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EL DIABLO TAMBIéN SE ENAMORA (PREMIO VERGARA - EL RINCóN DE LA NOVELA ROMáNTICA 2018)

Eleanor Rigby  

5


Fragmento

1

Londres, 1882

 

Sebastian Talbot era, como poco, el hombre más descarnadamente calculador que Inglaterra había visto forjarse en la última década. Iniciaba la cuarta temporada desde que logró imponerse, con su afamada brutalidad, sobre la panda de almidonados con abolengo que aún hoy lo miraban recelosos, y eso quería decir que eran muchos años los que llevaba invirtiendo en palomas mensajeras. Esas que revoloteaban ojo avizor por los salones de las altas esferas, a los que Sebastian no podía acceder, interceptando los movimientos y comportamientos excepcionales que pudieran tergiversarse y convertirse en un escándalo.

Historias varias, que iban desde un patético beso robado a una debutante en la oscuridad de un invernadero abierto al público, hasta la ruina económica del que fue un buen partido en el beau monde, llegaban a oídos del que llamaban «diablo». Los chismosos, ocultos estratégicamente incluso en los escarpines de las damas, corrían más tarde a comunicarle al propietario del tridente lo recién descubierto. El empresario no solo se pirraba por un buen cotilleo, sino que a menudo, si le interesaba el pecado cometido, hacía algo al respecto: se presentaba con la tentación de un suculento incentivo ante los caídos en desgracia, y generalmente se salía con la suya.

Estos ofrecimientos oscilaban entre inversiones en su próspera empresa naviera, que no dejaba de ganar socios por minuto, o una noche en su cama, siempre y cuando los creyera rentables como inversores o, en su defecto, como amantes.

En definitiva, Sebastian Talbot había comprado los oídos de media población londinense para estar al tanto de todo lo que sucedía alrededor, e intervenir tras estudiar las ganancias de una posible propuesta. Así, teniendo a quienes lo hicieran por él, no le hacía falta preocuparse por ninguna cuestión que no tuviera que ver con el deleite personal, lo que se traduce en que se dedicaba enteramente a sus finanzas, al placer carnal y a inventar nuevas formas de hacer trampas al póquer.

Sin embargo, en los últimos días, se había estado hablando de un asunto que le concernía, y del que solo él mismo en persona podía encargarse. Un asunto que, tras estrechar manos con el prestigio, decidió apartar a un lado temporalmente mientras llegaba la otra parte del que sería un acuerdo glorioso: el que terminaría de hacerle popular y envidiado.

Como era lógico, Sebastian no podía hacer oídos sordos a las habladurías, y menos cuando las voces que se alzaban provenían de notorios personajes a los que deseaba ver tragándose sus comentarios malintencionados.

En pocas palabras, un ángel acababa de ser presentado en sociedad. Lord Aldridge decía que la muchacha hacía temblar las piernas de los hombres con su sola aparición; el marqués de Weston, aquel desgraciado de cara avinagrada, había sonreído un total de tres veces al mantener una conversación con ella; e incluso el duque de Winchester acababa de proclamar entre sus familiares, en quienes no debería haber confiado si quería que siguiera siendo un secreto, que pretendía pedir su mano en matrimonio porque le había robado el corazón.

¡Todos los temibles crápulas de Londres suplicaban redención en los brazos de la muchacha, cuya belleza comparaban con la de la mismísima Virgen! Blasfemias llenaban las bocas de los consagrados a la clerecía, mientras los escépticos aseguraban haber visto el cielo abierto al besar sus nudillos enguantados.

Aunque Sebastian sostenía que aquello eran paparruchas, tenía que hacer las paces con sus recelos para asimilar que, si todo Londres se había vuelto majara tras la presentación de la jovencita, era porque debía ser todo un portento. Sin lugar a dudas, aquel sinnúmero de hipérboles sobre sus encantos había terminado despertando su curiosidad, lo que ya era una hazaña en un individuo de la talla de Sebastian Talbot, a quien nada le impresionaba. Y pese a importarle un rábano la grandeza femenina si no era para corromperla, Sebastian se alegró fervientemente de que existiera una criatura capaz de poner a sus pies a toda aquella cuadrilla de palurdos empolvados. Porque eso significaba que había llegado la hora de casarse, destrozando así el corazón de todo varón orgulloso de considerarse inglés.

La institución del matrimonio le parecía anticuada y patética; por si fuera poco tener a cargo a una mujer cuyo comportamiento bobalicón podría buscarle la ruina social, tomar esponsales era el eufemismo de un pacto con Satán. Los que en un tiempo fueron sus amigos, Dorian Blaydes y Thomas Doyle, habían sucumbido a la irrevocable demencia tras sellar los lazos eternos con sus respectivas esposas. Atrás quedaron los días de gloria, en pro de noches interminables con señoras de vientre abultado que transformaban todo su encanto original en una sucesión de antojos insoportables que, ¡encima!, era el marido quien debía satisfacer.

Pese a todo eso, tenía que seguir el ejemplo del caballero medio, aunque no pudiera considerarse como tal. Sebastian recordaba haber dado un salto de trapecista cuando uno de sus informantes se presentó en su ostentosa mansión en St. James para anunciar que la señorita Ariadna Swift acababa de tomar como rehenes los cuerpos, mentes y corazones de la totalidad de caballeros en edad de amar.

¡Por fin iba a tener lo que le faltaba para completar su colección...! La mujer perfecta. La novia de Londres. La preferida de las altas esferas. En definitiva... Lo que él llevaba esperando desde que descubrió que debía comprometerse.

Sebastian nunca se habría conformado con cualquiera. Al igual que en los negocios, quiso para su vida la mayor y mejor calidad. No podía ser menos tratándose de mujeres.

Desde que llegó a la capital con intenciones de conquista, supo que su plan de desposorio incluiría a la dama que más propuestas de matrimonio recibiese en su debut. Bien: la espera había finalizado. Y lo mejor era que no había tenido que mover un solo dedo, perdiendo el tiempo en extenuantes búsquedas a lo largo y ancho del mundo conocido. Ella había llegado a él y, para colmo, con el apellido de la esposa de uno de sus grandes amigos, lo que esperaba que facilitase las cosas.

Sebastian tuvo que dejar de regocijarse silenciosamente y pausar sus silogismos para prestar atención al entrometido del conde de Standish. Dorian Blaydes era uno de los pocos aristócratas a los que respetaba, quizá porque él mismo a duras penas se respetaba a sí mismo, y eso le convertía en un individuo interesante cuando menos, divertido en última instancia.

—¿Y qué piensas hacer si no es de tu agrado? —preguntó, mirándolo con la ceja arqueada—. ¿Te casarás con ella igualmente, aunque la encuentres repulsiva o te parezca irritante?

—Dudo que sea repulsiva o irritante si todo el mundo habla de ella como un dechado de virtudes. Y en caso de que lo sea... Te puedo asegurar que le echaré el lazo de todos modos. Esa mujer, sea quien sea, va a ser mía —dictaminó, apurando el whisky que balanceaba entre los dedos—. Y hablando de ella, ¿dónde está?

Sebastian echó un dramático vistazo a su alrededor. ¿Sería la morena del fondo...? Tenía un pecho escultural y buenas caderas, tal y como él las prefería; sin embargo, fue abrir la boca y perder la magia. ¡Jesús! O se había tragado un pavo en proceso de mutilación, o nació con las fosas nasales bloqueadas. Tenía la risa más espantosa que hubiese tenido el horror de escuchar, y no recordaba que hubieran hablado de las carcajadas de la señorita Swift como el equivalente al graznido de un ave migratoria.

¿Y si se trataba de la rubia que bailaba con el vizconde Grayson? Tenía una figura bonita, una sonrisa encantadora... Pero unos ojos saltones a punto de huir de su rostro, y la nariz como el pico de una rapaz falconiforme. ¿Qué había, pues, de la pelirroja pecosa que coqueteaba descaradamente con...? ¡Diablos, no! Al menos, tampoco recordaba que hubieran descrito a la señorita Swift como una cebada con pésimo gusto a la hora de elegir atuendo. Él no tenía nada en contra de las mujeres de Rubens; no tenía nada en contra de ninguna, de hecho. Nunca fue un hombre exquisito en gusto femenino, ya que, desde joven, le inculcaron la idea de que era de mala crianza rechazar cualquier ofrecimiento... Pero, ¡señor!, aquella mujer se caería por los dos lados de la cama.

—¡Dios mío, estoy ansioso! —exclamó—. ¿Seguro que se encuentra aquí? Porque no he ubicado aún a una sola muchacha que parezca digna de todas las alabanzas que llevan días perforándome los oídos.

—Olvidaba que tienes unos oídos muy sensibles a todo lo que no sean halagos hacia tu persona —comentó maliciosamente Blaydes—. Tranquilízate... La señorita Swift aparecerá con el resto de sus hermanas de un momento a otro. Recuerda que son lo más parecido a una tribu sedentaria, o a los brotes de hongos. Viene una, y la siguen las demás.

—¡Cierto es! Solo espero que sea tan hermosa como sus allegadas.

—¿Era eso una exigencia?

—Una esperanza. Procura no malinterpretarme. Me importa un carajo si es más fea que el trasero de un babuino, Blaydes, pero me decepcionaría seriamente que, teniendo una hermana como Megara Doyle, no contara ni con un solo encanto. Me conformaría con que fuese solo la mitad de hermosa que ella... O un tercio de lo que es lady Ashton.

—Puestos a pedir, ¿qué cualidades debería tener la futura señora Talbot? —inquirió con curiosidad—. Imagina que pudieras diseñarla a tu antojo.

—Una mujer es una mujer, no creo que exista más qu

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