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EL LADRóN DE CEREBROS

Pere Estupinyà  

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Fragmento

Prólogo

El autor de este libro es capaz ahora de sugerir a sus lectores los diez mandamientos del mundo moderno. En primer lugar, que tiene algo de absurdo preocuparse sobremanera de saber si hay vida después de la muerte cuando acabamos de descubrir que hay vida antes de la muerte. Por primera vez en la historia de la evolución, los humanos tienen futuro: gracias al descenso alucinante de la mortalidad infantil, aunque no sólo a ello, su esperanza de vida se ha triplicado; disponen ahora de unos treinta años redundantes en términos biológicos, después de haber agotado parte de su vida sobreviviendo y perpetuando la especie.

Pere Estupinyà es consciente también, al contrario de lo que ocurre con muchos de sus lectores, que la felicidad está en la sala de espera de la felicidad y que no tiene mucho sentido empeñarse en culminar el proceso que conduce a su fin, postergando en el camino los detalles y los compases de espera en los que yace gran parte de la felicidad ansiada. Mucho más que en su expresión final y pasajera. Tiene, además, la felicidad otra faceta desconocida hasta ahora que es la ausencia de miedo. A mis nietas nadie les ha enseñado en la escuela todavía a distinguir entre ansiedad —que pone en estado de alerta para competir o superar un desafío—, y miedo; el miedo que corroe e interrumpe el crecimiento de las uñas y de la adolescencia. Nadie nos ha preparado para lidiar con el miedo.

El murmullo que flota en el aire del ir y venir del equipo que tanto ha contribuido a acercar la ciencia a la cultura popular —el lugar de trabajo del autor durante muchos años— traduce la conciencia del error que han cometido, sin saberlo, muchos divulgadores de la ciencia. Hay que empatizar, efectivamente, y saber ponerse en el lugar del otro que escucha, pero no se puede olvidar que la reflexión predicadora de lo que viene no puede emitirse demasiado delante de las masas porque —como decía Maurice Thorez, secretario general del Partido Comunista Francés—, se corre el riesgo de encontrarse solo y gesticulando. Hay que estar justito delante, pero pegado a las masas, diría el dirigente francés.

Es más, el autor de este libro es perfectamente consciente de que en el proceso de empatía para colocarse en el espacio ocupado por los demás, la neurología moderna nos ha enseñado que no se puede exagerar la imitación de los sentimientos de otro si no se quiere correr el riesgo de desbaratar el proceso de empatía: su exceso desemboca en la pérdida del control de la ejecución de la obra. La dura realidad se lo ha enseñado a muchos artistas y competidores.

Después de tantas divagaciones inútiles o casi, sabemos ahora también que la belleza es la ausencia del dolor. El resto de los mamíferos nos ha enseñado que la belleza viene definida por el nivel de fluctuaciones asimétricas; cuando este nivel es inferior al promedio, quiere decir que el individuo examinado no ha conservado las huellas o rastros de enfermedades pasadas. Quiere decir, en otras palabras, que su metabolismo funciona a las mil maravillas; que no hay ni rastro de dolores previos como la malaria; que el organismo en cuestión puede competir con cualquiera.

En la escuela, en la universidad, en las empresas hemos aprendido todos en el equipo creado en su día con Pere Estupinyà, Miriam Pelaez, Susana Pinar, Beatriz Barco, Cristina Sáez, Octavi Planelles, Magda Vargas o Javier Canteros y el autor de este prólogo, que el reconocimiento social es el mejor predictor de la salud. No sólo se ha comprobado que el último mono en la jerarquía social tiene muy mala salud, sino que el décimo o undécimo la tiene mucho mejor que el vigésimo. La práctica corporativa todavía no inculca el hecho elemental de que la empresa no puede sobrevivir sin la conciencia de que sus empleados o profesionales controlan algo de su vida. Tiene que ver con el gran descubrimiento de la inteligencia social.

Lo que importa no es tanto lo que ocurre en el interior de un cerebro determinado sino la chispa que provoca su relación o contacto con otro cerebro. Cuando hablamos de redes sociales —Pere Estupinyà pudo corroborarlo en Harvard—, estamos aludiendo al único modo de innovar. La innovación hoy en día es social por encima de todo y multidisciplinar. Ahora resulta, millones de años después de haberla compartido, que la manada sigue siendo esencial en la vida de los organismos individuales. Sabemos de ella antes que de nadie y no la olvidamos hasta el día en que se descohesionan nuestros átomos. ¿Cómo si no pudo saber William James, el fundador de la psicología moderna, sin apenas datos en que sustentarlo, que la vida transcurre buscando el amor y el reconocimiento del resto del mundo?

En su peregrinar luego y en su punto de partida antes, el autor de este libro aprendió también y supo practicar enseguida que hay muchísimas preguntas que no tienen respuesta y que cuando la gente no tiene más remedio que constatar esta evidencia, busca respuestas que yo llamo conspirativas. Cuando no se sabe de quién es la culpa se atribuye a las multinacionales, a la CIA, a Dios o al Diablo. A cualquiera, menos admitir lisa y llanamente que no lo sabemos todavía.

Cuentan que, al comprobar el científico Laplace la teoría del equilibrio permanente de los cuerpos celestes, Napoleón le preguntó si había consultado el teorema con Dios. «Esto en concreto no me hace falta consultarlo —replicó Pierre Simon Laplace—. Esto ya lo he demostrado yo. Cosa distinta es todo el resto.»

La anécdota encierra la humildad y la grandeza del método científico. La belleza de la ciencia consiste en intentar en todos los casos comprobar mediante la experimentación y la prueba las tesis sugeridas. Y cambiar de opinión cuando alguien demuestra lo contrario. A veces —no es el caso del autor de este libro, empapado del espíritu del equipo que supo crear y difundir—, las personas no quieren cambiar de opinión ni que los maten; lo consideran una traición no sólo a las tradiciones, sino a su condición ciudadana. La naturaleza, en cambio, nos enseña que hasta ella cambia su estructura mediante las transiciones de fase; lo que antes era sólido ahora es gas o líquido. Este libro es una prueba bien inteligente de ello.

EDUARD PUNSET

Introducción

Recuerdo estar sentado frente al océano en un lugar recóndito de la península de Zapata, cerca de Playa Girón. Antonio nos había conducido hasta allí con la promesa de mostrarnos una de las zonas costeras con más encanto de Cuba.

No había exagerado. El entorno natural era precioso, se respiraba una paz absoluta, y el mar se mostraba solemne. «Inmejorable», pensé para mis adentros. Entonces Antonio se acercó ofreciéndome unas gafas de bucear. «Muchas gracias, Antonio, pero ahora no me apetece demasiado. No soy muy diestro en el agua y me da un poco de pereza. Además, el paisaje en sí ya es idílico.» Antonio insistió hasta convencerme. A los pocos minutos me puse las gafas y empecé a caminar hacia la orilla sin grandes expectativas, con el único objetivo de distraerme un poco. No tenía ni idea de qué me esperaba. Nada más sumergir la cabeza en el mar mis ojos se abrieron como platos. La roca sobre la que había estado descansando estaba rebosante de corales preciosos, varios peces de colores nadaban a mi alrededor, y al girarme divisé una tortuga alejándose pausadamente a escasos 25 metros. No recuerdo el tiempo que pasé absorto observando ese espectáculo inesperado, pero sí tengo muy presente mi reacción en cuanto salí de él: ¿cómo podía tener esa maravilla tan cerca y no ser consciente de ello? ¿Cómo podía haber estado a punto de perdérmela? No sé cuántas veces agradecí a Antonio su insistencia al ofrecerme las gafas y permitirme descubrir lo que para mí era un mundo desconocido. Cuando dirigí de nuevo la mirada al océano continuaba siendo precioso, pero ya no podía conformarme en observar sólo su superficie.

Esta experiencia refleja el mismo entusiasmo que siento por la ciencia. Para mí, la ciencia son las gafas que nos permiten escudriñar en la estructura del universo, descubrir el mundo microscópico, explorar el interior del cerebro humano, comprender nuestro comportamiento, y disfrutar de toda la complejidad y esplendor que oculta la naturaleza. Sin la ciencia, ni siquiera seríamos conscientes de la existencia de tales tesoros.

Estamos en un momento de la historia intelectualmente sobrecogedor. Los científicos están encontrando respuestas a infinidad de profundos interrogantes, pero sobre todo nos están ofreciendo nuevos y turbadores misterios con los que estimular nuestra inquieta curiosidad. Y, creedme, es una lástima perdérselo. Una vida sin ciencia es como una vida sin música. Puede ser igualmente maravillosa, pero sin duda desaprovechamos una de sus grandes ofrendas. Especialmente porque disfrutarla no requiere un lenguaje sofisticado ni grandes conocimientos previos. Sólo se precisa un cerebro receptivo. Por eso me gustaría emular a Antonio y proponeros que nos pongamos las gafas de la ciencia y me acompañéis en una expedición hacia las fronteras del pensamiento científico más actual. No saber bucear no es una excusa, sino una motivación añadida.

No perdamos más tiempo alejados de la explosión de conocimiento que tenemos frente a nosotros. ¡Lancémonos de cabeza a explorar el apasionante océano de la ciencia!

Escribí este texto en agosto de 2007 durante uno de los momentos más excitantes de mi vida. La inmersión científica que estaba a punto de emprender era realmente muy especial. Había sido elegido como uno de los diez periodistas científicos que iban a pasar un año en Boston becados por la Fundación Knight en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), con el único objetivo de introducir en nuestros cerebros tanta ciencia como cupiera. Íbamos a recibir seminarios privados con los principales investigadores del MIT y Harvard, podríamos asistir como oyentes a las asignaturas que más nos interesaran, entrevistar personalmente a científicos, rastrear en profundidad cualquiera de sus laboratorios, y asistir a todas las conferencias o eventos que quisiéramos. Teníamos libertad absoluta. Se trataba de actualizar nuestros conocimientos sobre las temáticas científicas que más nos fascinaran, para así poder transmitirlos de manera más eficiente a la sociedad. Un lujo. No podía permitir que un cerebro ineficiente guardara toda esa preciosa información de manera desordenada, y acabara perdiendo o tergiversando las lecciones aprendidas. Tenía que almacenarla en algún lugar seguro y difundirla por el mayor número de mentes. Una vaga idea se transformó en una misión desafiante: debía recoger todas las reflexiones y enseñanzas acumuladas durante mis años previos como comunicador científico, añadirles la inestimable información que iba a recibir durante los nueve meses siguientes, y comprimirla en un libro sobre el fabuloso mundo de la ciencia. La ilusión era desbordante. Empecé el reto con gran entusiasmo, pero a las pocas semanas me di cuenta de que algo fallaba; pasaba demasiado tiempo encerrado en casa, perdiéndome sesiones científicas extraordinarias. Entonces alguien me dio un acertadísimo consejo: escribir un blog. Un blog me permitiría compartir la información de manera ágil, fresca, directa y desenfadada; ampliar los temas que más me interesaran, y encima recibir la interacción inmediata del lector. Escribir «Apuntes científicos desde el MIT» en elpais.com fue una satisfacción absoluta, y a estas alturas continúa siéndolo. El primer y muy sentido agradecimiento de esta introducción es para todos sus lectores, cuyos nombres, seudónimos, enlaces a páginas personales, mensajes o lecturas anónimas desde cualquier parte del mundo me han acompañado y motivado a continuar vo

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