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EL INSTINTO

Ashley Audrain  

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Fragmento

 

 

 

 

Tu casa reluce de noche como si ahí dentro todo estuviera en llamas.

La tela que eligió para las cortinas parece lino. Lino del caro. No son muy tupidas, y desde fuera os leo en la cara el estado de ánimo. Veo cómo la niña se aparta la coleta y acaba los deberes. Veo al pequeño, que tira pelotas de tenis contra el techo de tres metros y medio de altura mientras tu mujer va por el salón en mallas y pone todo en su sitio. Los juguetes, en la cesta. Los cojines, en el sofá.

Aunque esta noche habéis dejado abiertas las cortinas. Para ver cómo nieva, quizá. Para que tu hija busque renos en la nieve. Ya hace tiempo que no se lo cree, pero sigue fingiendo por ti. Haría cualquier cosa por ti.

Os habéis vestido todos para la ocasión. Los niños van de cuadros escoceses, a juego; posan en el escabel de cuero mientras tu mujer les hace una foto con el teléfono. La niña le sujeta la mano al niño. Tú trajinas con el equipo de música al fondo del salón, y tu mujer te dice algo, pero la callas con un dedo porque ya casi lo tienes. La niña salta, y tu mujer coge al niño y se pone a dar vueltas con él en brazos. Alcanzas el vaso de whisky y le das uno, dos sorbitos, luego te apartas con sigilo del equipo de música, como si fuera un bebé dormido. Así das siempre tus primeros pasos de baile. Agarras al niño y él echa la cabeza para atrás. Lo pones boca abajo. Tu hija quiere que le des un beso, y tu mujer te sostiene el vaso de whisky. Va hasta el árbol con gráciles pasos y endereza las luces de Navidad, que se han torcido un poco. Y ahora todos hacéis corro y gritáis algo a la vez, una palabra, todos a una, y seguís bailando; os sabéis muy bien esa canción. Tu mujer sale un momento, y el niño la sigue con la mirada en un acto reflejo. Recuerdo haberme sentido así. La sensación de ser imprescindible.

Cerillas. Vuelve para encender las velas en la repisa de la chimenea engalanada para la ocasión, y me pregunto si las ramas de abeto que la orlan son de verdad, si huelen a vivero. Dejo vagar la mente unos instantes, imagino que esas ramas se prenden mientras dormís. Veo cómo reluce tu casa, y el resplandor dorado, de un amarillo cálido, se vuelve rojo candente y crepitante.

El niño tiene en la mano el hierro de atizar la lumbre, y la niña se lo quita con cuidado antes de que tu mujer y tú os deis cuenta. La hermana buena. La que ayuda y protege.

 

Nunca me quedo tanto rato, pero esta noche estáis todos tan guapos que me cuesta irme. La nieve es de la que cuaja, la niña podrá hacer un muñeco por la mañana para divertir a su hermanito. Pongo en marcha el limpiaparabrisas, regulo la calefacción justo cuando el reloj pasa de las 7:29 a las 7:30. Ya habréis acabado de leer El Expreso Polar.

Tu mujer se ha sentado a mirar los brincos que vais dando por el salón. Ríe y se recoge el pelo suelto, rizado y largo, por encima de un hombro. Huele tu vaso y lo deja encima de la mesa. Sonríe. La tienes a la espalda y no ves lo que yo veo, cómo se lleva una mano a la tripa, la acaricia suavemente, baja la vista y su mente se pierde en lo que le crece dentro. Son células. Pero lo son todo. Te das la vuelta y vuelve a concentrarse en lo que está pasando en el salón. En la gente que ama.

Ya te lo dirá mañana.

La sigo conociendo muy bien.

Dejo de observaros para ponerme los guantes. Cuando vuelvo a mirar, la niña ha abierto la puerta de la casa y está en el vano. Le alumbra media cara el farol que ilumina el número de la calle. Sostiene un plato lleno de zanahorias y galletas. Dejarás unas migas en el suelo de baldosas de la entrada. Harás como que te lo crees, igual que ella.

Ahora me ve sentada en el coche. Está tiritando. El vestido que le ha comprado tu mujer le queda pequeño, y veo que va echando caderas y le está saliendo pecho. Se aparta la coleta del hombro con una mano, y ese gesto, más que de niña, es de mujer.

Me parece que es la primera vez en su vida que nuestra hija se parece a mí.

Bajo el cristal y saco la mano a modo de saludo, un saludo secreto. Deja el plato en el suelo y vuelve a mirarme antes de darse la vuelta y entrar en casa. Con su familia. Estoy atenta por si corréis las cortinas de golpe, por si sales a ver qué narices hago aparcada a la puerta de tu casa en una noche como esta. Y la verdad es que no sabría qué decir. ¿Que me sentía sola? ¿Que la echaba de menos? ¿Que era yo quien merecía ser la madre en tu casa reluciente?

Pero la niña no te dice nada y entra en el salón dando brincos. Has convencido a tu mujer para que se levante. Bailáis muy juntos, tú le pones la mano en la espalda y palpas su blusa, y nuestra hija agarra al niño de la mano y lo lleva justo delante de la ventana de la sala. Parece una actriz que ocupa su puesto en el sitio exacto del escenario. De lo bien enmarcados que están.

El niño es clavado a Sam. Tiene sus mismos ojos. Y ese mechón de pelo negro que acaba en un rizo, el rizo que tantas veces me he enrollado en el dedo.

Me entran ganas de vomitar.

Nuestra hija mira por la ventana y no aparta los ojos de mí, pone las manos en los hombros de tu hijo. Se agacha para besarlo en la mejilla. Una vez. Y otra. El niño está encantado con tanto afecto. Se lo ve acostumbrado. Señala la nieve que cae, pero ella no aparta los ojos de mí. Le frota la parte superior de los brazos, como para calentarlo. Como haría una madre.

Vas hasta la ventana y te pones de rodillas a la altura del niño. Miras afuera y luego al cielo. Mi coche no te llama la atención. Señalas los copos de nieve igual que tu hijo, y trazas un camino en lo alto con el dedo. Le estás hablando del trineo. De los renos. Él escruta la noche, quiere ver lo que tú ves. Le haces cosquillas en el cuello. La niña tiene todavía los ojos fijos en mí. Me sorprendo a mí misma apretada contra el respaldo. Trago saliva y por fin aparto la mirada. Siempre gana ella.

Cuando vuelvo a mirar, ella sigue allí, pendiente del coche.

Parece que vaya a echar la cortina, pero no. Ahora la que no aparta los ojos soy yo. Cojo el taco de hojas que tengo al lado, en el asiento del copiloto, y siento el peso de mis palabras.

He venido a darte esto.

Es mi versión de la historia.

1

 

 

 

 

Arrastraste la silla hasta donde yo estaba y diste unos golpecitos en mi libro con la punta del lápiz, y yo seguí con la vista fija en la página, dudando si mirarte o no. «¿Aló?», dije, como si fuera una llamada de teléfono. Qué gracia te hizo eso. Y allí estábamos, dos extraños en la biblioteca de la facultad, con una risa nerviosa, estudiando la misma optativa. Debía de haber cientos de alumnos en clase, y yo no te había visto antes. Te caían los rizos encima de los ojos y enrollabas el lápiz en ellos. Tenías un nombre de lo más raro. Me acompañaste de vuelta esa tarde, aunque no nos dijimos gran cosa por el camino. Tú no disimulaste lo colado que estabas, me mirabas todo el rato con una sonrisa dibujada en la cara. Nadie me había hecho nunca tanto caso. Me besaste la mano en la puerta del colegio mayor, y nos dio la risa otra vez.

 

Enseguida cumplimos los veintiuno y nos hicimos inseparables. Nos quedaba menos de un año para licenciarnos. Lo pasamos en la cama de mi habitación, durmiendo juntos como náufragos en una balsa y estudiando cada uno en un extremo del sofá, con las piernas entrelazadas. Íbamos al bar con tus amigos, pero siempre acabábamo

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