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EL ESPEJO DE NUESTRAS PENAS (LOS HIJOS DEL DESASTRE 3)

Pierre Lemaitre  

5


Fragmento

1

Quienes creían que la guerra empezaría pronto se habían cansado de esperar hacía tiempo, y el señor Jules, antes que nadie. Más de seis meses después del reclutamiento general, el dueño de La Petite Bohème, descorazonado, había dejado de creerlo. Durante el servicio, Louise incluso lo había oído afirmar que, en realidad, «nadie había creído en esa guerra». Según él, aquel conflicto no era más que una inmensa transacción diplomática a escala europea, con unos discursos patrióticos espectaculares y anuncios grandilocuentes, una partida de ajedrez gigantesca en la que el reclutamiento general sólo había sido un aspaviento más. Sí, habían provocado unos cuantos muertos aquí y allá —«¡más de los que dicen, seguro!»—, como en la revuelta en el Sarre, en septiembre, que les había costado la vida a doscientos o trescientos hombres, pero, vaya, «¡eso no es una guerra!», exclamaba asomando la cabeza por la puerta de la cocina. Las máscaras de gas que habían recibido en otoño, olvidadas ya en un rincón del mostrador, se habían convertido en motivo de burla en las viñetas humorísticas. La gente bajaba a los refugios con resignación, como si cumpliera un ritual bastante inútil, ante las alertas sin aviones, en una guerra sin combates que se hacía eterna. Lo único tangible era el enemigo, el de siempre, el mismo al que se quería destripar por tercera vez en medio siglo, aunque éste tampoco parecía dispuesto a lanzarse de cabeza a la batalla. De hecho, en primavera, el Estado Mayor había permitido a los soldados del frente... (y aquí, el señor Jules se cambiaba el trapo de mano y apuntaba al cielo con el índice para recalcar lo disparatado de la situación) ¡cultivar huertos! «Maldita sea...», suspiraba.

Así que el inicio de las hostilidades, aunque se produjera en el norte de Europa, demasiado lejos para su gusto, le devolvió la confianza. «Con la tunda que le están dando los Aliados a Hitler en la zona de Narvik, esto no va a durar mucho», aseguraba a quien quisiera escucharlo. Y como, en su opinión, aquello era asunto concluido, pudo volver a concentrarse en sus motivos de descontento favoritos: la inflación, la censura de los periódicos, los días sin aperitivo, el escondite de los exentos especiales, el autoritarismo de los jefes de manzana (y sobre todo del carcamal de Froberville), los horarios del toque de queda, el precio del carbón... Nada le parecía bien, salvo la estrategia del general Gamelin, que consideraba imparable.

—Si vienen, será por Bélgica, eso ya se sabe. ¡Y ya os digo yo que allí los están esperando!

Louise, que llevaba unos platos de puerros a la vinagreta y de pies de cerdo, se percató de la mueca dubitativa de un parroquiano, que murmuró:

—Eso de que se sabe...

—¡Hombre, a ver! —ladró el señor Jules, acercándose de nuevo a la barra—. ¿Por dónde van a venir, si no? —Y con una mano hizo una barrera con las hueveras individuales en las que servían los huevos duros—. Aquí están las Ardenas. ¡Infranqueables! —Con el trapo húmedo, trazó un arco grande—. Aquí, la línea Maginot. ¡Infranqueable! Así que ¿por dónde quieres que vengan? ¡No queda más que Bélgica! —Acabada su demostración, se replegó una vez más hacia la cocina, refunfuñando—: ¡Para saber eso no hace falta ser general, joder!

Louise no oyó el resto de la conversación, porque lo que la tenía preocupada no eran los aspavientos estratégicos del señor Jules, sino el doctor.

Lo llamaban así, «el doctor», desde hacía veinte años, el tiempo que llevaba sentándose cada sábado a la misma mesa, cerca del ventanal. Nunca había intercambiado con Louise más que unas palabras, siempre muy educadas, buenos días, buenas tardes. Llegaba hacia las doce del mediodía y se sentaba allí con su periódico. Aunque sólo pedía el postre del día, Louise se empeñaba en tomar nota de su pedido, que él le confirmaba con una voz suave y tranquila, «el pastel de cerezas, sí, perfecto».

Leía las noticias, miraba a la calle, comía, se terminaba la jarra de agua y, hacia las dos, en el momento en que Louise hacía caja, se levantaba, doblaba el Paris-Soir, lo colocaba en una esquina de la mesa, dejaba la propina en el platillo, se despedía y salía del restaurante. El doctor nunca había variado aquel pequeño ritual, ni siquiera en septiembre, cuando el café-restaurante se convirtió en un caos tras el reclutamiento general (ese día, el señor Jules se había mostrado tan en forma que daban ganas de confiarle la dirección del Estado Mayor).

Y de repente, cuatro semanas atrás, cuando Louise le llevó la crema quemada con anís, el doctor le sonrió, se inclinó hacia ella y le hizo aquella petición.

Si se hubiera tratado de una proposición deshonesta, Louise habría dejado el plato en la mesa, hubiera abofeteado al doctor y habría seguido trabajando tan tranquila, y el señor Jules habría perdido a su cliente más antiguo. Pero no fue eso. Le pidió algo sexual, sí, desde luego, pero fue... Cómo explicarlo...

—Me gustaría verla desnuda —había dicho él con calma—. Sólo una vez. Únicamente para mirarla, nada más.

Louise, que se había quedado sin respiración, no supo qué responder. Se puso roja como si hubiera hecho algo malo y abrió la boca para decir algo, pero no fue capaz de pronunciar una sola palabra. El doctor ya había vuelto a enfrascarse en el periódico, y Louise se preguntó si lo había soñado.

Durante el resto del servicio no hizo más que pensar en aquella propuesta extraña, pasando de la perplejidad a la indignación, pero sintiendo que, de algún modo, ya era un poco tarde, que debería haberse plantado inmediatamente ante la mesa y, con los brazos en jarras y alzando la voz, haberlo puesto en evidencia ante los clientes. La furia crecía en su interior, y el plato que se le escapó de las manos y se hizo añicos en el embaldosado fue el detonante. Entró en la sala como una exhalación.

El doctor se había ido.

Su periódico estaba doblado en el borde de la mesa.

Louise lo cogió con rabia y lo tiró a la basura.

—Pero bueno, Louise, ¿qué mosca te ha picado? —le preguntó el señor Jules, que consideraba el Paris-Soir del doctor y los paraguas olvidados como botín de guerra.

Luego recuperó el diario y lo alisó con la palma de la mano, mirando a su empleada con perplejidad.

Louise era una adolescente cuando había empezado a atender mesas los sábados en el café La Petite Bohème, cuyo propietario y cocinero era el señor Jules. Su jefe era un hombre grueso y de movimientos lentos, con la nariz grande, una jungla de pelos en las orejas, la barbilla un poco retraída y un bigote entrecano estilo morsa. Llevaba a todas horas unas zapatillas de paño de edad indefinida, y nadie podía jactarse de haberle visto nunca la cabeza desnuda, pues la llevaba permanentemente cubierta con una boina negra y redonda. Cocinaba para una treintena de clientes. «¡Cocina parisina!», decía alzando el índice, porque eso quería dejarlo claro. Y menú único, «como en casa; si quieren elegir, no tienen más que cruzar la calle». Su actividad estaba rodeada de cierto misterio. Nadie comprendía cómo era posible que aquel hombre pesado y lento, que parecía estar detrás de la barra constantemente, consiguiera hacer tantas comidas de tal calidad. El restaurante siempre se llenaba. El señor Jules habría podido abrir por las noches y los domingos, e incluso ampliar el negocio, pero siempre se había negado: «Cuando abres la puerta demasiado, nunca sabes quién puede entrar —decía, para añadir acto seguido—: Sé de lo que hablo», frase enigmática que quedaba suspendida en el aire como una profecía.

Había sido él quien, en su día, el mismo año en que su mujer, de la que ya nadie se acordaba, se había fugado con el hijo del carbonero de la rue Marcadet, le había pedido a Louise que lo ayudara con el comedor. Lo que había empezado como un favor entre vecinos se había ido prolongando durante los años que ella estudiaba en la Escuela de Magisterio. Luego, como la destinaron muy cerca de allí, en la escuela municipal de la rue Damrémont, Louise decidió no cambiar ninguna de sus costumbres. El señor Jules le pagaba en mano, generalmente redondeando la cantidad hasta la decena superior, lo que hacía refunfuñando, como si ella se lo hubiera reclamado y él lo hiciera contra su voluntad.

En cuanto al doctor, Louise tenía la sensación de conocerlo de toda la vida. Así que, si encontraba tan inmoral que quisiera verla desnuda, era sobre todo porque la había visto crecer. En cierto modo, su petición le parecía incestuosa. A lo que se añadía que acababa de perder a su madre. ¿Se le propone algo así a una huérfana? En realidad, ya habían pasado siete meses desde la muerte de la señora Belmont, y seis desde que su hija había abandonado el luto. Ante la debilidad del argumento, Louise se limitó a hacer una mueca.

Preguntándose qué podía imaginarse un hombre de su edad para querer verla desnuda, Louise se quitó la ropa y se colocó delante del espejo de cuerpo entero de su habitación. Tenía treinta años, el vientre plano y un triángulo de suave vello castaño claro. Se puso de perfil. Nunca le habían gustado sus pechos, que le parecían demasiado pequeños, pero estaba orgullosa de su culo. Tenía el rostro triangular de su madre, los pómulos altos, los ojos, de un azul luminoso, y unos labios bonitos, un poco abultados. Paradójicamente, esos labios carnosos eran lo primero que veía la gente, pese a que Louise nunca había sido una chica sonriente, ni tampoco charlatana, ni siquiera de niña. En el barrio, siempre habían achacado su seriedad a las desgracias que había sufrido: la muerte de su padre en 1916, la de su tío un año después y las depresiones de su madre, que se pasaba la mayor parte del tiempo detrás de la ventana, mirando el patio. El primer hombre que se había fijado en Louise había sido un antiguo combatiente de la Gran Guerra al que un trozo de obús le había arrancado la mitad de la cara. Una infancia preciosa, vaya.

Louise era una chica bonita que nunca se lo había creído. «Las hay a montones más guapas que yo», se repetía. Había tenido éxito con los chicos, pero «todas las chicas lo tienen, eso no significa nada». Como maestra, no paraba de rechazar las insinuaciones de compañeros y directores, incluso de padres de alumnos, que intentaban tocarle el culo en los pasillos, lo que no tenía nada de extraordinario, pasaba en todas partes. Nunca le habían faltado pretendientes. Y entre ellos estaba Armand. Cinco años. Cuidado, que eran novios formales. Louise no era de las que dan que hablar a los vecinos. Su fiesta de compromiso había sido todo un acontecimiento. Muy sensatamente, la señora Belmont había dejado en manos de la madre de Armand la organización del convite, el vino de honor, la bendición... Más de sesenta invitados, entre ellos el señor Jules, que apareció enfundado en un frac que le quedaba demasiado justo, salvo el pantalón, que tenía que subirse constantemente, como cuando salía de su cocina (más tarde, Louise se enteró de que lo había alquilado en una tienda de vestuario y decorados de teatro); iba calzado con unos zapatos de charol que le hacían piececillos de mujer china y presumía de su generosidad, porque ese día había cerrado para cederles el comedor. A Louise todo aquello la traía sin cuidado, lo único que quería era irse a la cama con Armand para que le diera un hijo. Que nunca llegó.

La cosa se eternizaba. En el barrio nadie lo entendía, y muchos vecinos miraban a los novios con ojos suspicaces, torvos: tres años juntos, sin casarse... ¿Dónde se había visto eso? Armand le había pedido matrimonio y seguía insistiendo, pero Louise esperaba a que le desapareciera la regla para dar el sí, y la respuesta se fue posponiendo un mes tras otro. La mayoría de las chicas rezaban para no quedarse preñadas antes de casarse; con Louise era al revés: sin niño, no había boda. Pero el niño no llegaba.

Louise hizo un último intento a la desesperada. Si no podían tener hijos, irían al orfanato, porque si algo no faltaba eran niños abandonados. Armand se lo tomó como un insulto a su virilidad. «¿Y por qué no recogemos al perro que husmea en la basura? ¡Él también es un necesitado!», le soltó. La discusión se envenenó, como de costumbre: se peleaban como un matrimonio. Pero el día que ella sacó el tema de la adopción, Armand, furioso, se fue a su casa y ya no volvió.

Louise se sintió aliviada, porque pensaba que la culpa era de él. Y en el barrio, ¡menudo revuelo se armó con la ruptura! «Pero ¡bueno! ¡¿Y si la chica no quiere?! —gritaba el señor Jules—. ¡¿Qué pretenden, casarla a la fuerza?!» Aunque luego se la llevaba aparte: «A ver, ¿cuántos años tienes, Louise? Armand no está mal, ¿qué más quieres? —Pero lo decía con voz suave, casi titubeante, y añadía—: ¡Un niño, un niño! ¡Pues ya llegará! ¡Esas cosas necesitan su tiempo! —Y se volvía a la cocina—. Sólo falta que se me corte la bechamel...»

De Armand, lo que más echaba de menos era el hijo que no le había dado. Lo que hasta entonces sólo había sido un deseo insatisfecho se convirtió en una obsesión. Louise empezó a desear un hijo a cualquier precio, fuera el que fuese, aunque la hiciera infeliz. La imagen de un bebé en un

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