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EL EJECUTOR

Geir Tangen  

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Fragmento

 

Sede del Haugesunds Avis

Viernes por la mañana, 27 de agosto de 2010

Aquella mañana, cuatro días antes de que se apagara la luz, el periodista Viljar Ravn Gudmundsson estaba plantado en el centro de la sala de reuniones, con las piernas separadas, disfrutando del ambiente que le rodeaba. En el lugar predominaban las sonrisas amplias, las miradas ansiosas y las risas altivas. Tal y como debía ser.

—¡Joder, Viljar! No sé qué será lo que les vendes a tus fuentes, pero yo lo quiero. Es que se trata del mismísimo ministro de Transportes. Colgado y clavado en la picota con el culo al aire. Daría gustosamente el riñón izquierdo por ver mi firma en un reportaje así.

El periodista cultural Henrik Thomsen le sacaba tres cabezas a su compañero, aunque ello no implicaba nada digno de mención en lo que respectaba a su inteligencia. Al mirarlo, Viljar creyó ver restos de azúcar glas en su frondoso bigote.

—Créeme, Thomsen, no sobrevivirías a ello. Hay razones por las que tú escribes reseñas de conciertos mientras que yo me dedico a perseguir a depredadores en los pasillos del poder.

Viljar se apartó de aquel hombre enorme y robusto para encaminarse hacia un extremo de la sala. Para situarse bajo los focos. Lo merecía. Era su momento. El momento en que todas las miradas se dirigían a él llenas de respeto y admiración. Lo que había conseguido era algo único en los ciento quince años de historia del periódico. Para el resto de los colegas y redactores, el artículo podría parecer el resultado de varios meses de ambicioso periodismo de investigación. El hecho de que eso no fuera del todo cierto no le importaba a Viljar lo más mínimo. Se trataba de su especialidad. Que el artículo fuera el producto de cientos de horas de trabajo, o que le hubiera caído del cielo como una pluma, le resultaba completamente indiferente. Estaba en posesión de una gran primicia, tenía todas las palabras en su poder.

Y lo que escribía era la verdad. Así eran las cosas en Haugesund. Una y otra vez, los que abusaban del poder habían sido derrocados de sus pedestales. En el diario regional Haugesunds Avis, Viljar Ravn Gudmundsson era un obelisco de granito, un obelisco que podría erigirse igualmente en los terrenos donde se estaba construyendo el edificio que albergaría la nueva sede del periódico.

El caso que había presentado en la redacción aquella mañana tenía todos los ingredientes para convertirse en un bombazo incluso en los medios de comunicación nacionales: se percibía el olor a sangre, ese estado que surge cuando todas las redacciones del país cubren el mismo acontecimiento dramático, en una cobertura tan amplia que eclipsa cualquier otra noticia de la actualidad. Política, abuso de poder, personajes famosos, delincuencia y sexo. Todos los ingredientes en un mismo caso, y el impulsor de la investigación era un pequeño diario de ámbito regional como el Haugesunds Avis. Y el hecho de tener la firma de Viljar Ravn Gudmundsson le daba la credibilidad necesaria para traspasar la barrera del sonido y llegar a los medios nacionales.

A sus treinta y siete años, Viljar disfrutaba desde hacía tiempo de una gran reputación como una de la voces mediáticas más sólidas del país. Las ofertas laborales no dejaban de llegar a su bandeja de correo electrónico con regularidad, pero él hacía caso omiso. Ejercía de padre los fines de semana y no soportaba la idea de tener que viajar a Oslo cada semana. Alexander, su hijo de doce años, vivía en Haugesund, y ningún trabajo del mundo le haría sacrificar los momentos que compartían ambos. Además, no se podía ocultar que Viljar era un poco comodón. En el periódico regional tenía libertad total. Hacía y deshacía a su antojo. Escribía los artículos que más le apetecían y se negaba a deambular ociosamente por los lugares comunes de la prensa escrita. Era el líbero del periódico, un alma libre en un entorno libre. Dictaba el orden del día. Era el anarquista de la casa. Seguía sus propias reglas y vías, para desesperación y disfrute del director del diario, Johan Øveraas.

Cuando unos días antes se topó con el asunto de Herman Eliassen, el ministro de Transportes, Viljar llevaba bastante tiempo alegando ante sus superiores que estaba trabajando en un caso de dimensiones insospechadas. Por supuesto, no eran más que palabras huecas. En realidad, había estado empleando gran parte de su jornada laboral en planificar un fin de semana en Londres con Alexander. Afortunadamente, la salida del viaje había coincidido con el día en que podría servir ante la redacción, en bandeja de plata, la cabeza del ministro de Transportes.

—Chicos… ¡Escuchadme un momento!

El director Johan Øveraas llevó a Viljar con paso decidido hasta una esquina de la sala para que todos los compañeros pudieran reunirse a su alrededor. Se plantó las manos con gesto resuelto en las caderas, y Viljar observó fascinado cómo se hundían literalmente en la grasa de sus michelines.

—Este bombazo va a caer como una pinta de Guinness en una fiesta con champán en el centro periodístico de Akersgata. Y va a aguarle la fiesta a todo ese coro de pelotas de Herman Eliassen. Los de la prensa local conocemos al tipo y llevamos mucho tiempo esperando una ocasión para verlo colgando de los pelos del culo. Viljar, ¡qué buen trabajo, joder!

El aplauso retumbó en la pequeña sala, y Viljar Ravn Gudmundsson se tomó su tiempo para disfrutar del momento. Aquel era su caso. En aquel juego de poder, él era invulnerable. Tenía la verdad como compañero inamovible y nadie podía ponerle trabas.

Tras las ventanas, el viento sacudía los viejos robles que crecían junto al colegio Lillesund. Las exhaustas hojas retenían por un tiempo más la savia del verano. De momento se mantenían fuertes, lozanas y con un intenso color verde. Pero, a diferencia de los periodistas que se encontraban entre las paredes de aquel edificio, las hojas saben que todo llega a su fin. Llega el momento en que se corta la cuerda de salvamento de todo lo que existe, y un fuerte viento racheado se llevará los amarillentos broches otoñales.

En el patio de una granja a unas decenas de kilómetros más al sur, se encontraban Jonas y su novio. Entre miradas y caricias enamoradas, habían sellado sin saberlo no solo su propio destino, sino también el de Viljar Ravn Gudmundsson, el hombre que en aquel mismo instante recibía la última palmada en el hombro del director del periódico.

—Un trabajo magnífico, Viljar. Vete a Londres. Apaga el móvil. Disfruta con tu hijo. Te lo mereces. A partir de ahora nosotros nos encargaremos del asunto. En cuatro días estarás de vuelta, y te prometo que en el viaje de regreso tendréis viento de cola, porque aquí soplará un fuerte temporal.

Viljar sonreía con aire travieso mientras metía todo lo que necesitaba en su bolsa de viaje. Echó un último vistazo al material fotográfico preparado para el artículo sobre Eliassen y lo envió al departamento de redacción. Cuando acabó, el director del periódico seguía de pie junto a él. Viljar miró a Øveraas con su habitual expresión burlona.

—¿Soplará fuerte…? ¿No sopla siempre fuerte en Haugesund?

 

Cuatro días más tarde…

Puente Stemmen, Haugesund

Martes por la noche, 31 de agosto de 2010

Nubes amenazantes barrían el cielo como oscuros presagios, reclamando su lugar en la hora azul entre el día y la noche. Durante unos breves instantes, el lago Eivindsvatnet quedó bañado en un resplandor mágico, para verse envuelto a continuación en un negro manto con olor a azufre, truenos y fuertes aguaceros.

Jonas Ferkingstad estaba en Stemmen, un pequeño puente construido en 1907 sobre el embalse situado junto a la entrada de la zona de esparcimiento alrededor del lago Eivindsvatnet. El frágil individuo miraba por el borde, como tanteándolo.

La melena rubia se le pegaba a la frente. Sus ojos de color azul intenso contemplaban un punto imaginario en el vacío. En los breves destellos de luz que aparecían de vez en cuando al abrirse las nubes en el cielo, podía ver allí abajo las aguas del embalse. Desde el lugar donde se encontraba en el puente hasta el fondo de la zona pedregosa, habría unos diez metros de distancia. La fina camiseta de color burdeos se le adhería empapada al torso. Le temblaba todo el cuerpo. Lanzaba breves ojeadas hacia el terreno circundante, hacia el paso peatonal debajo de Skjoldavegen, pero la mayor parte del tiempo permanecía mirando al vacío.

Jonas se enderezó cuando descubrió que una persona se acercaba caminando. Era imposible reconocerla, pero Jonas sabía quién era. Durante todo el tiempo que pudo había albergado la esperanza de evitar aquel enfrentamiento. Ya no había negación o mentira posibles. Ninguna traición ni engaño. Dos seres humanos a solas que conocían la verdad. No tenían necesidad de esconderse detrás de ninguna farsa o fachada.

Durante un largo rato se quedaron quietos, contemplándose en la distancia. El viento otoñal azotaba el lago Eivindsvatnet, creando crestas de espuma en el agua. Un nuevo rayo desgarró el cielo. En medio del fugaz destello de luz gélida, se miraron. Desnudos. Desprotegidos. Solos. Al cabo de unos segundos volvió la oscuridad y los truenos hicieron vibrar el hormigón del puente. Jonas permanecía expectante, con los hombros encorvados. Contempló a la persona que tenía enfrente. Deseaba arrojarse a sus brazos. Quedarse a salvo allí, fingiendo que no había ocurrido nada. Que todo no había sido más que una fata morgana. Irreal. Algo que desaparecería en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, no era posible. Nada se podía deshacer.

Durante unos breves instantes se quedaron así, mientras el agua se escurría por sus cuerpos. Sus rostros reflejaban impotencia mutua. No dijeron nada, pero después de un rato la otra persona extendió los brazos hacia Jonas, que, respirando con dificultad, se fundió con ella en un abrazo. No había palabras que pudieran expresar la sensación que experimentó en aquel momento. No era felicidad. No era alivio, sino otra cosa diferente. Algo muy profundo, que hizo que todo su ser se dejara ir. Todos los sentimientos reprimidos brotaron como un géiser. Percibía su propia voz gritando contra el pecho de la persona que le abrazaba, pero apenas podía oír el sonido. Tenía que sacar todo su dolor.

Por encima de su hombro, Jonas creyó atisbar una sombra que se movía junto a la pequeña caseta de los botes. Dos kayaks se aferraban entre sí contra el azote del viento, apoyados en una pared de la caseta. Durante los últimos días los había visto flotando en las aguas, pero no entendía muy bien que alguien quisiera sacarlos al lago con ese temporal.

Aquella pequeña digresión le distrajo. El abrazo aumentó notablemente en int

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