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EL HOMBRE DE TIZA

C.J. Tudor

4


Fragmento

Prólogo

La cabeza de la chica descansaba sobre un montón de hojas de color naranja y marrón.

Sus ojos almendrados contemplaban con fijeza las copas de los sicomoros, hayas y robles, pero no veían los vacilantes rayos del sol que se colaban entre las ramas y salpicaban de oro el suelo del bosque. No parpadeaban cuando los brillantes escarabajos negros correteaban sobre sus pupilas. Ya nunca verían nada, salvo la oscuridad.

A poca distancia, una mano pálida sobresalía de su propia mortaja de hojas como si pidiera ayuda, o la tranquilizadora confirmación de que no estaba sola. Nadie podía proporcionársela. El resto de su cuerpo, inaccesible, estaba oculto en varios rincones recónditos de la espesura.

Cerca de allí, se oyó el crujido de una ramita, atronador como un petardo en medio de aquella quietud, y una bandada de pájaros se elevó de la maleza con un aleteo estrepitoso. Alguien se aproximaba.

Ese alguien se arrodilló junto a la chica de ojos ciegos. Unos dedos trémulos de emoción le acariciaron con delicadeza el cabello y la fría mejilla. Le levantaron la cabeza, le desprendieron unas hojas que se le habían adherido al borde irregular del cuello y la depositaron con cuidado en una bolsa, donde quedó asentada entre trozos de tizas rotas.

Tras reflexionar por unos instantes, acercó la mano para bajarle los párpados. Acto seguido, cerró la bolsa, se enderezó y se la llevó de allí.

Unas horas después, aparecieron los agentes de policía y el equipo forense. Numeraron, fotografiaron y examinaron las partes del cuerpo de la joven antes de transportarlo al depósito de cadáveres, donde permaneció durante varias semanas, como aguardando el momento en que lo completaran.

Ese momento jamás llegó. Hubo búsquedas exhaustivas, interrogatorios y peticiones de colaboración ciudadana, pero, a pesar de los diligentes esfuerzos de todos los agentes de policía y funcionarios del ayuntamiento, nunca encontraron la cabeza, por lo que fue imposible recomponer el cuerpo de la chica del bosque.

2016

Empecemos por el principio.

El problema es que nunca nos hemos puesto de acuerdo respecto a cuál fue exactamente el principio. ¿Cuando Gav recibió un cubo de tizas por su cumpleaños? ¿Cuando nos dio por dibujar las figuras con tiza o cuando empezaron a aparecer por sí solas? ¿Fue el terrible accidente? ¿O el día en que encontraron el primer cadáver?

Existen unos cuantos principios. Cualquiera de ellos podría considerarse el inicio de la historia, supongo. Pero, en realidad, creo que todo empezó el día de la feria. Es el día que recuerdo con más claridad. Por la Chica de la Ola, claro, pero también porque fue el día en que todo dejó de ser normal.

Si nuestro mundo fuera una bola de cristal con nieve, habría sido el día en que un dios distraído pasó por allí, la agitó con fuerza y la dejó donde estaba. Incluso después de que la espuma y los copos se depositaran en el fondo, las cosas no volvieron a ser como antes. No del todo. Aunque, a través del cristal, nada parecía haber cambiado, en el interior todo era distinto.

Fue también el día en que conocí al señor Halloran, por lo que supongo que se trata de un principio tan bueno como cualquier otro.

1986

—Hoy habrá tormenta, Eddie.

Mi padre era aficionado a emitir pronósticos meteorológicos con voz profunda y categórica, como los hombres del tiempo de la tele. Sus afirmaciones siempre destilaban una certeza absoluta a pesar de que se equivocaba a menudo.

Dirigí la mirada a la ventana y vi un cielo de un azul impecable, tan resplandeciente, que tuve que entornar un poco los ojos para mirarlo.

—No tiene pinta de que vaya a caer una tormenta, papá —dije mientras masticaba un bocado de sándwich de queso.

—Eso es porque no va a caer —dijo mamá, que había entrado en la cocina de pronto y sin hacer ruido, como una especie de guerrero ninja—. En la BBC anuncian un fin de semana caluroso y soleado... Y no hables con la boca llena, Eddie —añadió.

—Hummm —dijo papá, como siempre que no estaba de acuerdo con mi madre pero le faltaban arrestos para plantarle cara.

Nadie se atrevía a contradecir a mamá. Daba —y sigue dando, de hecho— un poco de miedo. Era alta, tenía el pelo negro corto y unos ojos castaños capaces de titilar cuando estaba de buen humor o de ennegrecerse y relampaguear cuando se enfadaba (y, un poco como con el increíble Hulk, todos procurábamos no hacerla enfadar).

Mi madre era médico, pero no de esos médicos normales que cosen las piernas a la gente o ponen inyecciones. Papá me dijo una vez que ella «ayudaba a mujeres que se habían metido en un lío». No me aclaró a qué clase de lío se refería, pero supuse que debía de ser bastante gordo para que necesitaran un médico.

Mi padre también trabajaba, pero en casa. Escribía para revistas y periódicos, aunque no siempre. A veces se quejaba de que nadie le daba trabajo o comentaba con una carcajada amarga: «Supongo que no he encontrado mi público este mes, Eddie».

De pequeño, yo tenía la sensación de que no había conseguido un «empleo decente». Un empleo propio de un padre. Los papás debían llevar traje y corbata, salir a trabajar por la mañana y regresar a casa por la tarde, a la hora de la cena. Mi padre se iba a trabajar a la habitación libre que teníamos y se sentaba frente a un ordenador, vestido con pantalón de pijama y camiseta, y en ocasiones sin haberse peinado siquiera.

Su aspecto tampoco era como el de la mayoría de los padres. Lucía una barba crecida, frondosa, y una cabellera larga recogida en una cola de caballo. Llevaba vaqueros recortados y llenos de rotos, incluso en invierno, y camisetas desteñidas con nombres de grupos prehistóricos como Led Zeppelin y The Who. A veces iba en sandalias.

Gav el Gordo dijo que mi padre era un «puñetero jipi». Seguramente tenía razón. Pero en aquel momento me lo tomé como un insulto, le propiné un empujón, él me levantó y me tiró al suelo como en un combate de lucha libre, y yo me marché dando tumbos, con algunos moretones y sangrando por la nariz.

Más tarde hicimos las paces, claro. Gav el Gordo podía portarse como un auténtico capullo —era uno de esos chicos rellenitos que siempre tienen que ser los más ruidosos y desagradables para que los abusones de verdad los dejen en paz—, pero también era uno de mis mejores amigos, además de la persona más leal y generosa que conocía.

—Cuida bien de tus amigos, Eddie Munster —me aconsejó un día con toda solemnidad—. Los amigos son lo más importante.

«Eddie Munster» era mi apodo. Me lo habían puesto porque mi apellido es Adams, casi igual que el de La familia Addams. Cierto, el crío de La familia Addams se llamaba Pugsley, y Eddie Munster era un personaje de La familia Monster, pero en aquel entonces parecía tener sentido, de modo que, como suele ocurrir, se me quedó el apodo.

Eddie Munster, Gav el Gordo, Metal Mickey (a quien llamábamos así por los enormes correctores que llevaba en los dientes), Hoppo (David Hopkins) y Nicky: esos éramos los miembros de la panda. Nicky no

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