Loading...

EL HIJO

Philipp Meyer  

0


Fragmento

1

EL CORONEL ELI McCULLOUGH

 

 

EXTRACTO DE UNA GRABACIÓN DE 1936 DE LA

ADMINISTRACIÓN DE PROYECTOS DE TRABAJO

Se me auguró que viviría cien años, y tras haber alcanzado esa edad no tengo motivos para dudarlo. No muero como cristiano aunque tengo la cabellera intacta, y si hay un cazadero eterno, allá voy a ir a parar. Allá o a la laguna Estigia. Mi opinión en este momento es que he tenido una vida muy corta: cuánto bien podría hacer si se me concediera otro año en pie. En cambio, estoy amarrado a esta cama, haciéndome encima las necesidades como un crío.

Si el Creador tiene a bien darme fuerzas, me llegaré a las aguas que discurren por los pastos. El río Nueces a la altura de su meandro este. Siempre he preferido el del Devil. En sueños lo he alcanzado tres veces, y es sabido que Alejandro Magno, su última noche de vida mortal, se escabulló del palacio e intentó sumergirse en el Éufrates, consciente de que si su cuerpo desaparecía, su pueblo pensaría que había ascendido a los cielos como un dios. Su esposa lo detuvo a la orilla del agua. Lo arrastró de vuelta a casa para que muriese como mortal. Y la gente se pregunta por qué no volví a casarme.

Si apareciera mi hijo, preferiría no verme obligado a soportar su sonrisa de triunfo. Semilla de mi destrucción. Sé lo que hizo y sospecho que lleva ya tiempo honrando con su presencia las riberas del Jordán, porque Quanah Parker, último jefe de los comanches, no dio muchas oportunidades al muchacho de llegar a los cincuenta. A cambio de esa información ofrecí a Quanah y sus guerreros un búfalo joven, un animal de primera para que lo matasen a la antigua usanza con lanzas, en mis tierras que antaño fueran su cazadero. Uno de los compañeros de Quanah era un venerable jefe arapahoe, y mientras nos comíamos el hígado caliente del búfalo según las viejas costumbres, untado en la propia bilis del animal, me dio una alianza de plata que él mismo le quitó del dedo a George Armstrong Custer. En el anillo figura la inscripción «7.º Cab.». Tiene una profunda hendidura de un lanzazo, y, puesto que no tengo un heredero como es debido, lo llevaré conmigo al río.

La mayoría estará familiarizada con mi fecha de nacimiento. La Declaración de Independencia que liberó a la República de Texas de la tiranía mexicana se ratificó el 2 de marzo de 1836, en una humilde choza a orillas del Brazos. La mitad de los firmantes padecía malaria; la otra mitad había venido a Texas para huir de la soga del verdugo. Yo fui el primogénito de la nueva república.

Los españoles llevaban en Texas cientos de años pero no habían llegado a ninguna parte. Desde Colón habían estado conquistando a todos los nativos que se les ponían delante y aunque nunca he conocido a un azteca, debían de ser un montón de monaguillos remilgados. Los apaches lipanes pararon a los antiguos conquistadores en seco. Luego llegaron los comanches. El mundo no había visto nada parecido desde los mongoles; ahuyentaron a los apaches hasta el mar, destruyeron el ejército español y convirtieron México en un mercado de esclavos. Una vez vi comanches conduciendo una multitud de aldeanos por la orilla del Pecos, los había a centenares, del mismo modo que uno llevaría el ganado.

Tras haber sido derrotado por los indígenas, el gobierno mexicano concibió un plan a la desesperada para colonizar Texas. Cualquier hombre, de cualquier nacionalidad, dispuesto a trasladarse al oeste del río Sabine recibiría cuatro mil acres de tierra libre. La letra pequeña se escribió en sangre. La filosofía comanche respecto de los forasteros era de una rigurosidad casi pontificia: torturar y matar a los hombres, violar y matar a las mujeres, destinar los niños a la esclavitud o la adopción. Muy pocos oriundos de los antiguos países de Europa aceptaron la oferta de los mexicanos. De hecho, no vino nadie en absoluto. Salvo los norteamericanos. Llegaron en tropel. Tenían mujeres e hijos de sobra, y al que venciere le daré de comer del árbol de la vida.

En 1832 llegó mi padre a Matagorda, cosa habitual en aquellos tiempos si uno consideraba que el riesgo de morir ante un pelotón de fusilamiento o de perder la cabellera a manos de los comanches era la manera que tenía Dios de decirle que había grandes recompensas al alcance de la mano. Para entonces el gobierno mexicano, inquieto ante la horda anglo que crecía dentro de sus fronteras, había prohibido la inmigración norteamericana a Texas.

Y aun así era mejor que los Antiguos Estados, donde a menos que uno fuese hijo del dueño de una plantación, no podía aspirar más que a las migajas. Como demuestran los archivos, las clases más acomodadas, los Austin y los Houston, accedieron de buen grado a seguir siendo ciudadanos de México siempre y cuando pudieran conservar sus tierras. Sus descendientes han librado batallas propagandísticas para salvaguardar su nombre y conseguir que se les declare Fundadores de Texas. En realidad fueron solo los hombres como mi padre, que no tenían nada, los que llevaron a Texas a la guerra.

Al igual que todo escocés sano, arrimó el hombro en la derrota de San Jacinto y después de la guerra trabajó de herrero, armero y tasador. Era alto y de trato fácil. Tenía la espalda erguida y las manos duras, y la gente se sentía a salvo en su compañía, lo que a la postre resultaba ser una falsa ilusión para la mayoría.

Mi padre no era religioso, y a él achaco mi conducta pagana. Aun así era de los que sienten el aliento del jinete pálido en la nuca. No era partidario de perder el tiempo. Primero vivimos en Bastrop, cultivando maíz y sorgo y criando cerdos, despejando el terreno hasta que llegaron los nuevos colonos, los que esperaron a que el peligro de los indios hubiera quedado atrás, y luego llegaron con sus abogados para recusar las escrituras y los títulos de propiedad de los que habían civilizado la región y vencido al piel roja. Aquellos primeros texanos habían adquirido sus propiedades con la moneda humana más antigua que existe y la mayoría no sabía leer ni escribir. Antes de cumplir diez años yo ya había cavado cuatro tumbas. El más leve rumor de cascos al galope despertaba a toda la familia, y para cuando llegaban las noticias —algún vecino abierto en canal como un cochinillo en Acción de Gracias—, mi padre ya había comprobado la munición y luego él y el mensajero se perdían en la noche. Los valientes mueren jóvenes: así reza el dicho comanche, pero también era cierto en el caso de los primeros anglos.

Durante los diez años que Texas resistió como nación, el gobierno ansiaba desesperadamente la llegada de colonos, sobre todo de los que tenían dinero. Y por medio de algún telégrafo invisible el mensaje alcanzó los Antiguos Estados: ahora esta zona es segura. En 1844 llegó el primer forastero a nuestra puerta: corte de pelo de barbería, ropa comprada en una tienda, un alazán en el que hubiera podido montar una dama. Pidió pienso aunque su caballo se hundía en la hierba. Un caballo que no comía hierba: nunca había oído nada parecido.

Dos meses después fue recusado el derecho a la propiedad de los Smithwick y luego el de los Hornsby y el de los MacLeod fueron adquiridos por una miseria. Para entonces había más abogados per cápita en Texas que en ningún otro lugar del continente y en apenas unos años todos los primeros colonos habían perdido la tierra y se habían visto obligados a ir al oeste de nuevo, hacia territorio indio. Las clases más nobles que habían robado las tierras ya estaban urdiendo una guerra para proteger a sus negros; el Sur sufriría una maldición pero Texas, una criatura del Oeste, saldría indemne.

Mientras tanto se lanzó una campaña contra mi madre, castellana de antigua estirpe, de piel morena pero facciones delicadas: los nuevos colonos aseguraron que tenía una octava parte de sangre negra. Los caballeros de las plantaciones se enorgullecían de tener ojo para esas cosas.

Para 1846 habíamos cruzado la frontera colonizada rumbo a las tierras que le fueron concedidas a mi padre en el Pedernales. Era un cazadero comanche. Los árboles no habían oído nunca hacha alguna y la tierra, y todos los animales que en ella vivían, se veía abundante y hermosa. La hierba hasta el pecho, la tierra profunda y negra en las cuencas, y hasta las laderas más abruptas cubiertas de flores silvestres. No era el lugar árido y pedregoso que es hoy en día.

Las reses españolas salvajes se atrapaban fácilmente a lazo: en cuestión de un año teníamos un centenar de cabezas. También había cerdos y mustangs al alcance de cualquiera. Había ciervos, pavos, osos, algún que otro búfalo, tortugas y peces en el río, patos, ciruelas y uvas cimarronas, árboles con colmenas y caquis: la tierra rebosaba de vida tal como hoy en día está podrida de gente. El único problema era conservar la cabellera en su sitio.

2

JEANNE ANNE McCULLOUGH

3 DE MARZO DE 2012

Había murmullos y voces quedas, no la suficiente luz. Estaba en una sala grande que al principio tomó por una iglesia o sala de tribunal, y aunque estaba despierta, no sentía nada. Era como flotar en un baño tibio. Había arañas de luces apenas iluminadas, leña humeante en la chimenea, mesas y sillas jacobinas y bustos de antiguos griegos. Había una alfombra que había sido regalo del sha. Se preguntó quién la encontraría.

Era una casa grande y blanca al estilo español: diecinueve dormitorios, biblioteca, un gran salón y sala de baile. Sus hermanos y ella habían nacido allí, pero ahora no era más que una casa para los fines de semana, un lugar para las reuniones familiares. El servicio no volvería hasta el día siguiente. Tenía la mente despierta del todo, pero el resto de su ser parecía desconectado y estaba casi segura de que alguien más era responsable de que se encontrara así. Tenía ochenta y seis años, pero por mucho que le gustara decirles a los demás que se moría de ganas de cruzar a la Tierra de Mañana, no era exactamente cierto.

«Lo más importante es un hombre que haga lo que le digo.» Se lo comentó a una periodista de la revista Time y la sacaron en la portada, cuarenta y un años y aún seductora, de pie en su Cadillac delante de un campo de bombas de extracción de petróleo. Era una mujer menuda y esbelta, aunque la gente lo olvidaba nada más conocerla. Tenía una voz que se hacía oír y los ojos grises como una pistola vieja o de un azul viento del norte; era imponente, si bien no exactamente hermosa. Cosa que el fotógrafo yanqui debió de haber visto. Le hizo desabrocharse otro botón de la blusa y le dejó el pelo como si acabara de apearse de un descapotable. No estaba en la cima de su poder —eso había llegado décadas después—, pero la gente empezaba a tomarla en serio. Ahora el hombre que había sacado la fotografía estaba muerto. «No va a encontrarte nadie», pensó.

Claro que iba a ocurrir así; ya de niña había estado sola casi siempre. Su familia era propietaria del pueblo. Lo de la gente no tenía sentido, a su modo de ver. Los hombres, con quienes lo tenía todo en común, no apreciaban su compañía. Las mujeres, con quienes no tenía nada en común, sonreían demasiado, se reían más fuerte de la cuenta y le recordaban en buena medida a perrillos falderos, sus vidas desperdiciadas en la decoración de interiores y los atuendos de otros. Nunca había habido lugar para una persona como ella.

Era pequeña, ocho o diez años, y estaba sentada en el porche. Era un día fresco y las colinas verdes se prolongaban hasta donde alcanzaba la vista, propiedad de los McCullough, hasta donde alcanzaba la vista. Pero algo no encajaba: ahí estaba su Cadillac, aparcado en la hierba, y los viejos establos, que su hermano no había quemado todavía, ya habían desaparecido. «Ahora voy a despertar», pensó. Pero entonces el Coronel —su bisabuelo— estaba hablando. Su padre también estaba presente. Una vez tuvo un abuelo, Peter McCullough, pero desapareció y nadie tenía nada bueno que decir de él y era consciente de que a ella tampoco le habría gustado.

«Estaba pensando que igual podías pasarte por la iglesia este domingo», dijo su padre.

El Coronel era de la opinión de que esas cosas era mejor dejárselas a los negros y los mexicanos. Tenía cien años y no le importaba decirle a la gente que se equivocaba. Tenía los brazos como baquetas y la cara cubierta de manchas igual que un viejo cuero de vaca, y decían que la siguiente vez que se cayera, lo haría directamente en la tumba.

«Lo que pasa con los predicadores —decía—, es que si no están cortejando a tus hijas o comiéndose todo el pollo frito y la tarta de la nevera, están engañando a tus hijos en algún asunto de trata de caballos.»

Su padre era el doble de grande que el Coronel, pero, como señalaba el Coronel cada dos por tres, era ancho de espaldas y débil de mente. Su hermano Clint le compró un caballo y una silla de montar a aquel pastor y debajo de la manta tenía una úlcera casi del tamaño de una torta.

Su padre la obligó a ir a la iglesia de todos modos, madrugando para hacer el trayecto hasta Carrizo, donde asistía a la escuela dominical. Tenía hambre y apenas podía mantener los ojos abiertos. Cuando le preguntó a la maestra qué le pasaría al Coronel, que estaba en casa en ese preciso instante, probablemente tomándose un julepe, la maestra dijo que iría al infierno, donde lo torturaría el mismísimo Satanás. «En ese caso, pienso ir con él», respondió Jeannie. Era una diablilla desvergonzada. De haber sido mexicana, se habría llevado una buena zurra.

De regreso a casa, no alcanzaba a entender por qué su padre se había puesto de parte de la maestra, que era picuda igual que un águila y olía como si se le hubiera muerto algo dentro. Aquella mujer era más fea que un cubo de brea. «Durante la guerra —decía su padre—, prometí a Dios que si sobrevivía, iría a misa todos los domingos. Pero justo antes de nacer tú, dejé de ir porque estaba ocupado. ¿Y sabes qué ocurrió?» Lo sabía; siempre lo había sabido. Pero él se lo recordaba de todos modos: «Tu madre murió».

Jonas, su hermano mayor, dijo algo de que no la asustara. Su padre le dijo a Jonas que se callara y Clint le pellizcó el brazo a ella y susurró: «Cuando vas al infierno, lo primero que hacen es meterte una horca por el culo».

Ella abrió los ojos. Clint llevaba muerto sesenta años. No se había movido nada en la sala en penumbra. «Los documentos», pensó. Los había salvado una vez del fuego y no había llegado a destruirlos. Ahora los encontrarían.

3

LOS DIARIOS DE PETER McCULLOUGH

10 DE AGOSTO DE 1915

Mi cumpleaños. Hoy, sin ayuda de whisky, he llegado a la conclusión: no soy nadie. Al volver la vista sobre mis cuarenta y cinco años no veo nada digno de mención: lo que había tomado por un alma se parece más a un abismo negro; he dejado que otros me moldearan como quisiesen. A juicio del Coronel, soy el peor hijo que ha tenido: siempre ha preferido a Phineas e incluso al pobre Everett.

Este diario será el único testimonio auténtico de esta familia. En Austin están planeando una celebración por el octogésimo cumpleaños del Coronel, y no sé qué se dirá con sinceridad sobre un hombre que es tratado como una celebridad en capitolios. Mientras tanto, nuestro verano sangriento continúa. Las líneas de teléfono con Brownsville no se pueden mantener abiertas: cada vez que se reparan, los insurgentes las hacen saltar por los aires. El rancho King fue atacado por cuarenta sediciosos anoche, hubo una batalla a tiros de tres horas en Los Tulitos, y el presidente de la Liga Cameron del Orden Público fue abatido, aunque no sé si esto último es una suerte o una desgracia.

Por lo que a los mexicanos respecta, viendo a tantos de ellos muertos a tiros en cunetas o colgados de los árboles, cualquiera diría que son un azote tan nocivo como las panteras o los lobos. El San Antonio Express ya no menciona sus muertes —haría falta demasiado papel—, así que los texanos mueren sin que quede constancia de ello y son enterrados, cuando lo son, en tumbas poco profundas, o los atan con una cuerda y los arrastran hasta algún lugar donde no molesten a nadie.

Después de ser asesinados Longino y Esteban Morales el mes pasado (no sé a manos de quién, aunque sospecho de Niles Gilbert), el Coronel concibió una nota para todos nuestros vaqueros: «Este hombre es un buen mexicano. Haga el favor de dejarlo en paz. Cuando haya terminado con él, lo mataré yo mismo». Nuestros hombres lucen es

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta