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EL HOMBRE QUE NUNCA LE HARíA DAñO A NADIE

Roger Rubio  

5


Fragmento

2

Jueves 12 de febrero, 5.30 de la mañana

Al día siguiente de la muerte de Brenda

A Domingo Campos, Mingu para sus escasos amigos, inspector Campos para sus compañeros de trabajo y «papá» para ese chico introvertido de dieciséis años al que veía cada quince días, le costaba conciliar el sueño.

Ya hacía años que no era joven y, a pesar de sentirse cansado muy a menudo, dormía poco y mal. Por eso le molestaba que lo llamaran tan temprano al móvil y sobre todo que fuera para comunicarle que se había encontrado el cuerpo de una puta muerta.

Mientras esperaba a que el agua estuviera suficientemente caliente como para entrar en la ducha sin tener la sensación de disponerse a explorar la Antártida, reflexionó sobre cuánto tiempo hacía que usaba la expresión «una puta muerta» cuando se estaba hablando de una chica de veinte años, con todos los sueños que una joven alberga a esa edad, entre los cuales no suele estar el de acabar tirada en el suelo de la habitación de una casa de masajes con la boca llena de espuma y necrosis en las mucosas. Tal vez cuando empezó a resumir este tipo de tragedias en «una puta muerta» fue cuando empezó a tener escasos amigos, a dormir poco y mal y a ver solo cada quince días a ese chico introvertido que lo llamaba papá.

Antes de abandonar la ducha y abrirse paso por el cuarto de baño, al que el vaho había transformado momentáneamente en el Londres victoriano, Domingo Campos persiguió con el chorro de agua los cabellos que habían quedado desperdigados en el suelo de pizarra blanca de la ducha hasta verlos desaparecer por el desagüe. Esa rutinaria operación matutina le recordaba a diario que estaba en esa edad en la que los pelos se esfumaban de la cabeza de los hombres para brotar en su espalda o, peor aún, en sus orejas, en una reorganización capilar con la que nadie con un mínimo criterio estético se sentía conforme.

Caminó a tientas y descalzo, maldiciendo el frío de las baldosas y la dureza de la pata metálica que, con un dolor agudo, le indicó al meñique de su pie que había llegado a la altura de la cama. Se vistió sin hacer ruido para no despertar a Elia, que ya ocupaba el colchón entero y con los ojos entreabiertos le recordaba que aún no eran las seis; una información horaria que Domingo Campos estimó innecesaria puesto que, como todo aquel que se levanta antes del amanecer, era plenamente consciente de la hora que era.

Tras reprocharle el ruido que provocaban sus pies al deslizarse por las perneras del pantalón, Elia cambió de postura dejando que un seno se liberara cómicamente de la camiseta de tirantes con la que dormía. Campos no respondió al reproche, ya que sabía que una discusión entre una persona malhumorada que acaba de reventarse el meñique por no encender la luz y otra que acaba de despertarse no resultaba la mejor forma de empezar el día. Aquella era la primera enseñanza que había sacado de su anterior matrimonio.

El inspector Campos desayunó a la tenue luz de la lámpara del extractor de la cocina como cada mañana. Su sentido común intuía que una lata de Coca-Cola y un cigarrillo no eran la mejor manera de empezar el día para su organismo y que ningún médico recomendaría tal dieta, salvo que su paciente le hubiese incluido en el testamento. Pero Campos era incapaz de ingerir ningún alimento hasta pasadas las diez, momento en que sentía un leve mareo cercano a la náusea, que aliviaba con cualquier porquería de la máquina expendedora o en el primer bar que encontraba en los alrededores de la comisaría de la plaza Espanya, sin importarle que el aceite de la freidora hubiera podido freírles croquetas a los visitantes de la exposición universal de 1929.

A pesar de sus hábitos alimenticios, Campos no solo seguía vivo sino que gozaba de lo que él llamaba «una salud aceptable» (si una salud aceptable incluye náuseas matutinas, cansancio casi crónico, frecuentes migrañas y calambres intestinales varios días al mes).

El repentino silencio que se creó cuando el inspector apagó la radio de la cocina permitió que los leves ronquidos de Elia llegaran a los tímpanos de Campos acompañados de aquella peligrosa pregunta que de vez en cuando se forjaba en su cabeza: ¿realmente quería a esa mujer o simplemente la metió en casa para no ser el típico policía divorciado? Salió de la vivienda sin responder; un cobarde siempre huye de las preguntas cuya respuesta ya conoce.

Pisó la calle dejando que el frío de febrero le golpeara en la cara y se dirigió al parking, que se encontraba a dos manzanas de su edificio y por el que abonaba todos los meses el mismo alquiler que sus padres pagaban, no tantos años atrás, por un piso de cuatro habitaciones en el barrio del Clot. Mientras los primeros rayos de sol se disponían a borrar cualquier resquicio de noche que quedase en las aceras de la calle València, el inspector Campos pensó que el barrio había cambiado mucho; aunque si el barrio hubiese podido hablar le habría replicado que quien decididamente había cambiado era él.

Antes de entrar en el coche dudó sobre si debía o no sacarse la gruesa parka que llevaba puesta. Ya hacía tiempo que había optado por abrigarse mucho en la calle para compensar el tener que ir en mangas de camisa por la comisaría que, como si estuviera situada en el trópico, se mantenía a una temperatura constante de veinticinco grados todo el año.

Al tercer intento con el contacto el coche arrancó y Domingo Campos se dirigió, como tantas otras veces, a la cita con un cadáver.

La llegada del inspector al escenario del crimen supuso algo así como el inicio del segundo acto de una tragedia cuya protagonista yacía inerte y ajena al argumento. Al entrar en el piso de la Rambla del Prat en el que unas horas antes se encontró a Helena Gomariz, Campos halló todos los elementos que para él eran habituales. Vecinos en bata compitiendo por ver quién ponía más cara de desconcierto en el rell

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