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EL JARDíN OLVIDADO

Kate Morton  

4


Fragmento

Capítulo 1

 

 

Londres, Inglaterra, 1913

 

 

El lugar donde se acurrucó estaba oscuro, pero la pequeña hizo como le ordenaron. La dama le había dicho que aguardara, que aún no estaba a salvo, tenía que estarse tan quieta como los ratones de una alacena. La niña supo que era un juego, como el escondite.

Detrás de los barriles de madera, la niña escuchaba. Evocó una imagen en su mente, tal como su padre le había enseñado. Muy cerca, unos hombres, que supuso eran marineros, gritaban a otros más lejos. Voces fuertes y toscas, llenas del mar y su sal. En la distancia las sirenas de los barcos, los silbatos, los remos al chocar contra el agua; y más allá, el grito de las grises gaviotas de alas extendidas para absorber los rayos del sol.

La dama regresaría, eso había dicho, pero la pequeña deseaba que fuera pronto. Había estado esperando largo tiempo, tanto que el sol había recorrido el cielo y ahora calentaba sus rodillas bajo su vestido nuevo. Prestó atención, esperando oír el ruido de las enaguas de la dama siseando contra los tablones del muelle. El taconeo de sus zapatos, apresurados, siempre apresurados, como nunca habían sonado los de su madre. La pequeña se preguntaba, de esa forma vaga y despreocupada de los niños que son muy queridos, dónde estaba su mamá. Cuándo regresaría. Y también se preguntaba acerca de la dama. Sabía quién era, había escuchado a la abuela hablar de ella. La dama se llamaba la Autora y vivía en una pequeña casa en los límites de la propiedad, más allá del laberinto. Se suponía que la pequeña no lo sabía. Se le había prohibido jugar en el laberinto de setos espinosos. Mamá y la abuela le habían dicho que era peligroso aproximarse al acantilado. Pero a veces, cuando nadie la observaba, a la pequeña le gustaba hacer cosas prohibidas.

Motas de polvo, cientos de ellas, danzaban en el haz de luz solar que se filtraba entre los dos barriles. La pequeña sonrió y entonces la dama, el acantilado, el laberinto y su madre abandonaron sus pensamientos. Extendió un dedo y trató de apresar una mota. Se rió del modo en que las motas se acercaban para luego escabullirse.

Los ruidos más allá de su escondrijo eran ahora diferentes. La pequeña podía escuchar el barullo de cosas moviéndose, de voces excitadas. Se inclinó hacia la rendija y apretó su rostro contra la fría madera de los barriles. Con un ojo examinó los muelles.

Piernas, zapatos y dobladillos de enaguas. Retazos de coloridas cintas de papel se agitaban de un lado a otro, y en el muelle, resabiadas gaviotas a la caza de migajas.

Hubo un bandazo y el enorme barco gimió larga y gravemente desde el interior de su vientre. Las vibraciones pasaron a través de los tablones del muelle hasta la punta de los dedos de la pequeña. Se produjo un instante de tensión en el que se encontró conteniendo la respiración, las palmas extendidas a los lados, luego el barco se puso en marcha y se apartó del muelle. La sirena sonó y hubo una ola de vítores, gritos de «Bon voyage». Estaban en camino. Hacia América, un lugar llamado Nueva York en donde papá había nacido. Ella los había oído cuchichear sobre el tema durante un tiempo, mamá diciéndole a papá que deberían partir tan pronto fuera posible, que no podían permitirse seguir aguardando.

La pequeña volvió a reír; el bote se deslizaba sobre el agua como una ballena gigante, como Moby Dick en el cuento que su padre le leía con frecuencia. A mamá no le gustaba que le leyera semejantes historias. Decía que eran demasiado aterradoras y que le metían ideas en la cabeza que luego no podrían sacarle. Papá siempre besaba a mamá en la frente cuando ella decía cosas por el estilo, le decía que tenía razón y que tendría más cuidado en el futuro. Pero así y todo continuaba contándole historias a la pequeña sobre la gran ballena. Y otras —que eran sus favoritas— de un libro de cuentos sobre viejas ciegas y doncellas huérfanas y un largo viaje por alta mar. Él se aseguraba de que mamá no se enterara, que fuera su secreto.

La pequeña entendió que había secretos que no podían compartir con mamá. Mamá no estaba bien, había estado enferma desde antes de que naciera la niña. La abuela siempre estaba diciéndole que se comportara bien, recordándole que si mamá se enfadaba algo terrible podría sucederle y todo sería por su culpa. La pequeña amaba a su madre y no quería entristecerla, no quería que algo terrible sucediera, así que mantenía esas cosas en secreto. Como las historias fantásticas, y el jugar cerca del laberinto, y las veces en que papá la había llevado a visitar a la Autora en la casa de los límites de la propiedad.

—¡Ajá! —exclamó una voz junto a su oído—. ¡Te encontré! —El barril fue apartado y la pequeña parpadeó bajo la luz del sol. Parpadeó hasta que el dueño de la voz se movió y bloqueó la luz. Era un muchacho grande, de ocho o nueve años, supuso—. Tú no eres Sally —dijo.

La pequeña negó con la cabeza.

—¿Quién eres?

Se suponía que no debía decir a nadie su nombre. Era un juego que estaban jugando ella y la dama.

—¿Y bien?

—Es un secreto.

Él frunció la nariz y sus pecas se juntaron.

—¿Y eso?

Se encogió de hombros. Se suponía que no debía mencionar a la dama. Papá siempre se lo estaba recordando.

—¿Dónde está Sally, entonces? —El niño se impacientaba. Miró a derecha y a izquierda—. La vi correr en esta dirección. Estoy seguro de ello.

Se escuchó una fuerte risa más allá, en el muelle, y el ruido de pasos a la carrera. El rostro del niño se iluminó.

—¡Rápido! —dijo y comenzó a correr—. Se está escapando.

La pequeña inclinó la cabeza por delante del barril y lo vio escabullirse entre la multitud en persecución de un torbellino de pequeñas enaguas.

El hormigueo de sus pies la incitaba a seguirle.

Pero la dama había dicho que esperara.

El niño se estaba alejando. Esquivó a un hombre rollizo de bigotes encerados que fruncía el ceño de tal modo que sus facciones se juntaban en el centro de su rostro como una familia de cangrejos asustados.

La pequeña rió.

Tal vez todo fuera parte del mismo juego. La dama le recordaba más a una niña que a los adultos que conocía. Tal vez ella también estuviera jugando.

Salió de detrás del barril y se puso lentamente de pie. El pie izquierdo se le había dormido y ahora sentía calambres. Esperó un momento a que le volviera la sensibilidad, mirando mientras el niño doblaba por una esquina y desaparecía.

Después, sin pensarlo dos veces, salió a la carrera detrás de él. Con pasos veloces y el corazón cantándole en el pecho.

Capítulo 2

 

 

Brisbane, Australia, 1930

 

 

Al final, celebraron el cumpleaños de Nell en el edificio de los Forester, en Latrobe Terrace. Hugh había sugerido el nuevo salón de baile de la ciudad, pero Nell, haciéndose eco de su madre, había dicho que era una tontería meterse en gastos superfluos, especialmente ahora, que los tiempos eran tan difíciles. Hugh accedió, pero en cambio insistió en que ella encargara a Sydney las cintas de encaje especial que sabía le apetecían para su vestido. Lil le había metido esa idea en la cabeza antes de morir. Se había inclinado y, tomando su mano, le había mostrado el anuncio del periódico, con la dirección de la calle Pitt, explicándole lo fino que era el encaje, cuánto significaría para Nellie, y que, aunque pudiera parecer extravagante, podría reutilizarse para el vestido de novia, cuando llegara el momento. Después había sonreído, y fue como si volviera a tener dieciséis años, ya que le dejó embelesado.

Lil y Nell habían estado trabajando en el vestido de cumpleaños desde hacía un par de semanas. Por las noches, cuando Nell regresaba a casa del trabajo en la tienda de periódicos, tomaban el té, y las hermanas pequeñas peleaban letárgicamente en la terraza al tiempo que una multitud de mosquitos anegaba el aire de la noche haciendo que uno se sintiera enloquecer por el zumbido. Nell tomaba su canasta de costura y acercaba una silla junto al lecho de enferma de su madre. Hugh a veces las escuchaba, riendo sobre algo que había sucedido en la tienda: una discusión que Max Fitzsimmons había tenido con un cliente, o la última dolencia de la señora Blackwell, o las travesuras de los mellizos de Nancy Brown. Permanecía cerca de la puerta, llenando su pipa de tabaco y escuchando mientras Nell bajaba la voz, rebosante de satisfacción al contar algo que Danny había dicho. Alguna promesa que había hecho sobre la casa que iba a comprarle cuando se casaran, el automóvil al que le había echado el ojo y que su padre creía poder conseguir por poco dinero porque era una bicoca, la última batidora de cocina de la tienda de McWhirter.

A Hugh le gustaba Danny: no podía pedir más para Nell, lo cual no estaba mal, teniendo en cuenta que la pareja había sido inseparable desde que se conocieron. El verlos juntos le recordaba a Hugh sus primeros años con Lil. Habían sido felices como alondras, en la época en la que el futuro se extendía radiante frente a ellos. Y había sido un buen matrimonio. Habían tenido sus momentos de prueba, al principio, antes de tener a las niñas, pero de una u otra forma siempre los habían superado…

Con la pipa llena, y sin excusas para seguir ahí, Hugh se retiró. Buscaría un sitio para acomodarse en el extremo más tranquilo de la terraza delantera, un lugar oscuro en donde poder sentarse en paz, o tan cerca de la paz como fuera posible en una casa desbordante de hijas ruidosas, cada una más excitable que la anterior. Sólo él y su matamoscas en el alféizar de la ventana, en caso de que los mosquitos se acercaran demasiado. Y después seguiría sus pensamientos, los cuales volvían invariablemente hacia el secreto que había guardado todos estos años.

Pero el momento ya le había atrapado, podía sentirlo. La presión, largamente mantenida a raya, había comenzado, desde hacía poco, a aumentar. Ella tenía casi veintiún años, una mujer adulta lista para comenzar su propia vida, comprometida para casarse, nada menos, que tenía derecho a conocer la verdad.

Sabía lo que Lil diría al respecto, motivo por el cual no se lo había contado. Lo último que quería es que Lil se preocupara, que pasara sus últimos días intentando convencerlo de que desistiera, como había hecho con frecuencia en el pasado.

A veces, mientras pensaba en las palabras que elegiría para hacer su confesión, Hugh se descubría deseando que fuera alguna de las otras niñas. Se maldijo entonces al reconocer que tenía una favorita, aunque fuera sólo para sí.

Pero Nellie siempre había sido especial, muy distinta de las otras. Entusiasta e imaginativa. Más como Lil, pensaba con frecuencia, aunque, por supuesto, eso no tenía sentido.

 

* * *

 

Colgaron cintas a lo largo de las vigas, blancas para hacer juego con el vestido y rojas para hacer juego con su cabello. Puede que la antigua sala recubierta de madera no tuviera el brillo y el lustre de los nuevos edificios de ladrillo de la ciudad, pero lucía bien. Al fondo, cerca del escenario, las cuatro hermanas menores de Nell habían preparado una mesa con los regalos de cumpleaños y una pila considerable había comenzado a tomar forma. Algunas de las mujeres de la iglesia se habían reunido para preparar la cena, y Ethel Mortimer estaba aporreando el piano con bailes románticos de la época de la guerra.

Los jóvenes, hombres y mujeres, se agruparon, al principio en excitados grupos junto a las paredes, pero a medida que la música y los muchachos más audaces se animaron, comenzaron a dividirse en parejas y a ocupar la pista. Las hermanitas miraban con envidia, hasta que fueron convocadas para transportar las bandejas con sándwiches desde la cocina hasta la mesa preparada para la cena.

Cuando llegó el momento de los discursos, las mejillas estaban brillantes y los zapatos rozados por el baile. Marcie McDonald, la esposa del pastor, golpeó en su copa y todos se volvieron a Hugh, quien estaba desplegando una pequeña hoja que había sacado del bolsillo del pecho. Se aclaró la garganta y se pasó una mano por su peinado cabello. Hablar en público nunca había sido su fuerte. Era la clase de hombre que se guardaba sus opiniones para sí, y dejaba que los hombres más locuaces se encargaran de los discursos. Sin embargo, que una hija se hiciera adulta sucedía sólo una vez y era su deber anunciarlo. Siempre había cumplido con sus obligaciones, siguiendo todas las reglas. Al menos en su mayor parte.

Sonrió cuando uno de sus compañeros del muelle lo interrumpió con un grito, y entonces, sosteniendo en su mano el papel, respiró hondo. Uno tras otro, leyó los puntos de la lista, escritos en diminuta caligrafía negra: lo orgullosos que habían estado siempre él y su madre de Nell; la bendición que habían recibido con su llegada; lo orgullosos que estaban de Danny. Lil se había sentido especialmente feliz, dijo, de saber del compromiso antes de morir.

Ante la mención de la reciente muerte de su esposa, los ojos de Hugh comenzaron a escocerle y guardó silencio. Hizo una pausa momentánea y dejó que su mirada recorriera los rostros de sus amigos y de sus hijas, posándola un instante en Nell, quien sonreía mientras Danny susurraba algo en su oído. Una nube pareció cruzarle el ceño, y los presentes se preguntaron si no iría a anunciar algo de importancia, pero el momento pasó. Su expresión se relajó y guardó la hoja de papel en el bolsillo. Ya era hora de que hubiera otro hombre en la familia, dijo con una sonrisa, para igualar un poco la situación.

Las damas de la cocina entraron entonces en acción, distribuyendo tazas de té entre los presentes, pero Hugh permaneció inmóvil, dejando que la gente pasara a su lado, aceptando las palmadas sobre su hombro, los comentarios de «Bien hecho, amigo», la taza de té con su platillo que alguien le pasaba. El discurso había salido bien, y sin embargo no lograba relajarse. Su corazón se había acelerado y, aunque no hacía calor, estaba sudando.

Claro que sabía el motivo. Las obligaciones de la noche no habían concluido. Cuando observó que Nell salía, sola, por una puerta lateral, a un pequeño patio, aprovechó la oportunidad. Se aclaró la garganta, dejó la taza de té en un hueco libre sobre la mesa de regalos, y luego salió del cálido murmullo de la sala en dirección al aire fresco de la noche.

Nell estaba de pie junto al tronco gris verdoso de un solitario eucalipto. Una vez, pensó Hugh, toda la ladera estuvo cubierta de ellos, así como los barrancos a cada lado. Debió de ser todo un espectáculo la multitud de troncos fantasmales en las noches de luna llena.

En fin. Estaba aplazando las cosas. Incluso ahora trataba de escapar a su responsa

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