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EL INTESTINO FELIZ

Justin Sonnenburg   Erica Sonnenburg  

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Fragmento

Prólogo

En la facultad de Medicina, a mediados de la década de 1960, aprendí que el colon humano contenía muchísimas bacterias necesarias para una digestión adecuada y para la asimilación de los nutrientes, y que el uso prolongado de antibióticos podía causar alteraciones intestinales debidas al crecimiento excesivo de organismos indeseables. Por aquel entonces, quienes comían yogur por razones de salud digestiva o tomaban suplementos de acidófilo eran considerados unos fanáticos, y pocas autoridades médicas creían que la flora intestinal tuviese influencia alguna fuera del tracto gastrointestinal. Tampoco existía el concepto de microbioma humano, que comprende todos los microorganismos que habitan en el interior y en la superficie de nuestro cuerpo y que es mucho mayor que el ADN humano.

La investigación sobre el microbioma humano es hoy una de las áreas más emocionantes de la ciencia; abandera una verdadera revolución en nuestra comprensión de la fisiología humana y nos brinda grandes promesas de mejora de la salud y enfoques novedosos para gestionar las enfermedades. Las especies de bacterias y hongos que colonizan el intestino pueden determinar nuestras interacciones con el entorno, protegernos o predisponernos a alergias y enfermedades autoinmunes. Pueden protegernos o predisponernos a la obesidad y la diabetes. Pueden inhibir o agravar procesos inflamatorios. Pueden interactuar con determinados edulcorantes sintéticos para causar resistencia a la insulina y aumento de peso a determinados individuos. Pueden incluso influir en el funcionamiento de nuestra mente y en nuestro bienestar emocional.

La primera vez que oí hablar de esta nueva visión del microbioma fue de boca de uno de los autores de este libro, Justin Sonnenburg. Él y su mujer, Erica, son destacados investigadores en este campo y dirigen un laboratorio en el departamento de Microbiología e Inmunología de la facultad de Medicina de la Universidad de Stanford. En 2013 invité a Justin a dar una conferencia sobre su investigación en el X Congreso Anual sobre Nutrición y Salud que organizaba el Center for Integrative Medicine (Centro de Medicina Integral) de la Universidad de Arizona. El congreso se celebró en Seattle y asistieron cientos de médicos, nutricionistas colegiados y otros profesionales de la salud. La charla de Justin fue para mí el momento estelar del congreso. Transmitió con entusiasmo los descubrimientos sobre el microbioma humano y sugirió respuestas a preguntas desconcertantes que yo me formulaba acerca de enfermedades actualmente en aumento.

El asma, las alergias y las enfermedades autoinmunes han aumentado en Norteamérica y otras zonas desarrolladas del mundo. ¿Por qué es mucho más alta hoy la tasa de alergia a los cacahuetes que cuando yo era pequeño, en la década de 1950? ¿Y a qué se debe el espectacular incremento de la intolerancia al gluten?

Esa última pregunta me preocupaba sobremanera. Dado que la intolerancia al gluten es un diagnóstico basado en el paciente para el que se carece de pruebas objetivas, cada vez son más las personas cuyos síntomas desaparecen al eliminar el gluten de su dieta y reaparecen cuando se vuelve a introducir. Rechazo la idea de que los cereales en general y el trigo en particular sean alimentos nocivos, y no me convence el argumento según el cual la causa de la intolerancia son los cambios en la composición genética del trigo en los últimos años. La sensibilidad al gluten parece estar más generalizada en la población norteamericana. En China, donde se sirve gluten en muchos restaurantes —en platos como gluten con salsa de alubias o gluten agridulce—, es algo desconocido, igual que en Japón. ¿Qué ha cambiado en Norteamérica?

Justin Sonnenburg me enseñó que probablemente los culpables son las alteraciones de nuestro microbioma

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