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EL FABRICANTE DE CALORíAS (FLASH RELATOS)

Paolo Bacigalupi  

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Fragmento

El fabricante de calorías

—No tengo ni mami ni papi, soy un pobre desgraciado. ¿Dinero? ¿Me das dinero? —El granujilla ejecutó una voltereta con salto mortal en plena calle, envolviendo su desnudez en un remolino de polvo amarillo.

Lalji se paró a mirar fijamente al mugriento chiquillo rubio que había ido a aterrizar a sus pies. La atención pareció alentar al golfillo, que dio otra voltereta en el aire. En cuclillas, dedicó a Lalji una sonrisa ávida y calculadora, con el rostro surcado de regueros de sudor mezclado con barro.

—¿Dinero? ¿Me das dinero?

A su alrededor, el silencio reinaba casi por completo en la ciudad adormilada por el calor vespertino. Un puñado de campesinos ataviados con petos conducía sus mulís a los cultivos. Los edificios, improvisados a partir de fragmentos de WeatherAll, se apoyaban unos en otros como borrachos, descoloridos por la lluvia y astillados por el sol, pero, como implicaba la marca registrada del material con el que estaban fabricados, resistían contra viento y marea. Al final de la estrecha calzada comenzaba la exuberante extensión de HiGro y SoyPRO, un susurrante manto ondulado que se perdía de vista bajo el techo celeste del horizonte. La aldea era prácticamente idéntica a todas las demás que Lalji había visto en su viaje río arriba, un simple enclave agricultor más que cumplía con sus obligaciones derivadas del uso de la propiedad intelectual ajena y exportaba calorías corriente abajo, a Nueva Orleans.

El muchacho se acercó gateando, sonriendo conciliador y asintiendo con la cabeza como una serpiente en actitud intimidatoria.

—¿Dinero? ¿Dinero?

Lalji metió las manos en los bolsillos por si acaso el pequeño pordiosero tenía amigos y concentró toda su atención en el chico.

—¿Y por qué tendría que darte a ti nada?

El niño se lo quedó mirando fijamente, desconcertado. Abrió la boca y volvió a cerrarla sin emitir ningún sonido. Al cabo, retomó aquella parte de su retahíla con la que estaba más familiarizado.

—¿Ni mami ni papi? —Pero su tono ahora era dubitativo y carecía de convicción.

Lalji compuso un rictus de desagrado y amagó un puntapié dirigido al chiquillo, que se precipitó a un lado y se cayó de espaldas en su afán por esquivar la patada, lo que proporcionó una efímera satisfacción a Lalji. Por lo menos el mocoso tenía reflejos. Dio media vuelta y prosiguió su camino. A su espalda resonó el desgarrador lamento del granujilla:

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