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EL GUARDIáN (LA GUARDIA DE LOS HIGHLANDERS 3)

Monica McCarty  

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Fragmento

1

Castillo de Dunstaffnage, Argyll, Escocia, 24 de mayo de 1308

«Por favor, que esté ya muerto. Por favor, que todo haya acabado.»

Anna MacDougall soltó la canasta en el suelo y se arrodilló a los pies de su padre, rezando por oír las noticias que pondrían punto y final a esa guerra que había marcado cada uno de los días de su existencia.

Literalmente.

Anna nació en un día señalado de la historia de Escocia: el diecinueve de marzo del año de Nuestro Señor de mil doscientos ochenta y seis. El mismo día en que el rey Alejandro III quiso estar junto a su joven esposa e, ignorando el consejo de sus hombres, cabalgó en aquella noche tormentosa hasta Kinghorn, en Fife, para resbalar por el camino en un acantilado que le llevaría a la muerte. La lujuria del rey dejó al país sin un heredero directo al trono, con un resultado de veintidós años de guerra y de conflictos para determinar quién tenía que portar la corona.

Hubo un momento en el que se disputaban el trono catorce aspirantes. Pero la verdadera batalla siempre estuvo entre los Balliol-Comyn y los Bruce. Cuando Robert Bruce decidió encargarse del tema personalmente y asesinó al líder de sus competidores, John Comyn el Rojo, primo del padre de Anna, se convirtió para siempre en enemigo de sangre de los MacDougall. El desprecio hacia Robert Bruce solo era comparable con el que le inspiraban sus parientes los MacDonald. Las acciones de Bruce obligaron a los MacDougall a una precaria alianza con Inglaterra. Incluso Eduardo Plantagenet era preferible a tener un Bruce en el trono.

Así que rezaba por la muerte de Robert Bruce. Desde el preciso momento en que les llegó la noticia en medio de la contienda de que Bruce estaba en el lecho de muerte aquejado de una misteriosa enfermedad, Anna había rezado para que esta se lo llevara consigo, para que la naturaleza derrotara al enemigo. Por supuesto aquello de rezar por la muerte de un hombre era un pecado horrible. Lo sería rezar por la muerte de cualquier persona, incluso por la de un asesino sanguinario como Robert Bruce. Las monjas de la abadía estarían escandalizadas.

Pero no le importaba. No, si aquello significaba el final de esa maldita guerra olvidada de Dios. Una guerra que ya se había llevado a su hermano junto a su prometida y que se había cobrado su precio no solo en su anciano abuelo, Alexander MacDougall, lord de Argyll, sino también en el hijo de este, John MacDougall, lord de Lorn, el padre de Anna.

Su padre apenas pudo recuperarse de sus recientes dolores en el pecho. No sabía si aguantaría mucho más. Los últimos triunfos de Bruce no hicieron sino empeorar su estado. Era un hombre que odiaba perder.

Costaba creer que solo hiciera un año de que aquel rey Capucha huyera con unos cuantos partidarios y su causa a todas luces perdida. Y sin embargo, el rey fugitivo estaba de vuelta y conseguía redoblar su apuesta por el trono de Escocia, en buena parte gracias a la muerte de Eduardo I de Inglaterra.

Así que, ya fuera pecaminoso o no, Anna rezaba por la muerte de su enemigo. Haría con gusto la penitencia por esos malvados pensamientos si aquello significaba proteger a su padre y a su clan del hombre que quería verlos muertos. Aparte de eso, tal y como las monjas le habían dicho incontables veces antes, jamás estuvo destinada para la vida monacal. Cantaba demasiado. Reía demasiado. Y lo más importante, jamás prestó tanta devoción al Señor como sentía por su familia.

Anna estudió el rostro de su padre, escrutándolo en busca de alguna reacción, en tanto que este abría el sobre de la carta y la leía. Era tal su ansiedad que ni tan siquiera se molestó en llamar a su escribano. Tenía la fortuna de poder encontrarse con él a solas en su cámara justo después de que acabase el consejo con sus hombres. Su madre, que siempre revoloteaba a su alrededor quejándose y dando muestras de su irritación, había salido al jardín a supervisar la recolección de unas hierbas para una nueva tintura sugerida por el sacerdote, que ayudaría a aliviar el encharcamiento de los pulmones de su padre.

Enseguida se percató de que no eran buenas noticias. Un acceso de ira enrojeció el apuesto rostro de su padre, los ojos le brillaron como si tuviera fiebre y frunció la boca hasta adoptar una expresión de disgusto. Era una mirada que inspiraba terror en los corazones de los guerreros más curtidos, pero que en Anna solo provocaba preocupación. Sabía reconocer al padre amoroso que había tras esa ruda fachada de guerrero. Se asió con tanta fuerza al brazo del sillón con forma de trono de su padre q

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