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EL LADRóN DE CUERPOS (CRóNICAS VAMPíRICAS 4)

Anne Rice  

0


Fragmento

Título original: The Tale of the Body Thief

Traducción: Hernán Sabaté Vargas

1.ª edición: noviembre, 2013

© 2013 by Anne O’Brien Rice

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 26.754-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-690-8

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Para mis padres,

Howard y Katherine O'Brien.

Vuestros sueños y vuestro valor

estarán conmigo

todos los días de mi vida.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Sailing to Byzantium

Navegando a Bizancio

Prólogo

PRIMERA PARTE

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

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SEGUNDA PARTE

The Dolls

Las muñecas

29

30

31

32

33

Promoción

Sailing to Byzantium

by W.B. Yeats

I

That is no country for old men. The young

In one another’s arms, birds in the trees

—Those dying generations— at their song,

The salmon-falls, the mackerel-crowded seas,

Fish, flesh, or fowl, commend all summer long

Whatever is begotten, born, and dies.

Caught in that sensual music all neglect

Monuments of unageing intellect.

II

An aged man is but a paltry thing,

A tattered coat upon a stick, unless

Soul clap its hands and sing, and louder sing

For every tatter in its mortal dress,

Nor is there singing school but studying

Monuments of its own magnificence;

And therefore I have sailed the seas and come

To the holy city of Byzantium.

III

O sages standing in God’s holy fire

As in the gold mosaic of a wall,

Come from the holy fire, perne in a gyre,

And be the singing-masters of my soul.

Consume my heart away; sick with desire

And fastened to a dying animal

It knows not what it is; and gather me

Into the artifice of eternity.

IV

Once out of nature I shall never take

My bodily form from any natural thing,

But such a form as Grecian goldsmiths make

Of hammered gold and gold enamelling

To keep a drowsy Emperor awake;

Or set upon a golden bough to sing

To lords and ladies of Byzantium

Of what is past, or passing, or to come.

Navegando a Bizancio

por W.B. Yeats

I

No es país para viejos. Jóvenes

abrazados, pájaros en las ramas

—esas generaciones moribundas— a su canto,

cataratas de salmones, mares repletos de caballos,

pez, carne, o ave, celebran a lo largo del verano

todo aquello que se engendra, nace y muere.

Presos en tal música celestial, todos olvidan

los monumentos del imperecedor intelecto.

II

Cosa mezquina es un viejo,

raído gabán sobre una estaca, a menos

que el alma palmee y cante, y eleve su canción

por cada jirón de su mortal atavío,

no hay escuela de canto sino sólo el estudio

de los monumentos de su propio esplendor;

por eso crucé los mares y he llegado

a la sagrada ciudad de Bizancio.

III

Oh sabios erguidos en el fuego divino

cual áureo y mural mosaico,

venid del sagrado fuego, huso que gira,

y sed los maestros cantores de mi alma.

Consumid mi corazón; doliente de deseo

y atado al animal moribundo

que ignora su ser, y recogedme

en el artificio de la eternidad.

IV

Libre de natura jamás tomaré

forma corpórea de cosa alguna natural,

sino formas como aquellas que el orfebre griego

en oro forjara y esmaltara

para mantener despierto al somnoliento emperador;

o para cantar sobre la rama dorada

a las damas y señores de Bizancio

lo que pasó, está pasando o pasará.

Prólogo

Soy Lestat el Vampiro, y tengo una historia que contaros. Se trata de algo que me ha acontecido.

Empieza en Miami, en 1990, y mi intención es comenzar desde ahí, os lo aseguro. Pero es importante que os hable de los sueños que había tenido antes de ese momento, pues también juegan un importante papel en mi relato. Me refiero a los sueños sobre una chiquilla vampira de mente femenina y cara de ángel, y a un sueño en el que aparecía David Talbot, mi amigo mortal.

Pero también a los que evocaban mi juventud mortal en Francia: las nieves invernales, el castillo de mi padre en la Auvernia, yermo y en ruinas, y la vez en que salí a cazar una manada de lobos que estaba cebándose en nuestro pobre villorrio.

Los sueños pueden ser tan reales como los hechos. O así me lo pareció más tarde.

Y, cuando se iniciaron, yo me hallaba en un estado de ánimo sombrío; era un vampiro vagabundo que erraba por la tierra, a veces tan cubierto de polvo que nadie se fijaba en absoluto en mí. Era un alivio tener un cabello rubio, hermoso y abundante; unos penetrantes ojos azules, unas ropas deslumbrantes, una sonrisa irresistible y un cuerpo bien proporcionado de un metro ochenta de estatura que, a pesar de sus doscientos años, podía pasar por el de un joven mortal de veinte. Con todo, seguía siendo un racionalista, un hijo de la Ilustración, en la que había vivido antes de mi nacimiento a la Oscuridad.

Pero, a finales de la década de los ochenta, era muy poco lo que quedaba en mí de aquel vampiro de antaño, inexperto y lleno de vigor, tan apegado a su clásica capa negra y a su encaje de Bruselas; de aquel gentilhombre de bastón y guantes blancos que bailaba bajo la lámpara de gas.

Gracias al sufrimiento y al triunfo y a la sangre de nuestros vampiros de más edad, me había transformado en una especie de dios oscuro. Tenía poderes que me dejaban perplejo y, a veces, incluso asustado. Tenía poderes que me hacían sentir acongojado, aunque no siempre comprendía por qué.

Por ejemplo, podía desplazarme por los aires a voluntad y surcar los vientos nocturnos a grandes distancias con la facilidad de un espíritu. Podía manipular y destruir la materia con el poder de mi mente. Podía encender un fuego con sólo desearlo. También podía llamar con mi voz preternatural a otros inmortales desde países o continentes distantes y era capaz de leer la mente de vampiros y humanos sin esfuerzo.

No está mal, diréis. A mí, me repugnaba. Sin duda, por añoranza de mis antiguos yoes: el muchacho mortal y el espectro recién nacido, un día tan dispuesto a alcanzar la excelencia en la maldad, si tal era su trágico destino.

Enteraos bien: no soy un pragmático. Tengo una conciencia sutil y despiadada. Habría sido un sujeto agradable. Tal vez lo sea, a veces. Pero lo que he sido siempre es un hombre de acción. La añoranza no conduce a nada, y tampoco el miedo. Y acción es lo que vais a encontrar aquí, tan pronto concluya está introducción.

Recordad que los comienzos siempre son difíciles y, la mayoría de las veces, artificiales. Fue la mejor de las épocas, y también la peor... ¿de veras? ¡Tiempos...! Y no todas las familias felices son parecidas; incluso Tolstoi debió de darse cuenta de ello. No me vale con un «Al principio», con un «Me arrojaron del camión del heno a mediodía», o los habría utilizado. Siempre aprovecho todo aquello que puedo, creedme. Y, como dijo Nabokov en boca de Humbert Humert, «d

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