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EL DIOS TULLIDO. MALAZ X

Steven Erikson  

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Fragmento

Dramatis personae

Además de aquellos en Polvo de sueños

Los malazanos

Mudesto Peniques

Sargento Ojoflaco

Cabo Costilla

Giro de Cintura

Triste

Cuerda Quemada

La Hueste

Ganoes Paran, Alto Puño y Maestro de la Baraja

Mago supremo Noto Furúnculo

Escolta Hurlochel

Puño Rythe Bude

Capitana Arroyodulce

Artista imperial Ormulogun

Caudillo Mathok

Guardaespaldas T’morol

Gumble

Los khundryl

Viuda Jastara

La serpiente

Sargento Cellows

Cabo Nithe

Sharl

Los t’lan imass: los no vinculados

Urugal el Hilado

Thenik el Desmenuzado

Berok Dulcevoz

Kahlb el Cazador Silencioso

Halad el Gigante

Los tiste andii

Gathras

Sanad

Varandas

Haut

Suvalas

Aimanan

Embozado

Los forkrul assail: los inquisidores legítimos

Reverencia

Serenidad

Equidad

Serenidad

Diligencia

Tolerancia

Envuelo

Calma

Desmiento

Libertad

Grave

Los aguados: los superiores de los assail menores

Inapropiado

Urgente

Hestand

Festian

Kessgan

Trissin

Melest

Haggraf

Los tiste liosan

Kadagar Fant

Aparal Forja

Iparth Erule

Gaelar Agonía

Eldat Pressan

Otros

Absi

Spultatha

K’rul

Kaminsod

Munug

Silanah

Apsal’ara

Tulas Pelado

D’rek

Gallimada

Korabas

Se me conoce

en la religión de la rabia.

Adoradme cual charco

de sangre en vuestras manos.

Apuradme de un trago.

Pues se trata de una furia amarga

que hierve y abrasa.

Pequeñas eran vuestras dagas

mas numerosas.

Se me nombra

en la religión de la rabia.

Adoradme en vuestros

tajos improvisados

cuando lleve tiempo muerto.

Pues es un canto de sueños

que se derrumban en cenizas.

Desbordantes eran vuestros anhelos

mas ahora solo resta el vacío.

Se me ahoga

en la religión de la rabia.

Adoradme hasta la muerte

e incluso en huesos apilados.

El más puro de los libros es aquel que jamás se ha abierto.

Que no quede carestía desatendida

en el día frío y sagrado.

Se me encuentra

en la religión de la rabia.

Adoradme en un caudal de maldiciones.

Fe tenía este necio

y en sueños hubo de llorar.

Mas recorremos un desierto

empedrado de acusaciones

donde nadie se consume

con odio en los huesos.

La noche del poeta I.IV

El Libro de los Caídos de Malaz

Pescador kel Tath

CAPÍTULO UNO

Si jamás conocieses

los mundos que en mi mente habitan

pequeño sería el pesar

provocado por la pérdida

y en la senda quedaría nuestro recuerdo.

Toma lo que se te ofrece

y vuelve esa cara arrugada.

No me la merezco,

no importa cuán estrecha sea la playa

de tu costa íntima.

Si lo haces lo mejor posible

habré de mirarte a los ojos.

Lo que despierta mi desconfianza

es el manojo de flechas

tras la sonrisa que se acerca en el camino.

Nuestro encuentro no acontece en pesar

o en cualquier otra sutura

que traza cicatrices.

No hemos danzado sobre el mismo

hielo quebradizo

mas mi compasión para con tus amarguras

te la ofrezco libremente, sin esperar

reciprocidad o contrapeso en la balanza.

Resulta lo más justo, eso es todo.

Aunque actuar de semejante guisa

sea extraño al parecer de muchos.

Mas secretos habrá

que nunca supiste

y que yo no aceptaría de otro modo.

Todas mis flechas están enterradas y ancho es el borde arenoso

y todo lo que es privado se refresca sujeto al altar

Hasta las gotas han desaparecido,

el retoño de anhelos

con una mente repleta de mundos

y sus lágrimas enrojecidas.

Cómo odio los días en los que me siento mortal.

Los días en mis mundos

son aquellos en los que vivo eternamente

y si ha de llegar el albor

habré de despertar bajo su luz

en la piel de un renacido.

La noche del poeta III.IV

El Libro de los Caídos de Malaz

Pescador kel Tath

Cotillion extrajo dos puñales. Su mirada descendió hacia ambas hojas. Las dos superficies de hierro ennegrecido parecían formar remolinos, dos ríos del tono del peltre que fluían por fosas y ranuras, los filos irregulares allá donde armaduras y huesos se habían interpuesto en sus tajos. Escrutó durante un momento más los estridentes reflejos de aquel cielo enfermizo, y luego dijo:

—No tengo ninguna maldita intención de explicar nada. —Volvió a alzar la vista y lo miró a los ojos—. ¿Entendido?

El ser frente a él era incapaz de componer expresión alguna. Los tendones podridos y jirones de piel colgaban inanes de los huesos de sus sienes, pómulos y mandíbula. En sus ojos no había nada, nada en absoluto.

Mejor eso, decidió Cotillion, que enfrentarse a un hastiado escepticismo. De eso sí que estaba harto.

—Dime —prosiguió—, ¿qué crees que ves ante ti? ¿Desesperación? ¿Pánico? ¿Una voluntad que se quiebra, algún tipo de declive inevitable que termina derrumbándose hasta convertirse en incompetencia? ¿Acaso crees en el fracaso, Caminante del Filo?

El aparecido continuó en silencio por unos instantes, para a continuación hablar con una voz rota, rasposa:

—No serás tan... audaz.

—Te he preguntado si crees en el fracaso, porque yo desde luego no.

—Incluso si te alzases victorioso, Cotillion... contra todo pronóstico, incluso contra todo deseo... aun así, de lo que hablarán será de tu fracaso.

Él envainó los puñales.

—Ya sabes lo que son capaces de hacerse a sí mismos.

El ser echó la cabeza hacia atrás. Hilos de cabellos cimbrearon y oscilaron.

—¿Arrogancia?

—Aptitud —espetó Cotillion por toda respuesta—. Atrévete a ponerlo en duda, por tu cuenta y riesgo.

—No te creerán.

—Me trae sin cuidado, Caminante del Filo. Esto es lo que es.

Cuando echó a andar, no le sorprendió que el guardián inmortal siguiera sus pasos. Ya hemos hecho esto antes. Cada paso levantó pequeñas nubes de polvo y ceniza. El viento se había convertido en un lamento, cual si estuviera atrapado en una cripta.

—Casi es la hora, Caminante del Filo.

—Ya lo sé. No puedes ganar.

Cotillion se detuvo y miró por encima de su hombro. Le mostró una sonrisa devastada.

—Eso no implica que tenga que perder, ¿verdad?

Ella caminaba. Remolinos de polvo se alzaron a su paso. Docenas de macabras cadenas colgaban de sus hombros: huesos doblados, retorcidos hasta formar eslabones irregulares, huesos antiguos de un millar de tonalidades que oscilaban entre el blanco y el marrón oscuro. Incontables individuos formaban cada cadena, cráneos deformes tocados por matas de pelo, columnas fundidas, largos huesos que traqueteaban y repiqueteaban. Su estela se alargaba tras ella como el legado de un tirano, y dejaban a su paso una madeja de surcos enmarañados que se alargaba varias leguas.

No aminoró su marcha, tan constante como la del sol al arrastrarse hacia el horizonte frente a ella, tan inexorable como la oscuridad que la dominaba. Indiferentes le eran conceptos como la ironía o el amargo regusto de la burla irreverente capaz de aguijonear el paladar. En aquella empresa solo tenía lugar el más hambriento de los dioses: la necesidad. Había sido aprisionada; la memoria permanecía fiera, pero los recuerdos no pertenecían a muros de cripta y tumbas obscurecidas. Había habido oscuridad, en efecto, pero también presión. Una presión terrible, inaguantable.

La locura era un demonio que habitaba un mundo de indefensa necesidad, de un millar de anhelos desatendidos, un mundo sin propósito. La locura. Sí, había conocido a aquel demonio. Habían comerciado con monedas de dolor, monedas salidas de un arcón que jamás se vaciaba. Tal era la riqueza que en su día había conocido.

Y aun así, la oscuridad proseguía.

Ella caminaba, un ser con la coronilla calva, la piel del tono del papiro emblanquecido, alargadas extremidades que se movían con una cadencia insólita. El paisaje a su alrededor estaba vacío, llano en todas direcciones, salvo frente a ella, en donde la garra vacilante de una desgastada cadena de colinas descoloridas se alzaba por el horizonte.

Llevaba consigo a sus ancestros, que resonaban en un caótico coro. No había dejado tras de sí a uno solo de ellos. Cada tumba de su linaje se abría ahora en un bostezo tan vacío como los cráneos que había extraído de cada sarcófago. El silencio hablaba siempre con voz de ausencia. El silencio era el enemigo de la vida, y por eso ella lo rechazaba por completo. No, sus ancestros, sus perfectos ancestros, hablaban con murmullos y rasposos arañazos; eran las voces de su canción privada las que mantenían a raya al demonio. Se había cansado de comerciar.

Hacía mucho tiempo, esto lo sabía, los mundos, pálidas islas en el Abismo, estaban repletos de criaturas. Sus pensamientos eran toscos y simples. Más allá de esos pensamientos nada había más que negror, un abismo de ignorancia y miedo. Cuando los primeros resplandores despertaron en medio de aquella confusa tiniebla, no tardaron en prender con fuerza como si de hogueras se tratase. Mas la mente no despertó en sí misma en un estallido de gloria. Ni la belleza, ni siquiera el amor. Nada reverberó con el sonido de la risa o el triunfo. Aquellas llamas que prendieron pertenecían a una cosa y nada más.

La primera palabra consciente fue justicia. Una palabra que alimentó la indignación. Una palabra que empoderaba la voluntad de cambiar el mundo y todas sus crueles circunstancias, una palabra capaz de llevar rectitud a la infamia más brutal. La justicia emergió a la vida con un restallido desde el negro barro de la indiferente naturaleza. Justicia capaz de unir familias, de construir ciudades, de inventar y defender, de crear leyes y prohibiciones, de amartillar el indomable coraje de los dioses en el yunque de las religiones. Todas las creencias prescritas brotaron en ramas retorcidas desde aquella única raíz, hasta perderse en el cielo cegador.

Mas ella y sus congéneres habían permanecido enroscados alrededor de la base de aquel enorme árbol, olvidados, aplastados. Y desde aquel lugar, bajo piedras, atados a las raíces y la negra tierra, fueron testigos de la corrupción de la justicia, de su pérdida de significado. De su traición.

Dioses y mortales retorcieron las verdades en una hueste de hazañas que mancharon lo que en su día fue puro.

Pues bien, el final se acercaba. El final, queridos, queridas, se acerca. Ya no habría más niños que se alzasen entre huesos y escombros para volver a construir lo que se había perdido. A fin de cuentas, ¿acaso había aunque fuese uno entre todos ellos que no hubiese mamado del pezón de la podredumbre? Oh, por supuesto que se dedicaban a alimentar sus fuegos interiores, si bien se aprovisionaban de la luz, de la calidez, como si la justicia solo les perteneciese a ellos.

Ella se encontraba perpleja. Ardía de puro rencor. La llama de la justicia, incandescente en su interior, en un fuego que crecía a cada día que pasaba, a medida que el miserable corazón del Encadenado goteaba interminables regueros de sangre. Doce Puros eran los que quedaban. Doce Puros, alimentándose. Quizá había otros, perdidos en lugares remotos, pero nada sabía ella de esos. No, aquellos doce serían los rostros de la tormenta final. Y, presidiéndolos a todos, ella se alzaría en el centro de la tormenta.

Le habían otorgado su nombre precisamente para este propósito, hacía ya mucho tiempo. Si había algo que tuvieran los forkrul assail, era paciencia. Pero la paciencia era ya otra virtud perdida más.

Con su reguero de cadenas hechas de hueso, Calma caminó por la llanura, mientras la luz del día moría a su espalda.

—Dios nos ha fallado.

Aparal Forja sentía náuseas, como si algo frío y extraño le corriese por las venas. Entre temblores, apretó la mandíbula para reprimir una réplica. Esta venganza es más antigua que cualquier causa que quieras inventarte. Da igual cuántas veces musites esas mismas palabras, Hijo de la Luz, bajo el sol las mentiras y locuras se abren como flores. Y ante mí no veo más que lujuriantes campos de rojo chillón que se extienden en todas direcciones.

Aquella no era ni su batalla ni su guerra. ¿Quién se inventó la ley que dice que el hijo ha de alzar la espada de su padre? Y, querido padre, ¿realmente querías que esto sucediese? ¿Acaso ella no abandonó a su consorte y te tomó a ti? ¿No nos guiaste a todos hasta alcanzar la paz? ¿No nos dijiste a todos tus hijos que habríamos de ser uno bajo el cielo recién nacido de tu unión?

¿Qué crimen nos ha llevado a esto?

Ni siquiera lo recuerdo.

—¿Lo sientes, Aparal? ¿Sientes el poder?

—Lo siento, Kadagar.

Se habían apartado de los otros, pero no tanto como para evadirse de los gritos de agonía, de los gruñidos de los Mastines, o del feroz aliento del frío en sus espaldas, que se colaba entre las rocas destrozadas en ráfagas espectrales. La barrera infernal se alzaba frente a ellos. Un muro de almas prisioneras. Una ola rompiente de eterna desesperación. Aparal contempló los rostros boquiabiertos a través de aquel velo moteado, escrutó el profundo horror en sus ojos. Tú no eras muy diferente, ¿verdad? Cargada con tu torpe legado, la pesada hoja cimbrea entre este y aquel lado en tu mano.

¿Por qué habríamos de pagar por el odio de otra persona?

—¿Qué te atribula, Aparal?

—No podemos saber la razón de la ausencia de dios, señor. Estimo presuntuoso por nuestra parte considerar que haya fallado.

Kadagar Fant permaneció en silencio.

Aparal cerró los ojos. No debería haber hablado. Nunca aprenderé. Ha recorrido un camino lleno de sangre hasta gobernar, y los charcos en el barro aún brillan de rojo puro. El aire alrededor de Kadagar aún es quebradizo. Esta flor tiembla con vientos secretos. Es peligroso. Muy peligroso.

—Los sacerdotes mencionaron impostores y embusteros, Aparal. —El timbre de Kadagar era monótono, desprovisto de inflexiones. Era la voz que usaba cuando estaba furioso—. ¿Qué dios permitiría algo así? Nos ha abandonado. El camino ante nosotros ya no pertenece a nadie, las decisiones ahora son nuestras.

Nuestras. Sí, tú hablas por todos nosotros, incluso cuando nos estremecemos de vergüenza ante nuestras propias confesiones.

—Perdonad mis palabras, señor. Me siento enfermo... tengo en la boca un regusto...

—En eso no tuvimos decisión alguna, Aparal. Lo que te enferma es el amargo sabor de su dolor. Pasará. —Kadagar sonrió y le palmeó la espalda—. Comprendo tu flaqueza momentánea. Habremos de olvidar tus dudas, ¿verdad? Y no volveremos a mencionarlas nunca. A fin de cuentas, somos amigos, y tildarte de traidor no me causaría más que pesar. Verme obligado a lanzarte más allá de la Muralla Blanca... acabaría de rodillas y entre lágrimas, amigo mío. En verdad te digo que así sería.

Un espasmo de furia ajena siseó en el interior de Aparal y lo hizo estremecerse. ¡Por el Abismo! ¡Ahora te entiendo, Melena del Caos!

—Mi vida es vuestra para que la comandéis a vuestro antojo, señor.

—¡Señor de la Luz!

Tanto Aparal como Kadagar giraron sobre sus talones.

Con un reguero de sangre manando de su boca, Iparth Erule se tambaleó hacia ellos, los ojos desorbitados fijos en Kadagar.

—Mi señor, Uhandahl, el último en beber, acaba de morir. Se ha... ¡se ha desgarrado su propia garganta!

—Todo se ha consumado, pues —replicó Kadagar—. ¿Cuántos?

Iparth se lamió los labios, y el sabor de su sangre le hizo dar un respingo. Luego añadió:

—Sois el Primero de los Trece, señor.

Con una sonrisa, Kadagar se alejó a Iparth.

—¿Y Kessobahn aún respira?

—Sí. Se dice que es capaz de sangrar durante siglos...

—Pero ahora su sangre es veneno puro —dijo Kadagar con un asentimiento—. La herida ha de estar fresca, y el poder puro. Trece, afirmas... excelente.

Aparal escrutó al dragón ensartado en la ladera más allá de Iparth Erule. Las enormes lanzas que lo clavaban a la tierra estaban renegridas de entrañas y sangre seca. Podía sentir el dolor del eleint; manaba de la criatura en ráfagas. Intentaba alzar la cabeza una y otra vez, con llamas en los ojos y mandíbulas batientes, pero la descomunal trampa lo retenía. Los cuatro Mastines de Luz que habían sobrevivido trazaban círculos a buena distancia, el lomo erizado solo de contemplar al dragón. Al verlos, Aparal se abrazó a sí mismo. Otra apuesta desesperada. Otro amargo fracaso. Kadagar Fant, Señor de la Luz, tienes una cuenta pendiente en el más allá.

Más allá de aquella terrible visión, de cara al océano vertical que componían aquellas almas inmortales como si de una imitación demente se tratase, se alzaba la Muralla Blanca, que contenía los restos decrépitos de la ciudad liosan de Saranas. Las tenues y alargadas formas oscuras que la salpicaban, visibles justo detrás de sus murallas almenadas, era lo poco que podía distinguir de aquellos hermanos y hermanas que habían sido condenados por traición a la causa. Bajo sus cadáveres marchitos se extendían las manchas de todo aquello que sus cuerpos habían absorbido de los revestimientos de alabastro. Así que acabarías de rodillas y entre lágrimas, ¿no, amigo mío?

—Señor —dijo Iparth—, ¿hemos de dejar al eleint de esa guisa?

—No. Se me ocurre algo más adecuado. Reúne a los demás. Vamos a tomar una nueva dirección.

Aparal lo miró, pero no se volvió.

—Señor...

—Nos hemos convertido en los hijos de Kessobahn, Aparal. Un padre nuevo que reemplazará al que nos ha abandonado. Para nosotros, Osserc ha muerto, y así ha de quedarse. Hasta nuestro Padre Luz ha acabado de rodillas, roto, ciego e inútil.

Los ojos de Aparal seguían clavados en Kessobahn. Solo hace falta seguir soltando semejantes blasfemias para se conviertan en banales y ya no ultrajen a nadie. Así pierden su poder los dioses, y así ocupamos nosotros su lugar. Aquel dragón ancestral lloraba sangre, y nada había en aquellos ojos enormes que no fuera rabia. Nuestro padre. Tu dolor, tu sangre, es nuestra ofrenda para ti. Por desgracia, es la única ofrenda que somos capaces de comprender.

—¿Y una vez tomemos esa nueva dirección?

—Oh, Aparal. Entonces haremos pedazos al eleint.

Aparal ya esperaba una respuesta así, y se limitó a asentir. Nuestro padre.

Tu dolor, tu sangre, nuestra ofrenda. Celebra nuestro renacer, oh, Padre Kessobahn, con tu muerte. Pues para ti no habrá retorno de ella.

—Nada tengo para negociar. ¿Qué es lo que te trae ante mí? No, ya lo veo. Este siervo quebrado mío no puede viajar muy lejos, ni siquiera en sueños. Tullidos, sí, así están mi preciosa carne y mis huesos sobre este mundo desastrado. ¿Has contemplado su rebaño? ¿Qué bendición podría siquiera otorgar? Nada más que miseria y sufrimiento, y aun así se siguen reuniendo, verdaderas muchedumbres, clamores, masas suplicantes. Oh, en su día yo también los contemplé con desdén. Yo también me deleité en su patetismo, en sus pobres decisiones y su escasa suerte. En su estupidez.

»Mas nadie elige hasta dónde llega su entendimiento. Todos y cada uno de ellos nacieron con lo que tienen, con eso y nada más. A través de mi siervo me asomo a sus ojos, al menos cuando me atrevo a hacerlo, y me devuelven una mirada... una mirada extraña, una que por mucho tiempo fui incapaz de comprender. Hambrienta, por supuesto, repleta hasta los bordes de carestía. Mas yo soy el Dios Forastero. El Encadenado. El Caído. Y mi sacrosanta palabra es Dolor.

»Y aun así, esos ojos me imploraron.

»Ahora lo comprendo. ¿Qué es lo que me piden? Esos necios insípidos de rutilantes miedos, esas expresiones de horror capaces de avergonzar a quien las contemple. ¿Qué es lo que quieren? Yo te lo diré. Lo que quieren es mi lástima.

»Ellos comprenden, ¿sabes? Comprenden que la bolsa de su ingenio no contiene más que unas pocas y ridículas monedas. Saben que les falta inteligencia, y que esa falta los ha maldecido, a ellos y a sus vidas. Lo han intentado con todas sus fuerzas, desde el principio. No, no me mires así. Tú eres de pensamiento fácil y sutil, tú otorgas tu piedad con demasiada rapidez, y por ello escondes tu fe tras tu propia superioridad. No habré de negarte tu agudeza; es tu compasión lo que pongo en duda.

»Ellos ansiaban mi lástima. Pues ya la tienen. Soy el dios que responde a las plegarias. ¿Conoces a algún otro que pueda hacer la misma afirmación? Mira cómo he cambiado. Mi dolor, al que me aferro casi con egoísmo, se tiende ahora cual mano quebrada. El conocimiento hace que nos toquemos, y que nos encojamos al mero contacto. Ahora soy uno con ellos.

»Me sorprendes. No creí que esto te resultase de valor alguno. ¿Qué valor ha de tener la compasión? ¿Cuántas torres de monedas equilibrarían la balanza? Mi siervo soñó cierta vez con riquezas, un tesoro escondido en las colinas. Sentado sobre sus piernas marchitas, suplicó a los paseantes en plena calle. Ahora mírame aquí, demasiado roto para moverme, en las últimas, mientras el viento sacude sin cesar estos muros. No hay nada que negociar. Ni a mi siervo ni a mí nos quedan ganas de suplicar. ¿Es mi lástima lo que ansías? Tómala. Te la entrego sin esperar nada a cambio.

»¿Hace falta que te hable de mi dolor? Miro en tus ojos y veo la respuesta.

»Esta es mi última jugada, pero tú eso ya lo has comprendido. La última. Si fracaso...

»Muy bien. Esto no es un secreto. Reuniré el veneno, pues. En medio del trueno de mi dolor, así es. ¿Cómo si no?

»¿La muerte? ¿Desde cuándo es la muerte un fracaso?

»Perdona estas toses. Lo que pretendía era reírme. Vete, entonces, estruja tus promesas con esos advenedizos.

»Eso y nada más es la fe, ¿sabes? Lástima a cambio de almas. Pregúntale a mi siervo y te lo dirá. Dios te mira a los ojos. Y se encoge.

Tres dragones encadenados por sus pecados. La mera idea hizo que Cotillion soltase un suspiro, de repente taciturno. Se encontraba a veinte pasos de distancia, hundido hasta los tobillos en aquellas cenizas esponjosas. La ascensión, pensó, no suponía un camino tan largo desde lo mundano como hubiera preferido. Notaba la garganta prieta, como si los conductos por los que pasaba el aire se encontrasen obstruidos. Le dolían los músculos de los hombros y un trueno sordo latía tras sus ojos. Contempló al eleint aprisionado, que yacía demacrado y moribundo entre nubecillas de polvo. Se sentía... mortal. Que el Abismo me lleve, qué cansado estoy.

Caminante del Filo se detuvo a su lado, silencioso, espectral.

—Huesos y poco más —murmuró Cotillion.

—Que no te engañe —le advirtió Caminante del Filo—. La carne y la piel no son más que atuendos. Se desgastan o se desprenden como lo que son. ¿Ves esas cadenas? Ya las han puesto a prueba antes. Cabezas que se alzan... el aroma de la libertad.

—¿Y cómo te sentiste tú, Caminante del Filo, cuando todo lo que tenías se te escapó de las manos y se hizo pedazos? ¿Llegó el fracaso hasta ti como si de un muro de fuego se tratase? —Se giró hacia la aparición—. Esos jirones tienen pinta de haber sido abrasados, ahora que me fijo. ¿Te acuerdas del momento en el que lo perdiste todo? ¿Llegó el mundo a levantar siquiera un eco ante tu aullido?

—Si lo que pretendes es atormentarme, Cotillion...

—No, no se me ocurriría. Perdóname.

—En cualquier caso, si esos son tus miedos...

—No lo son. En absoluto. Son mis armas.

Caminante del Filo pareció estremecerse, o quizá alguna alteración en la ceniza bajo sus mocasines podridos reverberó con un temblor en todo su cuerpo, y le arrebató el equilibrio por un breve instante. Cuando se recompuso, el ancestral clavó en Cotillion la negrura marchita de sus ojos.

—Pero tú, señor de los asesinos, no eres sanador.

No. Que alguien acabe con esta ansiedad que siento, por favor. Dadme un corte limpio, extraed de mí todo mal y libradme de ello. Lo desconocido nos enferma, pero el conocimiento puede llegar a ser venenoso. Y estar perdido entre ambos no es mucho mejor.

—Hay más de un camino que lleva a la salvación.

—Qué curioso.

—¿El qué?

—Tus palabras... con otra voz, si las pronunciara... alguien distinto, servirían para calmar a tu interlocutor, para hacerlo sentirse seguro. Viniendo de ti, por desgracia, bastarían para helar un alma mortal hasta lo más hondo.

—Yo soy quien soy —dijo Cotillion.

Caminante del Filo asintió.

—Eres quien eres, sí.

Cotillion avanzó otros seis pasos, los ojos fijos en el dragón más cercano. Los huesos resplandecientes del cráneo eran visibles entre las tiras de pellejo podrido.

—Eloth —dijo—. Quiero oír tu voz.

—¿Vienes a hacer un trato, usurpador?

La voz era masculina, pero semejantes detalles solían cambiar al antojo de aquellas criaturas. En cualquier caso, Cotillion frunció el ceño, mientras intentaba recordar la última vez.

—¿Es Eloth quien habla conmigo?

—Yo soy Eloth. ¿Qué hay en mi voz que tanto te desconcierta, usurpador? Desde aquí siento la sospecha en ti.

—Tengo que estar seguro —replicó Cotillion—. Y de hecho ya lo estoy. Tú no eres Eloth, eres Mockra.

Una nueva voz draconiana soltó una risa que retumbó en el cráneo de Cotillion, y luego dijo:

—Ten cuidado, asesino. Es la señora del engaño.

Las cejas de Cotillion se alzaron.

—¿Engaño? Espero que no, por favor. Soy demasiado inocente para saber nada sobre tales menesteres. Eloth, veo que estás encadenado, y aun así tu voz ha sido oída en reinos mortales. Parece que ya no estás tan prisionero como antes.

—El sueño escapa a las cadenas más crueles, usurpador. Mis sueños ascienden en un batir de alas y hacen de mí un ser libre. ¿Acaso vas a decirme que semejante libertad no es más que una ilusión? La sorpresa alienta mi incredulidad.

Cotillion compuso una mueca.

—Kalse, ¿y tú con qué sueñas?

—Con hielo.

¿Debería sorprenderme?

—¿Y tú, Ampelas?

—Con una lluvia que abrasa, señor de los asesinos, desde lo más profundo de las sombras. Y qué sombras tan horripilantes. ¿Quieres que los tres te susurremos nuestros augurios? Todas mis verdades están aquí encadenadas conmigo, lo único que vuela libre son las mentiras. Mas hubo un sueño, uno que aún arde con fuerza en mi cabeza. ¿Quieres que te lo confiese?

—Mi cuerda no está tan deshilachada como crees, Ampelas. Mejor cuéntale tu sueño a Kalse. Considera este consejo como un regalo que te hago. —Hizo una pausa, le dedicó a Caminante del Filo una mirada por encima del hombro y volvió a girarse hacia los dragones—. Así pues, hagamos un trato.

—Nada de lo que ofreces tiene valor —dijo Ampelas—. No tienes nada que darnos.

—Sí que tengo.

Caminante del Filo habló de pronto a su espalda:

—Cotillion...

—La libertad —dijo Cotillion.

Silencio.

Cotillion sonrió.

—Qué buen comienzo. Eloth, ¿accederás a soñar por mí?

—Kalse y Ampelas comparten tu regalo. Se miran entre ellos con rostros de piedra. Ha habido dolor. Ha habido fuego. Un ojo se abrió y se asomó al Abismo. Señor de los puñales, mis hermanos encadenados están... sin palabras. Señor, soñaré por ti. Cuéntame.

—Escucha con atención, pues —dijo Cotillion—. Así es como debe ser.

Las profundidades del cañón estaban en sombras, deglutidas por la noche eterna más allá de la superficie del océano. Las fisuras se abrían en medio de las tinieblas, el declive y la muerte de un mundo se derramaba en una lluvia sin fin, y las corrientes se sacudían en fieros torrentes que removían los sedimentos hasta convertirlos en vórtices giratorios que se alzaban como remolinos. Flanqueada por los peñascos sumergidos de los acantilados destrozados del cañón, una planicie se extendía, y en su centro prendió una lúgubre llama roja, solitaria, casi perdida en medio de aquella enormidad.

Mael cambió de posición la carga casi ingrávida que descansaba sobre uno de sus hombros, y se detuvo a contemplar aquel improbable fuego. Luego echó a andar en su dirección.

Una lluvia inerte caía a las profundidades. Las corrientes salvajes la devolvían de un latigazo hacia la luz, donde las criaturas vivas se alimentaban de aquel delicioso potaje, solo para acabar muriendo y hundiéndose una vez más. Era aquel un elegante intercambio entre los vivos y los muertos, entre la luz y las tinieblas, entre el mundo superior y el mundo inferior. Casi parecía haber sido planeado por alguien.

Ahora Mael llegaba a atisbar una figura encorvada junto a las llamas, con las manos extendidas frente al dudoso calor. Un enjambre de diminutas criaturas marinas se movía alrededor de la flor rojiza de las llamas como si de polillas se tratase. El fuego emergía entre pulsaciones de un desgarro en mitad del suelo del cañón, y un reguero de gases ascendía en forma de burbuja.

Mael se detuvo frente a la figura, y se desprendió del cadáver envuelto con el que había cargado al hombro. Al posarse en el cieno, pequeños carroñeros se abalanzaron sobre él, mas se alejaron al instante sin llegar a posarse. Tenues nubecillas se expandieron a medida que el cuerpo se aposentó en el barro.

La voz de K’rul, dios ancestral de las sendas, emergió desde las profundidades de su capucha.

—Si toda la existencia es un diálogo, ¿cómo es que aún queda tanto por decir?

Mael se rascó la barba incipiente que le crecía en la mandíbula.

—A mí lo que es mío, a ti lo que es tuyo, a él lo que es suyo, y aun así no hay manera de convencer al mundo de su inherente absurdidad.

K’rul se encogió de hombros.

—A él lo que es suyo. Sí. Qué extraño que, de todos los dioses, él fuera el único que descubriese este secreto demente, este secreto enloquecedor. Cuando llegue el alba... ¿habríamos de dejárselo a él?

—Bueno... —gruñó Mael— primero hemos de sobrevivir a la noche. He traído a quien buscabas.

—Lo veo. Gracias, viejo amigo. Ahora, dime, ¿qué ha pasado con la vieja bruja?

Mael le hizo una mueca.

—Otra vez lo mismo. Lo está intentando de nuevo, pero el que ha escogido... bueno, digamos que Onos T’oolan posee profundidades que Olar Ethil no podrá jamás comprender. Me temo que acabará lamentando haberlo elegido.

—Hay otro hombre que cabalga ante él.

Mael asintió.

—Hay otro hombre que cabalga ante él. Le rompe a uno... el corazón.

—«Incluso la absurdidad flaquea ante un corazón roto.»

—«Pues las palabras se agostan.»

Unos dedos aletearon en medio del resplandor.

—«Un diálogo de silencio.»

—«Un silencio ensordecedor» —Mael oteó en la sombría distancia—. Ciego Gallan y sus malditos poemas. —Por todo el suelo descolorido marchaban ejércitos de cangrejos ciegos, atraídos por la extraña luz y el calor. Mael los miró de reojo—. Muchos murieron.

—Errastas tenía sus sospechas, lo cual es lo único que necesita el Errante. Una desgracia terrible, o quizá un empujón mortal. Se comportaron justo como ella dijo que lo harían. Sin testigos.

K’rul alzó la cabeza, de manera que la capucha vacía apuntó hacia Mael.

—Entonces ¿ha ganado?

Las enjutas cejas de Mael se alzaron.

—¿Acaso no lo sabes?

—A tan poca distancia del corazón de Kaminsod, las sendas son una maraña de heridas y violencia.

La mirada de Mael descendió hasta el cuerpo envuelto.

—Brys estuvo allí. Lo vi todo a través de sus lágrimas. —Se quedó en silencio durante un largo momento, mientras revivía las memorias de otra persona. De pronto se abrazó a sí mismo y dejó escapar una ráfaga de aliento exhausto—. ¡En el nombre del Abismo, esos Cazahuesos resultaron ser todo un espectáculo!

En el interior de la capucha, los leves indicios de un rostro parecieron tomar forma, el brillo de una dentadura.

—¿En serio? Mael... ¿en serio? —En sus palabras viajaba el gruñido de una emoción—. Esto no ha acabado. Errastas ha cometido un terrible error. ¡Por los dioses, todos ellos lo han cometido!

Tras una larga pausa, K’rul suspiró, y su mirada regresó al fuego. Sus pálidas manos se cernieron sobre el brillo pulsátil de la roca ardiente.

—No habré de permanecer ciego. Dos niños. Gemelos. Mael, todo indica que habremos de contravenir el deseo de la consejera Tavore Paran de permanecer fuera de nuestra vista, de la vista de cualquiera. ¿A qué se deberá este deseo de quedar en el anonimato? No lo comprendo.

Mael negó con la cabeza.

—Hay tanto dolor en su interior... no, no me atrevo a acercarme. Se plantó frente a nosotros, en el salón del trono, como un retoño con un terrible secreto, una culpa y una vergüenza más allá de toda medida.

—Quizá mi invitado aquí presente tenga la respuesta.

—¿Es por eso por lo que lo querías? ¿Para resolver tu mera curiosidad? ¿Estamos jugando a un juego de fisgones, K’rul? ¿Con el corazón roto de esa mujer?

—En parte —reconoció K’rul—. Pero no por crueldad, o por la atracción de lo prohibido. Su corazón ha de seguir siendo cosa suya, inmune a cualquier asalto. —El dios echó un vistazo al cadáver envuelto—. No, la carne de este está muerta, pero su alma se mantiene fuerte, atrapada en su propia pesadilla culpable. Yo habré de liberarlo.

—¿Cómo?

—Listo para actuar, cuando llegue la ocasión. Listo para actuar. Una vida por una muerte, tendrá que servir.

Mael profirió un suspiro desigual.

—Entonces todo caerá sobre sus hombros. Una mujer solitaria. Un ejército que ya ha sido barrido. Con aliados enfebrecidos del ansia por la guerra inminente. Un enemigo que los aguarda a todos, indoblegable, con inhumana seguridad, ávido por hacer saltar la trampa perfecta. —Se llevó una mano al rostro—. Una mujer mortal que rechaza hablar.

—Y sin embargo, la siguen.

—La siguen.

—Mael, ¿crees que tienen alguna posibilidad?

Él miró a K’rul.

—El Imperio malazano los ha reunido de la nada. La Primera Espada de Dassem, los Abrasapuentes, y ahora los Cazahuesos. No sé qué decirte. Es como si hubieran nacido en otra época, una edad dorada perdida en el pasado, y la cosa es que ni siquiera lo saben. Quizá sea por eso por lo que ella prefiere que nadie contemple sus acciones.

—¿Qué quieres decir?

—La consejera no quiere que el resto del mundo recuerde lo que fue antaño.

K’rul pareció estudiar el fuego. Al cabo, dijo:

—En estas aguas oscuras es imposible notar las propias lágrimas.

Amarga fue la réplica de Mael:

—¿Por qué razón si no iba a vivir yo aquí?

—Si no me he desafiado a mí mismo, si no me he esforzado por dar todo lo que tengo, que el mundo me juzgue mientras inclino la cabeza. Pero si se me acusa de ser más listo de lo que soy, aunque cómo sería posible tal cosa, o bien, los dioses no lo quieran, demasiado consciente de cada eco que se lanza hacia la noche, que rebota y brinca, que reverbera como el filo de una espada en el borde de un escudo... si, en otras palabras, se me castiga por seguir la estela de mis sensibilidades... en ese caso, algo se enciende como fuego dentro de mí. Me vuelvo, y aquí empleo la palabra de la forma más consciente, furibundo.

Udinaas soltó un resoplido. La página estaba arrancada tras este último párrafo, como si la rabia del autor o la autora lo hubiera empujado a un rabioso frenesí. Se preguntó por los posibles detractores de aquel escriba desconocido, ya fueran reales o imaginarios, y su mente voló a aquellos tiempos lejanos en los que alguien se encargó de ponerlo en su sitio tras una muestra de ingenio que se pasase de rápida y afilada. Prestos eran los niños en notar semejantes cosas, en sentir que un chico era demasiado listo para su propio bien, y vaya si sabían lo que había que hacer al respecto. Dadle fuerte, chavales. Le está bien empleado. Por ello, Udinaas no podía sino sentir compasión por el espíritu de aquel escriba muerto largo tiempo atrás.

—Y sin embargo, viejo necio, los chicos que te pegaron no son ya más que polvo, mientras que tus palabras siguen vivas. ¿Quién se ríe ahora?

Ninguna respuesta vino de la madera podrida que lo rodeaba. Udinaas suspiró y tiró aquel fragmento a un lado. Contempló cómo los trozos de pergamino flotaban como cenizas.

—Bah, ¿qué ha de importarme? No queda mucho, no queda mucho más.

La lámpara de aceite iba menguando, y el frío empezaba a hacerse presente. Ya no sentía las manos. Nadie era capaz de sacudirse aquellos antiguos legados que atacaban a traición con una mueca.

Ulshun Pral había vaticinado nieve, y nieve era lo que Udinaas más había llegado a despreciar.

—Es como si el mismo cielo estuviera muriendo. ¿Oyes eso, Temor Sengar? Casi estoy listo para creerme tu relato. ¿Quién podría haber imaginado semejante legado?

Con un gemido causado por la rigidez de sus extremidades, Udinaas trepó por el casco de la nave y aterrizó en la cubierta inclinada. El viento azotaba su rostro.

—Mundo de blancura, ¿qué quieres decirnos? Que nada de esto es justo. Que los hados nos han acorralado.

Había adoptado el hábito de hablar consigo mismo. De ese modo, nadie tenía que acabar llorando. Estaba harto de tantas lágrimas resplandecientes en caras largas. Cierto era que le bastaba un puñado de palabras para derretirlas, pero el calor en su interior, bueno, digamos que no tenía adónde ir, ¿verdad? Prefirió entregárselo a aquel aire gélido y vacío. Ni una sola lágrima congelada a la vista.

Udinaas escaló por el lado de la nave y saltó al manto de nieve que llegaba hasta la rodilla, para entonces trazar una ruta nueva hasta el campamento que se alzaba a cubierto entre las rocas. Con aquellos mocasines, gordos y forrados de piel, era imposible no caminar con andares de pato a medida que se abría camino entre las pilas de nieve. Desde allí olía a humo de leña.

Cuando aún le falta medio camino hasta el campamento, atisbó a los emlavas. Los dos enormes felinos estaban agazapados sobre las rocas más altas; sus lomos plateados se confundían con la blancura del cielo. Lo vigilaban.

—Vaya, así que habéis vuelto. No es buena señal, ¿a que no?

Sintió que los ojos de aquellos animales lo seguían mientras avanzaba. El tiempo se ralentizaba. Sabía que tal cosa no era posible, mas podía imaginar un mundo entero sepultado en las profundidades de la nieve, un lugar desprovisto de animales, en el que las estaciones se congelaban hasta confundirse en una sola, interminable, para siempre. Se imaginó cómo se irían ahogando todas las posibilidades hasta que no quedase más que una.

—Si un hombre puede hacerlo, ¿por qué no iba a conseguirlo un mundo entero?

No hubo respuesta del viento ni de la nieve, aparte de la réplica brutal que supon

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