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EL DON APACIBLE (LIBRO 1)

Mijail Shólojov  

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Fragmento

I

La casa de los Mélejov se halla situada en un extremo del jútor.1 Del patio, donde se encuentran las cuadras, una puerta que se abre hacia el norte lleva al Don. Una abrupta bajada de ocho brazas, entre peñascos de greda cubiertos de musgo, y se llega a la orilla: conchas nacaradas, el quebrado festón de guijarros grises que besan las ondas, y más allá, las impetuosas aguas del Don que se rizan, negras como ala de cuervo, batidas por el viento. Al este, tras las cercas de mimbre de la era, el camino del Hetman, el gris del ajenjo, la mancha parda de los vivaces yerbajos pisoteados por los cascos de los caballos, y la pequeña capilla en la bifurcación del camino; a continuación, cubierta por una fluida neblina, la estepa. Al sur, la crestería gredosa de las montañas. Al oeste, la calle, que atraviesa la plaza y lleva al záimische.2

De la penúltima campaña contra los turcos, el cosaco Prokofi Mélejov volvió al jútor con su mujer, una turca menuda que se envolvía en su chal. Se tapaba la cara, y solo en contadas ocasiones dejaba ver unos ojos tristes de alimaña salvaje. El chal de seda trascendía a perfumes lejanos y desconocidos; sus vivos dibujos despertaban la envidia de las mujeres. La cautiva turca rehuía a la familia de Prokofi, y el viejo Mélejov tuvo que ceder pronto a su hijo la parte que le correspondía en la hacienda para que viviese con su mujer. Nunca llegó a pisar la casa del hijo, al que no perdonaba la ofensa.

Prokofi no tardó en instalarse: los carpinteros le construyeron la casa, él mismo levantó las cercas del patio donde se recogían los animales, y al llegar el otoño llevó a la nueva vivienda a la extranjera, que caminaba encorvada a su lado. Al cruzar el pueblo, tras el carro cargado con sus muebles, todos, pequeños y grandes, se lanzaron a la calle. Los cosacos se reían para sus adentros, las mujeres cambiaban impresiones a voz en grito, una turbamulta de sucios chicuelos les seguía en medio de la general rechifla. Pero Prokofi, con el chekmén3 abierto, caminaba despacio, como el labrador que va abriendo el surco, apretando en su negra manaza la mano frágil de la mujer y levantada la indómita cabeza; únicamente por debajo de los pómulos se le hinchaban los músculos, como haces de tendones, y por la frente de dura piedra, entre las cejas siempre inmóviles, le corría el sudor.

Desde entonces se le vio muy raramente en el pueblo. Tampoco acudía al maidán.4 Vivía como un lobo solitario, recluido en su casa junto al Don. En el jútor se contaban de él cosas que dejaban pasmados a todos. Los chicos que sacaban a pacer los terneros contaban que a la caída de la tarde habían visto a Prokofi que llevaba en brazos a su mujer hasta el kurgán5 Tatarski. La depositaba en la misma cima, con la espalda apoyada en una piedra desgastada por la acción de los siglos, se sentaba junto a ella y permanecían así largo rato, mirando a la estepa. Miraban hasta que se hacía de noche, y luego Prokofi envolvía a la mujer en un chaquetón y, también en brazos, la devolvía a casa. El pueblo entero trataba de explicarse aquellos portentos; las mujeres, entretenidas con las conversaciones, no tenían tiempo ni de buscarse los piojos. De la mujer de Prokofi se decían las cosas más diversas: unas afirmaban que era de una belleza nunca vista, mientras que otras sostenían todo lo contrario. La cosa se aclaró cuando la más atrevida de todas ellas, la zhalmerka6 Mavra, se acercó a casa de Prokofi con el pretexto de pedirle levadura fresca. Mientras Prokofi bajaba a la cueva a buscarla, Mavra pudo contemplar a la turca a sus anchas y llegó a la conclusión de que era lo peor de lo peor…

Al poco rato, arrebolada, con el pañuelo caído, Mavra comentaba en un grupo de mujeres:

—¿Qué habrá encontrado de bueno en ella? Si fuera una mujer como Dios manda… Pero… no tiene ni c… ni vientre. ¡Es una vergüenza! Hasta nuestras mozas son más redondas. Se la puede cortar por la cintura, es como una avispa. Sus ojos son negros, enormes, y le mira a una como si fuese el demonio, que Dios me perdone. Parece que está embarazada, como lo oís.

—¿Embarazada? —se asombraron las mujeres.

—No soy una chica pequeña, he tenido tres.

—¿Y la cara?

—¿La cara? Amarilla. Mira con tristeza, seguramente no es agradable vivir en tierras extrañas. ¿Y sabéis una cosa? Usa los calzones de Prokofi…

—¿Qué…? —clamaron a una las mujeres, asustadas.

—Yo misma lo he visto, va con calzones, aunque sin franjas en las perneras. Seguramente se ha apropiado de sus calzones de diario. Viste una camisa larga, y por debajo de la camisa se le ven los calzones embutidos en las medias. Al verla me quedé de una pieza…

Por el jútor se corrió el rumor de que la mujer de Prokofi era bruja. La nuera de los Astájov (la casa de los Astájov lindaba con la de Prokofi) juraba y perjuraba que al amanecer del segundo día de Pentecostés había visto a la mujer de Prokofi cuando esta, con el pelo suelto y descalza, estaba ordeñando una vaca en el patio de su propia casa. Al poco tiempo, a la vaca se le secaron las ubres, hasta quedar del tamaño del puño de un niño, dejó de dar leche y no tardó en morirse.

Aquel año murieron muchos animales. En la lengua de arena, junto al Don, aparecían cada día nuevos cuerpos de vacas y terneros. Luego ocurrió lo mismo con los caballos. Las yeguadas que pasaban por los terrenos de la stanitsa7 se iban reduciendo a ojos vistas. Y entonces, por calles y callejas empezó a extenderse un rumor siniestro…

De la asamblea general del jútor los cosacos se dirigieron a la casa de Prokofi.

El dueño salió a la puerta y se inclinó saludando.

—¿Qué les trae de bueno, señores ancianos?

El grupo, arremolinado junto a las escaleras de la puerta, guardaba silencio.

Por fin, un viejo algo bebido gritó el primero:

—¡Saca aquí a tu bruja! ¡Vamos a juzgarla…!

Prokofi se precipitó al interior de la casa, pero en el zaguán le dieron alcance. Un fornido cosaco de artillería, conocido por el apodo de Liushnia, dijo a Prokofi, mientras le aporreaba la cabeza contra la pared:

—No alborotes, no alborotes, esto no es nada… A ti no te tocaremos, pero a tu mujer la vamos a arrastrar. Es preferible acabar de una vez con ella a que el jútor entero se quede sin animales. ¡No alborotes o te aplasto la cabeza contra la pared!

—¡Sacad a esa hija de perra al patio…! —vociferaban en la entrada.

Un compañero de regimiento de Prokofi cogió a la turca por el pelo, le tapó con la otra mano la boca para acallar sus desgarrados gritos, la sacó a través del zaguán y la tiró a los pies de la gente.

Un grito agudo se dejó oír por encima de las voces alborotadas. Prokofi rechazó a los seis cosacos que trataban de sujetarle, entró en el cuarto y cogió el sable que pendía de la pared. Los cosacos abandonaron el zaguán entre una confusión de empujones. Prokofi apareció en la entrada, blandiendo sobre su cabeza el sable, que silbaba con fríos reflejos. La multitud se echó atrás y todos se dispersaron por el patio.

Junto al granero, Prokofi alcanzó al artillero Liushnia, más torpe de movimientos, y de un tajo le hundió el sable hasta la cintura. Los cosacos, que habían empezado a sacar estacas de la cerca, huyeron por la era a la estepa.

Media hora más tarde, con nuevos ánimos, la gente volvió al patio. Se destacaron dos, que, cautelosamente, se metieron en el zaguán a explorar. En el umbral de la cocina, en un charco de sangre y la cabeza caída hacia atrás, yacía la mujer de Prokofi; entre los dientes, que enseñaba con una mueca de dolor, le colgaba la lengua lacerada por los mordiscos. Prokofi, con la cabeza estremecida por el temblor y la mirada ausente, tenía envuelto en un chaquetón de piel de cordero un pedazo de carne roja cubierta de mucosidades que lanzaba débiles vagidos: era un niño nacido prematuramente.

La mujer de Prokofi murió aquella misma tarde. Su madre, compadecida, como mujer que era, de aquel niño nacido antes de tiempo, se lo llevó consigo.

Lo colocaron entre salvado caliente, le dieron leche de yegua y al cabo de un mes, convencidos de que el chiquillo, negro como un turco, viviría, lo llevaron a bautizar a la iglesia. Le pusieron Pantelei, como su abuelo.

Prokofi volvió de presidio al cabo de doce años. Su barba rojiza recortada, ya entrecana, y la ropa al estilo de los rusos le diferenciaban y distanciaban de los cosacos. Se hizo cargo de su hijo y reanudó los trabajos en su hacienda.

Pantelei creció. Era de piel negra y de un genio endiablado. De su madre había sacado la cara y la buena planta.

Prokofi lo casó con una cosaca hija de unos vecinos.

Así empezó a mezclarse la sangre turca con la cosaca. Así aparecieron en el jútor los Mélejov, cosacos de nariz aguileña y belleza un tanto salvaje, a los que entre la gente se les conocía como «los turcos».

Cuando Pantelei hubo enterrado a su padre, se entregó de lleno a los trabajos de la hacienda: cambió la techumbre de la casa, añadió a su huerta media desiatina8 de tierra no ocupada por nadie y construyó cobertizos nuevos y un granero cubierto de chapa. Al operario que le había ayudado en los trabajos le encargó que, aprovechando los recortes de hojalata, le hiciera dos gallos, que colocó en la techumbre del granero. Los gallos animaban la casa de los Mélejov, infundiéndole un aire de presunción y bienestar.

Con los años, Pantelei Prokófievich ganó en fortaleza: se ensanchó, andaba algo encorvado, pero seguía siendo un viejo bien plantado. Era de osamenta dura, cojo (en una revista que se celebraba ante el emperador se había caído del caballo y se había roto la pierna izquierda), en la oreja izquierda llevaba un pendiente de plata en forma de media luna y conservaba el pelo negro como el carbón de la cabeza y la barba. Cuando montaba en cólera perdía la noción de sí mismo, y a ese carácter irascible suyo se debía posiblemente que su mujer, antes hermosa, tuviera la cara toda cubierta por una telaraña de arrugas.

El hijo mayor, Petró, ya casado, había salido a la madre: más bien bajo, chato, de revuelta pelambrera ensortijada color trigo y ojos castaños. Grigori, que le seguía, era el vivo retrato del padre: le sacaba a Petró media cabeza, a pesar de ser seis años más joven, tenía la misma nariz aguileña del padre, unos ojos ardientes un tanto oblicuos y azulados, los pómulos salientes y cubiertos por una piel tersa entre rojiza y pardusca. Grigori se encorvaba como su padre y hasta en la sonrisa había un rasgo de ferocidad que les era común.

Duniashka —la debilidad del padre—, una muchacha de brazos largos y ojos grandes, y la mujer de Petró, Daria, con su pequeño hijo, venían a completar la familia de los Mélejov.

II

Las escasas estrellas parpadeaban en el cielo color ceniza del amanecer. El viento soplaba bajo las nubes. Sobre el Don se revolvía la niebla, que pegándose a las laderas de yeso se deslizaba barrancas adentro como una gris culebra sin cabeza. En la baja orilla izquierda, las arenas, los pantanos, los espesos cañaverales y los árboles cubiertos de rocío se iluminaban con la helada luz del amanecer. Por debajo de la raya del horizonte, el sol aguardaba impaciente su salida.

Pantelei Prokófievich fue el primero en despertarse en la casa de los Mélejov. Salió al portal al tiempo que se abrochaba el cuello de su camisa bordada a cruceta. La hierba del patio estaba cubierta por la plata del rocío. Hizo salir a los animales. Daria, en enaguas, pasó corriendo a ordeñar las vacas. El rocío salpicó sus blancas pantorrillas, y por la hierba, a lo largo de todo el patio, quedó una huella vaporosa.

Pantelei Prokófievich se quedó mirando cómo se enderezaba la hierba que los pies de Daria habían hollado y se metió dentro.

Por la ventana, abierta de par en par, se asomaban con su rosa pálido las flores de los cerezos que rodeaban la casa. Grigori dormía boca abajo, con un brazo extendido.

—Grishka, ¿vienes a pescar?

—¿Qué dices? —gruñó el mozo al tiempo que sacaba las piernas de la cama.

—Que si vamos a pescar, llegaremos antes de que salga el sol.

Grigori bostezó, cogió de la percha los calzones de diario, se los puso, los embutió en las medias de lana blanca y estuvo largo rato poniéndose una bota, que no acababa de entrarle.

—¿Ha cocido madre el cebo? —preguntó con voz ronca, al tiempo que seguía a su padre al zaguán.

—Sí. Ve a la barca, ahora te alcanzo.

El viejo echó en el faldón de la blusa el centeno cocido, que exhalaba penetrante olor, recogió cuidadosamente en la palma de la mano los granos que se habían caído y, cojeando con su pierna izquierda, se dirigió a la bajada del río. Grigori aguardaba con aire sombrío en la barca.

—¿Adónde vamos?

—Al barranco Chorni. Probaremos junto al sitio donde estuvimos el otro día.

La barca se hundió en el agua y se alejó de la orilla, rozando con la popa el fondo. La corriente se apoderó de ella y la arrastró, tratando de volcarla. Grigori la gobernaba sin remar, con ayuda de un remo.

—A ver si remas.

—Espera a que salgamos al centro.

La barca cortó las rápidas aguas y avanzó hacia la orilla izquierda. Del jútor les llegaba, rebotando sonoramente en el agua, el canto del gallo. La barca bordeó la orilla negra y cartilaginosa, que sobresalía del agua entre árboles y matorrales, y atracó al borde de un remanso. A cinco brazas de ellos emergían las retorcidas ramas de un olmo sumergido, alrededor del cual la corriente arrastraba parduscas burbujas de espuma.

—Prepara los sedales mientras yo echo cebo para atraer la pesca —murmuró a Grigori su padre, y metió la mano por la boca del puchero en el que aún humeaba el centeno recién cocido.

Los granos tamborilearon al caer en el agua como si alguien llamase a media voz. Grigori clavó en el anzuelo varios granos hinchados y sonrió.

—Déjate coger, pez grande y pez chico.

El sedal cayó en el agua formando círculos, se tensó y, en cuanto el plomo tocó el fondo, se aflojó de nuevo. Grigori sujetó con el pie la caña de pescar y, tratando de no moverse, metió la ma

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