintor, en un alarde intelectual, en un testimonio absolutamente magistral, les hablara al mismo tiempo a ambas existencias?—. Y por fin, ellos llegarán al elemento más mágico y atractivo de mi Mona Lisa: tu sonrisa...

Ella no podía resistirse más. La excitación que la dominaba al estar siendo retratada empezaba a alcanzar su grado más elevado de fogosidad.

—... una sonrisa tan agradable que más parecerá divina que humana.

—¿Y cuando me contemplen...? —insistió ella con auténtica euforia.

—Y cuando te contemplen, parecerá que dentro del cuadro parpadeas. Pero bastará que desplacen la vista para que tu gesto cambie. Y el misterio se agrandará. Porque ellos mirarán hacia otro lado, pero tu sonrisa ya se habrá quedado grabada en sus mentes, y para siempre. Una señal excepcional, una sonrisa imposible de retener que esquivará a quienes intenten perseguirla. Y lo más increíble es que tú, encerrada en esta pintura, darás la impresión de ser consciente tanto de ellos como de ti misma.

—¿Y qué será de aquellos que a lo largo de la historia se atrevan a cuestionarme?

—Les replicarás, siempre, con tu sonrisa.

Al concluir Leonardo su descripción y alegato, Lisa movió suavemente la cabeza hacia atrás y deslizó una mano resuelta a través de su cuerpo con una agradable caricia.

Y Leonardo, decidido y siempre abierto a la curiosidad, exploró la posibilidad que ante sus ojos se abría, aquella posibilidad que reviste un significado tan complejo como el de saber materializar las imágenes en pintura en el momento adecuado y de la manera precisa.

Y Mona Lisa del Giocondo, fuera de sí, seducida por el poder y la belleza de la pintura, tan solo pudo suspirar:

—Maestro Da Vinci... ¿qué me estás haciendo?

Tomándose Leonardo su tiempo, sin dejar de recorrer sus ojos el cuerpo excitado de Lisa y a la vez su retrato, se entregó decididamente a la pintura, al placer que casi creía olvidado. Y al tiempo que aplicaba suaves pinceladas y susurraba una sinfonía de palabras, los labios de su Mona Lisa dibujaron sutilmente la misteriosa sonrisa que comenzaba en ella misma pero que también se conectaba con la mujer que en el estudio posaba. Con extrema cautela, explorando cada partícula del cuadro, el pincel de Leonardo alcanzó al fin la tabla de álamo, y se deslizó, y la recorrió, y quiso no dejar de pintarla nunca jamás. Todo en la habitación fue de pronto arrobo y deseo, la armonía y la unión de dos personas entregadas sin reservas la una a la otra, el pintor y su modelo, con los ojos de ella curioseando desde la profundidad del retrato, sus manos entrelazadas en un primer plano. Minutos más tarde, en un último aliento desesperado, agitada ella, sus labios y su sonrisa, intensas convulsiones sacudieron su cuerpo; y ella, complacida, se abandonó dulcemente al estremecimiento, temblando de placer.

—Maravilloso —exclamó atónito Leonardo, pues ni siquiera la había tocado.

—Prométeme que jamás hablarás con nadie de lo que acaba de suceder, y aún menos con mi marido —susurró Lisa más calmada pero todavía desconcertada; y él asintió y cerró los ojos, fascinado, y sorprendido, como único testigo del momento extraordinario que acababa de provocar.

En el piso de abajo, los discípulos de Leonardo da Vinci entonaban un cántico cuyos sones ascendían amortiguados hacia el estudio.

3

Plaza de la Señoría, Florencia,

7 de septiembre de 1504

Miguel Ángel Buonarroti le habló al mármol resplandeciente:

—Ha llegado la hora, el instante definitivo. El mundo sabrá mañana en qué te has convertido. —Asintió orgulloso y luego se despidió del centinela allí apostado, que a las puertas del Palazzo Vecchio protegía la obra de los vándalo

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