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EL DON APACIBLE (LIBRO 4)

Mijail Sholojov  

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Fragmento

I

El levantamiento del Alto Don, que había obligado a retirar del frente sur efectivos importantes de tropas rojas, permitió al mando del Ejército del Don reagrupar libremente sus fuerzas en el frente que cubría Novocherkassk, y también concentrar en el sector de las stanitsas Kámenskaia y Ust-Belokalítvenskaia un poderoso grupo de choque integrado por los regimientos más firmes y probados —principalmente los del Bajo Don y los de tropas calmucas—; se le había encomendado la misión de arrollar en el momento oportuno, mediante una acción combinada con las unidades del general Fitzheláurov, a la XII División, perteneciente al VIII Ejército Rojo, y, operando en el frente y en la retaguardia de la XIII División y de la División de los Urales, romper hacia el norte y unirse a los insurrectos del Alto Don.

El plan de concentración del grupo de choque, trazado por el general Denísov en el tiempo en que este era comandante en jefe del Ejército del Don, y por su jefe de Estado Mayor, el general Poliakov, se hallaba casi ultimado a fines de mayo. En Kámenskaia se habían reunido cerca de dieciséis mil hombres de infantería y caballería, con treinta y seis cañones y ciento cuarenta ametralladoras; llegaban las últimas unidades montadas y los regimientos escogidos del «joven ejército», nombre que se daba a las formaciones de cosacos jóvenes, en edad de ser incorporados a filas, organizadas en el curso del verano de 1918.

Mientras tanto, los insurrectos, rodeados por completo, continuaban rechazando los ataques de las tropas rojas de castigo. En el sur, a lo largo de la orilla izquierda del Don, dos divisiones rebeldes resistían tenazmente en sus trincheras sin permitir al enemigo atravesar el río, a pesar del fuego violento y casi continuo de las numerosas baterías rojas; las otras tres divisiones protegían el territorio insurrecto por el este, el norte y el oeste; sufrían pérdidas enormes, sobre todo en el sector noroeste, pero aguantaban en su puesto y no se replegaban de los límites del distrito del Jopior.

Un día, la sotnia de Tatarski, situada frente a su jútor, aburrida de su forzada inactividad, sembró la inquietud entre los rojos: en la oscuridad de la noche, varios cosacos que se habían ofrecido voluntarios pasaron silenciosamente a la orilla derecha del Don, sorprendieron un puesto de vigilancia, mataron a cuatro soldados rojos y se apoderaron de una ametralladora. Al día siguiente los rojos enviaban desde el sector de Véshenskaia una batería que abrió un fuego intenso sobre las trincheras de los cosacos. En cuanto las primeras bombas shrapnell estallaron sobre el bosque, la sotnia evacuó precipitadamente las trincheras, se alejó del Don y se ocultó entre los árboles. Veinticuatro horas después la batería era retirada y los de Tatarski volvían a sus posiciones. El cañoneo había causado algunas pérdidas a la sotnia: los cascos de metralla habían matado a dos jóvenes, recientemente incorporados a filas, y herido al ordenanza del jefe, que acababa de regresar de Véshenskaia.

Después de esto se estableció una calma relativa, y la vida en las trincheras volvió a su cauce ordinario. Las mujeres acudían a menudo, traían por la noche pan y vodka, y los cosacos no podían quejarse de la falta de provisiones: habían matado dos terneros extraviados y todos los días pescaban algo en los lagos. En estos trabajos la voz cantante correspondía a Jristonia. Disponía de un trasmallo de diez brazas, abandonado por alguien en la retirada y que pasó a poder de la sotnia, y pescaba siempre a partir de los lugares más profundos, presumiendo de que en los prados no había un lago que él no pudiera vadear. Al cabo de una semana de pescar sin descanso, su camisa y sus calzones olían tanto a pescado que Aníkushka acabó por negarse categóricamente a dormir en la misma chabola que él.

—¡Apestas como un siluro podrido! Si paso un día más aquí contigo, en toda mi vida no podré comer más pescado…

Desde entonces Aníkushka, a pesar de los mosquitos, dormía a la entrada de la chabola. Antes de acostarse barría con una mueca de disgusto las escamas y las nauseabundas tripas de pescado que invadían la arena, pero al día siguiente Jristonia, al volver de la pesca, con aire importante e impenetrable, se sentaba a la puerta de la chabola y de nuevo se ponía a limpiar y destripar sus carpas. A su alrededor zumbaban nubes de moscas verdes y bandadas de feroces hormigas amarillas acudían atraídas por el olor. Luego, jadeante, venía Aníkushka, que empezaba a gritar desde lejos:

—¿No has encontrado otro sitio? ¡Ojalá se te atragante una espina, demonio! ¡Apártate a un lado, por Cristo te lo pido! Yo duermo aquí, y tú tiras las tripas de pescado, atraes a las hormigas y dejas un olor que parece como si estuviésemos en Ástrajan.

Jristonia limpiaba en la pernera de los calzones su cuchillo, que él mismo se había fabricado, miraba pensativo, largamente, la cara imberbe e indignada de Aníkushka y decía imperturbable:

—Quiere decirse, Anikei, que tú tienes lombrices cuando no puedes soportar el olor a pescado. ¿Comes ajo en ayunas?

Aníkushka lanzaba un escupitajo y se iba maldiciendo.

Estas escaramuzas se repetían todos los días. Pero, en general, la vida de la sotnia era tranquila. Los cosacos, con el estómago lleno, se sentían de buen humor, a excepción de Stepán Astájov.

Ya fuera porque alguien del jútor le había puesto en antecedentes o bien porque su corazón había adivinado que Axinia se encontraba en Véshenskaia con Grigori, lo cierto es que de pronto se mostró taciturno, tuvo un altercado sin razón alguna con el jefe de la sección y se negó en redondo a montar guardias.

Se pasaba el día entero sin salir de su chabola, tumbado sobre una manta negra, suspiraba y fumaba ávidamente su tabaco de cultivo casero. Luego, al escuchar que el jefe de la sotnia mandaba a Aníkushka a Véshenskaia en busca de cartuchos, por primera vez después de dos días salió de la chabola. Entornando los ojos lagrimeantes, inflamados por el insomnio, contempló con desconfianza las hojas temblorosas de los árboles, las nubes de crin blanca encrespadas por el viento, escuchó el rumor del bosque y se acercó a lo largo de las chabolas en busca de Aníkushka.

No quiso hablar delante de los otros. Lo llamó aparte y le dijo:

—Busca en Véshenskaia a Axinia y le dices de mi parte que venga a verme. Dile que estoy lleno de piojos, que necesito que me lave las camisas y los calzoncillos, y además dile… —Stepán hizo una breve pausa, escondiendo bajo los bigotes una sonrisa turbada, y terminó—: Dile que me acuerdo mucho de ella y que la espero pronto.

Aníkushka llegó a Véshenskaia de noche y tardó largo rato en encontrar el alojamiento de Axinia. Esta, después de su disputa con Grigori, había vuelto a casa de su tía. Aníkushka le transmitió fielmente lo que Stepán le había encomendado y de su propia cosecha, para hacer más efecto, añadió que Stepán amenazaba con venir él mismo a Véshenskaia si Axinia no se presentaba en la sotnia.

Ella escuchó el mensaje y empezó los preparativos. La tía hizo deprisa y corriendo la masa, coció en el horno unas tortas, y dos horas más tarde Axinia —esposa obediente— salía en compañía de Aníkushka hacia el lugar donde se encontraba la sotnia de Tatarski.

Stepán recibió a su mujer con una emoción oculta. Escrutó atento su rostro enflaquecido, fue discreto en sus preguntas y no habló para nada de si se había visto con Grigori. Se limitó a preguntarle, en el curso de la conversación, con los ojos bajos y volviéndose ligeramente:

—¿Por qué fuiste a Véshenskaia por esa parte? ¿Por qué no cruzaste el río frente a nuestro jútor?

Axinia respondió secamente que no pudo cruzarlo en compañía de gente extraña y que no había querido pedir nada a los Mélejov. Después de contestar se dio cuenta de que, según ella, resultaba que los Mélejov no eran para ella extraños. Se sintió turbada al pensar que Stepán podía haberlo interpretado así. En efecto, probablemente él lo comprendió de esa manera. Algo tembló bajo sus cejas y una sombra pasó por su rostro.

Levantó hasta Axinia sus ojos interrogantes, y ella, comprendiendo la muda pregunta, se sonrojó confusa, irritada consigo misma.

Stepán, apiadado, hizo como si no hubiera advertido nada; cambió la conversación hacia cuestiones de la casa y preguntó qué había podido esconder antes de su marcha y si las cosas habían quedado bien guardadas.

Axinia, advirtiendo la generosidad de su marido, contestó, pero sin cesar de sentirse dominada por una violencia interior. Y para convencerle de que lo que había surgido entre ellos carecía de importancia y también para ocultar su propia turbación, habló pausadamente, con el tono seco y la reserva del que se refiriera simplemente a negocios.

Su conversación transcurría dentro de la chabola. Los cosacos no cesaban de molestarles. Ya entraba uno, ya otro. Llegó Jristonia e inmediatamente se echó a dormir. Stepán, viendo que no conseguirían hablar sin testigos, cortó de mala gana el diálogo.

Axinia se levantó satisfecha, desató rápidamente el lío, ofreció a su marido las tortas que había traído de la stanitsa y, tomando la ropa sucia de la bolsa de costado de Stepán, salió a lavarla en la charca vecina.

El silencio precursor del alba y una neblina azul envolvían el bosque. La hierba, bajo el peso del rocío, se inclinaba hacia el suelo. El discorde croar de las ranas sonaba en las charcas, y una polla de agua gritaba con voz chillona en las inmediaciones de la chabola, pasados unos frondosos arbustos de arce.

Axinia pasó por delante de los arbustos. Todos ellos, desde la copa hasta el tronco —oculto por la espesa maraña de hierbas—, estaban cubiertos de telarañas. Las minúsculas gotas de rocío que jalonaban sus hilos brillaban como si fuesen perlas. La polla de agua calló un momento. Luego, antes de que tuviera tiempo de enderezarse la hierba hollada por los pies desnudos de Axinia, de nuevo levantó su voz, recibiendo la respuesta triste de un avefría que alzó el vuelo en la charca.

Axinia se despojó de la blusa y del corpiño, que molestaba sus movimientos, se metió hasta la rodilla en el agua tibia de la charca y empezó a lavar. Sobre ella zumbaban enjambres de moscas y mosquitos. Para espantarlos pasó por su cara el brazo lleno y moreno, doblado por el codo. No cesaba de pensar en Grigori y en su última disputa, que había precedido a su venida a la sotnia.

«Acaso me busca ya en este momento. ¡Esta misma noche volveré a la stanitsa!», decidió irrevocablemente, y sonrió al pensar en su encuentro con él y en su pronta reconciliación.

Cosa extraña: últimamente, sin saber la causa, al pensar en Grigori no se lo representaba tal como ahora era en realidad. Ante ella surgía no el cosaco viril, conocedor de la vida y rico en experiencias, de ojos entornados por la fatiga, de bigote negro y guías rojizas, de pelo prematuramente encanecido en las sienes —huellas imborrables de las calamidades sufridas en la guerra—, sino el Grishka Mélejov de antaño, tosco y torpe en sus caricias juveniles, con su cuello redondo y fino de mozo y el pliegue despreocupado de sus labios siempre sonrientes.

Esto aumentaba aún más el amor de Axinia, que sentía por él una ternura casi maternal.

Ahora, por ejemplo: su memoria reconstituía con nitidez máxima los rasgos de aquella cara infinitamente querida; respiró profundamente, sonrió, se enderezó y, tirando a sus pies la camisa a medio lavar del marido, sintiendo en su garganta el abrasador espasmo de un dulce sollozo, murmuró:

—¡Has entrado en mí, maldito, para toda la vida!

Las lágrimas la aliviaron, pero después de esto el mundo azul de la mañana pareció como si perdiera alrededor de ella todo su color. Se limpió las mejillas con el dorso de la mano, apartó de su frente húmeda un mechón de pelo y durante largo rato, sin pensar en nada, con los ojos empañados y ausentes, siguió los movimientos de un pececillo que se deslizaba en el agua hasta desaparecer en el encaje rosado de la niebla agitada por el viento.

Una vez que hubo terminado de lavar la ropa, la tendió en los arbustos y volvió a la chabola.

Jristonia se había despertado y permanecía sentado en la entrada; movía sus dedos retorcidos y nudosos y se esforzaba en trabar conversación con Stepán, que, tumbado sobre su manta, fumaba en silencio sin contestar a las preguntas de Jristonia.

—¿Crees que los rojos no pasarán a este lado? ¿No dices nada? Calla, pues. Yo creo que tratarán de cruzarlo en los vados. ¡En los vados seguro! No hay otro sitio. ¿O es que te figuras que puedan hacer pasar la caballería a nado? ¿Por qué no dices nada, Stepán? ¡Las cosas tocan a su fin y tú sigues tumbado como un leño!

Stepán llegó a incorporarse al contestar en tono de mal humor:

—¿Por qué no me dejas en paz? ¡Qué gente! Ha venido mi mujer y no hay medio de quedarme a solas con ella… ¡No cesan en sus estúpidas preguntas y todavía no hemos podido hablar debidamente!

—Has encontrado con quién hablar…

Jristonia, descontento, se levantó, se puso en los pies descalzos sus remendados zapatones y salió, dándose un doloroso golpe en el dintel.

—Aquí no nos dejan hablar, vamos al bosque —propuso Stepán.

Y sin esperar el consentimiento de ella se dirigió a la salida. Axinia le siguió dócilmente.

Volvieron a la chabola al mediodía. Los cosacos de la segunda sección, tumbados a la sombra de los arbustos, dejaron las cartas al verles, se callaron, guiñando los ojos comprensivos, riendo y lanzando falsos suspiros.

Axinia pasó frente a ellos con una mueca de desprecio, arreglándose el pañuelo blanco de puntilla, que se había aplastado. La dejaron pasar en silencio, pero apenas Stepán, que iba detrás de ella, llegó a la altura de los cosacos, Aníkushka se puso en pie y se separó del grupo. Hizo un profundo saludo a Stepán, con un respeto hipócrita, y dijo en voz alta:

—Os felicito… ¡Se acabó la abstinencia!

Stepán sonrió de buen grado. Le agradaba que los cosacos le hubiesen visto volviendo con su mujer del bosque. Ello podía contribuir, en efecto, a poner fin a los rumores que corrían sobre sus supuestas desavenencias… Hasta movió arrogantemente los hombros, mostrando satisfecho su camisa, todavía húmeda de sudor en la espalda.

Solo entonces, así estimulados, los cosacos rieron, comentando animadamente:

—¡Es una mujer terrible, hermanos! A Stepán le chorrea la camisa… ¡Ha quedado rendido!

—Parece que le ha dado un buen galope, está todo cubierto de espuma…

Un mozalbete, que había seguido hasta la chabola a Axinia con una mirada de turbia admiración, comentó confundido:

—¡Que el Señor me castigue si en todo el mundo hay otra que se le parezca!

A lo que Aníkushka objetó razonablemente:

—¿Has probado tú a buscarla?

Axinia palideció ligeramente al escuchar los indecentes comentarios y entró en la chabola, con una mueca de disgusto provocada por la intimidad que acababa de tener con su marido y por las obscenas observaciones de sus compañeros. Stepán comprendió su estado de ánimo con solo mirarla y le dijo con un tono conciliador:

—No te enfades con esos potros, Xiusha. Es, simplemente, que están aburridos.

—No hay motivo para enfadarme con nadie —contestó ella con voz sorda, buscando en su bolsa de lienzo y sacando de ella presurosa cuanto había traído para su marido. Y en tono más bajo, añadió—: Debería enfadarme conmigo misma, pero no tengo valor para hacerlo…

La conversación languidecía. A los diez minutos Axinia se puso en pie. «Le diré que me voy ahora mismo a Véshenskaia», pero recordó que todavía no había recogido la ropa puesta a secar.

Sentada a la entrada de la chabola, estuvo un rato remendando las camisas y calzoncillos del marido, medio podridos por el sudor, lanzando frecuentes miradas al sol, que ya empezaba a declinar.

No llegó a irse aquel día. Le faltó decisión. Pero a la mañana siguiente, apenas hubo salido el sol, empezó a hacer los preparativos. Stepán trató de retenerla, le pidió que se quedara un día más, pero ella rechazó tan enérgicamente sus ruegos que él no insistió más; se limitó a preguntar al despedirse:

—¿Piensas vivir en Véshenskaia?

—Por ahora sí.

—¿Por qué no te quedas conmigo?

—No está bien eso de vivir aquí… con los cosacos.

—Sí, es verdad… —asintió Stepán, aunque en la despedida se mostró frío.

Un viento fuerte soplaba del sudeste. Venía de lejos, fatigado durante la noche, pero al acercarse la mañana todavía traía el calor sofocante de los desiertos del otro lado del Caspio, y al caer sobre los prados de la orilla izquierda del río secaba el rocío y dispersaba la bruma que, como una neblina rosácea, envolvía los contrafuertes cretáceos de las montañas que bordean el río.

Axinia se descalzó y, recogiendo con una mano su falda (todavía se conservaba el rocío en la hierba del bosque), siguió con paso ligero por el camino abandonado. La tierra húmeda refrescaba agradablemente sus pies desnudos, mientras que el viento seco besaba con labios ardientes su cuello y sus llenas pantorrillas.

Al llegar a

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