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EL JARDíN VACíO

Juan José Millás  

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Fragmento

1.

El perro aún vivía. Parecía haber estado esperándolo durante meses a la entrada de la calle, pues se levantó al distinguirlo y empezó a caminar delante de él como si ya supiera que habría de seguirle. Pronto llegaron a la calle principal en una de cuyas casas, en el alféizar de una de las ventanas, había tres geranios que eran como el rescoldo de una hoguera, cuando ya han ardido las vigas principales y el fuego comienza a decrecer.

Entraron en la oscuridad y el perro se acomodó en algún rincón conocido. Román adaptó sus pupilas a la sombra y comenzó a buscar entre los bultos. Primero oyó un ronquido y, en seguida, una orden:

—Enciende la luz.

—No encuentro el interruptor.

—No lo hay. Ahí, a tu derecha, salen dos cables de un agujero. Únelos.

Se acercó al agujero y tanteó la proximidad en busca de los hilos; con las dos manos los juntó y cerró el circuito. Una bombilla desnuda se encendió en alguna parte del techo. Los cables estaban retorcidos de manera que se adaptaban con facilidad, y bastaba una presión lateral para desunirlos. El forro, de tela, estaba algo podrido.

—Dormías —afirmó con cierto tono de disculpa.

—Me moría de frío. Tú, perro, échate aquí encima. Al menos sirve para calentarme la tripa.

Román miró a la vieja y ésta cerró los ojos. El perro, también. La ventana de los geranios estaba condenada por dos vigas de madera que apuntalaban desde el vano la parte superior del muro; los puntales parecían estar algo combados. Bajo la ventana había un cochecito de niño muy antiguo, en cuyo interior se advertían numerosos compartimentos hechos con tablas finas, soldadas entre sí con engrudo; uno de estos compartimentos estaba ocupado por velas de distinto tamaño, la mayoría sin usar. Los muebles eran escasos, aunque grandes, y estaban distribuidos por la habitación como si su habitante sospechara la posibilidad de un asedio. Antes de alcanzar a la vieja, que roncaba de nuevo sobre el sillón del fondo, era preciso sortear una antigua cómoda, a la que le faltaban dos cajones, un aparador tripudo, sin vitrina, y dos sillas desfondadas en las que el asiento había sido sustituido por una chapa de madera. También había un par de cajones de embalaje cubiertos con una tela amoratada procedente de una vieja colcha.

Román se sentó sobre un cajón y encendió un cigarro. Dijo una frase entera y coherente; un juicio acerca del estado general del barrio, pero ni la vieja ni el perro abrieron los ojos. Se levantó y, tras de sortear cuidadosamente los obstáculos, pasó ante la vieja y penetró en un pasillo sin luz por el que se accedía al resto de las habitaciones. En la primera, después de tantear la pared, encontró un conmutador de los de llave a cuyo giro se encendió una bombilla cubierta de polvo. La ventana aparecía tabicada, pese a lo cual parte del muro se había venido abajo habiendo sido sustituido en su momento por una chapa de hierro, procedente de un bidón desechado, entre cuyas rendijas se veían jirones de la dudosa tarde. Amontonados en un rincón, estaban los cascotes de la rotura y junto a ellos, como único mueble, una silla de ruedas con apariencia de insecto debido a las formas delgadas y frágiles de su hechura. Los radios de las enormes ruedas estaban oxidados y rotos, sobresaliendo muchos de ellos del resto del volumen como antenas, o como aguijones dispuestos para la defensa. Dejó caer el cigarro y lo pisó al tiempo que apagaba la luz.

Avanzó de nuevo por el pasillo sin prestar atención al resto de las habitaciones ni a la escalera que se abría a su izquierda hasta alcanzar la puerta del fondo. Salió al patio y contempló desde el dintel el resplandor confuso, vacilante ya, del cielo. Caminó algunos pasos por la zona cubierta de cemento y entró en la tierra. Apoyada en la acacia, había una puerta estrecha y alta; un armazón de madera relleno de pequeños huecos cuadrados en los que aún quedaban restos de un cristal rugoso y traslúcido. Metió el pie en uno de estos huecos haciendo saltar los restos del cristal. Las lilas no tenían flores y sus ramas permanecían inclinadas por la presión que el muro ejercía sobre los arbustos. En los alrededores del laurel tropezó con algo oculto entre las hojas y los cardos.

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