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EL ESTIGMA DEL DRAGóN (CAZADORES OSCUROS 25)

Sherrilyn Kenyon  

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Fragmento

En recuerdo de Vanessa Delagarza, y de todos aquellos

a los que hemos querido y que nos han dejado demasiado pronto.

Os echamos de menos, pero siempre viviréis en nuestros corazones.

Para mis amigos y lectores que llenan mi corazón de amor

y alegría. Gracias por ser parte de mi vida… la mejor parte.

Para mi editorial, mi editora, mi agente y todo el personal de

Macmillan y Trident por el trabajo que hacen. ¡Muchísimas gracias!

Y como siempre, quiero darle las gracias especialmente a mi

familia por aguantarme, a mí y a mis despistes, cuando se acerca la

fecha de entrega del manuscrito. En especial por ser tan

comprensivos cada vez que abandono una conversación porque
«se me ha encendido la bombilla». ¡Os quiero a todos!

Prólogo

Arcadia, 2986 a.C.

—¿Esto es la muerte o el infierno?

Maxis le gruñó a su hermano mientras se esforzaba por sacarlo de la sucia mazmorra en la que había estado encerrado durante incontables semanas. Maldita sea, para alimentarse de ratones de campo y trigo, su hermano pequeño pesaba una tonelada.

—Cállate —le soltó Max por telepatía—. Si no puedes ayudarme, por lo menos no me distraigas mientras intento salvar tu escamoso e inútil pellejo de estos asquerosos humanos.

—No sé por qué te quejas tanto. Los humanos no son tan malos. A mí me gustan bastante... Tienen un sabor parecido al del pollo.

Pese al peligro que los rodeaba y a la rabia que le producía el «encantador» aprieto en que se habían visto envueltos, así como la traición que los había llevado a ese punto, Max tuvo que contener una carcajada. Típico de Illarion el encontrar algo gracioso hasta en las peores situaciones. Aunque claro, por eso estaba arriesgando la vida, sus escamas y sus garras para salvar a su hermano en contra de lo que le decía su instinto de dragón: que abandonara a Illarion y se preocupara por salvar su pellejo.

—No me estás ayudando en nada, que lo sepas.

—Lo siento. —Illarion intentó caminar utilizando sus piernas humanas, pero esos miembros tan ajenos para él y tan débiles acabaron fallándole—. ¿Cómo se las apañan para sostenerse con estas cosas tan delgadas? —Miró a Max con el ceño fruncido—. ¿Cómo lo haces tú?

—Echándole un par...

Y por la necesidad de seguir con vida para poder dar con todos los que les habían hecho eso y acabar con ellos.

—Mira que se esforzaron esas pobres demonios en enseñarte modales y a hablar con educación... Van a llevarse una desilusión cuando vean que sus esfuerzos han sido en vano.

Max soltó un suspiro de frustración.

—Illy, te juro por todos los dioses que como no dejes de decir tonterías, te quedas aquí.

La expresión de Illarion se tornó muy seria mientras aferraba la sucia melena rubia de su hermano y lo obligaba a mirarle a la cara.

—Vete, hermano. Ambos sabemos que solo soy un lastre para ti y tu libertad. Si seguimos juntos, nos atraparán. Si te vas solo, es posible que veas de nuevo la luz del sol.

Max abrazó con más fuerza el frágil cuerpo humano de Illarion y lo miró fijamente. Era espeluznante ver esos iris humanos de color azul en vez de sus ojos ofídicos de color amarillo. Tener delante la cara de un humano en vez de la cara de un dragón. Lo que les habían hecho en contra de su voluntad era una aberración.

Sin su permiso, los habían hechizado, capturado y fusionado con un alma humana que ninguno de ellos comprendía y con la que se sentían incómodos.

De un día para otro habían pasado de ser completamente dracos a ser... humanos.

Sin embargo, aunque su forma física no fuera la misma, su corazón y su espíritu no habían cambiado. Y había algo que nunca jamás cambiaría.

—¡Somos drakomai! No abandonamos a nuestros kinikoi. ¡Lo sabes muy bien!

Aunque no vivieran en comunidades cerradas ni compartieran hogar cuando alcanzaban la edad adulta, si escuchaban el grito de guerra, el honor los obligaba a actuar y a luchar juntos hasta derrotar al enemigo... o hasta que la muerte los separara.

Illarion hizo una mueca de dolor al tropezar y caer al suelo, arrastrando con él a Max.

—¿Por qué nos han hecho esto? ¿No tienen bastante con perseguirnos y matarnos como deporte? ¿Con habernos esclavizado durante siglos? ¿Qué más quieren de nosotros esos asquerosos humanos?

Max se mantuvo en silencio. Ayudó a su hermano a ponerse de nuevo en pie y a seguir caminando hacia la estrecha apertura que esperaban que los llevara hasta el bosque, donde encontrarían refugio. La respuesta no le reportaría el menor consuelo a Illarion, de la misma manera que no se lo reportaba a él. Al contrario, más bien lo cabreaba muchísimo.

Habían sido un experimento cruel para que el rey Licaón pudiera salvar a los inútiles y quejicas de sus hijos, maldecidos por el dios Apolo a morir a la edad de veintisiete años. Si bien Max respetaba la negativa del rey a perder a sus hijos por una maldición totalmente ajena a su familia, una maldición ligada a la estirpe de la reina con la que el dios mantenía una vieja disputa, no le hacía ni pizca de gracia ser el medio por el cual Licaón esperaba encontrar la cura.

Todavía recordaba la terrible presencia del dios acadio Dagon, pertrechado con su armadura negra, cuando lo atrapó con sus poderes arcanos.

«Tranquilo, dracos —había murmurado el dios mientras Max forcejeaba con él y trataba de liberarse con todas sus fuerzas—. A la larga me lo agradecerás. Voy a mejorarte. A hacerte más fuerte.»

Pero la situación actual no se correspondía a dicha promesa. Jamás se había sentido tan débil ni tan vulnerable.

Tan perdido.

Y lo peor había sido despertarse delante de su «gemelo». Un humano idéntico a ese cuerpo, cuya alma habían fusionado de alguna manera con la suya. A diferencia de Max, el humano había sido incapaz de sobrevivir al hechizo que habían empleado en la fusión. Seguramente porque Dagon no se había molestado en averiguar qué tipo de drakomas era antes de lanzarle el hechizo.

La magia nunca había sentado bien a los miembros de su especie, un linaje maldito. Por eso los concibieron y por eso les encomendaron sus deberes sagrados.

El débil humano había muerto aullando de dolor unas horas después de que practicaran el hechizo, mientras su cuerpo trataba de adoptar la forma de un dragón. Aunque la transición tampoco había sido agradable para Max, había sobrevivido.

Por los pelos.

Ojalá pudiera controlar el impulso que lo transformaba de humano a dragón y viceversa. Dichas transformaciones se producían en intervalos irregulares y sin previo aviso. De ahí que se mantuviera en tierra firme de momento, puesto que lo último que le apetecía era encontrarse en pleno vuelo cuando sus alas se transformaran en brazos y cayera en picado.

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