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EL GUERRERO (LA GUARDIA DE LOS HIGHLANDERS 1)

Monica McCarty  

0


Fragmento

1

El «héroe más grande de su raza».

I. F. Grant, hablando de Tormod MacLeod

Castillo de Dunvegan, isla de Skye, día de San Miguel Arcángel, 1305

«Voy a matarlo muy despacio.»

El silencio se adueñó del salón como la quietud expectante que sigue al sonoro chasquido de un trueno, mientras el escribano terminaba de leer la misiva. La veintena de guerreros reunidos en torno al gran salón del castillo de Dunvegan aguardaban la respuesta completamente inmóviles. En sus fieros rostros, vio la indignación y el asombro que él compartía, pero disimulaba bajo una fachada de piedra.

Solo en el estrado, Tormod MacLeod, jefe de los MacLeod, se inclinó hacia delante y traspasó con la mirada al desventurado que leía.

—¿Que hizo qué? —Su tono absolutamente calmado no contribuyó a aliviar la tensión.

El escribano dio un respingo y emitió lo que solo podía describirse como un chillido. La misiva salió volando de su mano y flotó por el aire cargado de humo hasta aterrizar en el suelo cubierto de juncos. Tor plantó el pie sobre el pergamino culpable de su disgusto. Cuando se agachó para recogerlo, distinguió bajo el talón los garabatos familiares de Torquil MacLeod, su hermano gemelo menor que él por tan solo dos minutos.

Apenas se habían extinguido los fuegos provocados por el reciente ataque a la aldea, ¿y su hermano se comportaba así? «Muy despacio», volvió a prometerse, y estrujó el pergamino hasta convertirlo en una pelota.

El escribano logró recuperar el habla, aunque la voz le temblaba al responder a la pregunta de Tor.

—Vu-vuestro he-hermano dice que no puede aca-acatar la negativa del jefe de los Nicolson a entregarle la mano de su hija en matrimonio, y que se ha visto obligado a tomar las riendas del asunto. —El joven clérigo hizo una pausa y se secó el sudor que perlaba su frente con el dorso de la mano—. Didice que su amor...

—¡Basta! —El puño de Tor aterrizó con estrépito en el brazo del trono de madera tallada en un raro arrebato de cólera, que corría por sus venas y lanzaba llamaradas por sus ojos—. Ya... es... suficiente.

El amor tenía que ser, de todas las excusas, la más estúpida para actuar como un idiota. Habría preferido que Torquil se justificara diciendo que Margaret Nicolson era una gran heredera, cosa cierta, y que se había fugado con ella en beneficio del clan; al menos entonces Tor podría haber intentado comprender aquel supremo error de juicio.

Torquil había cometido una imprudencia con la que iba a iniciar una guerra, poniendo en peligro todo aquello por lo que Tor había luchado durante los últimos veinte años. Veinte años atrás su clan se hallaba al borde de la destrucción, primero por la masacre que había segado la vida de gran número de miembros del clan, incluyendo a sus padres, y después por culpa de varios años de hambruna. Pero trabajando con denuedo y determinación, Tor había logrado ponerlo de nuevo todo en pie. El clan volvía a ser fuerte y próspero. Lo último que quería era verlo todo destruido por la guerra. Extraña situación para un hombre que no conocía otra cosa, que había ganado fama y fortuna con la guerra, pero su clan merecía la paz y él estaba dispuesto a dársela.

La reciente sucesión de ataques era ya un feo asunto. Dos veces en el último año se habían presentado hombres al amparo de la noche para robar ganado, saquear las cosechas y quemar los campos. Eran los típicos actos de cobardía a que estaban acostumbrados los MacRuairi. Si en verdad habían roto la tregua, Tor se aseguraría de que lo pagaran con creces.

Pero primero debía ocuparse de la amenaza más inmediata: tenía que hallar el modo de aplacar a Nicolson y de evitar la guerra. Apretó los dientes con expresión severa, medio tentado de arrastrar a su hermano encadenado hasta los pies de Nicolson. Tal vez sirviera para apaciguar a este último.

Antes se dejaría colgar que desempeñar el papel de Héctor para el enamorado Torquil en su papel de Paris, y permitir que su clan sufriera la misma suerte que los troyanos. Había muchas razones para enzarzarse en una guerra, pero una mujer no era una de ellas.

Tor hizo un esfuerzo por dominar su ira. No perdió el control. Aunque resultaba difícil de creer viendo cómo temblaba el pobre y aterrorizado clérigo.

Tor entrecerró los ojos bajo el peso de su ceño al observar al escribano. John era su nombre, pensó. El clérigo no era de la clase de hombres que causaban una gran impresión. De estatura mediana y complexión delgada, con el pelo liso y castaño oscuro cortado en arco alrededor del rostro liso y sin una sola cicatriz, y unas facciones regulares, aunque anodinas, parecía el hombre perfecto para la profesión que ejercía. Sus delgados brazos eran adecuados para levantar la pluma, no la espada.

Tor reservó su belicosidad para dignos adversarios en el campo de batalla. El azote de su ira debía recaer sobre Torquil, no sobre aquel mocoso. ¿Qué satisfacción había en pisotear a un ratón? Los hombres que pegaban a los débiles, ya fueran siervos, niños o mujeres, no hacían más que cubrirse de oprobio.

El clérigo era nuevo, así que Tor le perdonaría la ofensa... esta vez.

—Dejad de temblar, hombre —le espetó—. No voy a

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