Loading...

EL DON APACIBLE (LIBRO 3)

Mijail Shólojov  

0


Fragmento

I

En abril de 1918 se perfiló definitivamente la gran escisión: los cosacos en servicio activo de los distritos septentrionales —del Jopior, el Ust-Medvéditsa y en parte del Alto Don— se fueron con Mirónov y las unidades de la Guardia Roja en retirada; los cosacos de los distritos de la parte baja los perseguían y empujaban hacia las fronteras de la región.

Con Mirónov se fueron casi todos los hombres del Jopior y la mitad del Ust-Medvéditsa; los del Alto Don lo hicieron en escaso número.

Solo en 1918 trazó la historia la división definitiva de los cosacos del curso alto y bajo del río. Pero los comienzos de esta escisión se remontaban a cientos de años, cuando los cosacos de los distritos septentrionales, menos acomodados, sin las fértiles tierras del litoral del mar de Azov, sin sus viñedos y sus ricas industrias de caza y pesca, se separaban a veces de Cherkassk y emprendían por su cuenta correrías por las tierras de la Gran Rusia; ellos eran el apoyo más seguro para todos los rebeldes, desde Razin hasta Sekach.

También en tiempos posteriores, cuando todo el Ejército Cosaco se veía dominado por sorda agitación, sujetos por la mano férrea de los zares, los hombres de la parte alta se sublevaban abiertamente y, dirigidos por sus atamanes, hacían temblar los pilares del Imperio: combatían con las tropas de la Corona, asaltaban las caravanas que bajaban por el Don, pasaban hasta el Volga y trataban de poner en pie de guerra a los quebrantados cosacos de Zaporozhie.

En los últimos días de abril, dos terceras partes del Don habían sido evacuadas por los rojos. Después que se hizo patente la necesidad de instituir un poder regional, los mandos de los grupos que combatían en el sur propusieron la reunión del Krug, convocando para el 28 de abril, en Novocherkassk, a los miembros del Gobierno Provisional del Don y a los delegados de las stanitsas y las unidades militares.

En el jútor Tatarski se recibió una notificación del atamán de Véshenskaia anunciando que el día 22 se iba a celebrar una asamblea al objeto de designar a los delegados de la stanitsa al Voiskovoi Krug.

Mirón Grigórievich Korshunov dio lectura al documento en la reunión del jútor. Para ir a Véshenskaia fueron designados él, el abuelo Bogatiriov y Pantelei Prokófievich.

En la asamblea de la stanitsa, entre otros delegados al Krug, resultó elegido Pantelei Prokófievich. De Véshenskaia regresó el mismo día con el propósito de salir a la mañana siguiente con su consuegro hacia Míllerovo y llegar a tiempo a Novocherkassk. (Mirón Grigórievich tenía que comprar en Míllerovo petróleo, jabón y algunas otras cosas para la casa, y, de paso, ganarse unos rublos adquiriendo cedazos y metal antifricción para el molino de los Mójov.)

Salieron con las primeras luces. Los caballos negros de Mirón Grigórievich tiraban sin esfuerzo del cochecillo. Los consuegros iban juntos en el pintarrajeado asiento. Al coronar la loma se desataron sus lenguas; en Míllerovo estaban los alemanes y por eso Mirón Grigórievich preguntó con cierto recelo:

—¿Qué piensas, consuegro, nos detendrán los alemanes? ¡No son gente de fiar!

—No —aseguró Pantelei Prokófievich—. Matvei Kashulin estuvo allí el otro día y, según dice, los alemanes tienen miedo. No se atreven a tocar a los cosacos.

—¿Qué me dices?

Mirón Grigórievich sonrió irónicamente entre la pelambrera de su barba, de color rojizo de zorro, y jugueteó con el mango de cerezo del látigo. Tranquilizado por lo visto, cambió de tema:

—¿Qué poder va a ser establecido? ¿Tú qué piensas?

—¡Pondremos un atamán! ¡Uno nuestro! ¡Un cosaco!

—Dios lo quiera. ¡Elegid al mejor! Mirad a los generales como el gitano mira los caballos. Que no nos salga luego con un defecto.

—Así lo haremos. Todavía hay cabezas inteligentes en el Don.

—Eso es cierto, consuegro… Ni a los listos ni a los tontos los siembran: ellos mismos crecen.

Mirón Grigórievich entornó los párpados y un velo de tristeza cubrió su cara pecosa.

—Pensaba hacer de mi Mitka un hombre de provecho, quería que estudiase para oficial, pero él no terminó siquiera la escuela parroquial, la dejó al segundo año.

Durante unos instantes callaron pensando en los hijos que se habían ido en persecución de los bolcheviques. El cochecillo daba constantes tumbos en los baches del camino; el caballo de la derecha, recién herrado, no cesaba de tropezar; los violentos vaivenes empujaban uno contra otro a los consuegros, apretados en el reducido asiento.

—¿Por dónde andarán nuestros cosacos? —suspiró Pantelei Prokófievich.

—Siguieron por el Jopior arriba. Fedotka el calmuco ha vuelto de Kumílzhenskaia, le mataron el caballo. Según dice, marchaban hacia la stanitsa Tishánskaia.

De nuevo guardaron silencio. El vientecillo enfriaba sus espaldas. Detrás de ellos, al otro lado del Don, en la hoguera rosada del alba ardían majestuosos y mudos los bosques, los prados, las lagunas, los trigales. Como una rebanada amarilla de piel cortada del panal, se extendía un montículo arenoso; las jorobas de camello de las ondulaciones despedían un opaco reflejo bronceado.

La primavera avanzaba con altibajos. El verdemar de las primeras hojas de los bosques había sido reemplazado ya por un frondoso verde oscuro, la estepa empezaba a florecer, el agua del deshielo había desaparecido, dejando en las partes bajas una infinidad de brillantes lagunas; pero en los barrancos, al pie de sus cortadas laderas, todavía se conservaba, pegada a la tierra arcillosa, una nieve medio derretida que mostraba una blancura reluciente y provocativa.

A Míllerovo llegaron el segundo día por la tarde. Pernoctaron en la casa de un ucraniano conocido que vivía junto a la parda mole del elevador. Por la mañana, después de desayunar, Mirón Grigórievich enganchó los caballos y marchó a hacer sus compras. Cruzó la vía férrea sin dificultad y allí, por vez primera en su vida, vio a unos alemanes. Tres reservistas venían a su encuentro. Uno de ellos, bajo y de una barba rizada color castaño que le cubría hasta las mismas orejas, le hizo una señal imperiosa con la mano.

Mirón Grigórievich tiró de las riendas y aguardó mordiéndose inquieto los labios. Los alemanes se acercaron. Un prusiano alto y bien nutrido dijo a sus compañeros, mostrando el brillo de sus blancos dientes en una amplia sonrisa:

—¡Ahí tenéis a un auténtico cosaco! Mirad, hasta va de uniforme. Es muy probable que sus hijos combatieran contra nosotros. Vamos a mandarlo vivo a Alemania. ¡Sería un ejemplar curiosísimo!

—Lo que necesitamos son sus caballos. ¡Él puede irse al diablo! —contestó el de la barba color castaño.

Evitando recelosamente la proximidad de los caballos, se acercó al cochecillo.

—Apéate, viejo. Necesitamos tus caballos para transportar de ese molino a la estación una partida de harina. ¡Te digo que te apees! Los caballos podrás recogerlos en la comandancia —explicó el alemán señalando con los ojos el molino e invitando a Mirón Grigórievich a bajar con un gesto que no dejaba lugar a dudas.

Los otros dos siguieron hacia el molino; volvían la cabeza hacia atrás y no cesaban de reír. La cara de Mirón Grigórievich se cubrió de un tinte amarillo azufrado. Sujetó las riendas en el pescante, saltó a tierra ágilmente y se colocó delante de los caballos.

«No tengo aquí al consuegro —cruzó por su mente y sintió un escalofrío—. Se van a llevar mis caballos. ¡En buena me he metido! ¡Malditos demonios!»

El alemán, con los labios apretados, cogió a Mirón Grigórievich de la manga y le hizo seña de que fuera al molino.

—¡Déjame! —exclamó Mirón Grigórievich dando un paso al frente, y palideció más sensiblemente—. ¡No me toques con esas manos! No te daré los caballos.

Por el tono de su voz, el alemán adivinó la respuesta. Su boca se contrajo en un gesto de fiera mostrando sus blancos dientes, sus pupilas se dilataron amenazadoras y su voz resonó imperiosa. Echó mano a la correa del fusil, que le colgaba del hombro, y en ese momento Mirón Grigórievich, recordando su juventud, descargó un fuerte puñetazo sobre la mandíbula del alemán. El golpe le dobló la cabeza hacia atrás y le rompió el barboquejo del casco. Cayó de bruces y, al tratar de levantarse, de su boca salió un chorro de sangre. Mirón Grigórievich golpeó otra vez, ahora en la nuca, miró a los lados e, inclinándose, le arrancó el fusil. En aquellos momentos su cerebro funcionaba rápidamente y con increíble precisión. Al hacer dar la vuelta a los caballos sabía que el alemán no le dispararía por la espalda; temía haber sido visto desde el otro lado de la valla del ferrocarril o por los centinelas que guardaban las vías.

¡Ni siquiera en las carreras habían volado sus caballos negros en tan furioso galope! ¡Ni siquiera en las bodas las ruedas del cochecillo habían soportado semejante prueba! «¡Sálvame, Dios mío! ¡Sácame con bien de esta! En el nombre del Padre…», murmuraba para sus adentros Mirón Grigórievich, sin cesar de azotar el lomo de los caballos. Su natural avaricia estuvo a punto de perderle: tuvo la intención de acercarse a la casa donde había pernoctado a recoger la manta que había quedado allí, pero la razón venció y torció a un lado. Las veinte verstas que le separaban de Oréjovaia las cubrió, según su propia expresión, más deprisa que el profeta Elías en su carro. En Oréjovaia acudió a un ucraniano conocido y, más muerto que vivo, le contó lo sucedido y le rogó que le ocultase a él y a los caballos. El ucraniano se avino a hacerlo, pero le advirtió:

—Voy a ocultarte, pero si me torturan te entregaré. No quiero que me quemen la casa ni que me echen el dogal al cuello.

—¡Tú escóndeme, hermano! ¡Te daré cuanto quieras! Sálvame de la muerte, ocúltame en cualquier sitio y te traeré una punta de ovejas. ¡Cuenta con mis mejores diez ovejas! —rogaba y prometía Mirón Grigórievich mientras arrastraba el cochecillo hacia el cobertizo.

Tenía un miedo terrible a que hubieran salido tras él. Permaneció en la casa del ucraniano hasta la caída de la tarde y siguió adelante apenas empezó a anochecer. Todo el camino, desde la salida de Oréjovaia, hizo galopar desaforadamente a los caballos, bañados en sudor; el coche traqueteaba terriblemente y las ruedas giraban a tal velocidad que sus rayos llegaban a confundirse. No recobró la serenidad hasta llegar a las inmediaciones del jútor Nizhne-Yáblonovski. Antes de entrar en él sacó de debajo del asiento el fusil que había arrebatado al alemán, examinó la inscripción hecha con lápiz tinta en la parte interior de la correa y carraspeó aliviado:

—¿Me habéis alcanzado, hijos del diablo? ¡Sois muy poca cosa!

Las ovejas prometidas no llegó a verlas el ucraniano. Ya había entrado el otoño cuando, al pasar de nuevo por el pueblo, Mirón Grigórievich respondió a la mirada expectante de aquel:

—Las ovejas se me han muerto todas. Ha sido un mal año para las ovejas… ¡Lo que te traigo, para que veas que guardo un buen recuerdo de ti, son peras de mi propia huerta! —Sacó del coche un par de cubos de peras estropeadas después del camino y añadió apartando su ladina mirada—: Son unas peras buenísimas…

Y sin más se despidió del ucraniano.

Mientras Mirón Grigórievich se alejaba al galope de Míllerovo, su consuegro estaba en la estación. Un joven oficial alemán encargado de extender los salvoconductos interrogó a Pantelei Prokófievich a través del intérprete. Encendió un cigarrillo de mala calidad y dijo con aire protector:

—Vaya, pero recuerde que ustedes necesitan un poder sensato. Elijan a un presidente, a un zar, a quien quieran, pero que sea una persona dotada de buen espíritu de gobernante y sepa mantener una política leal respecto de nuestro país.

Pantelei Prokófievich miró al alemán con cara de pocos amigos. No tenía ganas de conversación y en cuanto hubo recibido el salvoconducto marchó a sacar el billete.

En Novocherkassk le asombró el gran número de oficiales: iban y venían en grandes grupos por las calles, llenaban los restaurantes, paseaban con señoritas o daban vueltas junto al edificio de la Audiencia, donde iba a reunirse el Krug.

En la residencia reservada a los delegados, Pantelei Prokófievich encontró a un conocido de la stanitsa Elánskaia. Entre los delegados predominaban los cosacos, los oficiales eran muy escasos y los representantes de profesiones liberales no pasaban de unas pocas docenas. No había seguridad en los comentarios acerca del poder que más convenía a la región. En lo único en que parecían coincidir era en la necesidad de elegir a un atamán. Se barajaban los nombres de notorios generales cosacos, se discutían las candidaturas.

El día de su llegada por la tarde, después del té, Pantelei Prokófievich acudió a su habitación a comer algo de lo que había traído de casa. Sacó una rodaja de carpa curada y cortó una rebanada de pan. Varios delegados, entre los que había dos cosacos de Migulínskaia, hicieron corro con él. La conversación giró en un principio alrededor de la situación en el frente; luego fueron pasando a las elecciones.

—No encontraremos a otro como el difunto Kaledin, que en paz descanse —suspiró el de Elánskaia, hombre de barba grisácea.

Uno de los presentes, un podesaúl delegado de la stanitsa Besserguénevskaia, intervino con cierta pasión:

—¿Qué dicen ustedes? ¿Que no habrá nadie conveniente? ¿Y el general Krasnov?

—¿Quién es ese Krasnov?

—¿Acaso no lo saben? ¿No les da vergüenza preguntarlo, señores? Es un general famoso, mandó el Tercer Cuerpo de Caballería, muy inteligente, caballero de San Jorge. ¡Un militar de mucho talento!

Los entusiasmos del podesaúl sacaron de sus casillas a un delegado que traía la representación de una de las unidades enviadas al frente.

—¡Pues yo le digo que nosotros conocemos muy bien su talento! ¡Es un general que no sirve para nada! ¡En la guerra contra los alemanes demostró muy bien su capacidad! ¡Si no hubiera venido la revolución no habría pasado de general de brigada!

—¿Cómo puede hablar así del general Krasnov si no lo conoce? Y además, ¿cómo se atreve a decir eso de un general a quien todos estiman tanto? Probablemente usted ha olvidado que no es más que un simple cosaco.

Las heladas palabras del podesaúl parecían querer aplastar al cosaco, que, desconcertado, recogió velas y balbuceó:

—Yo hablo así, señoría, porque serví a su mando… En el frente austríaco llevó a nuestro regimiento al ataque contra las alambradas enemigas. Por eso creemos que no sirve para nada… Aunque quién sabe… Acaso no sea así…

—¿Y por qué le dieron la cruz de San Jorge? ¡Estúpido! —Pantelei Prokófievich se atragantó con una espina; cuando se hubo calmado la tos reanudó sus ataques—: No pensáis más que tonterías, todo os parece mal… ¿Qué modas son esas? Si hablaseis menos no habría este desorden. Os creéis muy listos. ¡Charlatanes!

La gente de Cherkassk, todo el Bajo Don, defendía a Krasnov a capa y espada. A los viejos les agradaba ver en él a un general caballero de San Jorge; muchos habían servido a sus órdenes en la guerra contra el Japón. A los oficiales les atraía el pasado de Krasnov: procedía de la Guardia Imperial, era un hombre de mundo, un general cultísimo que se había movido en los medios de la Corte y formó parte del séquito de Su Majestad. A los intelectuales de tendencia liberal les satisfacía porque Krasnov, además de general, de ser un hombre capaz de imponer disciplina, era un escritor cuyos cuentos sobre

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta