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EL JUEGO DE LAS HORAS (SAGA KING & MAXWELL 2)

David Baldacci  

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Fragmento

1

El hombre de la gabardina, sudoroso, avanzaba un tanto encorvado y respiraba con dificultad. El peso extra que cargaba, si bien no era excesivo, estaba mal distribuido y el terreno era irregular. Nunca ha sido fácil acarrear un cadáver por el bosque en plena noche. Se lo pasó al hombro izquierdo y avanzó trabajosamente. Las suelas de los zapatos no dejaban marcas distintivas; tampoco es que importara mucho, dado que la lluvia borraría de inmediato todo rastro de pisadas. Había consultado el parte meteorológico; estaba allí precisamente por la lluvia. El tiempo inclemente era su mejor aliado en tales circunstancias. Aparte de por el cadáver envuelto sobre el fornido hombro, el hombre destacaba porque llevaba una capucha negra con un símbolo esotérico bordado: un círculo con un retículo en cruz en el medio. Es probable que muchas personas mayores de cincuenta años lo hubiesen reconocido, ya que en otra época ese símbolo había infundido terror, pero las nuevas generaciones lo desconocían. No obstante, él sentía una satisfacción macabra por aquel simbolismo letal.

En diez minutos alcanzó el punto que había seleccionado cuidadosamente en una visita anterior. Dejó el cadáver con una veneración que no delataba su muerte violenta. Respiró hondo y contuvo el aliento mientras desataba el cable telefónico que sujetaba el fardo y desenvolvió el plástico. Dos días atrás era joven y atractiva pero ahora no resultaba agradable de mirar. El cabello rubio y suave se le apartó de la piel verdusca y dejó al descubierto los ojos cerrados y las mejillas hinchadas. Si hubiera estado con los ojos abiertos quizás aún conservase la expresión de temor de la víctima que toma conciencia de su propia muerte, experiencia que se repetía aproximadamente unas treinta mil veces cada año en Estados Unidos.

Quitó todo el plástico y colocó el cuerpo boca arriba. Acto seguido exhaló un suspiro, contuvo las náuseas debido al hedor del cadáver y volvió a llenarse los pulmones de aire. Con una mano enguantada y la linterna buscó la pequeña rama ahorquillada que había dejado antes en una zarza cercana. La encontró y sostuvo con ella el antebrazo de la mujer apuntando al cielo. El rigor mortis, aunque iba desvaneciéndose rápidamente, le dificultó la tarea, pero él era fuerte y, haciendo palanca, logró situar la rígida extremidad en el ángulo correcto. Extrajo el reloj del bolsillo, lo iluminó con la linterna para comprobar que marcaba la hora correcta y se lo colocó a la mujer en la muñeca.

Aunque no era ni mucho menos un hombre religioso, se arrodilló ante el cadáver y murmuró una breve oración. La mujer se lo merecía, pensó.

—La culpa no fue tuya directamente, pero eras la única que tenía a mano. No has muerto en vano. Y creo que en realidad ahora estás mejor. —¿Realmente se creía aquellas palabras? Quizá no. O tal vez no importara.

Observó el rostro de la difunta minuciosamente, como un entomólogo al contemplar un insecto especialmente fascinante. Era la primera persona a la que mataba. Lo había hecho con rapidez y, esperaba, sin causar dolor. En la noche neblinosa y opaca, la mujer parecía rodeada de un resplandor amarillento, como si ya se hubiera convertido en un espíritu.

Se apartó un poco y peinó la zona circundante, para asegurarse de que no había dejado ninguna pista. Sólo encontró un trocito de tela de la capucha enganchado en un arbusto cerca de donde yacía el cadáver. «Menudo descuido; no puedes permitírtelo.» Se lo guardó en el bolsillo. Dedicó unos minutos más a buscar cualquier otra cosa que pudiese inculparlo.

En el ámbito de la investigación criminal, esas pequeñas cosas «que sólo ve el forense» eran lo que acababa con uno. Una sola gota de sangre, semen o saliva, una huella dactilar emborronada, un folículo piloso que pudiese dar una información sobre el ADN y la policía ya estaba leyéndote tus derechos mientras los fiscales se abalanzaban a tu alrededor. No obstante, incluso el ser perfectamente consciente de ello ofrecía poca protección. Todo criminal, por cuidadoso que fuera, dejaba material potencialmente inculpatorio en la escena del crimen. Por consiguiente, se había guardado de no mantener ningún contacto físico directo con la víctima, como si fuera un agente infeccioso capaz de transmitirle una enfermedad mortal. Ella constituía una plaga, igual que las que eran como ella. A su manera, mataban a miles. De hecho había salvado muchas vidas sacándola de la circulación.

Enrolló el plástico y se guardó el cable de teléfono en el bolsillo, volvió a echar un vistazo al reloj y luego regresó lentamente a su coche. El cadáver quedó solo, con el brazo levantado hacia el cielo lloroso. El reloj brillaba ligeramente en la oscuridad, una especie de faro amortiguado de la última morada de aquella mujer. No tardarían en descubrirla. Los cadáveres insepultos eran fáciles de encontrar, incluso en lugares tan aislados como aquél.

Mientras se alejaba en el coche recorrió con el dedo el símbolo de la capucha, trazando la señal de la cruz. El mismo símbolo del retículo en cruz aparecía en la esfera del reloj que le había colocado a la mujer en la muñeca. «Sin duda esto los mosqueará.» Respiró hondo, emocionado y asustado a la vez. Durante años había pensado que ese día nunca llegaría. Durante años no había sabido armarse de valor. Pero ahora que había dado el primer paso le embargaba una sensación de poder y liberación.

Puso la tercera y aceleró, los neumáticos se agarraban a la calzada resbaladiza y mantenían la estabilidad del coche mientras la oscuridad engullía las luces de su Volkswagen azul. Quería llegar a su destino lo antes posible.

Tenía que escribir una carta.

2

Michelle Maxwell reanudó la marcha. Había terminado la parte llana de su recorrido por las colinas de los alrededores de Wrightsburg, al suroeste de Charlottesville (Virginia); a partir de ese punto el terreno era mucho más empinado. Había sido remera olímpica antes de pasar nueve años en el servicio secreto. Por consiguiente, aquella mujer de casi uno ochenta de estatura estaba en perfecta forma física. Sin embargo, un sistema de altas presiones situado sobre la zona media del Atlántico hacía que ese día de primavera resultara inusitadamente húmedo, por lo que sus músculos y pulmones habían empezado a resentirse. Tras recorrer un cuarto del camino se había recogido la media melena negra en una coleta, pero algunos mechones rebeldes seguían molestándole en la cara.

Había dejado el servicio secreto para fundar una agencia de investigación privada en aquella pequeña ciudad de Virginia, asociándose con otro ex agente, Sean King. Éste había dejado el servicio secreto en circunstancias poco claras, pero se había convertido en abogado y forjado una nueva vida en Wrightsburg. No se habían conocido trabajando para el Tío Sam, sino a raíz de que el año anterior King se había visto involucrado en un caso de asesinatos en la localidad. Tras resolver el caso satisfactoriamente y obtener cierta fama gracias a ello, Michelle le propuso abrir la agencia y King aceptó a regañadientes. Gracias a la fama obtenida en el caso anterior y a sus buenas artes investigadoras, la agencia tuvo éxito de inmediato. Sin embargo, actualmente estaban inmersos en un período de calma que Michelle agradecía. Ir de acampada o correr un maratón le satisfacía tanto como apresar a falsificadores o echarle el guante a un espía industrial.

El bosque estaba en silencio a excepción del rumor de las ramas provocado por la húmeda brisa. Sin embargo, el crujido repentino de unas ramas de árbol llamó la atención de Michelle. Le habían dicho que por esa zona a veces merodeaban osos negros; no obstante, si se encontraba un animal era más probable que fuese un ciervo, una ardilla o un zorro. No le dio mayor importancia, aunque le tranquilizaba el hecho de llevar su pistola junto a la riñonera. Como agente del servicio secreto nunca había ido a ningún sitio sin su arma, ni siquiera al lavabo. Nunca sabías cuándo podías necesitar la Sig de 9 mm y catorce balas.

Al cabo de unos instantes otro sonido la puso en guardia: alguien corriendo. En su época del servicio secreto había oído muchos tipos de pies que corrían. La mayoría eran inofensivos, pero otros revelaban un objetivo inquietante: sigilo, ataque o pánico. No estaba segura de cómo clasificar éstos: buenos, malos o torpes. Aminoró un poco el paso protegiéndose los ojos con la mano del sol que se filtraba por entre las copas de los árboles. Durante unos segundos el silencio fue total y luego volvió a oír los pies corriendo, más cerca. Bueno, no eran los pasos medidos de alguien haciendo footing. Había un toque de temor, de pánico, en las zancadas apresuradas e irregulares. A su izquierda, parecía, pero no estaba segura. Allí el sonido tendía a engañar.

—¡Hola! —gritó al tiempo que extraía la pistola.

No esperaba respuesta y no la recibió. Amartilló el arma pero dejó el seguro puesto. Igual que con unas tijeras, no era recomendable correr con un arma sin el seguro puesto. Seguía oyendo los sonidos; sin duda se trataba de pasos humanos. Miró hacia atrás; podía tratarse de una emboscada. Quizás actuaran en pareja, uno para llamar la atención mientras el otro se abalanzaba por la espalda. Bueno, si así era se arrepentirían de haberla elegido.

Se detuvo y localizó el sonido; provenía de su derecha, más allá del montículo que tenía justo delante. La respiración sonaba acelerada; el roce de las piernas y el aplastamiento de la maleza parecía frenético. En unos segundos quienquiera que fuera tendría que salvar el risco de tierra y roca.

Michelle quitó el seguro del arma y se apostó detrás de un grueso roble. Era de esperar que se tratara de otro deportista y que ni siquiera advirtiera su presencia. Por encima del montículo vio tierra y guijarros que salían disparados, lo cual anunciaba la llegada del causante de toda aquella conmoción. Michelle se preparó, aferró la pistola con ambas manos, dispuesta, en caso necesario, a disparar una bala entre las cejas de quien fuera.

Un joven apareció en lo alto del montículo, quedó suspendido en el aire unos instantes y rodó por la pendiente soltando un grito. Antes de que llegara abajo apareció otro joven, un poco mayor, pero se paró a tiempo y bajó deslizándose con el trasero.

Michelle podría haber pensado que estaban jugando de no ser por la expresión de terror que llevaban grabada en el rostro. El más joven sollozaba y tenía la cara surcada de lágrimas y tierra. El mayor lo ayudó a levantarse y echaron a correr; ambos tenían la cara enrojecida por la agitación.

Michelle enfundó la pistola, salió de detrás del árbol y levantó la mano.

—¡Chicos, deteneos!

Los jóvenes se asustaron aún más y echaron a correr en direcciones distintas. Ella intentó alcanzar a uno, pero se le escapó.

—¿Qué ocurre? —gritó—. ¡Quiero ayudaros!

Se planteó seguirlos haciendo un sprint pero, a pesar de haber sido atleta olímpica, no estaba segura de poder alcanzar a dos muchachos cuyos pies parecían propulsados a reacción por un susto tremendo. Se dio la vuelta y miró hacia lo alto del montículo. ¿Qué les había asustado tanto? Mejor dicho, ¿quién les había asustado? Volvió a mirar en la dirección de los jóvenes que huían. Se giró y subió con cuidado hacia donde habían aparecido los chicos. Podía utilizar el móvil para pedir ayuda, pero primero inspeccionaría el terreno. No quería llamar a la policía y que resultara que el motivo del susto era un oso.

En lo alto del montículo encontró el sendero por el que habían venido. Recorrió el caminito marcado de modo irregular por su huida frenética. Discurría a lo largo de unos treinta metros hasta un pequeño claro. Desde allí el sendero se difuminaba, pero entonces vio el trozo de tela colgado de la rama baja de un cornejo y se internó por allí. Al cabo de unos quince metros llegó a otro claro, mayor que el anterior, donde habían apagado una hoguera.

Se preguntó si los chicos habían acampado allí y les había asustado algún animal. No obstante, no llevaban material de acampada encima y en el claro no había nada. Además, la fogata no parecía tan reciente. «Aq

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