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EL INTRUSO

Frederick Forsyth  

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Fragmento

Prefacio

Todos nos equivocamos, pero desencadenar la Tercera Guerra Mundial habría supuesto un error considerable. Hoy por hoy, sigo manteniendo que no fue del todo culpa mía. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos.

En el transcurso de mi vida, he escapado por los pelos de la ira de un traficante de armas en Hamburgo, he sido ametrallado por un MiG durante la guerra civil nigeriana y he aterrizado en Guinea-Bisáu durante un sangriento golpe de Estado. Me detuvo la Stasi, me agasajaron los israelíes, el IRA precipitó mi traslado repentino de Irlanda a Inglaterra, a lo que también contribuyó una atractiva agente de la policía secreta checa... (bueno, su intervención fue algo más íntima). Y eso solo para empezar.

Todo eso lo vi desde dentro. Pero, aun así, siempre me sentí como un intruso.

A decir verdad, nunca tuve la menor intención de ser escritor. Los largos períodos de soledad fueron al principio una circunstancia, luego una preferencia y al final una necesidad.

Al fin y al cabo, los escritores son criaturas raras, y más si intentan ganarse la vida escribiendo. Hay razones para ello.

La primera es que un escritor vive la mitad del tiempo en el interior de su cabeza. En ese diminuto espacio, mundos enteros se crean o se destruyen, es probable que ambas cosas. Cobran vida personas que trabajan, aman, luchan, mueren y se ven sustituidas. Las tramas se conciben, se desarrollan, se corrigen y dan fruto o se frustran. Es un mundo muy distinto del que tiene lugar al otro lado de la ventana. A los niños se les reprende cuando sueñan despiertos; para un escritor, es indispensable.

El resultado es una necesidad de largos períodos de paz y tranquilidad, a menudo en completo silencio (sin ni siquiera música suave), lo que hace de la soledad una necesidad absoluta, la primera de las razones que subyacen tras nuestra rareza.

Si piensas en ello, junto con la profesión de farero, casi desaparecida, la escritura es el único trabajo que debe abordarse en soledad. Otras profesiones permiten tener compañía. El capitán de una línea aérea cuenta con su tripulación; el actor, con el resto del reparto; el soldado, con sus compañeros, y el oficinista, con sus colegas reunidos en torno a la fuente de agua refrigerada. Solo el escritor cierra la puerta, desconecta el teléfono, baja las persianas y se retira a solas, a un mundo privado. El ser humano es un animal gregario y lo ha sido desde los tiempos de los cazadores y los recolectores. El ermitaño es poco común, singular y a veces raro.

De vez en cuando se ve a un escritor por ahí: bebiendo, comiendo, de fiesta; mostrándose afable, sociable, incluso feliz. Cuidado, eso es solo la mitad de él. La otra mitad del escritor permanece distante, observándolo, tomando notas. Esa es la segunda razón de su rareza: el distanciamiento compulsivo.

Detrás de su máscara, el escritor siempre está al acecho; no puede evitarlo. Observa y analiza el entorno, toma notas mentales, almacena detalles de la conversación y el comportamiento a su alrededor para usarlos más adelante. Los actores hacen lo mismo por las mismas razones, para usarlos más adelante. Pero el escritor solo cuenta con las palabras, más rigurosas que el plató o el escenario, donde hay colores, movimientos, gestos, expresiones faciales, accesorios y música.

La necesidad absoluta de largos períodos de soledad y el distanciamiento permanente de lo que Malraux denominó «la condición humana» explican por qué un escritor no puede acabar de encajar nunca. Formar parte de algo implica hacer revelaciones sobre uno mismo, mostrar conformidad, obedecer. Pero un escritor tiene que ser una persona solitaria y, por tanto, un intruso permanente.

De niño, yo estaba obsesionado con los aviones y no quería otra cosa que ser piloto. Pero incluso entonces, no deseaba formar parte de una tripulación. Yo quería pilotar monoplazas, lo que probablemente era una señal de advertencia, si alguien se hubiera fijado en ella. Aunque nadie lo hizo.

Tres factores contribuyeron a mi posterior aprecio del silencio en un mundo cada vez más ruidoso y de la soledad donde el mundo moderno exige abrirse paso a codazos entre la multitud. Para empezar, fui el primogénito y seguí siendo hijo único, y estos siempre son un poco distintos. Mis padres podrían haber tenido más hijos, pero estalló la guerra en 1939 y para cuando terminó ya era demasiado tarde para mi madre.

Así que pasé gran parte de mi primera infancia solo. Un niño a solas en su cuarto puede inventarse sus propios juegos y tener la seguridad de que se desarrollan según sus reglas y llegan a la conclusión que él desea. Se acostumbra a ganar según sus propias condiciones. Así surge la preferencia por la soledad.

El segundo factor de mi aislamiento lo ocasionó la Segunda Guerra Mundial en sí. Mi ciudad, Ashford, se hallaba muy cerca de la costa y del canal de la Mancha. En la otra orilla, a treinta y tres kilómetros escasos, estaba la Francia ocupada por los nazis. Durante algún tiempo, la poderosa Wehrmacht esperó al otro lado de esa franja de aguas grises la oportunidad de cruzarla e invadir, conquistar y ocupar Gran Bretaña. Los bombarderos de la Luftwaffe pasaban zumbando por el cielo para atacar Londres o, por temor a los cazas de la RAF (siglas en inglés de las Fuerzas Aéreas Británicas) que los aguardaban, daban media vuelta y lanzaban su carga en cualquier parte desde allí hasta Kent. Otros bombardeos tenían como objetivo destruir el gran nudo ferroviario de Ashford, a apenas quinientos metros de la casa de mi familia.

Como resultado de ello, durante la mayor parte de la guerra, muchos niños de Ashford fueron evacuados a casas de acogida lejos de allí. Salvo por una breve salida durante el verano de 1940, yo pasé toda la guerra en Ashford y, de todos modos, no tenía con quien jugar. Tampoco me importaba. Este no es un relato en plan pobrecito de mí. El silencio y la soledad no se convirtieron en un azote, sino en mis queridos y viejos amigos.

El tercer factor fue el colegio privado (me refiero, claro, a un internado) al que me enviaron a los trece años. En la actualidad, la escuela de Tonbridge es una academia excelente, de trato humano, pero por aquel entonces tenía reputación de severa. La casa a la que fui asignado, Parkside, era la más brutal de todas, con una filosofía interna basada en el acoso y la vara.

Ante algo así, un chico no tiene más que tres opciones: capitular y convertirse en un pelota servil, plantar cara o replegarse al interior de un carapacho mental como una tortuga en su caparazón. Se puede sobrevivir, solo que no se disfruta. Yo sobreviví.

Recuerdo el concierto de despedida de diciembre de 1955, cuando los que se iban tenían que ponerse en pie y cantar «Carmen Tonbridgiensis», la canción de Tonbridge. Una de las frases dice «he sido expulsado del jardín, me espera el camino polvoriento». Fingí cantar sin emitir sonido alguno, consciente de que el «jardín» había sido una cárcel monástica donde no había recibido ningún cariño y «el camino polvoriento» era una carretera amplia y soleada que me llevaría hacia una gran diversión y muchas aventuras.

Entonces ¿por qué, con el tiempo, me hice escritor? Fue pura chiripa. Yo no quería escribir, sino viajar por el mundo. Quería verlo todo, desde las nieves del Ártico hasta las arenas del Sahara, de las junglas de Asia a las llanuras de África. Como no tenía ahorros propios, opté por el trabajo que pensé que me permitiría hacerlo.

Cuando yo era adolescente mi padre leía el Daily Express, por entonces un periódico de gran formato propiedad de lord Beaverbrook y dirigido por Arthur Christiansen. Los dos se enorgullecían enormemente de su cobertura internacional. A la hora del desayuno, me ponía al lado de mi padre y me fijaba en los titulares y en los sitios desde donde estaban firmadas y fechadas las noticias. Singapur, Beirut, Moscú. ¿Dónde se hallaban esos lugares? ¿Cómo eran?

Mi padre, tan paciente y alentador como siempre, me llevaba al atlas familiar y me los señalaba. Luego a la Enciclopedia Collins, de veinticuatro volúmenes, que describía las ciudades, los países y a la gente que vivía allí. Y juré que un día los vería todos. Me convertiría en corresponsal en el extranjero. Y eso hice, y los vi.

Pero no se trataba de escribir, se trataba de viajar. No fue hasta los treinta y un años, de regreso de una guerra africana, y para variar sin blanca, sin trabajo ni posibilidad de encontrarlo, cuando se me ocurrió la idea de escribir una novela para saldar mis deudas. Era una idea descabellada.

Hay varias maneras de ganar dinero rápido pero, en una lista general, escribir una novela queda muy por debajo de robar un banco. El caso es que yo no lo sabía y supongo que debí de acertar en algo. Mi editor me dijo, para gran sorpresa mía, que parecía capaz de contar una historia. Y eso he hecho durante los últimos cuarenta y cinco años, sin dejar de viajar, ya no para informar de acontecimientos en el extranjero, sino con objeto de documentarme para la siguiente novela. Fue entonces cuando mi preferencia por la soledad y el distanciamiento pasaron a ser necesidades absolutas.

A los setenta y seis años, creo que sigo siendo en parte periodista, pues conservo las otras dos cualidades que debe tener un reportero: una curiosidad insaciable y un escepticismo obstinado. Muéstrame a un periodista que no se moleste en descubrir el porqué de algo y se crea lo que le dicen, y te mostraré a un mal reportero.

Un periodista nunca debería unirse a la clase dirigente, por tentadores que sean los halagos. Nuestro trabajo consiste en pedir cuentas al poder, no en asociarnos con él. En un mundo cada vez más obsesionado con los dioses del poder, el dinero y la fama, el periodista y el escritor deben guardar distancia, como un pájaro en una barandilla, observar el mundo, fijarse, sondear, a la gente, comentar cosas pero nunca sumarse. En resumen, deben convertirse en intrusos.

Durante años he soslayado las sugerencias de que escribiera una autobiografí

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