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EL HALCóN (LA GUARDIA DE LOS HIGHLANDERS 2)

Monica McCarty  

5


Fragmento

1

Rathlin Sound, al norte de la costa de Irlanda, día de la Candelaria,
2 de febrero de 1307

Erik MacSorley jamás podía resistirse a un desafío, aunque nadie lo provocara. Con tan solo echarle un vistazo al barco de pesca perseguido por el galeón inglés, se percató de que aquella noche nada cambiaría. Lo que debía hacer era ignorarlo y continuar con su misión, proseguir su camino sin ser detectado por la patrulla inglesa mientras se dirigía hacia el castillo de Dunluce para reunirse con los mercenarios irlandeses. Pero ¿qué tendría eso de divertido? Después de pasar cuatro meses escondidos y saltando de una isla a otra sin hacer más que alguna breve incursión en el continente para recoger las rentas de Bruce y cumplir la misión de reconocimiento pertinente, Erik y sus hombres se merecían un poco de acción.

En Lent tuvo un comportamiento digno de un monje, excepto por las chicas, pero Erik tenía la certeza de que no había hecho voto de castidad alguno al entrar en la Guardia de los Highlanders de Bruce. Desde el día de la tormenta y la huida de Dunaverty intentó evitar problemas y refrenar sus impulsos siempre que lo llamaban a la acción, pero con la Punta del Diablo prácticamente a tiro de piedra, marea alta y el fuerte viento que los empujaba, se trataba de una oportunidad demasiado tentadora para dejarla escapar.

Se le dibujó una diabólica sonrisa pensando que a sus veintinueve años todavía no había encontrado viento que no pudiera dominar, hombre que pudiera medírsele sobre el agua o dentro de ella, navío que no pudiera manejar, y tampoco mujer que fuera capaz de resistírsele. ¿Por qué había de ser diferente aquella noche? Las intensas brumas la hacían perfecta para una regata, sobre todo sabiendo que era capaz de navegar por esas traicioneras aguas de la costa de Antrim con los ojos cerrados. Acababan de rodear el cuerno noroeste de la isla de Rathlin, yendo rumbo sur hacia el castillo de Dunluce, en la costa norte de Irlanda, cuando avistaron el barco patrulla de los ingleses cerca de Ballentoy Head. Desde el mismo momento en que los ingleses tomaron el castillo de Dunluce, pocos días antes de aquel mismo mes, y se percataron de que Bruce había huido de Escocia, la flota enemiga incrementó el número de patrullas en el canal del Norte para dar caza al rey fugitivo. Pero a Erik no le hacía gracia ver un barco patrulla tan cerca de su destino. La mejor manera de asegurarse de que los ingleses no interferían en sus planes era colocarlos en algún lugar en el que no representaran problema alguno. Aparte de eso, daba la impresión de que a aquellos pescadores no les vendría mal algo de ayuda.

«Bellacos ingleses.» El traicionero asesinato del clan MacLeod seguía fresco en su memoria. Y se atrevían a llamarle pirata a él.

Dio la orden de izar la vela.
—¿Qué estáis haciendo? —balbuceó sir Thomas Randolph con un susurro—. Nos verán.

Erik suspiró y negó con la cabeza. Bruce le debía una. Hacer de niñera del pomposo sobrino del rey no era para lo que se había enrolado. El rey tendría que añadir uno o dos castillos a las tierras de Kintyre que había prometido restituirle cuando Bruce reclamara su corona y devolviera a Eduardo Piernaslargas a puntapiés hasta Inglaterra. Randolph estaba tan metido en el código de caballería y en sus «obligaciones» como caballero, que hacía que Alex Seton, el único caballero y súbdito inglés entre la élite de la Guardia de los Highlanders, pareciera licencioso. Tras dos meses «adoctrinando» a Randolph, Erik profesaba un mayor respeto por el compañero de Seton, Robbie Boyd. Había tenido ya suficientes reglas y honor para toda la vida. Randolph estaba empezando a agriar incluso su visiblemente despreocupado talante.

Erik arqueó una ceja con cierta apatía exagerada.
—Tal vez sea lo mejor si lo que queremos es alejarlos. —Pero, maldita sea, Halcón. ¿Y si nos atrapan? —dijo Randolph haciendo uso de su nombre de guerra.

Cuando se encontraban en una misión, los nombres de guerra se usaban para proteger las identidades de la Guardia de los Highlanders, pero, como navegante, Erik no tenía más opción que implicar a otros. Necesitaba hombres para gobernar los remos, y con los otros componentes de la guardia desperdigados, había tenido que recurrir a los miembros de su propio clan MacSorley. El puñado de hombres que acompañaba a Erik en su misión secreta estaba conformado por los parientes en los que más confiaba y por los miembros de su séquito personal. Estos protegerían su identidad hasta la muerte. Por el momento nadie había relacionado la aclamada y temida bandera del Halcón con los rumores del ejército fantasma de Bruce que se extendían a lo largo del país, pero él sabía que aquello podía cambiar en cualquier momento.

Los remeros que alcanzaron a oír a Randolph rieron abiertamente ante lo absurdo del caso.

—No pierdo una regata desde... —Erik se volvió para consultar a su segundo, Domnall, que se encogió de hombros.

—Que me lleve el diablo si lo sé, capitán.
—Ya veis —dijo Erik, esbozando una sonrisa de satisfacción—. No hay de qué preocuparse.

—Pero ¿qué pasará con los caudales? —adujo el joven caballero obstinadamente—. No podemos arriesgarnos a que los ingleses pongan sus garras sobre ellos.

La moneda que transportaban, valorada en cincuenta libras, era necesaria para asegurar el concurso de los mercenarios. La habían ido obteniendo de las rentas de Bruce en Escocia, a través de pequeñas expediciones durante los meses de invierno. Aquellas expediciones nocturnas no habían hecho sino agrandar la leyenda de la guardia fantasma de Bruce. MacSorley y algunos de los otros hombres de la guardia habían conseguido entrar y salir de Escocia sin ser detectados gracias a la información clave filtrada desde campo enemigo. Erik cr

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