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EL LARGO CAMINO HACIA LA LIBERTAD

Nelson Mandela  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Agradecimientos

Parte Primera. Una infancia en el campo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Parte Segunda. Johannesburgo

Capítulo 9

Capítulo 10

Parte Tercera. El nacimiento de un luchador por la libertad

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Parte Cuarta. La lucha es mi vida

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Parte Quinta. Traición

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Parte Sexta. La pimpinela negra

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Parte Séptima. Rivonia

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Parte Octava. La isla de Robben: Los años oscuros

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Parte Novena. La isla de Robben: El comienzo de la esperanza

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Parte Décima. Hablando con el enemigo

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Parte Undécima. Libertad

Capítulo 100

Capítulo 101

Capítulo 102

Capítulo 103

Capítulo 104

Capítulo 105

Capítulo 106

Capítulo 107

Capítulo 108

Capítulo 109

Capítulo 110

Capítulo 111

Capítulo 112

Capítulo 113

Capítulo 114

Capítulo 115

Ilustraciones

Glosario

Índice analítico

Sobre el autor

Créditos

Dedico este libro a mis seis hijos, a Madiba y Makaziwe (mi primera hija), hoy ya muertos, y a Makgatho, Makaziwe, Zenani y Zindzi, cuyo apoyo y cariño atesoro; a mis veintiún nietos y a mis tres bisnietos, que tanta felicidad me procuran; y a todos mis camaradas, amigos y seguidores sudafricanos a cuyo servicio estoy, y cuyo valor, determinación y patriotismo sigue siendo mi fuente de inspiración.

AGRADECIMIENTOS

Como verán los lectores, este libro tiene una larga historia. Empecé a escribirlo en la clandestinidad en 1974, durante mi encarcelamiento en la isla de Robben. Sin el inagotable esfuerzo de mis viejos camaradas Walter Sisulu y Ahmed Kathrada por refrescarme la memoria, dudo que hubiera llegado a término. La copia que llevaba conmigo fue descubierta por las autoridades y confiscada. No obstante, mis compañeros de cárcel Mac Maharaj e Isu Chiba sumaron a su increíble habilidad caligráfica la requerida para que el manuscrito original llegara a salvo a su destino. Reanudé el trabajo al ser liberado de la cárcel en 1990.

Desde mi puesta en libertad, mi agenda ha estado repleta de deberes y responsabilidades, que me han dejado poco tiempo para la escritura. Afortunadamente, para poner fin a mi trabajo he dispuesto de la ayuda de colegas, amigos y profesionales, a los que desearía expresar mi gratitud.

Estoy profundamente agradecido a Richard Stengel, que colaboró en la creación de este libro, aportando una ayuda inestimable en la edición y revisión de las primeras partes y en la redacción de las posteriores. Recuerdo con afecto nuestros paseos matinales en el Transkei, las muchas horas de entrevistas en Shell House en Johannesburgo, y en mi casa de Houghton. Mary Pfaff, que ayudó a Richard en su trabajo, merece una mención especial. También me he beneficiado del consejo y apoyo de Fatima Meer, Peter Magubane, Nadine Gordimer y Ezekiel Mphahlele.

Deseo dar las gracias especialmente a mi camarada Ahmed Kathrada por las largas horas dedicadas a revisar, corregir y dar precisión a esta historia. Mi agradecimiento a todo el personal de mi oficina en el CNA por enfrentarse con paciencia a las dificultades que les ha ocasionado la elaboración de este libro; en particular, a Barbara Masekela por su eficaz coordinación. Del mismo modo, deseo dar las gracias a Iqbal Meer, que ha dedicado muchas horas a supervisar los aspectos comerciales y de producción del libro. Doy las gracias también a mi editor, William Phillips, de Little and Brown, que ha dirigido este proyecto desde el comienzo de 1990 y ha corregido el texto; así como a sus colegas Jordan Pavlin, Steve Schneider, Mike Mattil y Donna Peterson. También me gustaría agradecer a Gail Gerhart su objetiva crítica del manuscrito.

Parte Primera
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 UNA INFANCIA EN EL CAMPO

1

ADEMÁS DE LA VIDA, una constitución fuerte y una vieja vinculación con la casa real de Thembu, lo único que mi padre me dio al nacer fue un nombre, Rolihlahla. En xhosa, Rolihlahla quiere decir literalmente “arrancar una rama de un árbol”, pero su significado coloquial se aproxima más a “revoltoso”. Yo no creo que los nombres predeterminen el destino, ni que mi padre adivinara de algún modo cuál iba a ser mi futuro, pero en años posteriores, tanto mis amigos como mis parientes llegaron a atribuir a ese nombre las muchas tempestades que he causado, y a las que he sobrevivido. Mi nombre inglés, o cristiano, más familiar, no me fue dado hasta mi primer día de colegio, pero me anticipo a los acontecimientos.

Nací el 18 de julio de 1918 en Mvezo, una diminuta aldea en la ribera del río Mbashe, en el distrito de Umtata, capital del Transkei. El año de mi nacimiento fue el del fin de la Gran Guerra, el de una epidemia de gripe que mató a millones de personas en todo el mundo y el de la presencia de una delegación del Congreso Nacional Africano en la Conferencia de Paz de Versalles para exponer las quejas del pueblo negro sudafricano. Mvezo, no obstante, era un lugar apartado, un pequeño asentamiento alejado de los grandes acontecimientos del mundo, donde la vida continuaba en gran medida como hacía cien años.

El Transkei se encuentra unos mil doscientos kilómetros al este de ciudad de El Cabo y a novecientos al sur de Johannesburgo. Está situado entre el río Kei y la frontera con Natal, con las abruptas montañas Drakensberg al Norte y las azules aguas del Índico al Este. Es una hermosa tierra de suaves colinas, fértiles valles y un millar de ríos y arroyos, que hacen que el paisaje sea verde incluso en invierno. El Transkei era una de las mayores divisiones territoriales de Sudáfrica. Con una superficie del tamaño de Suiza, tenía una población de unos tres millones de xhosas y una pequeña minoría de basothos y blancos. Es el hogar del pueblo thembu, que forma parte de la nación xhosa a la que pertenezco.

Mi padre, Gadla Henry Mphakanyiswa, era un jefe, tanto por derecho de sangre como por tradición. Fue confirmado como jefe de Mvezo por el rey de la tribu thembu pero, bajo el dominio británico, su elección debía ser ratificada por el gobierno, que en Mvezo estaba representado por un comisario residente local. Como jefe designado por el gobierno, tenía derecho a un estipendio y a una parte de los ingresos que los ingleses obtenían de la comunidad por vacunar el ganado y a cambio de los pastos comunales. Aunque el papel de jefe era venerable y digno de estima, se había visto degradado —hacía ya setenta y cinco años— por el control de un gobierno blanco escasamente comprensivo para con los africanos.

La tribu thembu se remonta veinte generaciones hasta el rey Zwide. Según la tradición, el pueblo thembu vivía al pie de las montañas Drakensberg y emigró hacia la costa en el siglo XVI, donde se incorporó a la nación xhosa. Los xhosas forman parte del pueblo nguni, que vive, caza y pesca en la rica y templada región sudeste de Sudáfrica, entre la gran meseta exterior al Norte y el océano Índico al Sur desde al menos el siglo XI. Los nguni se dividen en el grupo del Norte —los pueblos zulú y swazi— y el grupo meridional, compuesto por los amaBaca, amaBomyana, amaGcaleka, amaMfengu, amaMpodomis, amaMpondo, abeSotho y abeThembu. Todos ellos constituyen la nación xhosa.

Los xhosas son un pueblo orgulloso, patrilineal, con un lenguaje expresivo y eufónico y una gran fe en la importancia de las leyes, la educación y la cortesía. La sociedad xhosa era un orden social equilibrado y armonioso, en el que cada individuo conocía su lugar. Cada xhosa pertenece a un clan que se remonta a través de sus ascendientes hasta un antecesor específico. Yo soy miembro del clan Madiba, que lleva el nombre de un jefe thembu que gobernó en el Transkei en el siglo XVIII. A menudo se dirigen a mí llamándome Madiba, el nombre de mi clan, como muestra de respeto.

Ngubengcuka, uno de nuestros más grandes monarcas, que unificó la tribu thembu, murió en 1832. Como era costumbre, tenía esposas que procedían de las principales casas reales: la Gran Casa, de la que se selecciona al heredero; la Casa de la Derecha; y la Ixhiba, una casa de importancia menor, a la que algunos llaman Casa de la Izquierda. La tarea de los hijos de la Ixhiba, o Casa de la Izquierda, consistía en resolver las disputas reales. Mthikrakra, el hijo mayor de la Gran Casa, sucedió a Ngubengcuka, y entre sus hijos estuvieron Ngangelizwe y Matanzima. Sabata, que gobernó a los thembus desde 1954, era nieto de Ngangelizwe y mayor que Kalzer Daliwonga, más conocido como K. D. Matanzima, anterior jefe del Transkei —mi sobrino, por ley y costumbre—, que era, a su vez, descendiente de Matanzima. El hijo mayor de la casa Ixhiba era Simakade, cuyo hermano menor era Mandela, mi abuelo.

Aunque a lo largo de décadas han circulado muchas historias de que yo pertenecía a la línea de sucesión al trono de los thembus, la sencilla genealogía que acabo de bosquejar deja bien claro que todos esos rumores son un mito. Yo era miembro de la casa real, pero no me encontraba entre los privilegiados que eran instruidos para gobernar. Por el contrario, en tanto que descendiente de la casa Ixhiba fui educado, como lo fue mi padre antes que yo, para ser consejero de los gobernantes de la tribu.

Mi padre era un hombre alto, de piel oscura y porte erguido y majestuoso que me gusta pensar que he heredado. Tenía un mechón de pelo blanco justo encima de la frente y, de niño, yo solía coger cenizas blancas y dármelas en el pelo para imitarle. Mi padre tenía un carácter severo y no le costaba recurrir al palo a la hora de imponer disciplina a sus hijos. Podía llegar a ser asombrosamente tozudo, otro rasgo que, desafortunadamente, parece haber transmitido a su hijo.

En ocasiones, se ha hablado de mi padre como primer ministro de Thembulandia durante los reinados de Dalindyebo, el padre de Sabata, que gobernó a comienzos de los años 1900, y de su hijo Jongintaba, que le sucedió. Esto es un error porque no existía tal título, aunque el papel que desempeñaba no era muy distinto al que el nombre implica. Como respetado y apreciado consejero de ambos reyes, les acompañó en sus viajes y, normalmente, se encontraba a su lado en las reuniones importantes con funcionarios del gobierno. Era un custodio reconocido de la historia de los xhosas, y si era muy valorado como consejero, era en parte por ello. Mi interés en la historia tuvo raíces muy tempranas y fue alentado por mi padre. Aunque no sabía leer ni escribir tenía fama de ser un excelente orador que cautivaba a su público instruyéndole y divirtiéndole a la vez.

Años después, averigüé que mi padre no era sólo un consejero sino un hacedor de reyes. Tras la prematura muerte de Jongilizwe en los años veinte, su hijo Sabata, el hijo de la Gran Esposa, era demasiado joven para subir al trono. Se produjo una disputa respecto a cuál de los tres hijos mayores de Dalindyebo, nacidos de otras esposas —Jongintaba, Dabulamanzi y Melithafa—, debía ser el elegido para sucederle. Habiendo sido consultado, mi padre recomendó a Jongintaba, basándose en que era quien había recibido mejor educación. Sostenía que Jongintaba sería no sólo un magnífico custodio de la corona, sino un excelente mentor para el joven príncipe. Mi padre y unos pocos jefes influyentes tenían ese gran respeto por la educación que tan a menudo muestran quienes carecen de ella. La recomendación era controvertida, ya que la madre de Jongintaba procedía de una casa menor, pero la elección de mi padre fue finalmente aceptada, tanto por los thembus como por el gobierno británico. Con el tiempo, Jongintaba devolvería el favor de un modo que mi padre no podía entonces imaginar.

En total, mi padre tenía cuatro esposas, de las cuales la tercera, mi madre, Nosekeni Fanny, hija de Nkedama, del clan amaMpemvu de los xhosas, pertenecía a la Casa de la Derecha. Cada una de estas esposas —la Gran Esposa, la esposa de la Derecha (mi madre), la esposa de la Casa de la Izquierda y la esposa de la Iqadi, o Casa de Apoyo— tenía su propio kraal. Un kraal es algo parecido a una granja, y normalmente comprendía un corral con una cerca sencilla para los animales, campos para cultivar y una o más chozas de techo de paja. Los kraal de las esposas de mi padre distaban entre sí muchos kilómetros, y él los iba recorriendo de uno en uno. En estos viajes, mi padre engendró trece hijos en total, cuatro varones y nueve hembras. Yo soy el hijo mayor de la Casa de la Derecha, y el más joven de los cuatro hijos de mi padre. Tuve tres hermanas, Baliwe, que era la mayor de las niñas, Notancu, y Makhutswana. Aunque el mayor de los hijos de mi padre era Mlahlwa, el heredero de mi padre como jefe era Daligqili, el hijo de la Gran Casa, que murió a comienzos de la década de 1930. Todos sus hijos, con la excepción de mí mismo, han muerto ya. Y todos ellos eran mayores que yo, no sólo en edad sino también en estatus.

Cuando era poco más que un niño recién nacido, mi padre se vio envuelto en una disputa que le privó de la jefatura de Mvenzo y reveló una veta de su carácter que creo transmitió a su hijo. Siempre he pensado que es la crianza, más que la naturaleza, la que constituye el principal molde de la personalidad, pero mi padre poseía una orgullosa rebeldía, un tenaz sentido de la justicia, que reconozco en mí mismo. Como jefe —o cacique, como le llamaban a menudo los blancos— mi padre se veía obligado a dar cuenta de su administración no sólo al rey de los thembus, sino al comisario residente local. Un día, uno de los súbditos de mi padre presentó una queja contra él respecto a un buey que se había perdido. El comisario ordenó a mi padre que se presentase ante él. Cuando mi padre recibió la citación, envió la siguiente respuesta: “Andizi, ndisakula”. (No iré, aún estoy aprestándome para la batalla). Uno no desafiaba a los comisarios impunemente en aquellos días. Tal comportamiento era considerado el colmo de la insolencia, como ocurrió en este caso.

La respuesta de mi padre expresaba su convicción de que el magistrado carecía de poder legítimo sobre él. Cuando se trataba de asuntos tribales, se guiaba no por las leyes del rey de Inglaterra, sino por las costumbres thembus. Su desafío no fue producto del orgullo herido, sino una cuestión de principios. Estaba reafirmando su prerrogativa tradicional como jefe y desafiando la autoridad del magistrado.

Cuando éste recibió la respuesta de mi padre, le inculpó inmediatamente de insubordinación. No hubo pesquisas ni investigaciones. Eso estaba reservado para los funcionarios blancos. El magistrado se limitó a deponer a mi padre, poniendo así fin a la jefatura de la familia Mandela.

Por aquel entonces yo no era consciente de aquellos acontecimientos, pero no salí indemne de ellos. Mi padre, que era un noble adinerado según los baremos de la época, perdió tanto su fortuna como su título. Le fueron arrebatadas la mayor parte de su rebaño y de sus tierras, y perdió los ingresos que de ellas obtenía. Debido a nuestra difícil situación económica, mi madre se mudó a Qunu, una aldea algo más grande que había al norte de Mvezo, donde gozaría del apoyo de amigos y parientes. En Qunu no vivíamos tan bien, pero fue en aquella aldea cerca de Umtata donde pasé los años más felices de mi infancia y a la que se remontan mis primeros recuerdos.

2

LA ALDEA DE QUNU se encontraba en un valle angosto y cubierto de hierba, cruzado por arroyos claros, sobre el que se cernían verdes colinas. Estaba habitada por tan sólo unos cientos de personas que vivían en cabañas, estructuras en forma de panal con paredes de barro y una pértiga de madera en el centro que sostenía un techo cónico de paja. El suelo estaba hecho con termiteros pulverizados, la cúpula dura de tierra que hay sobre las colonias de hormigas, y se mantenía liso frotándolo regularmente con bosta fresca de vaca. El humo del fuego escapaba a través del tejado y la única abertura era una puerta baja, para entrar por la cual era necesario agacharse. Las cabañas solían estar agrupadas en un área residencial que se encontraba a cierta distancia de los campos de maíz. No había carreteras, sólo senderos a través de la hierba desgastados por los pies descalzos de niños y mujeres. Los niños y mujeres de la aldea lucían túnicas teñidas en ocre; sólo los contados cristianos de la aldea llevaban ropas al estilo occidental. Las vacas, las ovejas, las cabras y los caballos pacían juntos en pastos comunales. La tierra que rodeaba Qunu carecía practicamente de árboles, a excepción de un pequeño grupo de álamos que había en una colina contigua a la aldea. La tierra en sí era propiedad del Estado. Con contadas excepciones, por aquel entonces los africanos no tenían derecho a ser propietarios de la tierra en Sudáfrica, eran arrendatarios que tenían que pagar una renta anual al gobierno. Había dos pequeñas escuelas primarias, un colmado y un tanque de inmersión para librar al ganado de garrapatas y enfermedades.

El maíz (de la variedad que en Sudáfrica llamábamos zara), el sorgo, las alubias y las calabazas constituían la mayor parte de nuestra dieta, no porque prefiriéramos estos alimentos a todos los demás, sino porque el pueblo no podía permitirse nada mejor. Las familias más ricas de nuestra aldea complementaban su dieta con té, café y azúcar, pero para la mayor parte de los habitantes de Qunu, aquellos eran lujos exóticos totalmente fuera de su alcance. El agua que se empleaba para los cultivos, para cocinar y para lavar debía ser recogida con cubos de los arroyos. Éste era un trabajo de mujeres y, de hecho, Qunu era una aldea de mujeres y niños: la mayor parte de los hombres pasaban casi todo el año trabajando en granjas lejanas o en las minas que había a lo largo del Reef, la gran cadena de roca y esquisto llena de oro que forma la frontera sur de Johannesburgo. Regresaban un par de veces al año, fundamentalmente para arar sus tierras. Los trabajos de azada, el de arrancar las malas hierbas y el de recolectar quedaban en manos de las mujeres y los niños. Poca gente en la aldea, si es que había alguien, sabía leer o escribir, y el concepto de educación seguía siendo extraño para muchos.

Mi madre presidía tres cabañas de Qunu que, por lo que recuerdo, estaban siempre atestadas de niños recién nacidos e hijos de mis parientes. De hecho, prácticamente no recuerdo haber estado a solas en ninguna ocasión cuando era pequeño. En la cultura africana, los hijos y las hijas de los tíos o las tías de uno son considerados hermanos y hermanas, no primos. No hacemos las mismas distinciones entre los parientes que hacen los blancos. No tenemos medios hermanos ni medias hermanas. La hermana de mi madre es mi madre; el hijo de mi tío es mi hermano; el hijo de mi hermano es mi hijo o mi hija.

De las tres cabañas de mi madre, una se utilizaba para cocinar, otra para dormir y la tercera como almacén. La choza donde dormíamos carecía de muebles en el sentido occidental. Nos acostábamos sobre esteras y nos sentábamos en el suelo. Yo no descubrí las alfombras hasta que fui a Mqhekezweni. Mi madre cocinaba en un caldero de tres patas sobre un fuego abierto en el centro de la choza o fuera de ella. Todo lo que comíamos lo habíamos cultivado y elaborado nosotros mismos. Mi madre plantaba y recolectaba su propio maíz. Las mazorcas de la variedad sudafricana, llamadas zaras, se recogían cuando estaban duras y secas. Se almacenaban en sacos o en pozos excavados en la tierra. Para preparar las zaras, las mujeres empleaban diferentes métodos: podían moler el grano entre dos piedras para hacer pan, o cocer primero las mazorcas para hacer umphothulo (harina de maíz que se come mezclada con leche agria) o umngqusho (un potaje, también de maíz, que se toma solo o mezclado con alubias). Al contrario que el maíz, que en ocasiones escaseaba, la leche de nuestras cabras y vacas era siempre abundante.

Desde muy pequeño, pasaba la mayor parte de mi tiempo libre en el veld jugando y luchando con otros chicos de la aldea. El niño que se quedaba en casa sujeto a las faldas de su madre era considerado un mariquita. Por la noche, compartía mi comida y mi manta con esos mismos muchachos. No tenía más de cinco años cuando me convertí en pastor, haciéndome cargo de las ovejas y los terneros que pastaban en los prados. Descubrí el vínculo casi místico que sienten los xhosas con el ganado vacuno, no sólo como fuente de alimento y riqueza, sino como bendición divina y fuente de alegría. Fue en los prados donde aprendí a derribar aves en vuelo con una honda, a recoger miel silvestre, frutas y raíces comestibles, a beber leche cálida y dulce directamente de la ubre de una vaca, a nadar en los límpidos y fríos arroyos y a pescar con un cordel y afilados trozos de alambre. Aprendí a combatir con pértiga —un conocimiento esencial para cualquier niño africano de pueblo— y me convertí en un especialista en sus diversas técnicas: paradas de golpes, fintas en una dirección golpeando en otra, esquivar al oponente con un rápido juego de piernas. A aquellos días atribuyo mi amor al veld, a los espacios abiertos, a la sencilla belleza de la naturaleza, a la límpida línea del horizonte.

Cuando eramos niños, la mayor parte del tiempo nos dejaban que nos las arregláramos solos. Nos entreteníamos con juguetes que fabricábamos nosotros mismos. Moldeábamos animales y pájaros con arcilla, hacíamos trineos para bueyes con ramas de árbol. Nuestro campo de juegos era la naturaleza. Las colinas que se alzan sobre Qunu estaban salpicadas de grandes rocas pulidas que convertimos en nuestra propia montaña rusa. Nos sentábamos en piedras planas y nos deslizábamos por la cara de las rocas. Lo hacíamos hasta que teníamos el trasero tan dolorido que casi no podíamos sentarnos. Aprendí a cabalgar montando sobre terneros destetados. Después de haber sido derribado varias veces, uno aprende.

Un día recibí una lección a manos de un asno rebelde. Habíamos ido subiendo en él por turnos. Cuando me tocó la vez, salté sobre su grupa y el asno dio un brinco, metiéndose en un espino cercano. Bajó la cabeza intentando derribarme, cosa que consiguió, pero no antes de que las espinas me arañaran la cara, poniéndome en vergüenza ante mis amigos. Al igual que los orientales, los africanos tienen un sentido de la dignidad, de lo que los chinos llaman “salvar la cara”, muy desarrollado. Había perdido dignidad ante mis amigos. Aunque había sido derribado por un burro, aprendí que humillar a otra persona es hacerle sufrir un destino innecesariamente cruel. Incluso siendo un niño, intentaba derrotar a mis oponentes sin deshonrarles.

Normalmente, los chicos jugaban entre ellos, pero en ocasiones permitíamos que se nos unieran nuestras hermanas. Los chicos y las chicas tenían juegos como el ndize (escondite) o el icekwa (tula), pero a lo que más me gustaba jugar con ellas era a lo que llamábamos khetha, o “elige al que más te guste”. No era realmente un juego organizado, sino algo improvisado que consistía en abordar a un grupo de chicas de nuestra edad y pedirles que cada una seleccionara al chico que más le gustara. Eran astutas —mucho más listas que nosotros, muchachos torpones— y a menudo conferenciaban entre ellas y elegían a un chico, normalmente el más feo, del que después se burlaban todo el camino de vuelta a casa.

El juego más popular entre los chicos era el thinti, que, como la mayor parte de los juegos de chicos, era una aproximación juvenil a la guerra. Se clavaban verticalmente en el suelo dos palos, que se empleaba

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