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EL DON APACIBLE (LIBRO 2)

Mijail Sholojov  

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Fragmento

I

Mil novecientos dieciséis. Octubre. Es de noche. Lluvia y viento. Polesie. Trincheras en el pantano recubierto de alisos. Delante de las trincheras, las alambradas. En las trincheras, un barro frío. El brillo mate del mojado escudo del observador. En los abrigos, alguna que otra luz. En la entrada de uno de los abrigos de oficiales se detiene por un momento un hombre más bien bajo, pero de vigorosa complexión. Desliza sus dedos mojados por los corchetes del capote, lo desabrocha, sacude el agua del cuello, limpia de cualquier manera sus botas en la sucia brazada de paja y solo entonces empuja la puerta; agachándose, entra en el abrigo.

El amarillo rayo de luz que caía de la pequeña lámpara de petróleo brilló con tonos aceitosos en la cara del recién llegado. Un oficial, con la pelliza desabrochada, se incorporó en su camastro de tablas, se pasó la mano por la revuelta cabellera entrecana y lanzó un bostezo.

—¿Llueve?

—Sí —respondió el otro, que se quitó el capote y la gorra, aplastada por el agua, y los colgó en un clavo—. Aquí se está muy bien. El aire está muy cargado.

—Hemos encendido hace poco. Lo malo es que rezuma el agua. La maldita lluvia nos va a echar de aquí… ¿Qué piensa usted, Bunchuk?

El interpelado se frotó las manos, cubiertas por un oscuro y espeso vello, y se acomodó en cuclillas junto a la estufa.

—Pongan un piso de tablas. En nuestro abrigo da gusto, podemos andar descalzos. ¿Dónde se ha metido Listnitski?

—Está durmiendo.

—¿Hace mucho?

—Se tumbó al volver del servicio de ronda.

—¿Lo despertamos?

—Despiértelo. Jugaremos al ajedrez.

Bunchuk se sacudió con el dedo índice las gotas de lluvia de sus anchas y pobladas cejas y sin levantar la cabeza llamó suavemente:

—¡Evgueni Nikoláievich!

—Duerme —suspiró el oficial de pelo entrecano.

—¡Evgueni Nikoláievich!

—¿Qué pasa? —preguntó Listnitski.

—¿Jugamos una partida?

Listnitski sacó las piernas del camastro y se restregó largamente el velludo pecho con su mano blanda y rosada.

Cuando terminaban la primera partida llegaron dos oficiales de la quinta sotnia: el esaúl Kalmukov y el sótnik Chúbov.

—¡Hay noticias! —gritó Kalmukov desde el umbral—. Parece que van a relevar al regimiento.

—¿De dónde ha salido eso? —sonrió incrédulo el podesaúl Merkúlov, el del pelo entrecano.

—¿No lo crees, tío Petia?

—La verdad, no.

—Acaba de comunicarlo por teléfono el jefe de la batería. No sé cómo se habrá enterado. Ayer mismo volvió del Estado Mayor de la División.

—¡No nos vendría mal ahora un baño!

Chúbov sonrió plácidamente, haciendo como si se golpeara en las nalgas con una escobilla.1 Merkúlov lanzó una risotada.

—En nuestro abrigo lo único que falta es poner una tina. No es agua lo que falta.

—Esto está muy mojado, señores, muy mojado —gruñó Kalmukov, mirando los troncos que recubrían las paredes y el fangoso suelo del abrigo.

—Estamos en un terreno pantanoso…

—Den las gracias al Altísimo; en los pantanos se encuentran fuera de todo peligro —terció Bunchuk en la conversación—. En otros lugares van a la ofensiva, mientras que aquí nosotros apenas si vaciamos un cargador a la semana.

—Resulta preferible ir a la ofensiva que pudrirnos aquí vivos.

—A los cosacos, tío Petia, no los reservan para llevarlos a la muerte en los ataques. Eres un ingenuo o un hipócrita.

—¿Para qué los reservan entonces, di?

—En el momento preciso, el gobierno, siguiendo su vieja costumbre, tratará de buscar apoyo en los cosacos.

—Eso es una estupidez —repuso Kalmukov.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—¡Cállate, Kalmukov! La verdad es imposible negarla.

—Qué verdad ni qué ocho cuartos…

—Eso lo sabe todo el mundo. ¿Por qué finges?

—¡Atención, señores oficiales! —gritó Chúbov, que se inclinó con un gesto teatral señalando a Bunchuk—. El jorunzhi Bunchuk nos va a decir ahora el porvenir según el libro de sueños de la socialdemocracia.

—¿Hace el payaso? —sonrió irónicamente Bunchuk, haciendo bajar los ojos a Chúbov—. Aunque puede seguir, cada uno tiene su vocación. Lo que yo afirmo es que desde mediados del año pasado nosotros no vemos la guerra. Desde entonces, en cuanto empezó la guerra de posiciones, los regimientos cosacos son mantenidos en los sectores más tranquilos en espera de que llegue la ocasión.

—¿Y después? —preguntó Listnitski, terminando de recoger el ajedrez.

—Después, cuando en el frente empiecen los desórdenes, y eso es inevitable (los soldados comienzan a cansarse de la guerra, así lo demuestra el aumento del número de desertores), se echará mano de los cosacos para sofocar los disturbios. El gobierno mantiene a las tropas cosacas como una reserva que, en el momento preciso, tratará de utilizar para romperle la cabeza a la revolución.

—¡Te dejas llevar por la imaginación, amigo! Los supuestos de que partes son bastante endebles. En primer lugar, no se puede prever el curso de los acontecimientos. ¿De dónde sacas que se van a producir disturbios y todo lo demás? Y si suponemos otra cosa, que los aliados derrotan a los alemanes y la guerra tiene un final brillante, ¿qué papel reservarías a los cosacos entonces? —replicó Listnitski.

Bunchuk dejó ver un asomo de sonrisa.

—No parece que se vea el final, y tanto más un final brillante.

—La campaña es más larga de lo que se esperaba…

—Y aún se prolongará más —auguró Bunchuk.

—¿Cuándo volviste del permiso? —preguntó Kalmukov.

—Anteayer.

Bunchuk dejó escapar una nubecita de humo y tiró la colilla.

—¿Dónde estuviste?

—En Petrogrado.

—¿Qué hay por allí? ¿Sigue la capital tan bulliciosa? No sé lo que daría por pasar allí siquiera fuese una semana.

—Poco bueno —dijo Bunchuk, midiendo las palabras—. El pan escasea. En los barrios obreros hay hambre, reina el descontento, una protesta sorda.

—De esta guerra no saldremos bien librados. ¿Qué piensan ustedes, señores? —preguntó Merkúlov, mirando a los reunidos.

—La guerra ruso-japonesa engendró la revolución de mil novecientos cinco, esta guerra culminará en una nueva revolución. Y no solo en una revolución, sino en una guerra civil.

Listnitski, que escuchaba a Bunchuk, hizo un gesto indefinido como si quisiera interrumpir al jorunzhi en plena frase. Luego se levantó y empezó a pasear por el abrigo con el ceño fruncido. Conteniendo la cólera, empezó a hablar:

—Me asombra la circunstancia de que en nuestro seno, entre los oficiales, haya sujetos como este. —Y señaló con el gesto a Bunchuk, que seguía encorvado junto a la estufa—. Me asombra porque hasta este momento no veo clara su actitud respecto de la patria, de la guerra… En cierta ocasión se expresó en forma muy vaga, aunque lo bastante diáfana como para comprender que es partidario de nuestra derrota en esta guerra. ¿No es así, Bunchuk?

—Sí, yo quiero la derrota.

—¿Por qué? A mi modo de ver, cualesquiera que sean tus ideas políticas, el desear la derrota de nuestra patria es… una traición nacional. ¡Es un deshonor para cualquier persona decente!

—¿Recuerdan que la fracción socialdemócrata en la Duma se manifestó contra el gobierno, propugnando con ello nuestra derrota? —intervino Merkúlov.

—¿Tú compartes, Bunchuk, su punto de vista? —preguntó Listnitski.

—Si me manifiesto en pro de la derrota quiere decirse que lo comparto. Sería ridículo que yo, miembro del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, bolchevique, no compartiera el punto de vista de los diputados de mi partido. Mucho más me asombra a mí, Evgueni Nikoláievich, que tú, que eres hombre de formación intelectual, seas un analfabeto en política…

—Lo primero de todo, yo soy un soldado fiel al monarca. Me molesta el solo aspecto de los «camaradas socialistas».

«Lo primero de todo, eres un estúpido y un soldadote satisfecho de sí mismo», pensó Bunchuk, y apagó su sonrisa.

—No hay más Dios que Alá…

—En los círculos militares había un ambiente muy especial —dijo Merkúlov como disculpándose—. Parecía como si nos mantuviésemos alejados de la política, permanecíamos al margen.

El esaúl Kalmukov mordisqueaba sus caídos bigotes, sus ojos mongólicos brillaban como si despidiesen fuego. Chúbov permanecía tumbado en el camastro y, sin dejar de prestar atención a las voces de sus compañeros, contemplaba un dibujo de Merkúlov sujeto con un clavo a la pared; el humo del tabaco lo había cubierto de un tinte amarillo. Representaba a una mujer semidesnuda, con rostro de Magdalena, que con lánguida y lasciva sonrisa miraba su seno descubierto. Con dos dedos de su mano izquierda tiraba del oscuro pezón, el meñique se apartaba alerta; sus párpados se hallaban caídos en la sombra, mientras que sus pupilas brillaban con cálida luz. El hombro, ligeramente alzado, sostenía la camisa a punto de deslizarse, en las axilas se concentraba un suave haz luminoso. Había tanta elegancia y naturalidad en la actitud de la mujer, estaban tan conseguidos los tonos oscuros, que Chúbov, con una vaga sonrisa en los labios, se embebió en la contemplación del magistral dibujo. La conversación, aunque llegaba a sus oídos, no alcanzaba a penetrar en su conciencia.

—¡Magnífico! —exclamó apartando la vista del dibujo, y no pudo decirlo más fuera de lugar, porque Bunchuk acababa de terminar y sus últimas palabras habían sido:

—… el zarismo será destruido, ¡podéis estar seguro de ello!

Listnitski, que estaba liando un pitillo, se quedó mirando mordazmente a Bunchuk y a Chúbov.

—¡Bunchuk! —exclamó Kalmukov—. Espere, Listnitski… ¿Me oye, Bunchuk…? Bien, supongamos que esta guerra se transforma en guerra civil… ¿y después? Sea, habéis derribado la monarquía… ¿Qué forma de gobierno habrá de sustituirla? ¿Qué poder vendrá después?

—El poder del proletariado.

—¿El Parlamento, no?

—Eso es poco —sonrió Bunchuk.

—Entonces…

—Tiene que ser una dictadura de la clase obrera.

—¡Ah, ya…! ¿Y qué papel corresponderá a los intelectuales y a los campesinos?

—Los campesinos vendrán con nosotros, parte de los intelectuales también… y con el resto… ¡esto es lo que haremos! —Bunchuk retorció un papel que tenía en la mano, lo agitó y dejó escapar entre los dientes—: ¡Eso es lo que haremos!

—Voláis muy alto… —sonrió irónicamente Listnitski.

—Y también aterrizaremos alto —completó Bunchuk la frase.

—Tendréis que poner antes una brazada de paja en el sitio donde vayáis a caer…

—Lo que yo no me explico es por qué diablos vino usted de voluntario al frente y hasta ha hecho méritos para ser ascendido a oficial. ¿Cómo se compagina esto con sus convicciones? ¡Resulta asombroso! Un hombre que es contrario a la guerra… que se opone al exterminio de eso que llama sus hermanos de clase y que, al mismo tiempo, llega a oficial.

Kalmukov se dio una palmada en la caña de la bota y rió de buena gana.

—¿Cuántos obreros alemanes ha matado vuestra sección de ametralladoras? —preguntó Listnitski.

Bunchuk sacó del bolsillo del capote unos papeles, buscó en ellos un rato de espaldas a Listnitski y, acercándose a la mesa, alisó con su mano ancha y gruesa una hoja de periódico que el tiempo había puesto amarillenta.

—No sé cuántos obreros alemanes habré matado yo, eso está aún por ver. Si vine como voluntario al frente es porque de todos modos habría sido movilizado. Creo que los conocimientos que he adquirido aquí, en las trincheras, me servirán en el futuro… en el futuro. Escuchen lo que dice aquí:

Tomemos el ejército moderno. Es una buena muestra de organización. Y es una organización buena porque es flexible y al mismo tiempo sabe infundir a millones de hombres una voluntad única. Hoy, esos millones permanecen en sus casas en distintos puntos del país. Mañana se da la orden de movilización y se reúnen en los centros previamente designados. Hoy permanecen inactivos en las trincheras, a veces durante meses enteros. Mañana marcharán al asalto de las posiciones enemigas. Hoy hacen milagros protegiéndose de las balas y de la metralla. Mañana harán maravillas en el combate a campo abierto. Hoy, sus avanzadas colocan minas bajo el suelo. Mañana avanzan decenas de verstas siguiendo las indicaciones que sobre la tierra les dan sus pilotos. Eso es lo que se llama organización, cuando en busca de un fin común millones de hombres animados por una voluntad única cambian la forma de sus relaciones mutuas y de su modo de obrar, cambian el lugar y los modos como despliegan su actividad, cambian los instrumentos y las armas de conformidad con las nuevas circunstancias y las exigencias de la lucha. Lo mismo puede decirse respecto de la lucha de la clase obrera contra la burguesía. Hoy no hay una situación revolucionaria…

—¿Qué quiere decir eso de «situación revolucionaria»? —le interrumpió Chúbov.

Bunchuk se removió como si le hubieran arrancado del sueño y, tratando de comprender la pregunta, se frotó la abultada frente con el artejo del dedo pulgar.

—Preguntaba que qué significa «situación revolucionaria».

—Comprender, lo comprendo, pero no sé explicarme bien… —Bunchuk sonrió con una sonrisa clara y sencilla, de niño. Resultaba algo peregrino ver aquella sonrisa en su cara grande y ceñuda, era como el lebrato de pelaje gris claro que cruza jugueteando el triste campo invadido por la lluvia de otoño—. Situación revolucionaria es algo así como un ambiente, un estado de cosas propicio para la revolución. ¿Me explico?

Listnitski asintió con la cabeza.

—Sigue.

Hoy no hay una situación revolucionaria, no se dan las condiciones para que

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