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EL HIJO DEL ACORDEONISTA

Bernardo Atxaga  

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Fragmento

MUERTE Y VIDA DE LAS PALABRAS

Así mueren

las palabras antiguas:

como copos de nieve

que tras dudar en el aire

caen al suelo

sin un lamento.

Debería decir: callando.

¿Dónde están ahora las cien

maneras de decir mariposa?

En la costa de Biarritz recogió

Nabokov uno de aquellos

nombres: miresicoletea.

Mira, está ahora bajo la arena,

como la astilla de una concha.

Y los labios que se movieron

y dijeron justamente

miresicoletea

los de aquellos niños

que fueron los padres

de nuestros padres,

aquellos labios duermen.

Dices: un día de lluvia

mientras caminaba

por una calzada de Grecia,

vi que los guías de un templo

llevaban chubasqueros amarillos

con un gran dibujo de Mickey Mouse.

También los viejos dioses duermen.

Las nuevas palabras, añades

están hechas con materiales vulgares.

Y hablas del plástico, del poliuretano,

del caucho sintético, y afirmas

que acabarán todas muy pronto

en el contenedor de las basuras.

Pareces un poco triste.

Pero mira a las niñas

que chillan y juegan

frente a la puerta de la casa,

escucha atentamente lo que dicen:

El caballo se fue a Garatare.

¿Qué es Garatare? les pregunto.

Una palabra nueva, responden.

Ya ves, las palabras no siempre surgen

en solitarias áreas industriales;

no son necesariamente producto

de las oficinas de propaganda.

Surgen a veces entre risas,

y parecen vilanos en el aire.

Mira cómo marchan hacia el cielo,

cómo está nevando hacia arriba.

El comienzo

Era el primer día de curso en la escuela de Obaba. La nueva maestra andaba de pupitre en pupitre con la lista de los alumnos en la mano. «¿Y tú? ¿Cómo te llamas?», preguntó al llegar junto a mí. «José —respondí—, pero todo el mundo me llama Joseba». «Muy bien.» La maestra se dirigió a mi compañero de pupitre, el último que le quedaba por preguntar: «¿Y tú? ¿Qué nombre tienes?». El muchacho respondió imitando mi manera de hablar: «Yo soy David, pero todo el mundo me llama el hijo del acordeonista». Nuestros compañeros, niños y niñas de ocho o nueve años de edad, acogieron la respuesta con risitas. «¿Y eso? ¿Tu padre es acordeonista?» David asintió. «A mí me encanta la música —dijo la maestra—. Un día traeremos a tu padre a la escuela para que nos dé un pequeño concierto». Parecía muy contenta, como si acabara de recibir una noticia maravillosa. «También David sabe tocar el acordeón. Es un artista», dije yo. La maestra puso cara de asombro: «¿De verdad?». David me dio un codazo. «Sí, es verdad —afirmé—. Además tiene el acordeón ahí mismo, en la entrada. Después de la escuela suele ir a ensayar con su padre». Me costó terminar, porque David quiso taparme la boca. «¡Sería precioso escuchar un poco de música! —exclamó la maestra—. ¿Por qué no nos ofreces una pieza? Te lo pido por favor».

David se fue a por el acordeón con cara de disgusto, como si la petición le produjera un gran pesar. Mientras, la maestra colocó una silla sobre la mesa principal del aula. «Mejor aquí arriba, para que podamos verte todos», dijo. Instantes después, David estaba, efectivamente, allí arriba, sentado en la silla y con el acordeón entre sus brazos. Todos comenzamos a aplaudir. «¿Qué vas a interpretar?», preguntó la maestra. «Padam Padam», dije yo, anticipándome a su respuesta. Era la canción que mi compañero mejor conocía, la que más veces había ensayado por ser tema de ejecución obligada en el concurso provincial de acordeonistas. David no pudo contener la sonrisa. Le gustaba lo de ser el campeón de la escuela, sobre todo ante las niñas. «Atención todos —dijo la maestra con el estilo de una presentadora—. Vamos a terminar nuestra primera clase con música. Quiero deciros que me habéis parecido unos niños muy aplicados y agradables. Estoy segura de que vamos a llevarnos muy bien y de que vais a aprender mucho». Hizo un gesto a David, y las notas de la canción —Padam Padam…— llenaron el aula. Al lado de la pizarra, la hoja del calendario señalaba que estábamos en septiembre de 1957.

Cuarenta y dos años más tarde, en septiembre de 1999, David había muerto y yo estaba ante su tumba en compañía de Mary Ann, su mujer, en el cementerio del rancho Stoneham, en Three Rivers, California. Frente a nosotros, un hombre esculpía en tres lenguas distintas, inglés, vasco y español, el epitafio que debía llevar la lápida: «Nunca estuvo más cerca del paraíso que cuando vivió en este rancho». Era el comienzo de la plegaria fúnebre que el propio David había escrito antes de morir y que, completa, decía:

«Nunca estuvo más cerca del paraíso que cuando vivió en este rancho, hasta el extremo de que al difunto le costaba creer que en el cielo pudiera estarse mejor. Fue difícil para él separarse de su mujer, Mary Ann, y de sus dos hijas, Liz y Sara, pero no le faltó, al partir, la pizca

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