Loading...

EL JARDíN DE SONOKO

David Crespo  

4


Fragmento

I

Una vez pasada la entrevista, las únicas condiciones que me pusieron hace tres años para entrar definitivamente en la empresa fueron dos: tenía que ser muy puntual y no podía trabajar si no utilizaba camisa blanca, corbata y pantalón oscuro. Ninguna supondría un inconveniente.

Curiosamente, aquella era la única ropa de la que disponía: cinco camisas blancas y cinco corbatas negras con una pequeña cenefa a base de rombos, que no era visible a no ser que el sol incidiese directamente sobre ellas con una inclinación de cuarenta y cinco grados. Entonces sí, entonces podían verse, incluso demasiado, pero aquello no sucedería con la iluminación artificial de la tienda. Estaba seguro de que allí pasarían por un discreto diseño.

Curiosamente también, no me dijeron nada sobre el calzado y yo consideré que los zapatos que siempre usaba —unos mocasines marrones muy resistentes, de esos corrientes de toda la vida— eran apropiados, y que además de hacer juego con el resto de la indumentaria, combinaban muy bien con los calcetines de color granate, que son los únicos que me gustan.

Tampoco la puntualidad sería un problema para mí. El centro comercial AEON, donde se encontraba el trabajo, estaba a unos diez minutos del apartamento al que me había mudado y, desde hace muchos años, de lunes a domingo, me levanto a las siete de la mañana sin despertador. De hecho, uno de mis primeros recuerdos es estar esperando, vestido y sentado en mi escritorio repasando alguno de los mangas de Astro Boy, a que mi madre se decidiera a llamarme para ir a desayunar. No sé si aquello era normal, pero nunca me pareció que se sorprendiera por el hecho de que jamás se me pegasen las sábanas.

Quiero que mi vida sea como mi vestuario: cómoda, fácil, sin sorpresas, y no suelo salir del piso salvo para ir a trabajar o, en ocasiones muy puntuales, para acercarme hasta la orilla del río Katsura a presenciar alguna puesta de sol. Allí los niños se esfuerzan por ver la pelota mientras hacen sus últimas carreras antes de regresar a casa sucios y sudorosos, mientras los cuervos regresan a sus casas, a las montañas. Paso la mayor parte de mi tiempo dentro del centro comercial —más de diez horas diarias, seis días a la semana— y todo lo hago allí: la compra la realizo en la primera planta, como y descanso en la tercera y trabajo en la segunda, en una zapatería de señoras llamada Modern Shoes.

Me llamo Kaoru Nakamura, tengo veintiocho años y durante cinco fui hikikomori,[1] un anacoreta en mi propia casa. Quizá debería haber comenzado por ahí, pero no lo he considerado importante.

Lo primero que veo al abrir los ojos cada mañana son las formas redondas que dibujan en el techo los rayos de sol que se filtran por los orificios de la persiana. Tardo treinta y cinco segundos en contarlos. Es aproximadamente el número de agujeritos que hay. A veces hay unos pocos más, otras unos pocos menos, dependiendo de la apertura de la persiana. Ya he mencionado que mi vida es sencilla y quiero que lo siga siendo. He habituado mi organismo, y con él mi existencia, a una rutina inquebrantable, a un orden que me ayuda a evitar situaciones incómodas y azarosas, para la cual todo tiene que ser medido y pautado minuto a minuto, hora a hora, con precisa exactitud. Así he logrado que todo lo que hago fluya de manera natural. Inspiro y exhalo el aire con el mismo automatismo con el que me preparo el desayuno, me visto o trabajo.

Por eso, exactamente tres minutos después de abrir los ojos sé que iré a la cocina donde prepararé el té junto a dos tostadas con mantequilla y mermelada de naranja. No me sirve cualquier mermelada de naranja, tiene que ser de la marca Ahoata. No existe un motivo específico para que esto sea así; seguramente podría ser de otra forma, pero no lo es.

También sé que después de haberme comido una de las tostadas, calentaré en el microondas uno de los dos tuppers que guardo en la nevera desde la noche anterior y que contienen el arroz hervido al que añadiré un cartón de nattō de tamaño pequeño, solo cuando lo haya batido lo suficiente como para que, al estirar el brazo, los hilos viscosos de la soja fermentada permanezcan unidos desde los palillos al envase, sin romperse. Únicamente después de haberme comido el bol de arroz, continuaré con la segunda de las tostadas, que, fría y blanda, exudará humedad, dejando sobre la loza una huella en la que siempre me gusta tratar de reconocer alguna figura. Así tiene que ser todo porque es así como me gusta que sea.

Sé también que media hora después de desayunar ejecutaré mis ejercicios diarios, que pasarán por dar mil saltos a la cuerda y hacer tres series de cuarenta flexiones y cuarenta abdominales, seguidas de varios estiramientos con los que desentumeceré mi musculatura. Todos estos movimientos los haré mirando por el balcón, hacia el bloque de edificios que tengo justo enfrente, cuyos apartamentos y las personas que en ellos viven ejercen sobre mí una sedante atracción.

En el momento de abrir los ojos, sé que a las ocho en punto de la mañana me meteré en la ducha y que durante una hora exacta me dedicaré a un minucioso aseo de mi cuerpo, para lo cual usaré productos muy específicos, ninguno de los cuales contiene colorantes o aromas artificiales entre sus componentes. Son artículos caros y exclusivos que compro en la pequeña sección naturista del departamento de perfumería del centro comercial en el que trabajo. Emplearé quince minutos en los genitales, ano y perineo, mien

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta