Loading...

EL FUTURO TIENE TU NOMBRE

Brenna Watson  

4


Fragmento

Contenido Portadilla Créditos Dedicatoria 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 Epílogo

A mi abuela Irene,

de quien heredé los sueños y

el amor por las palabras.

1

Inglaterra, 1820

«Ojalá se caiga del caballo y se rompa el cuello —pensó Marian—. Ojalá le alcance un rayo y lo parta por la mitad». Se odiaba a sí misma por tener ese tipo de pensamientos, que seguro la conducirían derechita al infierno en cuanto sus días en la Tierra hubieran concluido. Al paso que iba, eso no iba a tardar mucho en suceder.

Se quitó el camisón y lo dejó sobre la cama revuelta. Luego se volvió y contempló su delgado cuerpo reflejado en la superficie del espejo. El moratón del muslo había comenzado a adquirir un tono amarillento, igual que el que adornaba su costado derecho. En el brazo izquierdo resaltaba, casi como una ofensa, el más reciente, al que hacía compañía uno de igual color en la muñeca. Odiaba aquella maldita vara que siempre llevaba encima el barón. Ya había perdido la cuenta de todas las señales que habían adornado su cuerpo durante los seis últimos años. Al final todas acababan desapareciendo, excepto aquellas que habían horadado su piel hasta hacerla sangrar. Esas siempre estaban ahí: una cicatriz bajo la ceja izquierda, otra en el mentón, una más en el dorso de la mano derecha y otra que cruzaba su espalda de lado a lado, la más dolorosa de todas y también la más antigua. Esa la había recibido la primera vez que trató de escapar de aquella casa.

Se dio cuenta de que había pasado demasiado tiempo contemplando su paliducho cuerpo en el espejo. Si no se apresuraba no tardaría en recibir algún otro tipo de castigo y los golpes recibidos la noche anterior aún dolían demasiado. Se vistió a toda prisa su ropa sencilla y se peinó con presteza. Hacía tiempo que había renunciado a disponer de doncella; que una extraña pudiera ser testigo de su sufrimiento le producía dolor de estómago. No le quedaba otro remedio que aguantar. Debía hacerlo por Richard.

Bajó presurosa la escalera y en el recibidor se encontró con su cuñada, lady Hamilton, que le lanzó una mirada despectiva que conocía demasiado bien. El tono de su voz, tan agudo y chirriante que le erizaba la piel, barrió de golpe el sol que entraba por los ventanales.

—Es tarde, Marian. Muy tarde. Por tu culpa se enfriará el desayuno y eso es algo que no se puede consentir. En esta casa hay unas reglas y deben acatarse. —El tono de voz bajó una octava—. Ya lo sabes.

—Sí, lady Hamilton —contestó cabizbaja. Jamás, en los seis años que hacía que había desposado al barón de Hartford, se había atrevido a llamar a su cuñada por el nombre de pila. Aquella mujer podría ser su madre, incluso su abuela, y, en otras circunstancias, habría resultado un alivio contar con una aliada en la casa. Pero Ellen Hamilton era tan cruel y déspota como su hermano. De hecho, el moratón que marcaba su costado era obra suya, por no haber supervisado con suficiente esmero la cena del jueves anterior.

—Mi hermano ya ha salido a caballo —anunció irguiéndose y precediéndola hasta el comedor—. Debía inspeccionar unas tierras al norte de la propiedad y ha decidido no esperarnos.

—Está bien, milady —asintió Marian, feliz de no tener que contemplar el rostro de su marido esa mañana.

Ambas comieron en silencio. Marian apenas probó uno de los panecillos, que pellizcaba sumida en sus pensamientos.

—¡Vaya manera de desperdiciar la comida! —espetó su cuñada con acritud—. ¡Cómo se nota que tú no tienes que pagarla!

—Discúlpeme, milady —susurró la joven tratando de volver a concentrarse en su plato.

En realidad le habría encantado poder responderle, decirle que hubiera preferido morir de hambre antes que compartir un pedazo de pan con ella; que, ciertamente, no había pagado un penique por la comida que entraba en aquella casa, pero que, en cambio, había pagado con creces su derecho a desmenuzar un panecillo a la hora del desayuno. Volvió a pensar en Richard, y se preguntó qué estaría haciendo y si al menos él era feliz.

Reprimió con un gesto de la cabeza las lágrimas que amenazaban con subir por su garganta, como si de ese modo pudiera ahuyentarlas. Lady Hamilton le dirigió una mirada reprobatoria mientras sorbía un poco de té, frunciendo aquellos pálidos y rígidos labios en un mohín que a Marian le producía arcadas.

Estaban a punto de finalizar cuando se oyó el ruido de la puerta en el exterior y una serie de voces airadas. Se preguntó a qué se debía el alboroto y temió que alguno de los criados hubiese sufrido la ira del señor. Al paso que iban pronto no habría en Inglaterra personal disponible para el barón de Hartford. En el tiempo que llevaba allí, había conocido a siete mayordomos, cinco cocineras, cuatro palafreneros y un número interminable de sirvientes y criados. Nadie aguantaba mucho tiempo bajo el mando del barón y todos acababan escapando. Incluso ella lo había intentado, dos veces.

Lady Hamilton se irguió y dirigió su mirada hacia la puerta del comedor, como si con ella pudiera atravesar la gruesa madera y fulminar a quien estuviera interrumpiendo el desayuno. Marian observó durante un instante el rígido moño que siempre adornaba la coronilla de su cuñada, obra de su doncella. Se preguntó si no le dolería la cabeza de llevar el pelo tan estirado hacia atrás. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando la puerta se abrió con brusquedad y el caballerizo apareció en el umbral.

—Pero ¡¿cómo se atreve?! —chilló lady Hamilton, colocando ambas manos sobre la mesa, dispuesta a levantarse.

El gesto quedó interrumpido cuando observó el rostro desencajado del hombre, vacilante en el umbral. Las miraba a ambas de forma alternativa, como si no supiera a quién dirigirse. Tal vez así fuera, apenas llevaba tres semanas en la casa. Finalmente decidió optar por la señora mayor, que parecía tener más autoridad.

—Es el señor —balbuceó—. Se ha caído del caballo. Parece estar muy grave...

Lady Hamilton se incorporó como si su silla hubiera entrado en combustión espontánea y cruzó unas palabras con el hombre, que hacía gestos y respondía como buenamente podía. Pero Marian fue incapaz de oír ni una sola de ellas. Otras, mucho más sonoras, habían llenado su cerebro: «Perdóname, Dios mío. Perdóname».

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta

Información básica sobre Protección de Datos

En Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U , trataremos tus datos personales sólo bajo tu expreso consentimiento para la prestación del servicio solicitado al registrase en nuestra plataforma web y/o para otras finalidades específicas que nos haya autorizado.
La finalidad de este tratamiento es para la gestión del servicio solicitado e informarte sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos. Por nuestra parte nunca se cederán tus datos a terceros, salvo obligación legal.
En cualquier momento puedes contactar con nuestro Delegado de Protección de Datos a través del correo lopd@penguinrandomhouse.com y hacer valer tus derechos de acceso, rectificación, y supresión, así como otros derechos explicados en nuestra política que puede consultar en el siguiente enlace