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EL HEREDERO (FAMILIA REID 1)

Johanna Lindsey  

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Fragmento

Título original: The Heir

Traducción: Rosa Pérez

1.ª edición: octubre 2015

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-202-8

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Para Alex   

y las sonrisas que ablandan el corazón   

1

Estaban junto a la ventana, contemplando el inhóspito jardín ajado por el invierno por donde paseaba la muchacha. Era pequeño, aunque la casa era grande y se hallaba en una elegante zona de Londres; sencillamente, ninguna de las casas de la manzana disponía de terreno suficiente para dedicarlo a esos menesteres.

Lady Mary Reid, su anfitriona, se había esmerado en su pequeña parcela de tierra, a diferencia de la mayor parte de sus vecinos, quienes no tenían otra cosa que césped.

Y ellas sabían que podrían encontrar a su sobrina, Sabrina, que adoraba estar al aire libre en cualquier época del año, en aquel pequeño trozo de tierra.

Las dos mujeres contemplaron a Sabrina, pensativas y en silencio. Alice Lambert tenía el ceño fruncido. Su hermana Hilary, que le llevaba un año, parecía bastante abatida.

—Creo que nunca había estado tan nerviosa, Hilary —le susurró Alice a su hermana.

—Ni yo, ahora que lo dices —respondió Hilary con un interminable suspiro.

Físicamente, costaba creer que fueran hermanas. Hilary se parecía a su padre: alta, delgada en extremo, con el cabello castaño y sin brillo y los ojos azul claro. Alice era casi idéntica a su madre: de baja estatura y entrada en carnes, pero con una lustrosa mata de pelo castaño y unos ojos azules con reflejos violetas.

Eran hermanas, pero no se llevaban demasiado bien. A menudo discutían. No obstante, por una vez, estaban de acuerdo. Su sobrina, a la que habían criado prácticamente desde su nacimiento, iba a ser presentada en sociedad aquella noche y las dos estaban preocupadas. Por desgracia, tenían una buena razón para estarlo.

No les preocupaba que Sabrina no fuera a destacar o que no estuviera a la altura. Aunque no era una gran belleza como Ophelia, la hija de Mary, que también había hecho su puesta de largo aquel año, Sabrina tenía cualidades. Tampoco les preocupaba su posición social. El abuelo de Sabrina había sido conde y su bisabuelo duque. Ella sólo recibía el tratamiento de Honorable, pero lo cierto era que sus tías no esperaban casarla con nadie que ostentara un título de renombre, ni siquiera con una gran fortuna. Cualquier esposo de buena posición serviría, en lo que a las hermanas Lambert respectaba.

No. Sus preocupaciones no eran las que solían tenerse cuando una muchacha de campo era presentada en sociedad con el fin de encontrar esposo. Se trataba de algo muchísimo más personal y estaba relacionado con el porqué de que ninguna de las dos se hubiera casado jamás. A ambas les atemorizaba que el viejo rumor que había acosado a su familia durante tres generaciones resurgiera después de tantos años.

Pero ninguna de las dos deseaba mencionar el motivo de su nerviosismo. De mutuo acuerdo, jamás hablaban de las tragedias del pasado.

—¿Crees que ese abrigo de lana es lo bastante recio? —preguntó Alice, con el ceño aún fruncido.

—¿Acaso crees que le importa?

—Pero el viento va a cortarle la piel de la cara. ¿Y qué impresión causará eso en su primer baile?

Mientras seguían contemplando a su sobrina, el viento arrastró hasta los pies de Sabrina una hoja muerta que le había pasado inadvertida al jardinero de lady Mary. Al verla, la muchacha adoptó la postura de un espadachín, como si tuviera un auténtico estoque en la mano en lugar de uno imaginario, y fingió ensartarla. A continuación se echó a reír y la recogió, lanzándola al aire, el fuerte viento invernal la recogió y la hizo desaparecer.

—No se toma en serio lo del matrimonio —dijo ahora Hilary.

Sabrina debería estar tan nerviosa como sus tías, si bien por razones distintas, pero en lugar de ello parecía ser la persona más feliz del mundo.

—¿Cómo va a tomárselo en serio sabiendo que ninguna de las dos nos hemos casado y que eso no nos ha perjudicado?

—Me temo que le hemos dado una impresión equivocada. No es que no deseáramos o esperáramos casarnos cuando teníamos su edad. Lo que sucede es que ahora estamos bastante contentas de no haberlo hecho.

Y lo decían de verdad. Ninguna de las dos mujeres lamentaba realmente haberse quedado soltera. Lo que tal vez podrían haber llegado a lamentar es no haber concebido un hijo, pero Sabrina, a quien habían criado desde que apenas tenía tres años, había colmado su instinto maternal por completo.

Tal vez algunos las llamaran solteronas y sostuvieran que sus agrias riñas se debían a su estado civil, pero iban muy errados. Las dos hermanas discutían desde que eran niñas. Lo llevaban en la sangre.

Como si de repente se hubiera dado cuenta de que estaba posibilitando una tregua involuntaria, Hilary dijo con brusquedad:

—Llámala. Es hora de prepararla.

—¿Tan pronto? —protestó Alice—. Pero si aún quedan horas antes de que...

—Arreglarla como es debido nos llevará horas —la interrumpió Hilary.

—Oh, cielos, a ti a lo mejor sí, pero...

—¿Y tú qué sabes de eso, si ni siquiera tuviste una puesta de largo como es debido? —volvió a interrumpirla Hilary.

—¿Acaso la tuviste tú? —le rebatió Alice.

—Eso no quiere decir nada. Mary ha mencionado muchas veces en sus cartas que ella misma empieza a prepararse en cuanto se levanta por la mañana.

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