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EL GRITO DE LA TIERRA (TRILOGíA DE LA NUBE BLANCA 3)

Sarah Lark

0


Fragmento

Título original: Der Ruf des Kiwis

Traducción: Susana Andrés

1.ª edición: noviembre 2012

© 2009 by Verlagsgruppe Lübbe by Bastei Lübbe GmbH & Co. KG, Köln

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B.31139-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-287-0

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

A la memoria de Einstein y Marie Curie

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Imágenes

Formación

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Los paraísos perdidos

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La guerra

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Largos caminos

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La paz

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Epílogo y agradecimientos

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FORMACIÓN

Llanuras de Canterbury, Greymouth,

Christchurch, Cambridge

1907 - 1908 - 1909

1

—¡Una carrera! ¡Ven, Jack, hasta el Anillo de los Guerreros de Piedra!

Sin esperar siquiera a que Jack contestara, Gloria colocó su poni alazán en posición de salida junto al caballo del joven. Cuando este asintió resignado, Gloria presionó ligeramente con las rodillas a la pequeña yegua y esta salió disparada.

Jack McKenzie, un muchacho de cabello rizado y cobrizo, y ojos serenos de un verde pardo, puso también al galope su caballo y siguió a la joven por el pastizal casi infinito de Kiward Station. Jack no tenía la menor posibilidad de alcanzar a Gloria con su fuerte aunque más lento cobwallach. Él mismo era demasiado alto como yóquey, pero accedía a competir para que la pequeña disfrutara. Gloria estaba muy orgullosa del poni procedente de Inglaterra, más veloz que un rayo, que parecía un purasangre en pequeño formato. Por lo que Jack alcanzaba a recordar, ese había sido el primer regalo de cumpleaños de los padres de Gloria que a ella la había hecho feliz de verdad. El contenido de los paquetes que de vez en cuando llegaban desde Europa para la niña no solía tener mucho éxito: un vestido de volantes con abanico y castañuelas de Sevilla, unos zapatitos dorados de Milán, un diminuto bolso de mano de piel de avestruz de París..., cosas todas ellas que en una granja de ovejas de Nueva Zelanda carecían de especial utilidad y que resultaban incluso demasiado estrafalarias para lucir durante las visitas esporádicas a Christchurch.

No obstante, los padres de Gloria ni se lo planteaban, más bien al contrario. Era probable que a William y Kura Martyn les pareciese divertido el hecho de sorprender a la poco mundana sociedad de las llanuras de Canterbury con un soplo del «Gran Mundo». Los dos eran muy poco dados a la contención y la timidez, y daban por supuesto que su hija se les parecía.

Mientras Jack corría por atajos y a una peligrosa velocidad para al menos no perder de vista a la pequeña, pensaba en la madre de Gloria. Kura-maro-tini, la hija de su hermanastro Paul Warden, era una belleza exótica, dotada de una voz extraordinaria. Debía su sentido musical a su madre, la cantante maorí Marama, más que a sus parientes blancos. Desde temprana edad, Kura había abrigado el deseo de conquistar el mundo operístico en Europa y había perseverado en educar la voz. Jack, que había crecido con ella en Kiward Station, todavía recordaba con horror los ejercicios de canto y el teclear, se diría que eterno, de Kura. Al principio había parecido que en la rústica Nueva Zelanda no había la menor posibilidad de que los sueños de la joven se cumplieran, hasta que por fin encontró en William Martyn, su esposo, al admirador que supo sacar partido de su talento. Ambos llevaban años de gira por Europa con una compañía de cantantes y bailarines maoríes. Kura era la estrella de un grupo que convertía la música maorí tradicional en caprichosas interpretaciones con instrumentos occidentales.

—¡Campeona! —Gloria detuvo con maestría su brioso poni en medio de la formación pétrea conocida como el Anillo de los Guerreros de Piedra—. ¡Y ahí detrás están también las ovejas!

El pequeño rebaño de ovejas madre era la auténtica razón de que Jack y Gloria hubiesen salido a cabalgar. Los animales se habían instalado por su propia cuenta en un pastizal de un terreno cercano al círculo de piedras que la tribu local de maoríes consideraba sagrado. Gwyneira McKenzie-Warden, que dirigía la granja, respetaba las creencias religiosas de los indígenas, aunque las tierras pertenecían a Kiward Station. Había pastos suficientes para las ovejas y las vacas, por lo que los animales no tenían que andar retozando por los lugares sagrados maoríes. De ahí que hubiese pedido a Jack durante la comida que saliera a buscar a las ovejas, lo que suscitó la enérgica protesta de Gloria.

—¡Eso ya puedo hacerlo yo, abuela! Nimue todavía tiene que aprender.

Desde que Gloria había adiestrado a su propio perro pastor, lo estimulaba para que realizara tareas cada vez más importantes en la granja, lo cual causaba una gran satisfacción en Gwyneira. También en esta ocasión sonrió a su bisnieta y mostró su conformidad.

—De acuerdo, pero Jack te acompañará —decidió, si bien ni ella misma se explicaba por qué no permitía que la niña fuera sola en su caballo. En el fondo no había ningún motivo de preocupación: Gloria conocía la granja como la palma de su mano y todas las personas de Kiward Station conocían y querían a la niña.

Gwyneira jamás había sobreprotegido a sus propios hijos de ese modo. Su hija mayor, Fleurette, a los ocho años recorría sola más de seis kilómetros para llegar a la pequeña escuela que dirigía Helen, la amiga de Gwyneira, en una granja vecina. Pero Gloria era distinta. Todas las esperanzas de Gwyneira estaban depositadas en la única heredera reconocida de Kiward Station. Solo por las venas de Gloria y de Kura-maro-tini corría la sangre de los Warden, los auténticos fundadores de la granja. Además, Marama, la madre de Kura, procedía de la tribu maorí local, de ahí que también los indígenas aceptaran a la niña. Eso era importante, pues entre Tonga, el jefe tribal de los ngai tahu, y los Warden existía desde hacía años una gran rivalidad. Tonga esperaba reforzar su influencia sobre el territorio mediante un enlace entre Gloria y un maorí de su tribu, estrategia esta que ya había fallado con Kura, la madre de Gloria. Y hasta la fecha la muchacha no mostraba gran interés por la vida y la cultura de las tribus. Por supuesto, hablaba maorí con fluidez y escuchaba con atención las sagas y leyendas antiquísimas de su pueblo que su abuela Marama le explicaba; sin embargo, solo se sentía unida a Gwyneira, al segundo marido de esta, James McKenzie, y sobre todo al hijo de ambos, Jack.

La relación entre Jack y Gloria siempre había sido especial. El joven era quince años mayor que su sobrina nieta por parte de su hermanastro, y en la primera infancia de la niña la había protegido más que nadie frente a los cambios de humor y la indiferencia de sus padres. A Jack nunca le había gustado Kura ni su música, pero a Gloria la quiso desde la primera vez que la niña lloró, literalmente, como solía bromear James. El bebé acostumbraba ponerse a berrear a pleno pulmón en cuanto Kura pulsaba una tecla del piano. Jack entendía a la pequeña perfectamente y la llevaba consigo como si fuera un cachorrito.

Entretanto, no solo Jack había llegado al círculo de piedras, sino también la perrita de Gloria, Nimue. La border collie jadeaba y miraba a su ama casi con aire de reproche. No le gustaba nada que Gloria fuera a galope tendido. Vivía más feliz antes de la llegada de ese poni inglés, tan sumamente veloz. No obstante, se calmó y salió corriendo cuando Gloria, con un fuerte silbido, le pidió que reuniera las ovejas que se habían dispersado por entre las piedras. Bajo la complacida mirada de Jack y de su orgullosa ama, Nimue agrupó a los animales y esperó nuevas órdenes. Gloria condujo con destreza el rebaño hacia casa.

—¿Lo ves? ¡Habría podido hacerlo yo sola! —afirmó resplandeciente y con un tono triunfal dirigiéndose a Jack—. ¿Se lo contarás a la abuela?

El joven asintió con aire serio.

—Claro, Glory. Estará orgullosa de ti. ¡Y de Nimue!

Más de cincuenta años atrás, Gwyneira McKenzie había introducido los primeros border collies originarios de Gales en Nueva Zelanda, donde había seguido criándolos y adiestrándolos. Se sentía dichosa al ver a Gloria manejarlos con tanta habilidad.

Andy McAran, el anciano capataz de la granja, observaba a Jack y Gloria mientras estos metían las ovejas en el redil donde él estaba trajinando. Hacía mucho que McAran habría tenido que dejar de trabajar, pero le gustaba ocuparse de la granja y casi cada día seguía ensillando el caballo para cabalgar a Kiward Station desde Haldon. A su mujer no le gustaba nada que lo hiciera, pero eso no lo arredraba; más bien al contrario. Se había casado tarde y nunca se acostumbraría a que otra persona le diera órdenes.

—Casi me parece estar viendo a la señorita Gwyn. —El anciano sonrió de forma aprobatoria cuando Gloria cerró la puerta detrás de las ovejas—. Solo falta el cabello rojo y...

Andy no mencionó el resto; a fin de cuentas, no quería que Gloria se molestase. Jack, sin embargo, había oído observaciones similares con demasiada frecuencia como para no saber qué estaba pensando Andy: el viejo anciano lamentaba que Gloria no hubiese heredado de su bisabuela la complexión menuda, casi propia de un elfo, así como tampoco el rostro hermoso y fino, algo extraño, puesto que Gwyneira había legado sus rizos rojos y su estilizada silueta a casi todas las demás descendientes femeninas. Gloria había salido a los Warden: rostro anguloso, los ojos un poco demasiado juntos y los labios bien delineados. Más que enmarcar grácilmente su rostro, los numerosos rizos de color castaño claro parecían sofocarlo. Tal indómita abundancia de cabello era un fastidio, por lo que, ya harta, hacía unos seis meses la muchacha se había cortado el cabello en un arrebato. Por supuesto, todos se burlaron de ella preguntándole si quería convertirse en «todo un hombre» (ya antes había conseguido unos pantalones de montar de los que su abuela Marama confeccionaba para los jóvenes maoríes), pero en opinión de Jack a Gloria el nuevo peinado le quedaba de maravilla y los pantalones anchos de jinete le caían mejor a su cuerpo robusto, algo regordete, que los vestidos. En cuanto a complexión, Gloria se parecía más a sus antepasados maoríes. Nunca le sentaría bien la moda de corte occidental.

—De hecho, la chica no ha sacado nada en absoluto de su madre —observó en ese momento James McKenzie.

Había contemplado la llegada de Jack y Gloria desde el balcón del dormitorio de Gwyneira. Con el tiempo, le había tomado el gusto a sentarse allí: prefería ese mirador al aire libre que las butacas, más cómodas, del salón. Hacía poco que James había cumplido ochenta años y se resentía de ello. Desde hacía un tiempo le dolían las articulaciones, lo que limitaba su libertad de movimientos. Sin embargo, odiaba servirse de un bastón. Se resistía a admitir que la escalera que conducía al salón cada vez le suponía un obstáculo mayor, así que prefería convencerse de que desde su observatorio controlaba mejor lo que sucedía en la granja.

Gywneira incluso afirmaba que James nunca se había sentido realmente bien en el acogedor salón de Kiward Station. Su mundo seguía estando en las dependencias de los empleados. Solo por Gwyn se había resignado a residir en la suntuosa mansión y criar ahí a su hijo. James habría preferido construir una casa de madera a su familia y sentarse delante del fuego de una chimenea que habría alimentado con la leña que él mismo habría cortado. Ese sueño, no obstante, iba perdiendo su atractivo a medida que envejecía. A esas alturas encontraba agradable disfrutar simplemente del fuego que alimentaban los sirvientes de Gwyneira.

Gwyneira le puso la mano en el hombro y bajó a su vez la mirada hacia Gloria y su hijo.

—Es preciosa —declaró—. Ojalá un día encuentre al hombre adecuado...

James levantó la vista al cielo.

—¡No empecemos! —gimió—. Gracias a Dios, todavía no le preocupan los chicos. Cuando pienso en Kura y ese muchacho maorí que tantos dolores de cabeza te dio... ¿Qué edad tenía entonces? ¿Trece?

—¡Era una niña precoz! —exclamó Gwyneira, defendiendo a su nieta. Siempre había querido a Kura—. Sé que no le tienes un cariño especial, pero en el fondo su problema residía solo en que no se encontraba a gusto aquí.

Gwyneira se cepilló la melena antes de recogérsela. Todavía la tenía larga y rizada, aunque el cabello blanco iba imponiéndose por encima del rojo. Salvo por eso, apenas si se percibía en ella el paso de los años. A punto de cumplir los setenta y tres, Gwyneira McKenzie-Warden conservaba la esbeltez de la juventud. Aun así, con el tiempo su rostro había enflaquecido y lo recorrían unas pequeñas arrugas, porque nunca se había protegido de las inclemencias del tiempo. No le atraía la vida de una dama de la alta sociedad y, pese a todas las peripecias de su existencia, consideraba un golpe de suerte haber abandonado la noble casa familiar de Gales a la edad de diecisiete años para emprender la arriesgada aventura de contraer matrimonio en un nuevo mundo.

—El problema de Kura residía en que nadie le negó nada cuando todavía era capaz de aprender —farfulló James. Habían discutido sobre Kura miles de veces. En realidad, era el único punto de conflicto en el matrimonio de James y Gwyneira.

Gwyn agitó la cabeza con despecho.

—Otra vez lo dices como si yo hubiera tenido miedo de Kura —replicó de mal humor. Tampoco era nuevo ese reproche, si bien no había surgido de James, sino de la amiga de Gwyn, Helen O’Keefe. Solo de pensar en Helen, que había fallecido el año anterior, Gwyneira sintió una punzada de dolor.

James levantó las cejas.

—¿Miedo de Kura? ¡Jamás de los jamases! —respondió, burlándose de su esposa—. Por eso llevas tres horas deslizando de un lado a otro de la mesa la carta que el viejo Andy te ha traído. ¡Ábrela de una vez, Gwyn! Kura está a casi veinte mil kilómetros. ¡No te morderá!

Andy McAran y su esposa vivían en Haldon, la pequeña población vecina en cuya oficina de correos se depositaba la correspondencia para Kiward Station, y a Andy no le importaba hacer de cartero cuando llegaban cartas de ultramar. Por el contrario, siempre esperaba oír —como todos los correveidiles de Haldon, ya fueran hombres o mujeres— algún chisme sobre la exótica vida artística de la extraordinaria heredera de los Warden. James o Jack, a su vez, no escondían las novedades sobre la singular vida de Kura, y Gwyneira no solía tomar medidas contra ello. A fin de cuentas, la mayoría de las veces las noticias eran buenas: Kura y William eran felices, las entradas de las funciones se agotaban y una gira seguía a la otra. En Haldon, por supuesto, la gente rumoreaba. ¿Seguía William siendo fiel a Kura cuando ya llevaban casi diez años juntos? Y si el matrimonio era de verdad tan perfecto, ¿por qué no había sido bendecido con más descendencia?

A Gwyneira, que en esos momentos abría con dedos temblorosos el sobre, esta vez sellado en Londres, todo eso le daba igual. En el fondo solo le interesaba el comportamiento de Kura hacia Gloria. Hasta el momento había sido indiferente, y Gwyneira rogaba para que siguiera así.

En esta ocasión, sin embargo, James ya sospechó, por el modo en que su esposa leía, que la carta contenía noticias más inquietantes que las anécdotas, siempre celebérrimas, acerca del «Haka meets Piano». James lo había intuido cuando no reconoció la picuda caligrafía de Kura en el sobre, sino la fluida letra de William Martyn.

—Quieren llevarse a Gloria a Inglaterra —anunció Gwyneira con voz ronca cuando dejó caer la carta—. Por lo visto... —Gwyn buscó las palabras de William—, aprecian la formación que le hemos dado, pero les preocupa el hecho de que el «lado creativo y artístico» de Gloria no reciba aquí estímulo suficiente. James, ¡Gloria no tiene ningún lado creativo y artístico!

—Gracias a Dios —apostilló James—. ¡Y cómo piensan esos dos despertar ahora a esa nueva Gloria? ¿Se irá con ellos de gira? ¿Cantará, bailará? ¿Tocará la flauta?

El virtuoso dominio de la flauta putorino constituía uno de los puntos destacados del programa de Kura y, naturalmente, Gloria también poseía uno de esos instrumentos. La niña no había conseguido tocar ni una sola vez sin errores una de las «voces normales» de la flauta, lo cual ya había sido motivo de pesar para su abuela Marama, de manera que no cabía ni mencionar la famosa wairua, la voz de los espíritus.

—No, quieren meterla en un internado. Escucha: «Hemos elegido una pequeña escuela, situada en un paraje idílico cerca de Cambridge, que proporciona una amplia formación femenina, en especial en los ámbitos intelectual y artístico...» —leyó Gwyneira en voz alta—. ¡Formación femenina! ¿Qué se entiende por esto? —masculló enfadada.

James rio.

—¿Cocinar, amasar el pan, bordar? —sugirió—. ¿Francés? ¿Tocar el piano?

Se diría que Gwyneira estaba sufriendo una tortura. Al ser hija de un miembro de la nobleza rural, no se había librado de ninguna de esas disciplinas, aunque, por fortuna, los Silkham nunca habían tenido dinero suficiente para enviar a sus hijas a un internado. De ahí que Gwyn hubiera podido escapar de las peores aberraciones para dedicarse al aprendizaje de cosas útiles, como montar a caballo o adiestrar perros pastores.

James se puso trabajosamente en pie y la abrazó.

—Venga, Gwyn, no será tan horrible. Desde que circulan las embarcaciones de vapor, los viajes a Inglaterra se hacen como si nada. Mucha gente envía a sus hijos al internado. A Gloria tampoco le perjudicará ver un poco de mundo. Y dicen que el paisaje de Cambridge es precioso, como aquí. Gloria estará con chicas de su misma edad y jugará a hockey o lo que se lleve... De acuerdo, cuando salga a caballo tendrá que apañárselas con la silla de amazona. Tampoco le irá mal saber cómo comportarse en sociedad, teniendo en cuenta que por aquí los barones de la lana cada vez son más elegantes...

La mayoría de las grandes granjas de las llanuras de Canterbury, existentes desde hacía más de cincuenta años, arrojaban pingües beneficios sin exigir un gran esfuerzo de sus propietarios. De este modo, algunos «barones de la lana» de segunda o tercera generación llevaban una vida de distinguidos terratenientes. Aun así, todavía se ponían granjas a la venta que servían de retiro a veteranos de guerra ingleses, merecedores de altas condecoraciones.

Gwyn respiró hondo.

—Debe de haber sido eso —gimió—. No tendría que haber permitido que la fotografiaran con el caballo. Pero ella insistió tanto... ¡Estaba tan contenta con el poni!

James sabía a qué se refería Gwyn: una vez al año armaba todo un jaleo para sacar fotografías de Gloria y enviarlas a sus padres. Por lo general vestía a la muchacha con un traje de domingo de lo más sobrio y aburrido, pero la última vez Gloria había insistido en que la fotogr

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