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EL GENUINO SABOR

Mercedes Cebrián  

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Fragmento

EL CONTINENTE

El Ministerio de Asuntos Exteriores asigna destinos a los miemIbros del cuerpo diplomático, y, pum, cada uno de los seleccionados sale disparado rumbo a la ciudad que le toca según sus méritos y años de servicio. Comienza un carrusel de gestiones para ellos, pues al diplomático le permiten, o más bien le ordenan, acarrear su vida entera a otro sitio, llevarse consigo sus libros, sus muebles más queridos, su ropa de cama y mesa, e incluso a su propia familia. Hay que contratar camiones de mudanza, hacer un inventario de lo que uno decide transportar, supervisar el proceso de empaquetado, ver dónde se guarda lo que uno deja atrás.

La esposa de un diplomático de carrera sabe que esto le esperará repetidas veces a lo largo de su vida; lo sabe y lo paladea («¿Qué hacemos con los juegos de sábanas de hilo; compramos allí unos nuevos?», «¿De verdad quieres que nos llevemos las dos mesillas de noche?»). Igual que haberse casado con un torero no es, pero casi: al principio al diplomático lo destinan a enclaves difíciles y conflictivos que nadie elegiría motu proprio: Kinshasa, Abiyán, Islamabad… A países donde hay que vestir el uniforme del no-parecer para mezclarse con los lugareños sin sobresaltos: unos vaqueros, una cazadora negra, unas botas marrones discretas o, en lugares de primavera perpetua, unas sandalias de cuero. Aun así, una flecha invisible se desplazará junto a ellos señalándolos en todo momento, designándolos inevitablemente como forasteros.

La cosa mejora años después: tras el periplo por Argel o Nairobi, los destinos les acercan más a una Europa periférica –Letonia, Hungría, Malta– o a países importantes de América Latina como México, Argentina o Brasil. Pero no será hasta mucho tiempo después, una vez que sus hijos hayan concluido su educación en los Lycées Français o American Schools de todo el planeta, cuando los destinos más golosos les serán ofrecidos. Los lugares exentos de males endémicos, de mosquitos transmisores de enfermedades; las metrópolis oficiales del mundo, desbordantes de arte y de cultura: Londres, Berlín o Nueva York, esas que están siempre en la mente de todos.

«Qué bien vive esta gente», es el comentario casi inevitable de muchos cuando la conversación gira en torno a embajadores y cónsules.

Almudena fantaseaba de pequeña con tener un marido diplomático en el futuro para así viajar a todas partes. En el salón de casa de sus padres hacía girar el descomunal globo terráqueo que escondía en su interior un mueble bar repleto de botellas y, en plena rotación, situaba el dedo al azar sobre un punto de la superficie abombada que reproducía fielmente el estilo cartográfico de Juan de la Cosa.

No era válido el resultado si el dedo se posaba en medio del océano, pero tampoco si caía sobre Huelva, o en alguna zona cercana a Soria, aunque ambos lugares se considerasen tierra firme. A los diez años, su idea de ver mundo no era permanecer en esa península que figuraba, en formato cartel, colgada por doquier en las aulas donde pasaba sus días escolares, así que aprendió a trucar lo arbitrario y a dirigir su dedo hacia las zonas más altas de la bola que giraba sobre su eje, o a situarlo bajo la estructura de madera que enmarcaba el globo a la altura del ecuador; de este modo tenía la garantía de acabar en algún lugar remoto. Para ello, primero había que sacar de la esfera las botellas de whisky, ginebra y otros destilados, y también la gran cubitera forrada de cuero negro. De no hacerlo, el mundo pesaba tanto que conseguir hacerlo girar se convertía en una proeza. Una vez vacío, las vueltas llegaban a ser vertiginosas. Tenía que ver con ese ir «ligero de equipaje» del poema de Machado que, también más o menos por aquel entonces, aprendió de memoria en el colegio.

El dese

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