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EL HOMBRE DE ARENA (INSPECTOR JOONA LINNA 4)

Lars Kepler  

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Fragmento

 

Es plena noche y una cortina de nieve entra con fuerza desde el mar. Un hombre joven cruza una vía de tren elevada, en dirección a Estocolmo. Tiene la cara pálida. Sus tejanos están acartonados por la sangre congelada. Camina entre las vías pasando por encima de las traviesas. A cincuenta metros bajo sus pies se intuye el hielo de la ensenada como una sábana de algodón. Los árboles blancos y las cisternas de petróleo del puerto apenas se ven. Allí abajo, en las profundidades, la nieve se arremolina a la luz de la grúa de los contenedores.

La sangre caliente corre por el antebrazo izquierdo del hombre hasta la palma de su mano y gotea desde las puntas de los dedos.

Un tren se acerca al puente de dos kilómetros entre zumbidos y traqueteos.

El joven se tambalea y se sienta en un raíl, pero enseguida vuelve a ponerse de pie y sigue caminando.

El tren empuja el aire y su visión queda nublada por el polvo de nieve. La locomotora Traxx ya va por la mitad del puente cuando el conductor descubre al hombre en las vías. Le hace señales y ve que la figura está a punto de caerse, da un paso largo hacia la izquierda, fuera de los raíles, y se agarra a la barandilla.

La ropa ondea sobre el cuerpo del hombre. El puente tiembla con fuerza bajo sus pies. Se queda quieto, con los ojos abiertos como platos y la mano aferrada a la barandilla.

A su alrededor se forma un gran remolino de nieve y se instala una oscuridad abismal.

Cuando reanuda la marcha, la mano ensangrentada está casi pegada al hierro helado.

Su nombre es Mikael Kohler-Frost. Lleva trece años desaparecido y hace siete que lo dieron por muerto.

1

 

 

 

Módulo de seguridad de la planta de psiquiatría forense del hospital Löwenströmska

 

La verja de hierro se cierra con ruido tras el nuevo médico. El eco metálico esquiva su cuerpo y baja por la escalera de caracol.

Acto seguido, se hace un silencio rotundo y Anders Rönn siente un escalofrío que le recorre la espalda.

Hoy empieza a trabajar en el módulo de seguridad de la planta de psiquiatría.

En el búnker de aislamiento vive el ajado Jurek Walter desde hace trece años. Está condenado a vigilancia intensiva con un protocolo de alta especialmente restringido.

Los escasos datos que tiene el joven médico de su paciente son que se le ha diagnosticado «esquizofrenia inespecífica. Pensamiento caótico. Estados reiterados de psicosis con brotes muy agresivos de locura».

Anders Rönn se identifica en la planta cero, deja el teléfono móvil y cuelga la llave de la verja metálica en la taquilla antes de que el guardia le abra la primera puerta de la esclusa. Anders entra y espera a que la puerta se cierre. Se acerca a la siguiente. Cuando se oye una señal, el guardia la abre. Anders se vuelve y saluda con la mano, luego continúa por el pasillo que lleva a la sala de personal del módulo de aislamiento.

El jefe de servicio, Roland Brolin, es un hombre corpulento que ronda los cincuenta, de hombros curvados y con el pelo rapado. Está fumando de pie bajo la campana extractora de la cocinita mientras lee un artículo del periódico del sindicato sobre la brecha salarial entre hombres y mujeres.

—Jurek Walter nunca puede quedarse a solas con nadie del personal —dice el jefe de servicio—. Nunca puede ver a otros pacientes, no puede recibir visitas y nunca puede salir al patio. Tampoco...

—¿Nunca? —pregunta Anders—. No está permitido encerrar a...

—No, no lo está —responde Roland Brolin tajante.

—Pero... ¿qué ha hecho ese hombre?

—Maravillas —contesta Roland, y echa a andar en dirección al pasillo.

A pesar de que Jurek Walter es el peor asesino en serie de Suecia de todos los tiempos, es un completo desconocido para la sociedad. Las vistas en el juzgado y el tribunal de apelación en el palacio Wrangelska, de Estocolmo, fueron a puerta cerrada y todas las actas siguen siendo confidenciales.

Anders Rönn y el jefe de servicio, Roland Brolin, cruzan otra puerta de seguridad y una mujer joven con los brazos tatuados y piercings en las mejillas les guiña un ojo a ambos.

—Vuelve con vida —advierte escueta.

—Tú no te preocupes —le dice Roland a Anders en voz baja—. Jurek Walter es un hombre tranquilo y mayor. No pelea y no levanta la voz. Nuestra norma principal es que nunca entramos en su celda. Pero Leffe, que ayer hizo el turno de noche, se dio cuenta de que Jurek se ha fabricado un cuchillo y que lo tiene escondido bajo el colchón. No hace falta decir que se lo tenemos que confiscar.

—¿Y cómo lo vamos a hacer? —pregunta.

—Nos saltaremos las normas.

—¿Vamos a entrar en la celda de Jurek?

—Entrarás... y le pedirás amablemente que te dé el cuchillo.

—¿Que yo voy a...?

Roland Brolin suelta una carcajada y luego le explica que fingirán que le dan al paciente una inyección de Risperdal, como de costumbre, pero que, en realidad, le van a administrar una sobredosis de olanzapina.

El jefe de servicio pasa su tarjeta por otro lector y teclea un código en el panel. Se oye un pitido y después el zumbido del cerrojo de la puerta de seguridad.

—Espera —dice Roland, y le tiende una cajita con tapones amarillos para los oídos.

—Has dicho que no grita.

Roland esboza media sonrisa, mira a su nuevo compañero con ojos cansados y suelta un profundo suspiro antes de explicarse.

—Jurek Walter hablará contigo, muy relajado, seguramente en tono amable —dice con voz seria—. Pero más tarde, esta noche, cuando vuelvas a tu casa, invadirás el carril contrario y chocarás de frente con un tráiler... o te detendrás en una de las ferreterías Järnia y comprarás un hacha antes de pasar a recoger a los niños por la guardería.

—¿Se supone que me tiene que dar miedo? —Anders sonríe.

—No, pero con un poco de suerte irás con cuidado —responde Roland.

Anders no suele tener suerte, pero cuando leyó el anuncio en el Diario Médico de la larga suplencia a jornada completa en el módulo de seguridad del hospital Löwenströmska, su corazón se puso a latir a toda prisa.

Desde su casa solo hay veinte minutos en coche, y una suplencia de larga duración como aquella podría llevarlo más adelante a un contrato fijo.

Tras hacer las prácticas en el hospital de Skaraborg y en el ambulatorio de Huddinge, ha tenido que arreglárselas aceptando sustituciones puntuales en la clínica de Sankt Sigfrid.

Los largos trayectos hasta Växjö y los horarios irregulares no eran compatibles con el trabajo de Petra en el Departamento de Ocio del ayuntamiento ni con el autismo de Agnes.

Hacía tan solo dos semanas que Anders y Petra se habían sentado a la mesa de la cocina para tratar de resolver la situación.

—No podemos seguir así —dijo él muy tranquilo.

—¿Qué hacemos? —susurró ella.

—No lo sé —respondió Anders secándole las lágrimas de las mejillas.

El personal de apoyo de Agnes en el preescolar les había contado que la pequeña había tenido un día difícil. Se había negado a soltar el vaso de leche y el resto de los niños se habían reído de ella. Agnes no aceptaba que hubiese terminado la hora de la merienda porque Anders no la había ido a buscar como todos los días. Él había ido a la escuela directamente desde Växjö, pero no había llegado hasta las seis. Agnes se había quedado sentada en el comedor con las manos pegadas al vaso.

Cuando llegaron a casa, Agnes se fue a su dormitorio y se puso de cara a la pared, al lado de la casa de muñecas, dando palmadas, sumida en sí misma. No saben qué ve allí, pero la niña les dice que van apareciendo palitos grises que ella tiene que contar y parar. Lo hace cuando le viene la ansiedad. A veces le bastan diez minutos, pero aquella noche se quedó allí más de cuatro horas antes de que pudieran meterla en la cama.

2

La última puerta de seguridad se cierra a sus espaldas y cruzan el pasillo hasta la única celda de aislamiento que está en uso. El fluorescente del techo se refleja en el suelo de linóleo. El empapelado está rasgado a un metro de altura debido al roce del carrito de la comida.

El jefe de servicio desliza el pase de autorización y deja que Anders vaya delante hasta la contundente puerta de metal.

A través del cristal blindado, Anders puede ver a un hombre delgado sentado en una silla de plástico. Lleva tejanos azules y camisa también tejana. Va afeitado y sus ojos están asombrosamente relajados. Las abundantes arrugas que cubren su pálido rostro parecen barro agrietado en el lecho de un río seco.

Jurek Walter solo está condenado por dos asesinatos y un intento de homicidio, pero se halla fuertemente vinculado a otros diecinueve asesinatos.

Hace trece años lo pillaron in fraganti en el bosque de Lill-Jansskogen mientras obligaba a una mujer de cincuenta años a meterse en el ataúd de una tumba abierta. Allí la había tenido encerrada durante casi dos años, pero aún seguía viva. La mujer estaba gravemente herida, sufría desnutrición, su tejido muscular se había atrofiado, tenía llagas y unas heridas terribles por congelación, y presentaba daños cerebrales severos. Si la policía no hubiese rastreado a Jurek Walter y no lo hubiera capturado con el ataúd a los pies, probablemente nunca habrían podido detenerlo.

El jefe de servicio saca tres ampollas de vidrio con unos polvos amarillos, añade agua a cada botellita, las ladea y hace girar el líquido en su interior antes de extraerlo con una jeringuilla.

Se pone los tapones para los oídos y luego abre la trampilla de la puerta. Se oye un ruido metálico y enseguida les llega un olor a polvo y hormigón.

Con voz cansina, el jefe de servicio informa a Jurek Walter de que es la hora de la inyección.

El hombre alza la barbilla y se levanta suavemente de la silla, vuelve la mirada hacia la trampilla y se acerca mientras se desabrocha la camisa.

—Para y quítatela —dice Roland Brolin.

Jurek Walter sigue avanzando despacio, y Roland cierra la trampilla y echa el pestillo a toda prisa. Jurek se detiene, se desabrocha los últimos botones y deja caer la camisa al suelo.

Tiene un cuerpo que en su día estuvo bien entrenado, pero ahora le cuelgan tanto los músculos como la piel.

Roland vuelve a abrir la trampilla. Jurek Walter avanza por el último tramo y saca un brazo nervudo moteado con centenares de manchitas de pigmentación.

Anders desinfecta el brazo con alcohol. Roland introduce la jeringuilla en el tierno músculo e inyecta el líquido demasiado rápido. La mano de Jurek da un respingo por la sorpresa, pero no retira el brazo hasta que le dan permiso. El jefe de servicio cierra la trampilla con pestillo, se quita los tapones, sonríe nervioso para sí mismo y luego mira dentro de la celda.

Jurek Walter se dirige a la cama con paso vacilante, se detiene y se sienta.

De repente, el preso mira hacia la puerta y a Roland se le escurre la jeringuilla de los dedos, cae al suelo.

Intenta cazarla, pero se aleja rodando por el hormigón.

Anders da un paso, la recoge y cuando ambos se incorporan y se vuelven otra vez hacia la celda de aislamiento, ven que el interior del cristal blindado está empañado. Jurek le ha echado el aliento y ha escrito «JOONA» con el dedo.

—¿Qué pone? —pregunta Anders con voz débil.

—Ha escrito «Joona».

—¿Qué coño significa eso?

El vaho desaparece y ven que Jurek Walter sigue sentado como si no se hubiese movido del sitio. Se mira el brazo en el que le han puesto la inyección, se masajea el músculo y los observa a través del cristal.

—¿No ponía nada más? —pregunta Anders.

—Yo solo he visto...

Un bramido animal se oye al otro lado de la gruesa puerta. Jurek Walter se ha deslizado de la cama, está de rodillas en el suelo y grita a viva voz. Los tendones del cuello están tensados, las venas hinchadas.

—¿Cuánto le has administrado? —pregunta Anders.

Los ojos de Jurek Walter ruedan hacia arriba y se quedan en blanco, busca apoyo con la mano, estira una pierna pero, acto seguido, cae hacia atrás, se golpea la cabeza en la mesita de noche, grita y todo su cuerpo se agita de forma espasmódica.

—Joder —s

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