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EL LADRóN DE CEREBROS. COMER CEREZAS CON LOS OJOS CERRADOS

Pere Estupinyà  

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Fragmento

Introducción

El sentido científico

Algo maravilloso ocurre cuando levantas la palma de tu mano e intentas mirar a través de su piel. Con los ojos no puedes, pero con el cerebro sí.

A diferencia del resto de los animales cuyos ojos sólo perciben radiación electromagnética; los oídos, ondas sonoras; el gusto y olfato, moléculas químicas; el tacto, presión y cambios de temperatura, y en ciertas especies, campos magnéticos por mecanismos desconocidos todavía, nuestro cerebro es capaz de ampliar sus sentidos y llegar a descubrir lo imperceptible orgánicamente. Lo hace de dos maneras: con la imaginación y con la ciencia.

La imaginación es fabulosa. Con ella creamos dioses y seres mitológicos, novelas y música, ideales y normas, y todo tipo de teorías con las que interpretar la naturaleza. La imaginación de Demócrito descubrió los átomos antes de que lo hiciera la ciencia, la de Newton que existía una fuerza llamada gravedad, la de Pasteur sentó los principios de la vacunación, la de Ramón y Cajal intuyó que aquellas mariposas del alma eran neuronas comunicándose por señales químicas, y la de Freud que el inconsciente tenía un peso determinante en nuestro comportamiento tan aparentemente racional. Sin imaginación y filosofía no habría ciencia. Pero la ciencia, que es muy reciente en la historia de la humanidad, ha logrado ampliar nuestros límites espaciales y temporales de una manera impresionante: ahora podemos observar directamente virus y bacterias, detectar agujeros negros y planetas extrasolares, entender la extinción de los dinosaurios y la evolución de nuestros antepasados homínidos, saber por qué brillan las estrellas, pronosticar que si emitimos más dióxido de carbono la temperatura del planeta no dejará de aumentar, y deducir que si quitamos un fragmento específico del ADN de un niño evitaremos su enfermedad. Ramón y Cajal no hubiera descubierto las neuronas sin un microscopio y el método de tinción celular desarrollado por Golgi, ni Watson y Crick la estructura del ADN sin las cristalografías de Rayos-X de Rosalind Franklin. Gracias a esta portentosa fusión entre tecnología y ciencia podemos ver lo más grande y lo más pequeño, el pasado y el futuro, y comprender cómo funciona desde el interior de nuestro cerebro hasta las leyes que rigen el universo exterior. Obviamente la retroalimentación entre ciencia y tecnología aporta también inestimables herramientas para transformar el mundo y mejorar nuestras vidas, con beneficios mucho más tangibles que el simple conocimiento. Pero quizá lo más fundamental y revolucionario de la ciencia, y algo que representa uno de los principales mensajes de este libro, es que nos permite saber si nuestra admirada imaginación está equivocada o no.

Yo concibo la ciencia como nuestro verdadero sexto sentido, un sentido creado por la cultura que permite al cerebro interpretar información externa llegada a través de experimentos. A la imaginación, sin embargo, costaría catalogarla de sentido, pues al igual que la intuición, nace dentro del cerebro y se proyecta hacia fuera. La ciencia, en cambio, sí es una especie de órgano sensorial externo y colectivo que permite ampliar nuestra visión de la realidad, superar nuestras limitaciones de espacio y de tiempo y descubrir mundos que nunca percibiríamos con el resto de nuestros limitados sentidos.

En este libro te invito a un tour científico por los últimos avances de la neurociencia, la genética, la cosmología, la medicina, la psicología y las investigaciones que nos ofrecen útiles recomendaciones para mejorar nuestro bienestar físico y espiritual. Pero confieso que me gustaría que cumpliera otro gran objetivo además de ayudarte a aprender cosas nuevas: me encantaría que te incitara a abrir de verdad tu mente a la ciencia; que te impregnaras no sólo de sus conocimientos, sino también de su manera de pensar. A lo largo de esta obra te voy a sugerir encarecidamente que despliegues tu sentido científico. Lo hago porque estoy convencido de que la ciencia te permitirá desarrollar un pensamiento más crítico con el que elaborar hipótesis, analizar en qué puede estar traicionándonos nuestra imaginación, valorar el cambio de opinión como algo tremendamente positivo y ayudarnos a conocernos mucho mejor, evitar engaños y tomar decisiones personales y profesionales mucho más fundamentadas. Una mente cerrada es la que cree, no la que duda.

De ninguna manera, esta lógica debe impedir que nos dejemos llevar por las emociones irracionales cuando esto nos haga más felices. La ciencia no debe tomarse como una doctrina. Pero estoy convencido de que pensar científicamente nos puede ayudar en nuestro día a día, inspirarnos cuando nos descubre nuevos mundos casi poéticos, y sin duda significa tener una mente más abierta que la dogmática aferrada a las creencias y resistente a cambiar de opinión. La ciencia escucha, cierra los ojos al comer las cerezas y luego decide. Si frente a un cesto de cerezas tempranas o picadas buscas la más madura y reluciente para justificar que son buenísimas, no estarás actuando científicamente. La ciencia no sólo implica experimentar, sino también —más importante incluso y mucho más difícil— interpretar objetivamente los resultados e información de la que dispongas. Comer cerezas con los ojos cerrados y la mente abierta es, en realidad, el gran reto intelectual que te sugiero.

Permitidme terminar esta introducción reconociendo que mi otro deseo confesable es que estas páginas te sepan a poco, que los capítulos se te hagan cortos y que te generen un picor intelectual que te fuerce a rascar desesperadamente en zonas del conocimiento que antes no te escocían. Al igual que tener hambre es más excitante que estar saciado, no saber de una disciplina puede ser más ilusionante que dominarla. Este libro está escrito desde la emoción del asombro, desde el placer de aprender y desde un optimismo no ingenuo hacia el papel que puede desempeñar la ciencia en nuestras vidas y sociedades. Pero no perdamos más tiempo y empecemos ya el viaje científico por la ampliación de nuestros sentidos, regresando a la palma de tu mano.

NUESTRO LUGAR EN EL UNIVERSO

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Las estrellas en la palma de tu mano

 

 

Observa tu mano con atención. ¿De dónde proceden la carne, las uñas, la piel, los nervios o los huesos? Qué pregunta más obvia: de la comida. Desde que naciste hasta ahora, todo lo que haya crecido tu cuerpo proviene de átomos ingeridos por tu boca. Cuando muerdes una manzana, tras masticarla e insalivarla, unos enzimas llamados amilasas empiezan ya a degradar carbohidratos. Es el inicio de un proceso de trituración molecular dirigido a transformar esa manzana en energía y pequeñas piezas químicas que puedan incorporarse a las células de tu organismo.

El bolo de manzana baja por el esófago hasta el estómago, donde la acidez de los jugos gástricos empezará a romper las paredes de las células de la manzana, la pepsina a disolver sus proteínas, y se creará un medio donde las moléculas quedarán sueltas y preparadas para ser absorbidas por el intestino. El proceso de digestión estomacal tardará entre 30 minutos y 2 horas, aunque algunas moléculas sencillas como agua y alcohol, incluso fármacos o cafeína, pueden pasar directamente a la sangre desde los capilares del estómago. Es por eso por lo que a veces sientes un ligero y repentino vahído tras tomar una copa directamente sin comer, o que un café parece despejarte en cuestión de segundos.

El viaje digestivo de la manzana continúa por el intestino. En su primer fragmento, llamado duodeno, recibirá fluidos de la bilis y del páncreas que ayudarán a fragmentar en trocitos todavía más pequeños las grasas o moléculas complejas como ácidos nucleicos. También se irán absorbiendo minerales como el calcio, hierro o magnesio. Cuando la comida alcance el yeyuno —la parte media del intestino delgado—, muchas proteínas ya se habrán descompuesto en aminoácidos, los lípidos en ácidos grasos y los carbohidratos en azúcares más simples preparados para ser absorbidos. En caso de que algunos polisacáridos complejos se resistan, las bacterias de la flora intestinal ayudarán a fermentarlos y extraer parte de sus nutrientes, generando gases como producto secundario. A medida que las moléculas de manzana vayan avanzando por el yeyuno y el íleon, un rugoso y ultravelludo tejido epitelial en la cara interna del intestino, cuya área eficiente de absorción es de casi 300 metros cuadrados, facilitará que todos estos nutrientes, vitaminas y sales se filtren por los capilares sanguíneos y, con permiso del hígado, lleguen hasta el torrente sanguíneo para ser repartidos por todo tu cuerpo.

A nivel celular la historia empieza a complicarse. Cada tipo de molécula seguirá una ruta metabólica diferente y, en función de si necesitas más energía o menos, tus órganos internos decidirán qué hacer con estos nutrientes que acabas de comer. Simplificando mucho y quedándonos en el nivel conceptual, lo básico es que algunos de estos monosacáridos, aminoácidos y ácidos grasos sí podrán ser captados directamente por tus células para construir partes de sus estructuras, pero la mayoría deberán descomponerse todavía más para, primero, obtener energía y utilizarla después para mover tus músculos, y, segundo, para volver a unir los restos químicos de la manzana convirtiéndolos en nuevas proteínas, ácidos grasos o nucleótidos que formen parte de tus células.

Tomemos, por ejemplo, una molécula de glucosa, cuya estructura fundamental es un hexágono de seis átomos de carbono con varios átomos de oxígeno y de hidrógeno unidos a él. Atención a los enlaces de carbono, pues son el punto clave de la historia: toda la vida se basa en construir y destruir enlaces de carbono, por la parte estructural, y porque cada vez que se rompe un enlace de carbono se libera un poco de energía. Simplificando mucho, cuando la molécula de glucosa entre en la célula, esos seis enlaces de carbono empezarán a segmentarse uno a uno, primero en el citoplasma y finalmente en las mitocondrias. Aquí radica el mecanismo fundamental de la obtención de energía a partir de los alimentos: el oxígeno que inspiras por los pulmones es llevado por la hemoglobina hasta el interior de las células, con el objeti

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