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EL INTERCAMBIO

Rebecca Fleet  

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Fragmento

Allí

Caroline, mayo de 2015

Al torcer para meternos en la calle, mi primera impresión es que todas las casas de por aquí parecen idénticas. Pulcros rectángulos encalados con pequeñas ventanas saledizas y tejados inclinados. Prácticamente todas tienen jardineras en las ventanas también: alineadas en los alféizares y cuajadas uniformemente de pensamientos blancos y morados, como si se ciñeran a una especie de patrón. Calculo que habrá unas treinta casas, todas construidas en serie con gusto.

—Bienvenida a los barrios residenciales —dice Francis, entrecerrando los ojos por el sol del atardecer que se refleja en el parabrisas mientras conduce por la calle—. Espero que estés contenta. —Lo dice bromeando con patente socarronería.

—No está tan mal —respondo automáticamente, antes de pararme a considerar si lo digo o no en serio. Últimamente este tipo de conversaciones improvisadas son habituales entre nosotros, pullas recíprocas, un ten con ten. Antagónicas, pero inocuas, como entre dos niños que mantienen un leve rifirrafe en el parque infantil. Francis me mira de reojo y hace una mueca.

Me quedo mirando por la ventanilla, contemplando de nuevo la hilera de casas mientras avanzamos lentamente por la estrecha calle. Ahora que me fijo con más atención, reparo en los pequeños toques personales que algunos de los propietarios han tratado de imprimirles. Una puerta de garaje pintada de color chillón por aquí, una elegante placa dorada con el número por allí. Una de las casas, el número 14, se encuentra algo más deslucida que el resto; sus paredes tienen una ligera capa de suciedad, el césped está más crecido y poblado, entremezclado con malas hierbas.

—La están descuidando —comento, señalando por la ventanilla—. La patrulla del barrio les va a dar un toque. —Francis, algo distraído, esboza una sonrisa.

—La 21, ¿verdad? —pregunta, metiendo ya el coche por el camino de entrada. Inspecciono la casa buscando detalles singulares, pero no hay ninguno. El césped está segado con meticulosidad, y las ventanas están enmarcadas con cortinillas, blancas e impecables. Las luces del interior están apagadas y, por un momento, vislumbro el reflejo del coche en la ventana de la planta baja con el resplandor de los faros, el contorno oscuro de nuestras sombras perfiladas juntas en el interior. Por alguna razón, la imagen me produce una sacudida de desasosiego: un leve e irracional escalofrío que pasa tan pronto como ha aparecido.

—Tiene buena pinta —digo; me desabrocho el cinturón de seguridad y abro la puerta del coche. Fuera hace más frío de lo que imaginaba, el viento me eriza el vello de la nuca. Francis sale del asiento del conductor renqueando con exageración. El trayecto desde Leeds ha durado poco más de cuatro horas; no ha estado mal, pero ha sido lo bastante largo como para crear esa sensación de modorra y letargo por haber permanecido demasiado tiempo confinados e inmóviles. En los viejos tiempos nos habríamos turnado al volante, pero cuando dejé de ofrecerme no tardó en dejar de pedírmelo.

—Sí, dentro de lo que cabe. Un par de horas más y podríamos haber llegado a París —comenta Francis en tono quejumbroso, sonriéndome con malicia—. Paseos románticos por los Campos Elíseos. Una agradable taza de café au lait y un cruasán habría sido un puntazo ahora mismo.

—Ya lo sé —reconozco—, pero me parecía demasiado engorroso, y un poco lejos, para dejar a Eddie y todo lo demás. Tómatelo como una prueba en esta ocasión, a ver qué tal. A lo mejor el año que viene.

Este es un terreno trillado. Desde el principio, los planes de Francis para esta semana habían sido más ambiciosos que los míos. De todos modos, su entusiasmo había brotado con ímpetu de la nada cuando le lancé la sutil indirecta de un intercambio de casa; había pasado de la apatía a una energía delirante en cuestión de segundos. Respondió tan de buen grado a mi propuesta que yo me acobardé y no le dije la verdad: que me había registrado en un impulso tonto en la página web de intercambio de casas hacía meses y lo había olvidado. Vi el mensaje con la notificación de pura casualidad, al revisar mi carpeta de spam buscando un correo de una amiga. «¡Alguien quiere intercambiar su casa contigo!». Era un gancho intrigante que me incitó a seguir adelante. Pinché en el enlace y ahí estaba: un mensaje amable e impersonal de alguien que firmaba como S. Kennedy y mostraba interés en nuestro piso del centro de Leeds a cambio de su casa en Chiswick, si las fechas cuadraban.

Yo había echado un vistazo a las fotos del número 21 de Everdene Avenue —a la decoración anodina y las frías paredes en tono pálido, al coqueto jardín delantero—, pero lo cierto es que apenas me había fijado. Lo único que pensé fue que cabía la posibilidad de cambiar de aires por un coste mínimo, una semana fuera los dos solos, si mi madre se quedaba a cargo de Eddie. Lo bastante cerca de Londres como para hacer recorridos turísticos de un día, lo bastante lejos del centro como para tener la sensación de escapar del ajetreo urbano. Meses antes habíamos sopesado la idea de unas vacaciones en España y la habíamos descartado. Demasiado gasto y demasiado esfuerzo, o al menos eso es lo que nos habíamos dicho el uno al otro. Tal vez en su fuero interno, Francis también se había sentido amilanado por las implicaciones de una habitación de hotel en un entorno cálido y noches a la luz de las velas en una terraza con aroma a mimosas.

Francis se pone a hurgar debajo de las macetas y localiza la llave.

—Prepárate —dice, blandiéndola—. Ahora es cuando descubrimos que han dejado un montón de cadáveres putrefactos en la cocina.

Pongo los ojos en blanco, ignorando el fuerte escalofrío que me recorre la espalda de arriba abajo. Por muy ridículo que sea su comentario, no puedo evitar tener la sensación de que la situación es extraña, ocupar una casa ajena. Recuerdo un programa que vi hace meses: un chalado de esos merodeando en una casa supuestamente embrujada, divagando acerca de cómo las tragedias del pasado estaban incrustadas en las paredes. Me había parecido una chorrada, pero aquella noche había soñado que caminaba por habitaciones silenciosas y pasillos fríos y oscuros, respirando el aire cargado y viciado.

Francis abre la puerta y permanecemos en silencio durante unos instantes en el umbral.

—Bueno —comenta finalmente—, no había por qué preocuparse. Los polis ya han estado aquí y lo han limpiado todo.

Esbozo una media sonrisa, concentrada en observar a mi alrededor. En mi vida he visto una casa tan vacía. Paredes desnudas, ni un mísero espejo. Suelos claros de madera de pino y puertas lisas abiertas de par en par en habitaciones prácticamente sin amueblar. Una sala de estar con un sofá de piel negro austero y monolítico, y una estantería con escasos libros. Atisbo la cocina al fondo del pasillo: la mesa de madera de pino despejada y un reluciente horno que da la impresión de que acaba de ser instalado.

—¿Es esto… normal? —pregunta Francis, y acto seguido avanza con cautela por el pasillo, se asoma a las habitaciones una por una y me sigue escaleras arriba—. O sea, no es muy...

—Acogedora —apunto, al llegar al dormitorio. Es como una exposición de una feria de arte moderno. La cama de matrimonio está cubierta con un pulcro edredón marrón chocolate y dos almohadas, y hay una cómoda junto a ella y un armario grande en el rincón de la habitación, pero está tan desprovisto de efectos personales como las restantes habitaciones.

Sobre una de las almohadas yace una hoja de papel blanco, perfectamente doblada por la mitad. Cruzo la habitación y la abro; está escrita a máquina, en una fuente pequeña, centrada. «Querida Caroline —reza—, espero que disfrutes de la estancia. La información está en una carpeta en la cocina. Por favor, sírvete cualquier cosa que encuentres. S.».

Le leo la nota a Francis, que rompe a carcajadas incluso antes de terminar de leerla.

—¿Qué? —digo con irritación—. ¿De qué te ríes?

Francis se toma un momento para recobrar la compostura.

—¿Por dónde empiezo? —contesta—. Su manera de dirigirse únicamente a ti, como si yo no existiera. La idea de que te sirvas un po

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