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EL LABERINTO AZUL (INSPECTOR PENDERGAST 14)

Douglas Preston   Lincoln Child  

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Fragmento

Índice

El laberinto azul

Agradecimientos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Epílogo

Biografía

Créditos

Douglas Preston y Lincoln Child son coautores de más de diecisiete novelas aunque también escriben por separado. Lincoln Child es un apasionado de las motos, los loros exóticos y la literatura inglesa decimonónica. Douglas Preston, en cambio, prefiere los caballos, el buceo, el esquí y la exploración de la costa de Maine en un barco de pesca.

Ambos autores invitan a sus lectores a visitar su página web:

www.prestonchild.com.

Título original: Blue Labyrinth

Edición en formato digital: noviembre de 2015

© 2014, Splendide Mendax, Inc. y Lincoln Child

Edición publicada por acuerdo con Grand Central Publishing, New York, Estados Unidos.

Todos los derechos reservados.

© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

© 2015, Jofre Homedes Beutnagel, por la traducción

Adaptación del diseño original de portada de Giovanna Ferraris / theworldofdot. Rizzoli

Fotografía de portada: © Keith Skelton Photo / 500PRIME

Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.  El copyright estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas  y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva.  Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está  respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

ISBN: 978-84-01-01716-2

Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.

www.megustaleer.com

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Imagen

Traducción de

Jofre Homedes Beutnagel

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www.megustaleerebooks.com

Lincoln Child dedica este libro

a su hija, Veronica

 

Douglas Preston dedica este libro

a Elizabeth Berry y Andrew Sebastian

Agradecimientos

Queremos agradecer a las siguientes personas el apoyo y la ayuda que nos han prestado en todo momento: Mitch Hoffman, Lindsey Rose, Jamie Raab, Kallie Shimek, Eric Simonoff, Claudia Rülke y Nadine Waddell. Gracias también al doctor Edmund Kwan por su asesoramiento.

1

La majestuosa mansión de estilo Beaux-Arts de Riverside Drive, entre las calles Ciento treinta y siete y Ciento treinta y ocho, a pesar de estar muy cuidada y en perfecto estado de conservación, parecía deshabitada. En aquella tarde tormentosa de junio no se recortaban siluetas en el mirador que daba al río Hudson, ni se filtraban resplandores amarillos en las galerías; la única luz visible era la de la entrada principal, que iluminaba la vía de acceso bajo el pórtico.

Las apariencias, sin embargo, pueden ser engañosas, y en ocasiones estaban hechas a propósito. En el número 891 de Riverside Drive tenía en realidad su domicilio el agente especial del FBI Aloysius Pendergast, un hombre cuyo más preciado bien era la intimidad.

Pendergast estaba sentado en un sillón orejero de piel, en la elegante biblioteca de la mansión. Aunque hubiera empezado el verano, la noche era fría y borrascosa, y en la chimenea ardía un pequeño fuego. El agente hojeaba un ejemplar del Manyoshu, una antigua y famosa antología de la lírica japonesa que databa del año 750. En la mesa más cercana había un pequeño tetsubin, o tetera de hierro colado, y una taza de porcelana con té verde hasta la mitad. Nada entorpecía la concentración de Pendergast. Solo se oía, muy de vez en cuando, el chisporroteo de las brasas al moverse y el rumor de los truenos al otro lado de las persianas cerradas.

Llegó del vestíbulo un eco de pasos y, enmarcada en la puerta de la biblioteca, apareció Constance Greene con un sencillo vestido de noche. Sus ojos de color violeta y su media melena negra, con un corte clásico, resaltaban la palidez de su piel. Llevaba un puñado de cartas en la mano.

—El correo —dijo.

Pendergast inclinó la cabeza y dejó el libro.

Constance tomó asiento a su lado y reparó en que, desde el regreso de la llamada «aventura en Colorado», Pendergast empezaba a ser por fin el de antes. Desde los terribles acontecimientos del año anterior, el estado de ánimo del agente había sido para Constance una fuente de inquietud.

Empezó a clasificar las cartas apartando las que carecían de interés. A Pendergast no le gustaba dedicarse a las labores cotidianas. Para las facturas, y para la gestión de una parte de sus ingresos (inusitadamente sustanciosos), recurría a un viejo y discreto bufete de Nueva Orleans, del mismo modo que confiaba la administración de sus inversiones, fideicomisos y bienes inmobiliarios a un banco neoyorquino tan vetusto como el bufete. Para el correo usaba un apartado de correos; Proctor, su chófer, guardaespaldas y factótum, lo recogía cada cierto tiempo. En ese momento Proctor se disponía a visitar a unos parientes en Alsacia, y por eso Constance se había ocupado de las tareas epistolares.

—Aquí hay una nota de Corrie Swanson.

—Ábrela, por favor.

—Adjunta una fotocopia de una carta de John Jay. Su tesis ha ganado el Premio Rosewell.

—Así es. Estuve presente en la ceremonia.

—Seguro que Corrie se alegró.

—Pocas veces ocurre que una ceremonia de entrega de títulos brinde algo más que una ristra soporífera de banalidades y mentiras al cansino compás de Pompa y circunstancia. —Pendergast bebió un poco de té mientras lo recordaba—. Pero en este caso fue diferente.

Constance siguió clasificando el correo.

—Y aquí hay una carta de Vincent D’Agosta y Laura Hayward.

Con un gesto de la cabeza, el agente le indicó que la leyese.

—Te agradecen el regalo de bodas y reiteran su gratitud por la cena.

Pendergast inclinó la cabeza mientras Constance dejaba la carta a un lado. El mes anterior, en vísperas de la boda de D’Agosta, Pendergast había agasajado a la pareja con una cena íntima; él mismo había preparado los platos, maridados con vinos excepcionales de su bodega, gesto que había convencido a Constance, más que cualquier otro hecho, de que el agente se había recuperado de su reciente trauma emocional.

Tras leer algunas cartas más, Constance apartó las que resultaban de interés y arrojó el resto a la chimenea.

—¿Cómo va el proyecto, Constance? —preguntó el agente al tiempo que se servía otra taza de té.

—Muy bien. Ayer mismo recibí un paquete de Francia, del Bureau Ancestre du Dijon. Ahora estoy intentando relacionar la información que tengo con la que ya había recopilado en Venecia y Luisiana. Cuando tengas tiempo, me gustaría hacerte unas preguntas sobre Augustus Robespierre St. Cyr Pendergast.

—Casi todo lo que sé procede de la historia familiar transmitida oralmente: anécdotas descabelladas, leyendas y algunos relatos de terror susurrados en voz baja. Estaré encantado de contarte la mayoría de ellos.

—¿La mayoría? Tenía la esperanza de que me los contases todos.

—Por desgracia, en el armario familiar de los Pendergast hay esqueletos, tanto en el sentido figurado como literal, que ni siquiera a ti te puedo revelar.

Constance suspiró, se levantó y, mientras Pendergast retomaba sus lecturas poéticas, salió al vestíbulo, que estaba bordeado por vitrinas llenas de curiosidades. Después cruzó una puerta y accedió a un espacio alargado y poco iluminado, cuyo revestimiento de roble se había oscurecido con el tiempo. Lo dominaba una mesa de madera de refectorio casi tan larga como la propia estancia; en uno de sus extremos, el tablero estaba cubierta de periódicos, cartas viejas, páginas censales, fotografías y grabados amarillentos, transcripciones judiciales, memorias, microfichas de revistas y otros documentos, todos ordenados en pilas. A estos archivos se sumaba un ordenador portátil cuya pantalla arrojaba una luz incongruente en la penumbra de la sala. Hacía ya unos meses que Constance había emprendido la tarea de elaborar un árbol genealógico de la familia Pendergast, tanto para satisfacer su propia curiosidad como para ayudar al agente del FBI a salir de su ensimismamiento. Era una labor de una complejidad inverosímil, a la vez exasperante y de una fascinación inagotable.

En la otra punta de la larga sala, más allá de un arco, se encontraba el vestíbulo por el que se accedía a la puerta principal de la mansión. Justo cuando Constance se disponía a tomar asiento ante la mesa, sonó u

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