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EL LíDER QUE NO TENíA CARGO

Robin Sharma  

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Fragmento

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El triste precio de la mediocridad
y la espectacular recompensa del liderazgo

Solo los mediocres mueren siempre en su mejor momento. Los líderes auténticos siempre están mejorando y elevando el listón de la calidad de sus actos y la velocidad de sus movimientos.

JEAN GIRAUDOUX

Al día siguiente de nuestro encuentro en la librería, Tommy me dijo que solo necesitaba un día para mostrarme todo lo que debía saber.

—Dame solo un día, Blake —me pidió—. Conocerás a los cuatro maestros que me enseñaron las cuatro lecciones que forman el núcleo de la filosofía del LSC. Ellos te ayudarán a alcanzar el éxito que siempre has deseado simplemente explicándote lo que de verdad es el liderazgo. No quiero parecer un disco rayado, pero el liderazgo no es solo para altos ejecutivos, generales del ejército y la gente que gobierna los países. El liderazgo es para todos. Y en este momento de cambios radicales en el mundo empresarial y en la sociedad, es la disciplina más importante para quien quiera salir vencedor.

—Y lo único que necesito para convertirme en líder es ser un ser humano, ¿no?

—Exacto. Si puedes respirar, puedes liderar —afirmó en un tono tan positivo que hizo que me sintiera mejor conmigo mismo y más optimista con el futuro.

Total, que unos días más tarde salía yo de Nueva York un sábado por la mañana temprano —una taza de café y mi entusiasmo me mantenían despierto al volante de mi coche— rumbo al lejano punto donde Tommy me había citado. Había insistido en que debía llegar a las cinco en punto de la mañana, afirmando que era «la mejor hora del día». Así pues, como no era cuestión de decepcionar a mi nuevo mentor, acepté de mala gana.

El rock sonaba a todo trapo dentro del coche mientras dejaba atrás los rascacielos y las calles desiertas de la ciudad, salía de Manhattan y tomaba la autopista que me llevaría a mi destino. Cada vez estaba más ilusionado. No tenía ni idea de lo que me depararía el día, pero desde entonces he aprendido que la incerteza es un regalo precioso. A casi todos nos da miedo lo desconocido. No debería ser así. Lo desconocido no es más que el comienzo de una aventura. Una oportunidad de crecer.

«Para en el cementerio Rosemead —ponía en las instrucciones que Tommy me había escrito—. Verás mi coche aparcado a un lado. Dejaré los intermitentes encendidos para que veas mejor dónde debemos encontrarnos.»

A eso de las cinco menos diez salí de la carretera principal y enfilé un camino de grava que según el mapa me llevaría a donde tenía que ir. Altos pinos se alzaban al cielo. Una ligera bruma cubría la tierra. A mi izquierda se hallaba el claro que mencionaban las instrucciones. No sabía por qué habíamos quedado en un cementerio, pensé que Tommy querría mostrarme algún lugar cercano y que el cementerio era un sitio conveniente —e inolvidable— para encontrarnos y empezar el día juntos.

Al acercarme un poco más vi una escena increíble. Allí, a un lado del camino, estaba el coche de Tommy. Tenía los intermitentes encendidos, como había dicho. Dentro no había nadie. Pero lo que me dejó pasmado fue el modelo del vehículo. ¡Era un Porsche 911S nuevo y reluciente! Y en la matrícula personalizada se reía: LDRSRUS. Moví la cabeza. Sonreí. Desde luego, aquel tipo era todo un personaje. Aquel extraño librero que rechazaba la noción de las elevadas dietas y los enormes despachos a favor de un modelo revolucionario de liderazgo para estos tiempos revolucionarios poseía el coche de mis sueños.

Frené detrás del Porsche y apagué el motor. El silencio era casi sobrenatural en aquel camino oscuro. En la colina del claro vi una figura solitaria y supuse que sería Tommy. Estaba inmóvil en el cementerio.

Tuve que echar mano de toda mi energía para recorrer aquel sendero, arriba, en la loma cubierta de hierba, pasar las cruces que llenaban el cementerio y llegar hasta Tommy. Me di cuenta de que empezaba a tener miedo. Al fin y al cabo, todavía era de noche, estaba en un cementerio y en realidad apenas conocía a Tommy. Aunque había hablado de él con algunos empleados de la tienda. Y todo lo que me había dicho era rigurosamente cierto, hasta el último detalle.

Era verdad que aunque tenía setenta y siete años se le consideraba el mejor empleado de la empresa. Era verdad que había ganado todos aquellos l

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