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EL GLADIADOR (ESPARTACO 1)

Ben Kane  

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NOTA DEL AUTOR

GLOSARIO

Para mi hermano Stephen

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1

Suroeste de Tracia, otoño del 74 a.C.

Cuando el pueblo resultó visible en lo alto de una colina lejana, le embargó la alegría. El trayecto desde Bitinia había sido largo. Tenía ampollas en los pies, le dolían los músculos de las piernas y el peso de la cota de malla le provocaba dolor de espalda. El viento frío le azotaba las orejas y se maldijo por no haberse comprado una gorra de piel en el asentamiento por el que había pasado hacía dos días. Siempre se las había apañado con una funda de fieltro y, en caso necesario, un casco de bronce, en vez del típico alopekis tracio de piel de zorro. Pero, dada la crudeza de la climatología, llevar una vestimenta cálida tal vez fuera más importante que ir preparado para la guerra. Por todos los dioses, ¡cuánto anhelaba dormir bajo la comodidad de un techo, a resguardo de los elementos! El viaje desde el campamento romano desde el que lo habían eximido del servicio había durado más de seis semanas y el invierno estaba al caer. Debería haber tardado menos de la mitad de ese tiempo, pero el caballo se había quedado cojo a los dos días de partir. Desde ese momento, había descartado cabalgar. Lo máximo que podía pedirle a la montura para no empeorar la cojera era que cargara el escudo y el equipo.

—A cualquier otro caballo ya lo habría dado en sacrificio para los dioses hace tiempo —dijo, tirando de la cuerda que guiaba al semental blanco que amblaba detrás de él—. Pero me has servido bien estos últimos años, ¿eh? —Sonrió cuando el animal le relinchó—. No, no me quedan manzanas. Pero pronto te daré de comer. Ya casi estamos en casa, gracias al Jinete.

Su hogar. La mera idea le parecía irreal. ¿Qué significaba aquello después de tanto tiempo? Ver a su padre sería lo mejor de todo, aunque para entonces debía de ser un anciano. El viajero había estado ausente durante buena parte de una década, luchando para Roma. Un poder que todos los tracios odiaban, aunque muchos le servían de todas formas. Él había tenido buenos motivos para hacerlo. «Aprender sus costumbres para así luchar contra ellos algún día. Mi padre tuvo una buena idea.» Uno de los actos más difíciles de su vida había sido acatar las órdenes de esos mismos soldados contra los que había luchado, hombres que quizás hubieran matado a su hermano y que sin lugar a dudas habían conquistado su tierra. Pero había valido la pena. Esos hijos de perra le habían proporcionado una cantidad ingente de información. Instruir a los hombres sin compasión, hasta que luchaban como una unidad. Lo vital que era obedecer las órdenes, incluso en el fragor de la batalla. Conseguir que los soldados bien preparados se mantuvieran firmes en las situaciones más extremas. «Disciplina», pensó. Disciplina y organización eran dos de las claves.

«No fue solo el deseo de aprender sus costumbres lo que te hizo marchar del pueblo —añadió su lado combativo—. Tras la última derrota a manos de las legiones, tu tribu se quedó de lo más intimidada. Ya no existía la posibilidad de luchar contra nadie, y mucho menos Roma. Eres un guerrero que sigue al dios jinete. Te encanta la guerra. El derramamiento de sangre. Matar. Alistarte en el ejército romano te brindó la oportunidad de participar en campañas infinitas. A pesar de todo lo que le han hecho a tu pueblo, te resultó placentero librar guerras junto a ellos.»

«Ahora ya estoy más que harto. Ha llegado el momento de sentar la cabeza. Encontrar a una mujer. Formar una familia.» Sonrió. En otro momento se habría burlado de tales ideas. Ahora le resultaban atrayentes. Durante su servicio en las legiones, había visto cosas capaces de encanecer a un hombre. Se había acostumbrado a ellas, en el fragor de la batalla se había comportado igual, pero saquear campos y pueblos indefensos y ver violar a mujeres y asesinar a niños no le parecía especialmente bien.

—Me conformaré durante un tiempo con planificar el ataque a Roma. Ya se me volverá a presentar la oportunidad de ir a la guerra —le dijo al semental—. Mientras tanto, necesito a una buena mujer tracia que me dé un montón de hijos.

El animal le mordisqueó el codo a la espera de un premio.

—Si quieres un poco de cebada, mueve el culo —le dijo con un gruñido cariñoso—. No pienso parar a darte un morral tan cerca del pueblo.

Por encima de él, a su izquierda, algo hizo caer un fragmento de roca, y maldijo en silencio por haberse distraído. El hecho de que no hubiera encontrado a nadie por el camino de tierra no significaba que fuera seguro. De todos modos, los dioses le habían sonreído durante el viaje desde Bitinia. En aquella época la mayoría de los tracios evitaban el duro clima y se dedicaban a lubricar y almacenar las armas para prepararse para la siguiente temporada de campañas. Para un viajero solitario era la mejor época.

«He tenido suerte de no haberme encontrado con bandidos hasta el momento. Suelen estar cerca de mi pueblo, los puñeteros. Espero que no haya demasiados.» Fingió estirar los hombros y hacer círculos con la cabeza para mirar furtivamente a ambos lados. Tres hombres, cuatro quizá, le observaban desde sus escondrijos en las pendientes rocosas que bordeaban el camino de tierra. Teniendo en cuenta que estaban en Tracia, resultaba sorprendente que fueran armados con jabalinas. Lanzó una mirada al casco de bronce que colgaba del costal de los cuartos traseros del semental y decidió no cogerlo. Había pocos peltastas capaces de alcanzar a un hombre en la cabeza. En cuanto al escudo, pues bueno, podía cogerlo mientras las primeras jabalinas surcaran el aire. Si le alcanzaban, la cota de malla probablemente le protegiera. Tardaría demasiado en desatar la lanza. Lucharía contra ellos con la sica, la espada curvada tracia que llevaba colgada del cinturón dorado. Eran contratiempos aceptables, decidió. Siempre y cuando los bandidos no fueran tiradores expertos. «Gran Jinete, protégeme con la espada a punto.»

—Sé que estáis ahí —llamó—. No hace falta que os escondáis.

Se oyó una risotada áspera. Uno de los bandidos se incorporó a unos treinta pasos de distancia. Unos ojos despiadados observaban al viajero desde un rostro estrecho surcado por cicatrices. La capa de lana bordada se abrió y dejó entrever una túnica raída hasta la altura de los muslos. Iba tocado con una gorra de piel de zorro grasienta. Tenía las piernas raquíticas y las botas altas de piel de becerro habían visto días mejores. En la mano izquierda llevaba un pelte típico, que era un escudo en forma de medialuna, y detrás una jabalina de repuesto; en la derecha otra lanza ligera inclinada y lista para lanzar.

«Ninguna armadura y, aparte de las jabalinas, nada más que un puñal en el cinturón —observó el viajero—. Bien. Sus amigos no irán mejor armados.»

—Llevas un buen semental —dijo el matón—. Lástima que esté cojo.

—Sí, si no estuviera cojo, tú y tus compinches me habríais confundido con una nube de polvo.

—Pero lo está, así que vas a pie y solo —dijo con desprecio una segunda voz.

El viajero alzó la vista. Quien había hablado era mayor que el primer hombre, con el rostro arrugado y pelo encanecido. La ropa de punto de cáñamo estaba igual de raída, pero su mirada desasosegante transmitía un hambre voraz. Por pobre que fuera, el escudo circular que llevaba era bueno y parecía haberle dado un buen uso a la jabalina del puño derecho. Era el más peligroso. El líder.

—Supongo que

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