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EL FUEGO DEL HIGHLANDER

Nuria Rivera  

5


Fragmento

Capítulo 1

1829. Dalavich, lago Awe,

las Highlands, Escocia

Todo estaba preparado en Dubh-Shiubhal para los festejos del cumpleaños del laird. Angus McDonald se sentía feliz por el acontecimiento. Su abuelo, Ferguson McDonald, el hombre más justo que conocía, cumplía sesenta años e iba a anunciar a su sucesor llegado el momento: su padre.

Aquel día, el primero del verano, sería grande en la casa familiar, y Angus también quería hacer de aquella fecha un día memorable. Tenía todo lo que un joven de diecinueve años podía desear. El respaldo de una familia y el amor de una mujer. Aunque su mayor orgullo era ser escocés. Amaba aquella tierra verde y montañosa, en ocasiones inhóspita, y pensaba que sin todo aquello no podría vivir. Tierra, familia y honor corrían por sus venas, como las aguas del lago Awe bañaban Dalavich. Por eso, ese día, pediría en matrimonio a la bella Shenna Stewart. Kenneth, su primo, no veía con buenos ojos aquella unión, y cada vez que podía se burlaba de él y lo retaba en un intento de disuadirlo.

Y en esas estaba, trataba de evitar un rasguño con la espada con la que Ken lo provocaba.

—No llores si luego te hago daño —ironizó Angus, a la vez que revisaba de reojo su entorno para ver con qué podía defenderse. Calibró si de un golpe en la mandíbula podía tumbarlo, pero su primo, a pesar de parecerse mucho a él, era más corpulento, y temía provocarle solo cosquillas. Miró la pared del salón y allí, en una panoplia, encontró la mejor arma con la que podría vencerlo: «la Mac», como conocían todos a la espada que era el orgullo de su familia; pero antes tenía que poder esquivarlo.

—Te dejaré ganar si me prometes que seguirás soltero —se jactó el otro—. ¿Con quién voy a repartirme a las muchachas si te conviertes en exclusivo de una?

—No sé de qué te quejas, podrás quedártelas todas.

Kenneth era hijo de su tío Gilroy; él y Catriona —los gemelos más distintos que había visto en su vida— habían sido los hermanos que nunca tuvo, y Moira, su tía, la madre que no conoció; la suya había muerto poco después de su alumbramiento. Los chicos, a pesar de rivalizar en casi todo, se apreciaban mucho, pero que Angus estuviera interesado en la hija de Stewart sacaba de quicio a su primo y no dejaba pasar ninguna ocasión para emborronar su felicidad.

—No se merece tu sacrificio.

—Lo dices porque no conoces qué es el amor —refutó.

—Eso a lo que llamas amor es calentura —se jactó Ken y lo instigó con el arma que blandía.

Angus hizo un requiebro de cadera, le mostró que correría hacia un lado y se dirigió a otro, asió la claymore legendaria que presidía la sala y lo enfrentó con un exquisito juego de muñecas.

Era fuerte, aquella espada precisaba de las dos manos para sujetarse. Consiguió algunos lances, esquivó y frenó otros tantos, pero lo que detuvo el combate fue un grito severo que resonó entre aquellas paredes con verdadera cólera.

—¡Por los muertos de Culloden!

Se detuvo en seco; pero Kenneth fue arriesgado y apoyó la punta del acero que empuñaba en su pecho, cuando él bajó el arma.

—Tocado y vencido —se jactó el primo.

Con pasos ligeros, Darach, el hermano del abuelo, se acercó a ellos, derribó al primo de un empujón y a él le arrebató la espada. La supervisó con ojos críticos, como si aquellas estocadas pudieran erosionarla. Luego, con un gesto violento, trató de golpearlo. Una mano fuerte sujetó el puño que, sin duda, le habría amoratado un ojo.

—¡Darach! Le dije una vez que no volviera a poner las manos sobre mi hijo.

Reed McDonald tenía los ojos inyectados de furia clavados en su tío, y este dio un paso atrás, pero no cambió la expresión hosca. De complexión fuerte, el tío abuelo siempre había sido severo y estricto en las normas. Kenneth se levantó y se colocó junto a su primo.

—Este muchacho tuyo es un insensato —se justificó Darach receloso—. Esta espada es sagrada. La protegió mi abuelo con su vida y mi propio padre la rescató de debajo de su cuerpo entre la sangre, las piedras y el barro cuando era un niño. Se arrastró sobre los muertos que cubrían el páramo para recuperarla. Aquella era su misión y no defraudó a su padre ni a su mermada familia, que la escondieron arriesgando sus vidas. ¡¿Por qué demonios deshonráis con vuestros juegos su memoria?! —Los miró con rabia y luego se dirigió a Reed—. Llévatela y revisa que esté perfecta para mañana.

Kenneth y Angus se miraron avergonzados, habían crecido con aquella historia. El tío abuelo se marchó a grandes zancadas; Calder Dunn, el jefe del consejo que había observado la escena sin intervenir, les dedicó una mirada reprobatoria antes de desaparecer también de la estancia.

Reed cogió el arma y la observó, escudriñándola con el ojo del maestro formado entre la fragua y el fuego. Allí, junto al fogón en que se caldeaban los metales para después forjarlos, había encontrado la paz cuando murió su esposa, y Dougal Branningan, el herrero de Dalavich, le había enseñado todo lo que sabía. Angus también había pasado muchas horas en la forja. De niño, a menudo se quedaba dormido en el suelo, esperándolo.

Angus contempló a su padre, se conocía de memoria todas las aristas de la espada y no dudó de que estuviera perfecta. La había fabricado su tatarabuelo, a semejanza de otra más antigua, del Renacimiento, y combatió en Culloden, la batalla que sometió a los orgullosos highlanders y puso fin al dominio de los clanes. Tenía doble filo, una empuñadura de gran longitud con dos brazos simétricos, rematados por dos capiteles decorativos en los que su antepasado había grabado sendos yggdrasil, el árbol de la vida. Uno de aquellos brazos aún conservaba la marca hecha por una espada enemiga. Los extremos formaban un vértice triangular con un fuerte gavilán en la punta, que posibilitaba, a quien la esgrimía, desarmar a su oponente. Sobre la hoja, en la parte más cercana a la empuñadura se podía leer, dentro de un rosetón, las letras:

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